La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

julio 02, 2007

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Sólo falta ponerse a pensar un segundo. Es más: incluso un poco menos. Centésimas relampagueantes sobre las alfombras del tiempo son las únicas invitadas obligatorias para poder bailar la danza de la sorpresa.

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¿Es la comprensión una truculenta asunción de debilidad o es acaso una extraña veneración de la fortaleza? ¿Se trata de una frontera notoriamente humana y patética o es, por el contrario, el mismísimo centro del gran círculo perfecto que nos conecta con los dioses? ¿Debiéramos claudicar nuestros vanísimos esfuerzos en pos del entendimiento o sencillamente seguir el camino paralelamente opuesto y entonces maravillarnos, sí, embelesarnos –pues- con lo mucho que nuestros ojos de hule sí son capaces de ver?

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Como cada tanto tiempo, me descubro despojado y carente de una buena respuesta a esas, las mismas interrogantes de siempre. Y es que, a pesar de ser capaz de reescribirlas y reinventarlas de una forma cada vez más precisa, o tal vez barroca, o quizás más tramposa y sofisticada, sigo siendo el mismo enano incapaz de responderse a sí mismo que siempre he sido. Soy un estéril esclavo de preguntas que se desenvuelven y se desdoblan en un vértigo asombroso, pero que acaban siempre imbéciles y paralíticas. Posadas como una mosca enjuta sobre las nalgas de un jamelgo que tan sólo agita la cola para luego mascar. Mascar y mascar y remascar una y otra vez la pastura idiota que lo redime del peligro.

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Porque el peligro se esconde detrás de cada palabra. El peligro está ahí, encaramado y al acecho, dispuesto a la yugular como ningunos otros dientes lo están en el centro de la vida. El peligro espera aquí y en todas partes, ubicuo y certero, adormilado a veces –sí- pero siempre –siempre- pertinaz. Pertinaz como una lluvia muda y sin torrentes que tan sólo espera y continúa esperando. Y que luego llueve odiosa y eficazmente sobre todo lo que toca. Llueve, sí, sobre todo lo que toca, y llueve rápido. Llueve tan pronto como escucha las palabras mágicas, las preguntas mágicas, el hechizo mismo. Y entonces yo me ahogo en los goteros del peligro. Y sucumbo al pánico. Y me vuelvo sobre mis pasos, derrotado. Incapaz. Sin ninguna otra respuesta que el sinfónico golpeteo que esa lluvia de terror transcribe en mí y en mi destino. Anonadado y algunas veces dichoso, caigo vil, vil presa. Y me devuelvo a mi cubil siempre bien dispuesto. Atolondrado de adjetivos nuevos y palabras frescas. Preguntas de cultivo para la próxima pesca. Carnadas que por un momento se creen respuestas pero que luego fallan. Fracasan y se suman –nuevamente- a las filas de la duda y de la ausencia. Y comienza el baile desde arriba. Y desde el primer compás se vuelve a tocar la pieza. Esta vez no es un vals. Hoy se trata de guitarras y violencia. Aquí vamos de nuevo…

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¿Cuántas veces llega el fin de la misma partitura, hasta que el loco se da cuenta? ¿Será que todo es un gran juego sin sentido? ¿Podrá dejarse de jugar sin estar muerto? ¿Habrá algún modo de escapar de esta gran rueda? ¿Podría alguien, tan sólo, alcanzarme la pijama y sentarse aquí, al lado mío, y reírse conmigo mientras la vida se revuelca?

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Ahora sé porque es que extraño haber sido un niño. Y porqué añoro los crayones, las hojas sueltas, el balón y a los amigos, las tardes o los días de niñas dóciles y sus faldas y sus trenzas. Ahora entiendo de ese amor y de esas piernas que no pedían nada. Ahora sé porqué anidarse en el presente valía tanto más que estar perdido en ser sólo uno, y uno nada más, y cómo es que eso me hace esclavo del futuro, del pasado y, por ende, del hacer siempre las cuentas. Uno más uno: Dos. Menos uno: Uno. Más nada.

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¿Y qué es lo que soy sin un hambre y una boca? ¿Y a dónde llego si no sé si voy o si me lleva la chingada? ¿Y dónde estoy si no es contigo, si no es conmigo, si no es el mar o no es su hermana marejada? Tengo frío.

