La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

diciembre 18, 2006

Preguntas para el copiloto. (Hit the road, Jack)

¿Qué se le dice a los remolinos?. ¿Y cómo se convence a las más tiernas avalanchas?. ¿Qué tanto podría pedírsele a las catástrofes o a las hecatombes, y cuánto podrían someterse los derrumbes y los puentes, y las dobles rayas, y los autos, y la gente? ¿Cómo es que todo luego acaba y se convierte apenas en nombre, luego en frío, y luego en cal, y luego en brizna mustia que se esconde entre el paisaje? ¿Cuánto más puede uno enamorarse de lo que zumba, de lo que piensa, de lo que existe, de lo que es y que luego reacciona -fiera o dulcemente- y nos revienta dos neumáticos en franco sabotaje? ¿Y qué tanto ese paisaje se deja mirar como queriendo ser espejo, o travesura hecha galleta, o pócima imperativa (bébeme, bébeme), o reloj de bolsillo, o prisa entre las manos de un conejo inalcanzable?

¿Y cómo es que todo esto ES cual si lograra ser casi sabiéndose libro, o apenas creyéndose ola, o rábidamente y rápidamente asumiéndose como una historia que no pregunta nada a nadie?

***
¿Cuánto poder podría quitársele al silencio? ¿Cuántas puñaladas podrían dársele a los malos entendidos? ¿Cómo podría asesinarse a la lingüística, a la estética, a la lógica de la ilógica, al océano de las posibilidades y su fauna de argumentos implacables? ¿Cómo desbaratar lo que ya se ha desmoronado y permanece -bellamente- en cierta pausa embriagada de quietud? ¿Y cómo asumir que todo aquello no es otra cosa que un enjambre de abrazos en reposo acidulado, o una calma que espera, solamente, a que el terco carboncillo de la vida le dibuje con paciencia para que sobre el papel, línea tras línea, el retrato en opalina culmine siendo aún mejor de todo eso que dibuja y que respira?

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¿Cuán posible sería tocar en mi violín un suavifuerte pizzicato al que no le importunasen ni los icebergs ni el naufragio, y mucho menos los antes o los luegos, o los alegros y los adagios? ¿Qué tan factible resultaría abalanzarse sobre el amor más tremebundo y papirofléxico sin convertirlo nuevamente en otras nuevas migajas inconexas, rebeldes y diminutas? ¿Cómo se podría amanecer siendo dueño de más de dos ojos y tres oportunidades? ¿Hasta cuándo la poesía podría ser suficiente excusa para no tener que amarse bajo la ducha descarnada de lo propio y lo social? ¿Por qué las tormentas, por qué los botes salvavidas, por qué las distancias y por qué las gélidas asincronías? ¿Quién pidió ser lloviznado? ¿Quién quisiera permitirse otra media y suavísima tarde, lejos del humo, del musgo, del trapecio y del alambre, frente al fuego, cruzando manos, anudando cuerpos, sembrando aciertos, matando el hambre? ¿Cuánto costaría semejante remedo del más libre, amoroso y cínico peaje?. Y peor aun: ¿Qué tan certero será el cuento, si al retornar no existen más las viejas calles, ni las letras están ahí donde siempre, tomando el té y alzándose las faldas sobre los viejos pergaminos de las aulas y sus asiduos ocupantes? ¿Qué tan verdad es que no hay hogar más cierto que el que dura más allá de la media tarde, y qué tanto duele que el camino es -realmente- lo único que queda, lo único que nace, lo único que ocurre y lo último que sabes?

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Afable, hermoso, doliente. Tremendo, sangriento, paciente. Tras la mente yace todo y tras el todo un frío ardiente. Y no malquepo ni incomodo en ese trance. Se está entre ríos, se está sin guantes, sin ardor y sin torrentes o estornudos, se está con bríos y con sueños y con hambre. Juntos pero sin tocarse las literas, las cobijas o las fauces. Cada quién su estío y cada quien su martes. Tras la mente las historias y las medias, las mordidas y las tardes, los sultanes-las princesas-los eunucos, y -también- todas las tibias cortesanas despeinándose de carne. Tras la mente las respuestas que no hacen ruido: las más bellas, las más simples, las más rampantes. Tras la mente todos se callan, bendición sin apellidos, y finalmente se inclinan sin mayor necesidad de tibios y estúpidos alardes.

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No hay más cordura que la que tiembla sobre algún tímido estambre que juega a ser cuerda floja, lenta e indemne, sucia y solemne, débil, tenue y maravillosa. No existen manos que no ensucien el agua con la que aprenden a lavarse, ni promesas impolutas que resistan salvas los hedores de la tierra y los colmillos de la carne. Lodo gris que se yergue feroz e implacable. Y tampoco hay otra respuesta que no sea la de persistir siendo mirada, sobre la choza, tratando de no manchar nada con las pupilas, renegando de hacer mapas y silbar las coordenadas. Ah, mirada milagrosa, resabio de la gloria y juguete de la calma: La mirada hermosa. La miraba hermosa. Sobreviviente de sí misma. Suave, sí, pero también rugiente. Agua fugaz, sed salvaje, carretera. O no: mejor aún. Una gran Curva Peligrosa.

1 comentario:

street trilce dijo...

Xamiru, ¡cuántas preguntas de tal envergadura!
son preguntas con sus implícitas respuestas

son preguntas disparos
son meditaciones explosivas
serenas de pronto, con esa rara ternura que tan escasamente existe...


no sé, ya casi no me topaba con la ternura
o es que en el propio ser, la ternura se comprime, porque todo lo que hay es su antítesis

¿será por eso?

Xamiru, enhorabuena, eh, leo tu blog.