Mi Vida Roza

La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

marzo 10, 2013

All in all we’re just another brick in the Facebook Wall.





No me hables de tus inclinaciones. Ten tantito pudor y no me describas a cuántos grados sabes parar el culo. No me digas que te inclinas por hacer dinero, si no quieres que te llame prostituto. No me digas que te inclinas por placer. Mucho menos me digas que te inclinas sin placer. Inclínate por lo que quieras, cuando quieras y con los codos encajados sobre la superficie que te dé la gana.

Es difícil encontrarle sentido a la rutina. Y cuando no la tienes, es difícil encontrarle sentido a la carencia de una. Es difícil encontrarle sentido a cualquier cosa. Lo he sentido difícil. He sentido encontrarle, pero no cualquier difícil día. Sólo lo he sentido en algunos. En esos en los que las cosas –todas—cobran alguno. El mundo entero se transfigura en un rompecabezas más sencillo que de costumbre, y difícilmente hace sentido el no querer armarlo y tomarle una instantánea. Instantáneamente, entonces, desaparece toda dificultad. Todo aquello difícil y que antes te hacía perder la cabeza –y el sentido—se desmorona sobre un lienzo que tú mismo pintaste, recortaste, revolviste y luego armaste en escasos quince minutos.

Sucinto. Sucinta. Su cinta negra en el karate del entusiasmo y la algarabía lo espera en la ventanilla 2, señor. Su cinto no aprieta lo suficiente, caballero. Inocuo e inoperante. Insípido e insignificante  es quien se entrega de brazos abiertos a una fórmula de éxito, para luego olvidar el propósito originario que lo empujó hacia semejante sacrificio.

A mí esas cosas –al igual que los teléfonos de todo el puto mundo—jamás se me olvidan. Tengo la memoria más arbitraria y pendeja “de la que se tenga memoria”. Ironías en el pasillo de la correcta sintaxis. Cacofonías necesarias. Y es que, si no es mediante la grotesca repetición, ¿cómo carajos podría explicar la condena y bendición de una memoria como esta?

Hay días que me levanto, y juro que sin inclinación alguna se me viene un número aleatorio a la cabeza. Siete u ocho dígitos, por lo regular. Aduzco siempre que esos números “quieren decirme algo” –nada místico, nada misterioso, pero ALGO—. Y pocas veces descubro lo que es ANTES del primer café.

Lo malo, es que por lo regular se trata de puras estupideces. El número de teléfono que tenía  mi primer celular. La cuenta bancaria de mi proveedor de gas L.P. La cifra debajo del código de barras de mi recibo telefónico. La talla de calcetines que Superman compró en la película serie B que de él se hizo en 1989. Poesía desechable. Epifanía reciclable y compuesta por cifras absolutamente inútiles. Un cadáver nada exquisito y cuya arquitectura es más mediocre que la de los cientos y cientos de torres de Babel que se han mitificado estúpidamente a lo largo de esa ridícula casualidad geológica-existencial que algunos insisten –oh, ternura- en llamar “la obra de Dios”.

Si Dios –o mejor “dios” de una vez, dado que así todos los creyentes podrán dejar de leer estas idioteces desde ya, en función de lo absolutamente ofensivo que para ellos resulta el uso de las minúsculas cuando se trata de su caricaturesco creador- existiera…repito: Si dios existiera, yo claramente tendría que ser un junior trillonario y carente de preocupaciones o prioridades mundanas. ¿Por qué? No porque me sienta merecedor de las riquezas y placeres incalculables que suelen acompañar a los príncipes de todos los buenos cuentos. Y no porque yo mismo me perciba como un ser superior a los demás subhumanos que me acompañan: nada de eso. Si su dios existiera yo sería trillonario porque eso claramente significaría que TODOS a quienes conozco se lo pasarían “de lujo”. Y ya sé que eso no le haría mucho bien a la humanidad, Pues si mi vida consistiera en producir un casting permanente de amigos yuppies, hippies, hipsters, antihipsters, losers, antilosers, artistas, antiartistas y sencillos mundanos contándome sus aspiraciones y recibiendo financiamiento para todas ellas (en mi propia Trump Tower de fantasía), sé que, seguramente, de pronto y mágicamente tendría nuevos y nuevos amigos todos los días haciendo fila. Y que probablemente botaría toda mi fortuna otorgando becas sin sentido a las ilusiones más pendejas o más sublimes que me fuesen presentadas cara a cara en el palacio. Sin otro requisito que el de mirarme a los ojos y contarme sus deseos, yo, -el junior máximo—le regalaría todo mi imaginario dinero a los valientes que supieran decirme con toda claridad qué carajos harían con él. Y quizás entonces me frustraría no poder acompañar a todos en sus aventuras. O constatar que quizás muchos abandonarían de inmediato esos sueños para dedicarse a dispendiar tal dinero en sexos, drogas y rockanrroles mucho más inmediatistas. Pero también sé que TODO eso me importaría un fresco y absoluto bledo-comino. Nada. Niente. Not a bit.

Y es que en lugar de despertar recordando teléfonos de extintas abuelitas (muchas veces ni siquiera mías), mi propósito sería tan intenso y sencillo que no habría lugar a distracciones o imbecilidades cognitivas. Y quizás dejaría a un muy bien entrenado y ejecutivo equipo de asesores que se encargara de decirle que sí a todo el mundo, y me largaría a cualquier parte, en cualquier momento y sumamente decidido a hacer cualquier cosa. Podría, finalmente, vivir en intervalos de quince minutos. Preguntándome siempre –y en toda circunstancia—si allí es donde querría estar y eso es lo que querría hacer. Y podría decirme a mí mismo que “no” cuantas veces fuera necesario. Y entonces, haría otra cosa.

