La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

diciembre 24, 2010

Por las barbas de Jesús, ¡No mientas!

El abandono de este -y los otros blogs- no es suficiente excusa para quedarse callado esta vez. Ya no es mi apatía la que ejerce el dictado sobre mi voluntad, y menos cuando mi remedo de país se toma la molestia de transitar hacia un territorio aún más inverosímil que el anterior. Y es que resulta que ya liberaron a "don" Diego...

Hace poco más de 2 meses me llegó, de buena fuente, la noticia de que en efecto liberarían al señor, tras el pago de módicos 20 millones de dólares en efectivo. Hoy se dice que fueron 30, en bolsitas de plástico, y que fue hace unos 20 días -y no unos meses, pero tampoco anteayer- cuando los sospechosísimos "desaparecedores" soltaron al susodicho barbón. Y bueno: Esa es una historia creíble, vaya. Porque sólo un subnormal podría comprarse que al jefe Diego lo liberasen la misma mañana en la que llegó -lozano y rozagante- a dejarle rosas a su nalguita eclesiásticamente certificada, conduciendo su Mercedes plata -ahora si bien blindado- y presumiendo una pancita sólo comparable con la finísima perfilación de su blanca barbita. Esa historia, mi despreciable don Diego, no se la creyó ni su chingada progenitora. 

Pero no es eso lo importante, en realidad. Pues ya nos dejaron muy claro los medios masivos, que nadie estará ahí para cuestionarle su fantasía al papanatas en cuestión. Todos replicaron sus "palabras", sus "impresiones" y sus grandísimas misericordias, mientras que apenas algunos repararon en la absoluta carencia de lógica de toda su historia, y aquellos que lo hicieron ya están -par de días después- muy calladitos o "enfocados" en otras cosas. 

Se me ha preguntado que cuál es mi postura. Que si pienso que realmente lo secuestraron o respaldo la teoría del autosecuestro cínico. Que si ya leí los comunicados emitidos por los supuestos captores o sólo me he dejado llevar por la silueta de su barba blanca y sus cabellos parejitos. Y yo, honestamente, no he sabido responder. 

Debo decir, de entrada, que desde el primer comunicado olisqueé un aroma "marxista" en esas líneas. Y entonces, dado lo escueto de los comunicados, sí presupuse que todo era un montaje bien esgrimido por alguien capaz de capitalizarse con la desaparición de un personaje tan nodal como lo es DFC. Pero luego me llegaron otros datos: Que sí estaba desaparecido en verdad. Que sus hijos no conseguían juntar la cifra. Que nadie sabía a quién más recurrir. 

Y entonces sobrevino el 21 de diciembre, y el señor surgió de entre las matas portando un "look" impoluto y señorial. Citando al quijote. Perdonando, cristianamente, a sus captores. Exigiendo que su caso se tratara como cualquier otro. Y luego leí el larguísimo "epílogo" de sus supuestos captores, y ahí me perdí para siempre...

No concibo cómo un grupo que es capaz de redactar semejante documento (mucho más crudo y real que ningún comunicado del farsante Marcos, por ejemplo) sería capaz de apuntar todas esas cosas Y AL MISMO TIEMPO DEJAR VIVO a un Diego que aparece tan evidentemente como un claro instigador de toda esa "violencia" multiforme. Y no es que yo le deseara la muerte más que ningún otro de sus detractores, pero -sin duda- no esperaba verlo regresar con semejante fanfarria. 

Y sí: Yo he denunciado desde hace años que la miseria es -sin duda alguna- una de las peores formas de violencia a las que nos somete el Estado Mexicano (y muchos otros latinoamericanos) y que siempre lo hace desde una cómoda postura pasivo-agresiva, mientras -por ejemplo- denuncia y oprime a quienes activamente luchan contra esa mismísima miseria. Sí: -y lo he dicho hasta el hartazgo- la miseria en la que vive más del 60% de nuestra población incontable (112 millones según el defectuosísimo censo de 2010), es -quizás- la peor de las formas violentas que permite y justifica un Estado como este. O debiera decir un "estado", con minúsculas, pues vive debajo de una Constitución sublime y "ejemplar", pero dedica todas sus horas a perpetuar su amargo incumplimiento. 

