La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

junio 05, 2006

Paréntesis tequilero y autoreferencial (En otros ahoras)

La realidad del “ahora” no conoce límites. No respeta fronteras porque no cree en ellas. Sucede sin tregua y sin rítmica mesurable. El hoy acontece felizmente y sin peligros. Y por eso, nada más, es que lo respeto. Lo alabo. Lo consigo concibiéndole.

¿Y por qué no? ¿Qué terror imbécil sería tan suficientemente digno como para detener el presente? ¿A qué otra voz debiera hacerle caso sino a la más mía? Aquí pienso en lo ninguno, y luego cedo y me someto a la emoción sin explicaciones. ¿Desde cuando no me es permitido saborear estrofas, medias de nylon o de algodón absorto y abandonado, o piernas, o futuros insulsos o bien, fuertemente argumentados? Creo, fehacientemente, que mi deseo es mío y que no requiere permisos. Tampoco su enunciación. Tampoco su renuncia. Luego, sencillamente, me dejo vivirles. Enuncio. Renuncio. Vuelvo a ser el yo de la renunciación enunciada. Y entonces, sí, resucito.

Pero es en ese intermedio donde suceden unas piernas sublimes, unos ojos desgarradores, una totalidad capaz de provocar el más ruidoso de los silencios. Es ahí. Es entonces. Es cuándo y es dónde. No me intimidan las etiquetas o el terror burocrático de quienes no toleran la demostración irremediable del deseo: Yo deseo sin pánico y sin ansiedad por el remedio. Sucedo y existo sin fe de erratas. Aparezco en libertad y me disuelvo, sólo y solamente, frente al propio aburrimiento, no más. Jamás me acobardaré de mi franca impertinencia. Jamás me daré miedo solo. Jamás renegaré, otra vez, de la mordida, claro, ni mucho menos, todavía, del malogrado dibujo metafórico de cualquier carne, cualquier hueso, hueco, entelequia o vacío.

Me responsabilizo de mi excitación tanto como de mi somnolencia. Rehúso el gris y sus incontables presentaciones: soy un franco peón de cualquier arcoiris. Ruidoso, resonante, armónico y disonante. Arbitrariedad en síncopa, sí, también, como cualquiera que es un intruso de sí mismo. Renuncio entonces, y por siempre en adelante, a la notoriedad o a la transparencia insulsa. Abrazo mi voluntad de resultar inconforme, si es preciso. Abrazo mis propios abrazos. Persisto en esta nueva incomodidad que provoca mi recién nacida coherencia. Persisto gozoso. No más renuente.

Soy devuelto y amoroso de mi sombra, lo mismo que soy la hondura de mi luz soy mi encandilamiento y mi falta y mi sombría y falsa complitud. Soy el dígito infinitesimal del amor que siembro en mis creencias. Soy la raíz cuadrada del número imaginario que resulto ser cuando empuño mi cobardía. Soy amablemente cuando amablemente soy sin consecuencias. Soy las consecuencias de ese abandono de la convicción. Soy siendo, soy sin ser, y por ello es que soy –entonces- el beso lento que juega a ser el prólogo de cualquier silencio.

Soy ahora tanto como soy jamás. Pero no cualquier jamás, no: Soy ese otro nunca que ama sin corroborar, y que a su vez, es ese otro siempre que no necesita del futuro ni de las mal llamadas cosas y asuntos.

Soy tuyo: ahora. Tuyo y ya: mientras muerdo. Suyo de todos y luego de la siesta o en mitad del desvelo. Mío y sólo mío, siempre y sin remedio. Y soy nada, en realidad, y lo soy todo el tiempo. No más. Aterrorizados sean quienes se asumen inmortales, porque de ellos será el reino del delirio.

2 comentarios:

Alfredo Mora dijo...

politólogo-vulcanizador con amplio conocimiento de la psique-femenina?


jajajajja, te la mamaste.

Yo no más digo que explotes el "yo no sé decir que no"

be dijo...

jo-der


(me ha encantado)