No: muy probablemente no alcanzaría jamás el Nirvana. Y difícilmente tendría chance, deseo o INCLINACIÓN por volverme un gurú de nadie. Porque precisamente no juzgaría fantasía alguna:  Las patrocinaría todas. Sería –no un botarate—sino EL botarate. Y –si acaso fuera posible—el botarate más anónimo de entre todos los botarates. Para así poder seguir desayunando paupérrimos tacos de canasta en cualquier esquina, comiendo fresquísimas angulas en cualquier templo del dispendio, y cenando besos y champaña entre las piernas de la Atenea que besos pidiera, o la Afrodita que champaña requiriese.

 No me culpen pues, por mis fantasías. Culpen a su Dios. Él, el omnisciente, omnipresente y omnipotente –bajo su lógica de insectos culpígenos y obedientes—tiene que ser también el creador de todos estos desvaríos, ¿no? Y si no él, entonces su palero demoniaco: da igual. Lo cierto es que si hay un Dios –así, con mayúsculas— ha de ser francamente aburrido y convencional. Pues en lugar de estarlos becando a todos, lo que me queda es inclinarme por las palabras. Las palabras dulces. Acompañadas de licor, si es posible. Seguidas por los párrafos: los más pendejos, los más sublimes, los más perversos. Parafraseando a Les Luthiers.

Es difícil no inclinarse en estos días -apelmazados de dioses y delirios- y en los que ya no hay siquiera un Melate incorruptible que pudiera salvarnos a todos de la mañana siguiente.

Mañana. Mañana. ¿Cuál será el sueño detrás del número y detrás de la rutina que me atormente mañana?

Habré de preguntárselo a mi taza de café.  Aunque nunca sea ella la que me responde.

enero 20, 2013

Do what you gotta do




The idea is to remain in a state of constant departure while always arriving. It saves on introductions and goodbyes. The ride does not require explanations - just occupants.


La circunstancia humana no cesa de maravillarme. Es una condena fabulosa. Es una coincidencia apabullante. Las fortuitas variables geológicas que favorecieron nuestra existencia son verdaderamente absurdas de tan milagrosas. Apenas y las millas correctas respecto al Sol. La atmósfera más que precisa. El escudo electromagnético que nos libra del poder destructivo de nuestra estrella rectora. El momento planetario adecuado. Y esa historia que –dicen—tiene apenas 30.000 años, en un escenario que cuando menos lleva 4500 millones de órbitas.
Estupefacción y justo ahora, cuando las teclas de plástico ceden rítmicas y caprichosas ante mis dedos y entonces permiten que “diga” todo esto. Decir a nadie, en realidad. Abrazado como un náufrago cósmico a ese lenguaje que siempre es algo onanista y autorreferencial. Pues si no era suficiente coincidencia la condición biológica que nos otorgó un espacio y un tiempo para vivir–y para colmo, individuados-  resulta que además se nos dio, aparte, aquello del lenguaje. El código máximo. La letra fina del Universo: Y es que por más pusilánimes que pudiéramos sentirnos frente a las especies extraterrestres que pueblan nuestra imaginación, nadie podría decir que no tuvimos las agallas para ponerle nombre al infinito. A la inmortalidad. A la trascendencia. Cosas todas que nos son evidentemente negadas por la propia circunstancia mortal, pero que aprendimos a abstraer con total solemnidad y desparpajo, desde el principio de los tiempos.
“El principio de los tiempos”, me veo decir (escribir). Ya sé que es un lugar común sumamente barato, pero no por ello incomprensible. La efímera oportunidad que supone vivir provoca que todas esas palabras grandilocuentes sean un tanto cuanto ridículas. Y ya ni hablemos de las explicaciones místicas.  ¿Cómo es que hay gente que cree en dios luego de constatar la pésima broma que supone tener un nombre para todo lo “divino”, mientras se es asquerosamente mortal? ¿Qué no se dan cuenta de que, si el mentado dios existiera, sería inmensamente cruel al otorgarnos escasas décadas mientras que hay una historia que TODOS querríamos saber? Saber que vamos a morir sin la menor posibilidad de enterarnos a dónde va y cómo es que termina la especie humana, es casi una comprobación de que nadie “en el cielo” se preocupa por nosotros.
En resumidas cuentas, si su “dios” realmente existe no sería otra cosa que un sádico descarado. Dotándonos de lenguaje, de música, de poesía, pero todo acotado a un cascarón absurdamente frágil y con fecha de caducidad variable, pero segura.
Siempre que me asombro con esto de la individualidad y la conciencia, no puedo evitar fantasear cómo sería existir si –por ejemplo—fuésemos dos o tres personas en lugar de una. El que la conciencia sea una y sea única es algo que me sobrepasa. Despertar siendo dos. Siendo cien. Siendo mil. Con las respectivas cabezas y con los respectivos culos. ¿Quién definió que nuestra conciencia tendría que estar delimitada por un cuerpo y sólo uno? ¿Quién dijo que tendríamos que limitarnos a ser una sola persona, en un mundo poblado por siete mil millones?
Y luego está la muerte. No puedo dejar de pensarla. Todos los días. Y cada vez que lo hago me invade una angustia tremebunda. Imaginar la muerte es imaginar la nada. El switch que flagrantemente “te bajan” y entonces ya no hay palabras, ni poesía, ni cocina ni música. Ya no estás tú y sólo tú percibiendo el tiempo desde atrás del escenario. Se termina todo. Incluso la palabra “todo”. Todo.
¿Llegará esa resignación de la que se habla y se escribe cuando alguien trata el tema de morir? ¿Será posible cerrar los ojos para siempre, desde esa fantasía en la que todos “morimos de viejos”, y dejarse ir? ¿O cómo será morir súbitamente? ¿Qué ocurrirá en la cabeza de los que se mueren –por ejemplo- en una explosión violenta e instantánea? ¿Alcanzarán a decir, siquiera, “puta madre, ya fue…”?
 Imagino también un futuro recóndito. Miles. Millones de años adelante. Es clarísimo que nuestra especie se extinguirá, como todas. Y probablemente antes de lo esperado. ¿Qué será de los libros entonces? ¿Qué será de las pinturas? ¿Qué pensarán los exploradores cósmicos cuando lleguen hasta nuestras ruinas? ¿Qué creerán que es un DVD? ¿Entenderán que para verlo se requiere un lector óptico láser, o pensarán que en realidad era un utensilio ideado para la fornicación?  ¿Y nuestros iPods y nuestros mp3? ¿Sabrán los alienígenas milenarios que ese cúmulo de ceros y unos en realidad es algo que debe escucharse y reproducirse con total atención?
Llegarán esas formas vivientes a la superficie de nuestro planeta. Para entonces, toda nuestra “arquitectura” ya habrá sido engullida de vuelta por las plantas, los océanos y los ríos. Quizás los edificios más venturosos sobrevivan a la reasimilación. Rascacielos reposarán raudos en las ramblas perdidas de la humanidad. Y esos alienígenas, cuyas conciencias quizás no estén encadenadas a ser individuales sino colectivas, los mirarán con asombro. En algún lado sobrevivirán fotografías y memorias. Las mirarán estupefactos, incapaces de entender las sonrisas o el orgullo de aquellos que fueron retratados millones de años atrás. No entenderán el abrazo voluptuoso del padre que es fotografiado junto a sus hijos. O la belleza de esos pezones que se medio intuyen detrás de la camisetita que la extinta protagonista de los retratos tuvo a bien ponerse el día en que perpetuó su imagen hasta el infinito.
Vivir no es otra cosa, pues, que la algarabía o el espanto ante lo fútil. La resignación frente a la finitud y la brevedad. La encomienda por hacer origami con el tiempo, pues –a pesar de que 70 o 25 años no sean sino una brizna de existencia junto a la longevidad de las piedras- hay instantes ahí en el medio que pueden desdoblarse, con toda calma-con toda parsimonia, y que desdoblándose logran convertirse en la mismísima eternidad.