Estos, nuestros estados de venas abiertas, parafraseando al maestro Galeano, viven dedicados a perpetuar la insatisfacción, la miseria y la locura. Y mientras nosotros, los distraídos, los oprimidos, los desvalidos, reparamos en todo eso, ellos le declaran guerras a enemigos imaginarios -o más bien muy conocidos- como el "narco" (una bolsa conceptual más, en la que entra todo lo "malo"). Y entonces los noticiosos publican cifras de sangre. Y alguien, algún contador -quizás- recoge todas las ganancias y las organiza, y las distribuye, y luego regresa -tranquilo- a su silla. Padre, perdónalo. Él tampoco sabe lo que hace. Ni para quien trabaja. 

Y es así que no sé. No sé si realmente CREO que esos misteriosos desaparecedores EXISTEN. Tiendo a pensar que no. Y que todo es un delicadísimo texto fabricado por los literatos que -también- contrata el CISEN. Que todo ese larguísimo epílogo -que casi nadie leyó, por cierto-  se fabricó en un cubículo gris de alguna oficina -pública o privada- y que el señor "don" Diego pasó los últimos siete meses muy tranquilito en algún culo del mundo. 

Y es que la única alternativa es que no sea así. Y que todo esto sea real y que exista, en verdad, un grupo inconforme tan bien organizado como para pasar así de desapercibido siendo así de radical. Y que ese epílogo sea verdaderamente una arenga revolucionaria, en lugar de un mamotreto oscuro y recluido por el cerco informativo nacional -como lo es ahora- sin más eco y sin más gloria que la que ya no obtuvo. 

Y es justamente eso lo que me devuelve a la duda: ¿De ser tan poderosos, no habrían podido condicionar la liberación del susodicho a la extensiva y clarísima propagación de ese último mensaje? ¿No hubiese sido mucho más fácil orillar a los donadores del rescate a publicar ese último y corpulento mensaje si en verdad querían vivo a su patriarca don Diego?


Se sabrá jamás. Con su larga, larguísima e impoluta barba blanca, Diego llegó empuñando unas flores, en su Mercedes plateado (y bien blindado), hasta donde lo esperaban sus "amigos" los reporteros. 

Contó su cuento. Maquilló a su caperucita y luego se apeó. 


Entró a la casa y dejó afuera a México. Al bonito -y que se ve muy bien desde la cima de su casa- y al terrible: Ese que sus captores -dicen- que hace falta presenciar. 


Patrañas. 

octubre 15, 2010

Baby, it's cold outside...

Conforme pasan los meses y los años, cuando menos desde que abrí esta cagada de blog, en un arrebato de aburrimiento y desesperanza en las postrimerías de 2004, me sigue sorprendiendo la validez de aquello que me motivó desde el mismísimo principio. 

Pensaba, por aquellos días -y un poco todavía- que echar a andar un blog supondría una forma muy interesante de mantener un fiel registro de mi imbecilidad, entre otras cosas. Y la verdad es que se ha cumplido cabalmente esa expectativa primigenia. Hoy miro en retrospectiva todas estas idioteces y me puedo hacer, feliz e impúdico, una chaqueta mental del tamaño de lo que ha sido mi mundo en los últimos -casi- seis años. 

El poder de verse a uno mismo en retrospectiva, sin embargo, no sólo acarrea ese sentimiento de autodesprecio y ternura que uno puede sentir frente a sí mismo cuando se lee a la distancia. Pues es también una herramienta de apapacho y autoindulgencia, autocomplacencia -vaya- y fue esa la precisa razón que me inclinó a elegir la URL del blog desde un principio. Mi blog como un refugio para mi estupidez. Mi blog como un refugio para mi autofustigación, que no es otra cosa sino la forma más cruel de la autocomplacencia. 

Y evidentemente no me arrepiento en lo absoluto. Quizás me dan un poco de pena los muchos o pocos trolls que han criticado el valor literario de esta bolsa de mareo virtual. Y es que la expectativa de encontrar cualquier cosa rescatable, en términos literarios, es al mismo tiempo un halago y un mal chiste. Y a pesar de que me siento una persona radicalmente diferente a la que abrió este lugar en un principio, no tengo reparo en cobijarme en la cínica e igualmente primigenia aceptación de que esto no es ningún experimento creativo en el que pretenda erigirme a mí mismo monumento alguno. Pues, como en la vida, aquí yo sólo vine pasando. Iba pasando. Pasé. Y cuando de repente me dieron ganas de hacer un pequeño grafiti en una pared que ni siquiera es tan pública como parece, lo hice. Lo hago. Y esa fue la premisa desde el primer minuto. 