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Y es que yo añoro abandonarme ante la duda. Añoro no querer saber de nada, y luego preguntármelo todo. Y es que añoro no respuestas, sólo cánticos y calma. Una espalda, una frente, unas horas de zozobra sin preguntas, un tiempo de mordidas que no requieran diccionarios ni mapas ni apellidos ni dentelladas ni designios.

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Quiero, como diría John Laroche en la boca de Chris Cooper, en las letras de Charlie Kaufmann, en la mano mágica de Spike Jonze, estar tranquilamente y deambulando por la vida, y sorprenderme con la orilla de la carretera, donde estás tú, y tu mirada, y tu pulgar levantado esperando al asesino del camino, el viejo rider on the storm, y poder mirarte a los ojos y decir, simplemente: Eres tú. Y que digas: Soy yo. Y tú también eres tú. Y que luego nomás somos.

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- Si te esfuerzas sólo un poquito, puedes sentir como que el viento te rompe.
- ¿De verdad?
- Te lo juro. Mírame. Me estoy rompiendo.
- Llévame contigo. Rompámonos.
- Te llevo. Pero sólo si cierras los ojos.

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Y cuando los ojos se cierran, habémonos todos rotos. Rotos, descuartizados, desparramados sobre el camino. Pero siempre –siempre- en paz.

2 comentarios:

John Laroche dijo...

Snif!, casi me haces llorar!...

hahahahaha

OBVIO NOOOOOOO, pendejo!

Pinky dijo...

Aprender también es un vicio. Sobre todo si lo que hay por aprender es compatible con el plan de vida en todas sus aristas.

Mas hay muchas formas de satisfacer el apetito emocional Más de lo que las letras como erotismo documentado ofrecen al conocimiento. Ah, pero qué torpe... no hablaste de insatisfacción, dijiste insaciable! me proyecté.

Permíteme beber un poco mas de vino para ayudarme a regresar al tema adecuado.

¡Ups! ¡mira lo que ha pasado! una gota ha caído de la copa y ha ido a dar justamente en el centro de mi escote.

No cabe duda, tiene la temperatura adecuada: sigue frío.

Como hace calor, permitiré que la gota siga hasta donde tenga que seguir y deje un camino húmedo que permita ser soplado suavemente y se enfríe para mi mayor beneplácito. Un camino húmedo y fresco, siempre es confortante cuando sube la temperatura de la piel. ¿Estás de acuerdo?

Pero... ¿en qué estaba? ¡ah, si! En el torrente de ideas que generan nuestros deseos… a veces nos intimidan.

Permíteme aumentar tu sensibilidad al servirte una copa de este vino que me ha acompañado algunas y esta noche

Su hipnótico tono dorado con esas suaves notas dulces acariciando la lengua, vienen bien para la charla.

¡Pero vaya manera de sonreir la tuya! Confía en mi criterio para la elección de la bebida.

Aproxima tus labios al borde de la copa, inclínala despacio mientras me observas y siente la temperatura del vino en ellos. ¿Lo sientes bien?

Sigamos entonces con la charla.

Solo por opinar:
Me fascina la forma como aceptas tu condición de ávido intelecto, pero para mi, sigues pareciendo la misma persona independientemente de tus creencias o forma de vida. Es como decir -con su debida proporción- que me da igual si te gusta el chocolate en la cama (en cualquiera de sus formas: sólido, líquido, untado, etc.) o si mañana anuncias que te pones un piercing en la lengua... Tu escencia es la misma. Y tu forma de hablar con los dedos sigue siendo hipnotica y reconfortante para mi (como el vino) y muy sensual.


Algo como lo que el ordenador puede hacer por alguien. ¿No? Imaginar, soñar, romper rutinas. Eso me lleva a las historias (¿juegos, fantasias, parodias?) que generamos día con día... ¿cuántos fantasias quiero? las que sean.

Déjame inclinarme un poco hacia ti mientras apoyo mis antebrazos en la mesa, reposando mis suaves montes sobre ella, incitándote a que bajes la mirada hacia ellos mientras te expreso susurrante sonriendo con malicia: ¿cuántas fantasias quieres generar ahora?
DISFRUTA y juega con lo que haces con lo que aprendes, pues lo haces muy, muy bien.

En fin, por fortuna tengo también la oportunidad de leerte.

Un abrazo.