marzo 03, 2012

Elegía a Ramon Sijé

Si algo me deja perplejo en este mundo, es percatarme de que Miguel Hernández se murió con 32 años, y habiendo producido toda su obra poética entre los 20 y los 30.

Sí, Mozart, Janis Joplin, Jim Morrison y Jimmy Hendrix se murieron todos a los 27 años. Y yo, cuando cumplí 27, me dí un minutito de genialidad que no llegó, (o dejé ir abruptamente) Todos ellos músicos y compositores se cuadran ante lo de Miguel.

Lo de Miguel Hernández impresiona todavía más. Es una madurez absolutamente inexplicable.

Es algo así como esto:

"Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero."

febrero 24, 2012

Espejito, espejito...

Todavía recuerdo cuando abrí esta chingadera de blog en el 2004, ahogado en un dolor nauseabundo, pero también pudoroso de no vomitarlo con demasiado narcisismo (sin éxito). Y es que días antes de abrirlo, acababa de ocurrir el tsunami de Tailandia y Asia septentrional, así que mis pinches dolores semiadolescentes y pendejos de entonces parecían casi insultantes ante los 200,000 muertos (que luego fueron mucho más, creo) y que se contabilizaban por ahí de esos días.

***
Muy de vez en cuando me doy una vuelta por la que era mi mente en esos tiempos. Y es que -francamente- me da bastante penita ese tour, tengo que admitirlo. No porque mi narcisismo, que aún claramente perdura, me diga que yo debí estar haciendo o diciendo otras cosas en esos momentos. Sino más bien porque reconozco, y a la vez encuentro extrañamente ajeno, a ese personaje que era yo a mis escasos 24 o 25 años. Y honestamente me caga la madre.


Eso de no querer leer al yo de antes es, no cabe duda, como cuando uno no quiere verse en el espejo, a sabiendas de que el reflejo en turno está poco menos que de la chingada. Claro que, extrapolado sobre el tiempo, el espejo que te lleva a la que era tu mente de otras épocas, en ocasiones es mucho peor y más cruel que el que pudieras encontrarte hoy (pues hoy, precisamente, ya también te das las mismas licencias y te sientes medianamente en lo cierto respecto a ti mismo). Ya me decía mi loquero que el espejo siempre miente. O que en el espejo siempre nos veremos distintos a como somos. Es lo mismo.