De cualquier modo, no puedo evitar asombrarme con lo distante que me resulto a mí mismo. No son siquiera 6 años, pero las diferencias entre lo que me cimbraba en aquel momento y lo que me inmoviliza ahora, son absurdamente divergentes. Encuentro pocas cosas en común con el mí mismo de hace 6 años, o por lo menos con el mí mismo que escribía ávidamente sus pendejadas casi a diario. De entrada, esa avidez. Ese hambre que ahora desconozco. Aunque eso es normal -según dicen- ya que "el 80% de los blogueros del lustro anterior, ya ha abandonado la práctica de bloguear disciplinadamente", según el último estudio que no conozco y me estoy sacando de la penúltima arruga del recto. Y sin embargo, es bastante constatable con cada click en el directorio que apenas hace unos añitos había que mantener "al día", y que era disciplina necesaria en una noche como esta. Hoy, eligiendo aleatoriamente cualquiera de los blogs que tengo enlistados allí, es sumamente probable que el último post tenga cuando menos 6 meses de antigüedad. Eso no pasaba antes. 

Pero bah, no pretendo establecer una diatriba puntual que denoste a los que eran "mis blogueros necesarios" hace tanto o tan poco tiempo. De entrada, no tendría autoridad moral para hacerlo, sobre todo si miro el decreciente contador de posts que aparece junto a cada uno de los años que este mausoleo blanco (o debiera decir gris, mejor) lleva reposando en la web. Quizás sería más adecuado asumir que, como todas las relaciones -reales o virtuales- nació envuelto en un idilio, creció resuelto en una convicción, se reprodujo absorto en el onanismo, y ahora muere, "lentamente, como cae un árbol"... Y aún así, me intriga. Porque así como los burgueses pagaban por sus retratos y lo colgaban en las paredes de sus casas veraniegas, nosotros los burgueses contemporáneos persistimos en perpetuarnos a toda costa -y casi siempre via el autorretrato virtual- y nos colgamos de estas paredes tecnoabstractas que nadie puede ver, pero que -chaqueteramente- asumimos aún que todos miran. Y eso, aparte de -nuevamente- onanista e irrisorio, no deja de ser fascinante. 

El siglo XX parece habernos inculcado no sólo la noción de nuestra propia futilidad, tanto individual como en proporciones de especie, sino también el deseo de colectivizarnos tanto como sea posible. Y aunque los absurdos y anacrónicos clérigos (de casi todas las iglesias) persistan en querer renegar de Galileo y sus consecuencias, cada niño que nace en un ambiente urbano y occidental (o cuasioccidental, para que los historiadores que insisten en que América Latina no es occidental no me estén chingando), nace en un mundo que ya se sabe finito y probablemente pusilánime en términos cósmicos (si bien le va). Y ese niño, aunque no lo sepa, de todos modos aspira a lo otro: A la hiperconectividad. A la tecnologización de su vida diaria. Aunque eso signifique tirarse un pedo y que las mariposas que aletean en el Japón, puedan tomarse un segundo para degustarlo, por caotizarlo de la forma más suave que se me ocurre ahora mismo. 

Lo mismo me pasa conmigo mismo. Y eso que ya tengo mucho tiempo de no ser niño. Y eso, incluso, que cuando era niño no tuve tiempo, ni ganas -en realidad- de ser un niño en el amplio sentido que implica ser "crianza" (como se diría en portugués), ya que mi neurosis ocupó el lugar de la fantasia desde las primeras horas cósmicas de mi vida. Pero es justamente eso: Mirar lo que ha hecho de mí esta colectivización voluntaria que yo solito adopté desde que empezaron a vender el internet en mi colonia. Y todavía más clara, y más fehaciente, desde que abrí esta chingadera de blog y comencé a evacuar dentro de él, hacia fuera y con dedicatoria para el mundo, todas mis pendejadas. Es al mismo tiempo deprimente y fascinante. Es un turn-on y un turn-off. Es, como todo este futuro que ahora vivimos y que imaginaron los cienciaficcionistas de los 60, y de los 50, y de los 40, y hasta Julio Verne, una ridícula, patética y al mismo tiempo abrumadora experiencia.

