La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

octubre 17, 2007

Sicko (Michael Moore, 2007)






















Tengo que admitir que hasta antes de la ceremonia del óscar del 2003 (parecen tantos miles de años, sin embargo) no tenía la más puta idea de quién era el señor Michael Moore. Y a pesar de que en el año 2000, e incluso en el 96, y todavía aún en el 92, seguía de una forma un tanto enferma las elecciones de un país que finalmente ni conozco y que me vale rotundamente verga (a.k.a. Estados Unidos), tengo que conceder que no fue hasta después de ver Bowling for Columbine (Michael Moore, 2002) y posteriormente Fahrenheit 9/11 que me convertí en un verdadero anglófono preocupado y políticamente cuasiactivo con respecto al imperio americano que tan poco me importa, pero que tanto resulta incidir en mi vida y en la de tantos que conozco. (Si no me creen, pregúntele a la internet).

Luego de presenciar en vivo y a todo color ESTE acto de huevos



Y mirar cómo la mitad de la sala le abucheaba, mientras la otra mitad no podía hacer otra cosa más que admirar su valentía, me convertí irremediablemente en un acérrimo fanático de su manera "americana" de mirar el "mundo" ""americano"" (las doble comillas son a propósito).

Tras de esto, decidí mejorar radicalmente mi manejo del idioma inglés, y lo conseguí. Tras de esto, decidí involucrarme activamente en el espectro político gringo, cuando menos para poder presenciar lo que para el resto del mundo resulta inverosímil: ¿Cómo una sociedad tan rica en recursos humanos, económicos, militares y productivos, puede ser tan manipulable e iletrada a la vez? ¿Cómo es que en 2004, aun después del maravilloso despliegue de este señor Moore y su avasallante documental, las elecciones generales resultaron tan cómodamente favorables para el lunático que hoy todos -incluyendo a los gringos- desprecian públicamente?

Es así que debo declararme un fanático irremisible de Michael Moore. Y no me importa si es millonario, billonario o trillonario. Menos ahora, 3 horas después de haber pagado los incipientes 5 dólares que en México cuesta ver su más reciente trabajo. Y menos aún cuando he leído los varios libros que respaldan su punto de vista, y que permiten ver al Moore que sus películas respaldan pero también ocultan. A ese "god damned commie son of a bitch" (maldito comunista hijo de puta) que realmente es, pero que, sin embargo, tiene más fe en su país que la que muchos de sus correligionarios y detractores podrían tener luego de once vidas.

Sicko podría catalogarse como "un documental más" de este poderoso realizador, a pesar de que su temática principal no está realmente dirigida a otro público que no sea el estadounidense que resulta directamente perjudicado por la realidad que plantea. Debo decirlo: Un par de buenos amigos se aventuraron a ver Sicko hace menos de una semana, y cometieron el imperdonable pecado (y es que yo no lo he cometido ni siquiera con Critters, o cosas peores) de salirse de la sala aburridos por su propia desentendimiento de la trama. Sin embargo, hoy, hoy que fui a ver ansiosamente esta nueva película del único gringo mediático y huevudo que conozco, nadie salió de la sala. Todo fue anonadamiento. Todo fue estupefacción.

A grandes rasgos, Sicko es un documental que habla de lo inverosímil que resulta la inequidad y los sistemas que operan alrededor del servicio médico en el país más rico del mundo. Un sinfín de historias terroríficas, siempre aderezadas por la ironía de Moore, pero no por ello menos trágicas, desfilan ante los estupefactos ojos de un país con dos grandes sistemas de salud cuasipúblicos, pero que llevan años expuestos a la presión de ser privatizados porque -según nos dicen- eso los hará mejores.

Es así que durante un par de horas, quizás un poquito más, Moore evidencia el sinfín de ridiculeces que rodean al sistema de salud de la "Land of the free" (Tierra de los libres), y cómo es que mueren, empeoran y joden las estadísticas mundiales todos aquellos desafortunados que resultan excluídos por el propio sistema, y que no pueden hacerse ni siquiera de unas cuantas píldoras por menos de unos cuantos miles de dólares, día con día.

Su planteamiento, desde el punto de vista "americano", es de lo más pertinente: Todo el mundo desarrollado de occidente descansa sus sistemas de salud sobre planteamientos gratuitos y universales, con excepción de Estados Unidos. Y no es por nada que los propios indicadores de la inmensa mayoría de organismos internacionales dedicados a medir los estándares de salud en el mundo "desarrollado" ubiquen a Norteamérica en el último lugar de sus inequívocos índices.