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Lo que empezó principalmente por las puras ganas de seguirle la corriente a mis amigos blogo-Tijuaneros y a los otros muchos blogofílicos que azuzaban mi envidia o me llevaban incidentalmente a encender mis cachondeces fantasiosas con las blogueras de aquel entonces ( y le daría la mención honorífica a una de ellas, pero lo malo es que sigue activa y "no vaya a ser" que se entere); lo que comenzó con unos párrafos malescritos en minutos y que no tenían rumbo ni coordenadas coherentes, acabó por volverse -como para todos los que estuvimos entonces- un delicioso vicio. Y por más vergüenza que hoy me dé el mirarme en las páginas de aquel entonces, sería muy hipócrita negar que durante varios -muchos- años este blog se convirtió en una extensión bastante honesta -o cuando menos congruente- de mí mismo.

Conocí, en el proceso, a mucha gente verdaderamente deliciosa, frondosa, brillante, magnífica. Y toda inmersa en ese jugo impúdico e impertinente que resultaba ser la "blogósfera" de mitad de la década pasada (y también conocí a la bloguera esa, que -por cierto- resultó ser más deseable todavía en su carne y hueso, que lo que jamás será en sus personajes digitales).

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La cosa es que cuando en aquel entonces alguien me cuestionaba por qué demonios le encontraba placer alguno al bloguerismo intensivo, yo siempre respondía que -más allá del clarísimo beneficio de andar histeriqueando sexualmente con seres virtuales más o menos apetecibles- lo que me parecía que estaba por encima de todas las chaquetas mentales, era la posibilidad que seguramente surgiría años después (por ejemplo, ahora) de "leerme en el pasado" y entonces recapitular respecto a lo mucho -o poco- que quizás habría cambiado mi forma de ver el mundo, o de vivirlo a través de mi propia descripción de esa experiencia. Decía entonces que quizás así podría tener una prueba fehaciente de mis decadencias y mis epifanías: El poder mirar atrás como quien mira su propio diario adolescente y ridículo, y encontrar los puntos de convergencia y divergencia con el self del futuro. Y así trazar más o menos claramente el rumbo por el que cada quien había llevado su vida y sus decisiones. En ese punto -justamente- debo decir que no me equivoqué: Para bien o para mal, toda esa fantasía de autoanálisis resultó más o menos cierta.

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Y no digo "para mal" porque me arrepienta de nada significativo. Digo "para mal" porque, de hecho, no sólo es que me lea a mí mismo tan estúpidamente categórico en muchos textos (los que más pena me dan, probablemente) o tan ridículamente poetuitero (valga la expresión actual) en otros. Digo "para mal" porque sin duda me genera mucha culpa y frustración el no haber persistido en la disciplina de vomitar con la frecuencia e intensidad que lo hacía entonces, y por dejar ese hábito tan inofensivo y dedicarme mejor a ser un esclavola contemporáneo. "Para mal" porque, poetuitero o no, cuando menos entonces era congruente con mi deseo de ir dejando migas de pan en el camino a casa de esa bruja antropófaga que resultó ser mi vida "adulta", tiempo después. Bruja que a diferencia de la que pensaba zamparse a los dichosos Hansel y Gretel, nunca encontró su extinción justito antes de engullirme, como en el cuento. Ésta brua me engulló y lo hizo (lo hace) varias veces (al día) y aún ahora me sigue rumiando como una cabra frenética y que no acaba por cagarme de una vez por todas en el retrete mentolado de su castillo de caramelos.

***
A todos los que fuimos criados con una pizca de Hansel y Gretel, nos queda claro que las migajas ingenuamente vertidas por Hansel sobre el sendero del bosque en que iban a abandonarle para siempre, no eran más que una ilusión muy bien intencionada y bastante estúpida por volver a los brazos de esos mismos abandonadores que le habían traicionado. Y claro: los buitres, los cuervos y los otros muchos animales del camino bucólico aquel, siempre estuvieron (y estarán) esperando al que pretenda dejarse indicios a sí mismo para encontrar el camino de vuelta a un lugar que no existe.

Cuando leí el "Viaje a Ixtlán", en el clímax de mi apetito mágico de la adolescencia temprana, obviamente no entendí del todo ese final tan aparentemente lúgubre en el que el ficticio Castaneda descubría -amargamente y siendo objeto de todas las posibles burlas de su "gurú" Don Juan- que no había tal cosa como el regreso. A ninguna parte. Y que una vez que se tomaba esa senda, no importaban las migajitas y los signos que uno quisiera dejarse a sí mismo en el trayecto, pues luego de partir no existía más la vuelta a casa (guiño casi psicodélico a los pobres chanchos de engorda que resultaban ser Hansel y Gretel) pues uno no puede volver a esa "casa" ni a ese lugar que resultaba ser uno mismo, años atrás, porque sencillamente, luego de muchas decisiones, todo lugar previo cesa de existir para hacerle espacio al próximo. Y al próximo.

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Lo mismo pasa ahora, con el blog y con sus migajas. No han sido propiamente engullidas por nadie, y sí, permanecen ahí, pero ya prácticamente han perdido todo significado capaz de devolverme a quien fui yo al momento de vertirlas. Y no, no es que nostalgice en lo absoluto respecto a volver a ser tan ridículamente categórico como lo era hace seis o siete años. Todo lo contrario: es más una nostalgia de esas estériles pero frecuentes y sabrosas, y que se vienen cada vez que uno siente ganas de haber sabido más cuando no supo, o de haber podido ser un tanto más parecido a como es ahora, pero justo mentalizándose como pasajero de esos pasados imberbes en los que hizo mal todo aquello que hizo porque simplemente lo consideró cierto y "natural" respecto a sí mismo. Esa sí una gran chaqueta mental (sin duda mi término favorito en todo el caló chilango que jamás haya existido). No mamadas.

