La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

octubre 12, 2005

Aprender y olvidar

De eso depende. De eso se trata caminar. En eso consiste el creer firmemente en que lo importante es sólo el trayecto, jamás el origen, jamás el puto destino.

Y es como ver otra vez esas manos. Dormir junto a ellas tres largas noches. Despertar agitado cada hora. Pensar la verdadera razón por la que uno está ahí: durmiendo junto a lo olvidado. Tratando de reconvertir el añejo amor en nuevas amistades y lustrosas palabrejas.

¿De verdad se puede? Y sinceramente lo pregunto: ¿De verdad es que se puede pasar del total alboroto, de la total entrega, a una simple y sencilla devoción amistosa? Y si es así, ¿el tiempo es de verdad imprescindible? ¿Hay de verdad que dejar correr los días para olvidar las noches, los susurros, los ruidos ambientales o los largos silencios que significaron tantas cosas?

Yo no tengo la respuesta. Veo unas y otras manos y siento que un gran velero me sopla hasta el pasado más remoto. De pronto, ya que me creía inmune, me encuentro nuevamente frágil. Me miro y veo mis ojos que ven otros mil ojos viendo los míos. Me recuesto sobre nuevas nostalgias insulsas pero repletas de sabor: El sabor de entonces. El sabor mitificante del que está enamorado.

Si alguien quisiera romperme en pedazos, haría volver a todos mis viejos amores al mismo tiempo y en el mismo lugar. Porque de todos sigo prendado como un broche de paja que persiste abrazando fuegos que ya desde hace mucho lo han desmoronado. Fuegos fatuos. Extintos. Verdaderos sólo como palabra. Y yo permanezco prendado a la idea, agazapado a la entelequia, inerme como un llanto de nubes que nunca descansan ni tienen sueño ni saben dormir ni mucho menos descansan. Dormido pero despierto.

Y es que casi nadie me ha provocado ganas de un verdadero olvido. Nadie me ha despedazado nada. Todos mis cristales siguen en su sitio. ¿Cómo se puede odiar lo que no se odia? ¿Cómo convencerse de escapar si estando cautivo la vida tiene tanto sabor?

Y aunque el tiempo siempre hace su inefable trabajo, y aunque siempre estira la memoria hasta el hartazgo, y nos provoca dejar de pensar o recordar lo menos o saborear casi nada, podemos siempre recurrir a la última de nuestras pérdidas, que sigue ahí, de pie, enmedio del salón de nuestra incapacidad, lista para recordarnos lo mucho que nos hace falta vivir, o lo mucho que nos seguimos equivocando, o lo estúpidamente mucho que solemos esperanzarnos por casi nada.
El último amor es siempre el mejor y el peor. Le apostamos más que a ningún otro. Perdemos más que con cualquiera. Pero inevitablemente permanecemos. Espectadores de nuestra propia debacle. Frágiles como dedos de papel. Inevitables.

¿Será verdad que antes de soltar una liana debemos esperar la próxima?

No creo que caer sea para tanto. Aunque tal vez me equivoco: Caer puede ser irreparable. Yo sólo pienso que aprender a vivir sin lianas, sin junglas y sin Janes amerita cualquier paliza.

Pero yo soy joven y estúpido. Y los viejos son viejos y estúpidos. Nadie excepto yo tiene una respuesta convincente.

A ver si la encuentro.




Salud.

2 comentarios:

Juan Adolfo Goldín Pagés dijo...

tenes mucho acierto en las palabras..
Que duro se hace caminar a la deriva en este laberinto...quien sabe que se viene a la vuelta de la esquina..
quien sabe...quien sabe porque el destino nos encandila con lo que esta por venir..

Juan Adolfo Goldín Pagés dijo...

Yo no soy el del comentario anterior. Podés borrarlo y éste también por favor.
Gracias,
Juan