La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

septiembre 13, 2007

Vistazos al terror...

Desde hace ya unos buenos años, he tenido muchas fantasías mortuorias, la mayor parte conmigo mismo.

Invariablemente, cada vez que me veo detrás de un volante, conduciendo -como hace unos días- en la escarpada carretera libre a Toluca, o en cualquier otra, y viéndome mantener mis manos firmes sobre el volante, sobre la recta, entre las curvas, mientras piso el acelerador para alcanzar una velocidad sabrosa y estable, imagino lo fácil que sería morir en ese momento. Lo fácil que sería enviar una señal hasta mi mano izquierda y que esta jalara violentamente el volante en dirección contraria a las manecillas del reloj. El auto entonces acometería contra la orilla de la carretera y quizás se volcaría, estrellándose estrepitosamente contra los árboles que hay en el centro, mismos que aplastarían el toldo -junto con mi cráneo- y entonces yo, y toda esta patética fantasía, dejaríamos de existir. Y en esa negrura inconcebible ya no puedo pensar, porque en principio está privada de mi conciencia de ser, y ya estoy muerto, y nunca volveré a vivir.


Cuando pienso todo esto, mientras mi narcisismo me obliga a mantener las manos aún más firmes sobre el volante, no puedo dejar de considerar ridícula toda relación con el pensamiento- mágico religioso y el afterlife. Para los innumerables creyentes religiosos, esotéricos o fanáticos, unos segundos o nanosegundos después de habérseme destrozado el cerebro y muerto mi cuerpo, comenzaría una nueva existencia, en otra dimensión, en la que dios se dispondría a darme una visa para el cielo, el infierno o el afamado purgatorio. Y durante miles de años y/o el resto de la eternidad (que es lo mismo y que sigo sin comprender porque se le llama "el resto"), ese yo etéreo deambularía en una experiencia vivencial pero mortuoria de la que ya no habría ninguna escapatoria. Ridículo. Ingenuo. Hilarante, si se le toma con la suficiente ironía.


Y es que, desde que Aura murió, pero también cuando han muerto otros personajes importantes que han poblado mi experiencia de vida, mi reacción emocional inmediata es sentir la presencia pertubadora de la muerte, con una frecuencia espeluznante, y en momentos tan disímiles como simbólicos. Defecando, comiendo, follando con firmeza o con displiscencia, no puedo dejar de pensar en que la muerte está ahí, mirando, y en que podría exhalar su vapor terminal sobre mi cabeza en ese preciso instante, y en que mi vida, como la conozco, no habría sido suficientemente buena. Suficientemente completa. Suficientemente interesante. Suficiente.

Porque cuando la gente muere, casi siempre mueren con ella sus historias y sus proyectos. No todos tienen un galante culminador de sus pendientes, y -aunque ese ingenioso hidalgo los culmine- uno ya no está ahí para cosechar las lágrimas, las bofetadas o las risas. Y no es lo mismo. La vida no es lo mismo sin uno.


¿Qué pasaría mañana si muriese en los próximos sesenta segundos? ¿Qué ocurriría si un arrebato sistémico aniquilara mi corazón y dejara de existir para siempre ahora mismo? ¿Estaría muriendo satisfecho de mí? ¿Pensaría, como Aura, en todo lo que no he tenido tiempo de hacer por comerme una hamburguesa o por decirle buenos días a la persona que menos me interesa en el mundo, mientras tiro la basura cada mañana? ¿Moriría amablemente, o acaso un dejo incontroloable de rencor me haría morir sumido en una amargura erigida sobre todo lo que aún tengo inconcluso y que podría forjar cerros del tamaño de huracanes en mis últimos segundos de existencia?

Porque, cuando alguien muere, se convierte siempre en un espejo. Y en ese espejo me miro y pienso: Mañana no daré los buenos días. Mañana no esquivaré las olas de tráfico por nada. Mañana viviré a tope. Mañana intentaré caminar un paso más sobre el porcentaje de satisfacción versus insatisfacción de mi vida. Bullshit. Se acaba el tiempo, siempre, en cada momento. Y los paradigmas no sirven para nada. Bondad, belleza, amor: Todo es tan relativo como un beso. Como el próximo beso. Así que cínica y honestamente, me dejaré besar y ser besado en paz.

Porque no soy Van Gogh, ni cortarme una oreja serviría de nada: Tomaré lo que pueda ahora. De quien se deje. Vil vampiro.


Porque mañana, mañana podría estar muerto.

4 comentarios:

Erektor dijo...

Siempre he pensado que cuando muera, ya muerto nada me importará. Y que, para qué vivir preocupado por la muerte, mejor disfrutar la vida. Claro que a veces la vida apesta y entonces uno piensa que preferiría estar muerto.
Como sea.
Lo unico seguro es que el tiempo no se detiene, que es lo que invariablemente jamás recuperarás. Y que mientras el tiempo avanza, a lo que definitivamente nos acerca más es a nuetra propia muerte.
Creo que lo que nos da miedo no es la muerte en sí (que cosa peor nos puede pasar de eso?) sino la forma en que muramos, porque como sucede con las películas: por muy interesados que nos haya tenido toda la trama, si tiene un mal final toda la pelicula resultó chafa.
Los asuntos pendientes también hablan de nosotros, no tiene nada de malo dejar asuntos inconclusos, quizá esos asuntos sean los que dejen a la imaginación (buena o mala) de los que queden razones para seguir pensando en nosotros.
No sé.
Definitivamente mi vida ha sido tan mediocre los últimos años que sólo me quedan dos pociones: morir heróicamente dandole un sentido a mi patética vida, o cambiar mi vida totalmente para yo sentirme vivo.
Y las dos opciones no son nada fáciles.
Pero bueno, si todas las cosas en la vida fueran fáciles, otro gallo me cantara.

furtiva dijo...

la vieja muerte, que siempre es la propia en la del otro... es demasiado simple la respuesta: todo sigue cuando nos vamos, pero qué duro resulta siendo humano aceptarlo.

Ah, Erektor, la verdad es que mejor cambiar de vida, es igual de difícil pero mucho más interesante.

Rain (Virginia M.T.) dijo...

Xamiru, escribes sobre tu experiencia personal y me encuentro reconociéndome en lo que te apena y te horroriza. Es una manera de estar cerca a ti a quien atisbo en el blog y en esa foto con el rostro asomando. Así qué no sé cómo decirlo, decir que las coordenadas de vidas diferentes se cruzan y en realidad no son tan distintas, tan lejanas...

Abraxos.

be dijo...

mañana o la próxima vida, ¿quien sabe lo que llegará primero?
dice un proverbio tibetano.

mis mejores deseos, xamiru.