No me queda claro si lo que realmente deseo es poner punto final o persistir en el punto y seguido (o aparte, si bien me va). No sé cómo habré de mirar esto mismo cuando cumpla 35, o cuando cumpla 40 o cuando cumpla 115 años y me coma mi pastelito por via intravenosa. Tampoco sé si cumpliré ninguna de esas edades, ni tampoco si llegaré a ninguno de esos deadlines. No sé si miraré esto con la misma lástima y ternura con la que miro lo de hace 5 años. Y tampoco me importa gran cosa.

Puedo, sin duda, atisbar que hay un "core", un núcleo que me hace seguir siendo yo mismo y que me hace saber que el que escribió sus pendejadas hace media década es el mismo que escribe ahora. Gorostiza, por ejemplo: "aquí, sitiado en mi epidermis...". Y Efraín Huerta, dentro de cualquier poemínimo o trepado en las LSD Airways. Y otras cosas varias. Sigo detestando a Franco y a los fascistas. Al PRI y a los conformistas. Al PAN y a los cristeros. A Pinochet y a los culeros. Esas cosas no han cambiado en mis vísceras. Y no creo que cambiarán nunca. Espero (y si cambian, por favor péguenme un tiro si tienen chance y se consideran buenas "personitas"). 

Pero la parte deprimente es que, conforme pasan y pasan los minutos, y los meses y los años (recapitulando las primeras palabras de este mamotreto), detesto más y más cosas, y amo y disfruto cada vez menos. Y no me agrada el hecho de que crecer no termine de significar desaprender y desamar. Que no hay un tope para eso, y que las decepciones sólo sigan acumulándose sin que la sorpresa y la fascinación eufórica que abundaban en la infancia, vuelvan a aparecerse en lo absoluto. Abomino que hacerme viejo esté convirtiéndose, pues, en un vil proceso de amargamiento y desdén, en lugar de dar pie a que renazcan o aparezcan nuevas y mejores razones para vivir con gusto. 

Me han dicho que es porque no he procreado. Y que toda mi desesperanza reside en que a mis 31 años me he privado de esa parte de la ecuación biológica "natural". Procuro no hacer mucho caso a ese argumento, pero cada día cobra más sentido. ¿Qué otra cosa puede hacerse de forma más intrínseca que un hijo? ¿Dinero? ¿Obras de "arte"? ¿"Logros" profesionales?

Pero carajo. En mi pinche mundo pseudoliberal, tener un hijo no es "crear" una obra. En todo caso, el proceso de creación comienza eyaculando y termina con el parto de alguien más. Pero el resto no es ni responsivo ni predecible. Y sí, carajo, it's fucking cold outside. ¿Cómo podría atreverme a traer una persona a este universo si no tengo ni puta idea de cómo lidiar con él yo mismo?

Meh. Preguntas para leer en 5 años. Si todavía estoy por acá. 


Mientras...

"I really can't stay - Baby it's cold outside 

I've got to go away - Baby it's cold outside

This evening has been - Been hoping that you'd drop in

So very nice - I'll hold your hands, they're just like ice

My mother will start to worry - Beautiful, what's your hurry

My father will be pacing the floor - Listen to the fireplace roar

So really I'd better scurry - Beautiful, please don't hurry

Well maybe just a half a drink more - Put some music on while I pour"

septiembre 22, 2010

Terremotos (larguísimo post previo a la Gran Respuesta)

Lo dije ya hace mucho tiempo, pero los meses, para mí, siempre vienen entintados en cierto color. Siempre el mismo.

Es muy probable que se trate de una conducta aprendida en la infancia, pero realmente, no lo sé. Septiembre, para mí, y desde mucho antes del terremoto, ha sido un mes café. Aunque no realmente café sino más bien marrón. Un color que juguetea entre la mierda y la sangre. No es totalmente mierda, no, pero tampoco es totalmente sangre.