***

No es que a nadie de los que nunca leerán esto, le importe un pepino mi postura actual. Pero hoy sí que me siento mucho más claro que entonces, aunque no escriba tanto sobre ello y sin duda ya no lo haga de forma tan medida y tan "bonita" como en alguna u otra ejecución lo logré cuando este blog aún respiraba. Y sin escribirlo tanto, hoy más bien lo vivo mucho más y mucho mejor. Congruente con la noción de que todos esos aparentes "clichés" que entonces le atribuía a los treintas y a los treintones, son mayormente ciertos: Las crudas sí son mucho peores. Las pedas son también, mucho menos frecuentes e intensas. El sexo es notablemente más escaso, aunque no por ello peor. Los maestros que detestaba en la adolescencia, muchos son ya figuras que introyecté felizmente en mi cabeza y que hoy respeto con una nostalgia muy agradecida. Procuro no sentir o comportarme como si lo supiera todo o como si aquello que siento tuviera que ser, necesariamente, lo que debieran sentir los otros. He descubierto también los famosísimos "pequeños placeres", pero no por ello me considero un conformista que haya abandonado sus motivaciones, aunque quizás sí sus ideales más grandilocuentes y narcisistas. He aprendido a amar ciertas partes de mi trabajo, ciertos procesos de mi propio pensamiento. Tengo menos miedo a equivocarme porque sé que me equivoco bien y con frecuencia y aún así me lo permito y me lo perdono. También sé pedir perdón. Y no a la virgen, los ángeles ni a ningún otro amigo imaginario, sino a las personas. A las personas que como yo, también se equivocan y equivocándose todavía se sienten en lo correcto. Todo bien, vaya. Sin querer escribir libros de superación personal y todavía desdeñándolos, pero otorgando el beneficio de la duda y la cortesía de la disculpa tanto a los otros, como a mí mismo.

***
Me falta hacer y me falta vivir un montón inenarrable de cosas. Y sin llevar una lista de ningún modo precisa, hoy sé seguir mucho más mi propia pasión. No está aún en el lugar ni en el momento que me gustaría. Todavía me restan (si se puede) varios años de "vivir una juventud medio infame con tal de lograr una vejez digna". Pudiera parecer claudicación, pero no lo es. Porque debajo de las formas de hoy y del escaso chance que me dejo para sentir, gozar o escribir disciplinadamente y en un puñetero blog todo aquello que me pasa por la cabeza, la realidad sigo siendo el mismo, pero no. Soy el mismo que es también otro. El espejo presente que se pone de acuerdo con el otro espejo pasado. Y es que los espejos, si algo, saben hacer, es ponerse de acuerdo.

Aunque (se) mientan.

enero 21, 2012

Credo freelancero.

Me queda clarísimo el abandono cuasitotal en el que tengo a este espacio de evacuación que en otros tiempos era patio de recreo. No es falta de impertinencia ni de ganas, debo decir, lo que me ha mantenido lejos de musitar letras a regañadientes. Tampoco es que no tenga nada que decir o que evacuar (mucho menos eso). Tampoco es que "haya perdido la fe" en los blogs (misma que fehacientemente podrían constatar que nunca tuve) o que "ahora esté más concentrado en Twitter".

La realidad es que me siento despojado de la capacidad de escribir esos textos largos (y muchas veces muy confusos) que antes me salían con toda naturalidad. Es muy probable que Twitter tenga algo de culpa, si considerásemos que la fragmentación en 140 caracteres pudiera hacerle daño a alguien. Pero la verdad es que estoy ocupado. Y no ocupado como antes lo estaba: ahora sí, muy ocupado. Resulta que me decidí (de una vez por todas) a ser "free lance".

Hay muchas mentiras contenidas en la esclavitud contemporánea. Innumerables, de hecho. Si empezáramos enumerando la cantidad de sueños (chaquetas) guajiros (mentales) que se sobrevienen con la capacidad de consumo (compras compulsivas) que acarrea el tener un trabajo más o menos bien remunerado, no acabaríamos nunca. Y es que, como bien se dice ahora en algunos afiches "contestatarios" de las redes sociales, no se debería (nunca) equiparar el nivel de consumo con la calidad de vida. Y sin embargo, lo hacemos. Lo hago. Lo sigo haciendo. Probablemente, además, lo seguiré...

Me resisto a pensar que "me han llegado al precio", sin embargo. Hoy bien podría estarme embaucando en créditos o compras falaces, mañana mismo, y decididamente no lo hago. Quiero pensar que es porque -en realidad- tengo un objetivo ulterior-superior-sublime, y que es el que me conduce a diario, cual si fuera el hilo mesiánico en la madeja de Ariadna, a través de este asqueroso laberinto corporativo que debo enfrentar todos los (laborables) días.

Puede todo ello, sin embargo, ser una vil y masturbatoria (perdón, pero no hallo otro adjetivo) justificación. Puede ser que en realidad "me han llegado al precio". Y que toda esta resistencia no sea más que una pantalla que preciso para mí mismo con el afán de hacerme la vida más llevadera en los andamios de la mentira. Y, SIN EMBARGO, me resisto también. Me resisto violentamente a creerlo. Me niego a decir que así es...