En su ya característico estilo, Moore nos lleva a través de las historias de muchos de los despechados por la seguridad médica privatizada que opera en su país, para luego cuestionarse -retóricamente- las maneras en las que el resto del mundo lidia con la enfermedad, especialmente entre los países industrializados. La respuesta, aunque predecible, resulta devastadora a los ojos de los muchos americanos que están acostumbrados a ver morir a los suyos por falta de dinero y/o condiciones para ser beneficiarios del seguro médico que año con año pagan: Francia y su impoluto sistema de salud. Inglaterra y su NHS, quizás el mejor del mundo. Canadá, con su escasa población, pero con un sistema solidario que nunca deja atrás a los caídos por la enfermedad.

Sicko es, indudablemente, y como lo confirman las propias críticas internas, el mejor documental que Michael Moore ha realizado hasta ahora. Primero, porque no conlleva ninguna agenda política evidente, como la que tuvo -aun si acertadamente- Fahrenheit 9/11. Segundo, porque plantea un problema real e inverosímil: La inmensa debilidad sanitaria del país más rico del mundo. Tercero, porque expone sus argumentos con una sencillez que resulta preclara e incuestionable. Estamos seguros de que Fahrenheit 9/11 tenía el propósito unánime de desprestigiar a cierto imbécil que muchos ya sabíamos que lo era. Sin embargo, para aquellos fieles a la cultura del miedo, aquel documental no fue otra cosa que un montón de información aderezada muy bien puesta en contra de quien sólo ha hecho daño a su país y a la humanidad entera: George W. Bush. Sin embargo, Sicko habla de aquellos problemas que no sólo atañen a la porción pseudoliberal de la sociedad americana. Sicko habla de lo patético que resulta morirse por desdén en un país en donde sobra -a creces- el dinero. Y sin hablar del grandioso final, he de decir que Michael Moore se ganó un respeto aún más colosal gracias a lo que hizo por aquellos que entrevistó en algún momento, y luego llevó hasta donde sí los tratarían como seres humanos. Digno de lágrimas -sí- pero también de misterio.

Y tratándose de los mexicanos, Sicko habla también de lo patético que resulta todo el esfuerzo político que ciertos actores se desviven por hacer en aras de privatizar la ya de por si escueta seguridad social que tenemos. Y viene Alan Greenspan, y viene Serra Puche, y viene cualquier otro muerto político en vida, y nos dice que nuestro sistema de salud sólo podrá sobrevivir si se privatiza. Mentira. Mentira redonda. Y aunque no lo fuera, es preferible esperar 18 horas en un hospital de la Secretaría de Salud, a volverse peones desesperanzados que -sin siquiera la mitad de los salarios primermundistas- tengan que enfrentar la ridícula realidad de ser desestimados por sus propias aseguradoras. Y luego morir en el intento.

Sicko es perfecta para quienes conocen de geopolítica. Sicko es interesante para quienes se involucran con los problemas reales de la sociedad industrial. Pero claro, Sicko es infame y aburrida, intolerable y repetitiva, densa y pendeja, para todos los que prefieren no saber, y que sólo se enteran una vez que están dentro del féretro.

Gran película. Gran realizador. Y que vengan más de estas.

3 comentarios:

Amiguis/z dijo...

Sin demeritar su trabajo, ni su valentía, ni su empeño, lo que no me gusta es la importancia de los testimonios de las víctimas. Mejor dicho, de unas cuantas víctimas.

No me gustan los recursos que usa para hacer entender su punto: lágrimas de madres que perdieron a sus hijos, minutos y minutos de familias destrozadas, de ancianos, de niños. ¿Por qué no basta con exponer los hechos?

En Bowling for Columbine, odié cómo humilla a un enfermo Charlton Heston. En Farenheit, cómo pinta medio oriente como una especie de paraíso terrenal. Son recursos bajos, creo. Sabe que al público made in usa le encanta lagrimear y juzgar, asentir y negar con la cabeza: "¡cómo puede ser!", "¡qué horror!". Por ahí les llega.

Lo triste es que, en efecto, parece ser la única forma de conmover a cierto público. Los testimonios de personas con que identificarse pesan más que las cifras y hechos. Por eso explota tanto ese recurso.

Saludos, X.

Anónimo dijo...

No a la privatización del sector salud que se nos viene encima con la marcada despresupuestacion que vivimos ya

Anónimo dijo...

Cuando vi la pelicula eso que ustedes e smas de lo mismo para mi es un material al que nadie esta preparado por que les da miedo saber que viven flotando como chiringas y los que tienen las curdas son nuestros buenos lideres. Yo no se como todavia gente de otros paises se atreven a cruzar la frontera jaa es como ir a la justo directo a la boca del lobo. Yo por mi parte me siento bochornosamente ofendido de que mi isla sea parte de los EU. cheke