El objetivo ulterior-superior-sublime sigue allí. Es cada vez menos idealista y grandilocuente, eso sí. Hoy ya no creo que mis palabras puedan o deban convencer a nadie distinto a mí mismo. Quizás por ello evacúo menos en este blog (público) y más en mi universo (privado). Pero no por eso dejo de pensar o de actuar en favor de aquello que creo. Y creo en cosas muy similares a las que he creído siempre. Existe ese "core", ese núcleo de creencias, ese último dígito y común denominador del que he hablado siempre con aquellos que me conocen bien: Aquello que se mantiene puro e impoluto a pesar de las propias incongruencias "operativas" de la vida. Eso de lo que uno no se puede despojar jamás, por más que lo desee. Por más que lo intente. Por más que lo haga, incluso...

Entonces me detengo un segundo sobre mis paranoias masturbatorias, y me lo pongo todo claro (a mí mismo, principalmente). Para ello, siempre funciona escribir un credo:

1. Creo en un mundo menos cruel. Menos pragmático. Menos salvaje en su aproximación a lo que desea. Un mundo en el que el bienestar de unos no implica la pauperización de otros. Un mundo en el que amarse trasciende toda cursilería y se convierte en verdad inmanente. Un mundo en el que hacerlo está por encima de toda ideología y creencia y significado personal. Un mundo que no rechista respecto a quién o qué es lo que nadie ama, porque comprende que en el amar está el ser, en sentido filosófico, y luego entonces, deja de chingar y burlarse de lo fútil o estúpido que pudiera ser ese camino.

2. Creo en los significados y los preceptos que reposan bajo el término "izquierda". Pero no por ello creo en "la izquierda" como entidad política real-actual ni mucho menos mexicana. Creo que la desigualdad, sin duda alguna, es el gran problema social que ha acarreado esta contemporaneidad en la que vivimos. Creo en la innegable estupidez de quienes afirman categóricamente que los jodidos son jodidos porque quieren. Creo en la necesaria firmeza que hay que adoptar para que esos imbéciles categóricos se enteren que la vida no es así: que hay gente, a escasos kilómetros-minutos de todos ellos, que en una o dos semanas han trabajado más de lo que muchos lo harán en toda su vida y que, oh ironía, son y están y seguirán estando y siendo "jodidos", sin deberla ni temerla. Creo en un camino político que acuse esas cuestiones como las más importantes del mundo, y comience o termine por hacer algo al respecto. Y creo en que todos, los guapos y los feos, los jodidos y los pudientes, los enérgicos y los huevones, estamos donde estamos y somos lo que somos no por virtud o defecto, sino por circunstancia. Y de cada quien depende luchar contra la circunstancia o mamar comodinamente de ella. Elijo lo primero, aunque a veces haga lo segundo.

3. Creo en la muerte. Es lo más creíble de la vida, de hecho. Se le ve por todas partes. A todas horas. Aunque sea siempre aplicada y definida por los otros. Sin embargo, sé que está. Sé que nos espera. Sé que se nos viene, encima, por debajo, como sea. Pienso constantemente en cómo será el instante en el que todo deje de existir para mí, en mi cabeza, y por ende, para siempre. Por siempre. De forma total, como no es, irónicamente, la conciencia. Creo, fervientemente, que vivir es un atributo de la conciencia y que por ende es un fenómeno causal y limitado. Vivimos en nuestra mente y por ende vivimos en lo parcial. Somos un punto ridículo e infinitesimal en una gigantesca esfera que hemos decidido llamar "universo". Pero morimos de forma total y absoluta. Es una balanza bastante injusta, si me lo preguntan. Condenados a darle significado a las cosas, todo por culpa del maldito lenguaje, esperamos más o menos hiperactivamente el momento en el que TODO habrá de terminarse. Creo en que las probabilidades de que algo de esa conciencia permanezca son ridículamente bajas. Quisiera creer otras cosas. Es más: me dan una envidia inenarrable todos aquellos que logran creer que existirán después de morir. Pero no puedo. Creo que todo se irá. Nosotros. Lo que pensamos de nosotros. Nuestras madres. Nuestros hijos. Nuestros amantes. Alguien apagará la luz y dejaremos de preocuparnos (aunque también de ocuparnos). ¿Ya habré amado lo suficiente el día de hoy? ¿Ya habré sido lo suficiente esta madrugada? Parece imperativo preguntárselo a uno mismo, a diario, a toda hora. Parece, digo. No lo sé de cierto.

4. Creo en los pleitos. En la pasión. En el conflicto. En el rascar y rascar las telarañas del ser hasta que sangren un poco de motivos. De ahí que se me tacha siempre de impertinente. Lo soy. Prefiero ser incómodo que prescindible. Prefiero ser molesto que insignificante. Y no es por hacerle el camino más difícil a nadie: no. Es más bien este deseo de tocar el corazón de aquellos que -circunstancialmente, si se quiere- resultaron vivir y ser en mi mismo cuadrante. Cuando muera (algún día, quizás pronto, quizás no) y si alguien que me odie termina por leer esto, que sepa que toda mi rudeza y descontrol no fue calculada ni maquiavélica. En general, todo ha sido con el afán de tocar el corazón o las entrañas de aquellos que me rodean. Nunca, por más grosero o violento que se me haya visto, he querido despojar a nadie de sus ganas de ser, amar, seguir viviendo. Y dudo mucho que en algún caso haya logrado tal cosa. Pero lo digo por si así fue. Nomás tantito.

5. Creo en el amor como ejercicio del ser tanto como creo en el dolor como ejercicio del estar. No existe el uno sin el otro. No es el ser-amar un camino "perfecto" y despojado de dolor, como todos lo sabemos. Es más bien todo lo contrario: porque ser-amar siempre está acotado por el ser-amar de los otros. Y es ahí donde sobreviene el dolor y donde tanta gente se ha montado (y se monta) para negarle todo sentido a la vida o -quizás- incluso suicidarse. Yo, personalmente, creo que el suicidio es una gran trampa capitalista y absurda, aun cuando puedo entender que haya mucha gente que a diario lo considere o lo ejecute. Para mí, el suicidio es impensable. Sin importar el estadío de dolor-estar al que el ser-amar pudiera llevarme, jamás podría encontrar el suicidio como alternativa o escape. Y sé que hay estares meritorios de mucho desprecio. He visto morir grandes amores de otros. He visto morir también grandes amores míos. He perdido yo mismo toda esperanza en seguir respirando, por momentos. Y lo comprendo. Pero nunca, jamás, podré justificarlo. O cuando menos no como un camino para ser-amar. Quizás sólo por el afán de lastimar a quienes se quedan aquí. Un último ser-amar quizás, pero demasiado volcado sobre sí mismo. Y ese hecho lo hace aún menos justificable, si me lo preguntan.

6. Creo en la ligereza. En las pequeñas cosas. En los pequeños placeres. Las pequeñas muertes que simulan ciertos orgasmos. Los pequeños renacimientos atados a ciertos postres, a ciertos besos, a unos cuántos pasteles. Creo en la imperiosa necesidad de no andar escribiendo credos para gozar de la vida. Creo en callarse y suspirar. Creo en no saber callarse pero también desearlo, y suspirar. Creo en dejar de pensarlo todo, aún si no sepa cómo. Creo en la poesía que no pretende explicarlo todo. Creo en imágenes y en fantasías. Creo en las nubes cuando se callan, porque están como presentes, y en su presencia no hay nada. Nada sino nubes. Formaciones vertiginosas de aire colorido. Transparencias potenciales. Silencios esperando a ser vividos. Balsas de viento abalazándonse sobre un mar de preguntas. Respuestas que no existen. Caminos que nadie conoce.

Senderos
que
no
serán.

Y sobre todos ellos,

la calma.

agosto 06, 2011

No hay tal lugar: Desvariaciones sobre la utopía.

Algunas personas no entienden cómo es que alguien puede pasarlo muy bien cuando se sienta en la esquina de la vida y mira a la gente bailar-cantar-gozar, "a grito pelado". Esa es la razón fudamental por la que bichos raros como yo somos siempre acorralados y apuntados con el dedo en las fiestas. Desde las infantiles hasta las neo-adolescentes: "¿Pero es que Rigofredito no baila o por qué es que se la pasa ahí "milando como el chinito"? ¿Es que está triste o qué le pasa?

***

Bueno, pues no. Breaking news: No siempre que Rigofredito coloca su culo en la silla de la esquina y se pone a pensar, es que Rigofredito anda triste. Menos cuando Rigofredito canta "jondamente" las mismas rolas que esos implacables jueces de Rigofredito andan bailando, y además lo hace sonrientemente. Es nomás, acaso, que Rigofredito no quiere o no sabe bailar. O que Rigofredito prefiere cantar (antagonista perenne del mariachi loco, que quiere bailar) y sin embargo, se la está pasando muy bien. Y ya vendría siendo hora de que todos dejemos en paz a Rigofredito: Si de verdad estuviese sufriendo irremediablemente, seguro que ya estaría en su casa o se habría abierto las venas en esa, su sillita de la esquina. Pero no: la realidad es que contemplar y envidiar silenciosamente la simpleza latente en la felicidad de otros, no siempre es un signo de amargura ni tampoco un voyeurismo pusilánime. ¿Qué no la belleza 'is in the eye of the beholder'? Pues bueno, bellos, ustedes déjense mirar que si no aquí nadie documenta un carajo para la posteridad...

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Varias veces estuve a punto de poner "Rigobertito" en lugar de "Rigofredito" en el párrafo anterior. Y -evidentemente- también podría poner "yo" en lugar de todo eso. Y no es que se me halle SIEMPRE en la silla de la esquina. Algún tiempo quizás sí, quizás era esa contemplación mi única forma de incorporarme a los rituales de felicidad de los otros. Algún tiempo, quizás, me sentía absolutamente imposibilitado -ya por pudor o por narcisismo- para levantarme de la silla y colaborar con el frenesí de los brincoteos. Hoy, francamente, puedo hacer lo que me plazca. Hay días que las ganas me obligan a levantarme desde temprana hora de la susodicha silla, y entonces nadie documenta pero todos gozamos por igual. Otros días, sin embargo, y quizás los más melalcohólicos de todos, prefiero mirar en pequeñas dosis, y luego ponerme a pensar. O a desear. O las dos cosas al mismo tiempo. Da igual, pues no es receta. (Las recetas, dijo Lu esta tarde, son incapaces de documentar lo espontáneo o lo fortuito. No se puede hacer otra cosa que asentir ante esa implacable verdad, y luego callar o ponerse a bailar, o todo lo contrario).

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Han sido días raros, estos últimos. Me he puesto a leer estas cosas que llevo escribiendo desde hace siete años, y honestamente no me reconozco en muchas partes. Más allá de la crítica atroz que siempre hago de mí mismo, el problema aquí no es de forma, sino de fondo. Es esto de no "escucharse" en la propia voz. Revivirla con la mente, pero sentirla ajena, de todos modos. Y así es como me siento hoy, y me sentí ayer, o me sentí ayer noche en mi silla de marca Rigofredito. Sorprendido quizás de algunas líneas, de algunos párrafos, de algunos momentos muy reconocibles de todo ello, pero -sobre todo- sorprendido de lo mucho que uno va cambiando bajo el caudal de los días y el flujo impostergable del tiempo: ¿De verdad ese soy yo? ¿De verdad apenas han pasado tan pocos años? ¿Será que esos pocos años en realidad son muchos?

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De vuelta en 2004 o 2005, recuerdo bien lo que pensaba -ideológicamente hablando- de estos ejercicios de exhibicionismo semántico que resultan ser los blogs (y hoy los tuiters más lo que se acumule en la semana). Me decía a mí mismo que estas cosas tendrían que funcionar como espejos en algún momento. Como lugares de la mente que se quedaban trazados -mal o bien- encima del tiempo. Y no me equivocaba ni tantito.

Sin embargo, nunca preví lo inmensamente distinto que me sentiría en tan poco rato. Imaginaba escenarios mucho más longevos: Leer tus tonterías entrando a la tercera edad -tal vez- y sintiendo una suerte de empatía y ternura por ese personaje que eras apenas entrado en los veinte. Craso error. Ni tan longeva la lectura, ni tan empática la interpretación, ni tan entrado en los nada como hubiera querido: Simplemente resulta igual a leer algo que escribe OTRA persona. Y aunque si bien se dice que científicamente se cambia enteramente de células cada siete años y que -en términos prácticos- se es otra persona, yo hasta hace muy poco pensaba que esas eran exageraciones y que "en el core, en el núcleo de la personalidad (o del alma, si se prefería) la gente seguía siendo siempre la misma". Y no es tanto así. Al menos, no para mí.

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Van casi siete años desde que inicié este ejercicio. No importa si mi lectura de ese espacio temporal es cualitativa o cuantitativa. Me queda claro que -también- año con año escribí menos hasta llegar a los puntos de incipiente compromiso que caracterizan a los últimos tiempos de este blog. Pero no es "lo tupido, sino lo duro", debo decir. Hace seis años quizás escribía toneladas de epifanías desechables cada semana, todas ellas medianamente homogéneas. Hoy tal vez escribo tres por año, y sin embargo, cada una más heterogénea que la otra y absolutamente alejada de aquellas originales de entonces. Y no es que se trate de una sensación de "total pérdida de sentido" la que me aturde ahora, aun cuando bien podría describirla así, sino de un terror fundamentadísimo de sentirme tan distinto a mí mismo. Eso es lo que me inquieta. Eso es lo que me coloca en mi propia silla en el rincón, y dispuesto a mirarme hacer lo que antes ocurría sin que la voluntad interviniese siquiera.


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Me queda claro que este ya es un texto muy largo. Y que muy probablemente nadie lo habrá leído hasta aquí y que sin duda me lo estoy escribiendo mucho más a mí mismo que a esa fantasía de otredad a quien le escribía hace siete años. Importa un carajo, en verdad. Tengo que admitir lo distinto que me siento a mí. Y sin embargo, tengo que admitir también lo parecido que me sigo sintiendo a algunas obsoletas entelequias que me escribí unas cuantas veces, yo solito: "El amor es el trayecto". Esa la primera y que sigue siendo única e indivisible en mi vida. "Cortadita de papel": La segunda y quizás la más importante de todas. La que admite que el dolor propio, por más pendejo y pusilánime, siempre duele más que todo el dolor ajeno que las palabras permitan o no permitan imaginar. "Laberintos", por último: La terrorífica noción de que hay cosas que sólo haciéndolas ocurren, por más que las pensemos o nos empeñemos en decirlas poéticamente o con chilaquiles encima.

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Hace unos días discutía con alguien respecto a la pertinencia del ciberactivismo, o de las palabras, vaya, por encima de las acciones. Él me decía que las palabras siempre son pertinentes y las reflexiones siempre son válidas y se agradecen. Tengo que estar de acuerdo, pero también en desacuerdo. Pues si bien atesoro todo aquello que nos mueva a cuestionarnos y a sentirnos en duda -como buen admirador de Descartes- también me queda claro que el capitalismo y la globalización mediática tienen un propósito maquiavélico y subyacente: El de perdernos en laberintos ajenos. El de fragmentar la retórica para hacerla aparentar mejor y más útil de lo que verdaderamente es. El de marearnos a punta de sueños y utopías. Posibilidades y entelequias. El lenguaje operando en contra de la evolución, irónicamente. Aquello que nos trajo hasta aquí, será también lo que nos hunda en las infinitas posibilidades del momento que no ha de llegar. La u-topía. Etimológicamente: no hay tal lugar. Y de veras, chavos, no lo hay.

Ni siquiera dentro de lo que uno creería que es -precisamente- uno mismo.


Snif.