Sobra decir lo que ya he repetido hasta el hartazgo. Mis historias acerca del terremoto. Su gran significado en lo que resultó ser mi vida (y la cual no sé si terminará pronto, pero debo averiguarlo la próxima semana). Sobra decir un montón de cosas. Y en realidad, este blog, es un gran "sobra decir", pero lo diré de todas formas.

No, yo no viví la agonía de mi ciudad en ninguna de sus presentaciones. Mis padres, anonadados por el primero de los terremotos (porque fueron dos, y que a nadie se le olvide), tuvieron a bien (mal) dejarme en casa de ciertos parientes, mientras huían buscando un nuevo lugar para vivir, lejos del olor a muerte que pobló esta ciudad durante toda una década. Y también -sobra decir- que lo encontraron: "Allá lejos", cuando todavía el "lejos" estaba a más de una hora de distancia, en Tepoztlán, Morelos, donde -irónicamente- tuve que aprender acerca de la muerte, entre muchas tantas cosas.

Ese Tepoztlán todavía sobrevive en mi memoria. No tenía internet de banda ancha ni tampoco, siquiera, teléfonos que sonaran en cada una de las casas. Era un pueblo cuasivirgen, podría decirse, y que, sin deberla ni temerla, captó a su gran camada de forasteros justamente en aquellas épocas. Entre los que no éramos suficientemente fuertes para ver morir a la ciudad. U olerla. O paladearla. O cualquier cosa.

Viví, pues, mis años más edípicos en el aún más edípico Tepoztlán. Y hoy en día pienso en mi madre de aquellas épocas: Era una muchachita de 27 años. Los mismos años que me resultan irrisorios cuando se plantan frente a mí, empuñando su más categórico nivel.

¿Y cómo podría culpar a mi madre de todos mis males, si ella era simplemente una niñita aún más perpleja de lo que yo me encuentro ahora mismo?

Caminé mi sendero hasta la escuela rural y de vuelta, durante un tiempo que pareció interminable. Visto a la distancia no fueron siquiera tres años. Pero para mí, niño deseoso de caminar su propio sendero, resultaron imprescindibles. Sé que a mi propia madre le provoca una inmensa culpa todo aquel período de libertad que años después, ya de vuelta en la ciudad, le resultó impensable para mis propios hermanos. Pero yo, siendo absolutamente honesto, soporté felizmente toda la discriminación inversa de aquella escuela rural, donde no sólo era yo el "güero", sino también el "chancla mojada", el "miss miji", el "putito" y -a la vez- el favorito de "la profesora". Me endurecí, año tras año, mes tras mes, caminito tras caminito (de la escuela), que gracias a ello aprendí a soportar la exclusión de una vez y para siempre. Y aprendí a quererla, a tolerarla, a asimilarla y a vencerla. Por siempre jamás.

A mi casa llegaban, todos los días, un par de litros de leche bronca. Recién ordeñada de las vacas con las que peleaba -imaginariamente- de camino a la escuela. Recuerdo a Benita -mi nana y la nana de todos, en realidad- hirviendo religiosamente, todos los días, ese par de litros de leche inmasticable, cada día. Cada uno de ellos. Hasta su muerte.

En el jardín más próximo al escondite-casa que hallaron mis padres, habitaba un árbol de ciruelas. Pero no de esas ciruelas de supermercado que son tan redondas y tan perfectas como la cartera de quien las compra. Sino "de las otras". Esas esperpénticas chingaderas amarillas. Ovaladas como el universo. Suculentas siempre y cuando se les robase de su debida rama. Jugosas y sin rumbo. Las ciruelas de Atongo, las Tepoztecas, las olvidadas -a ratos- siempre y cuando no te cayeran en la cabeza. Ah, tantos y tantos días de ciruelas. Tantas ciruelas y tan poco tiempo. Tan poco tiempo y tan pocas excusas...

También robábamos tomates tiernos. Recuerdo muy bien que ahí aprendí a comerlos, porque antes -en mi vida urbana y semidigital- los aborrecía. Martín, un chico de la escuela que acabaría por apedrearme con toda la saña del mundo, fue quien me enseñó el camino. "Mira" -me dijo- "acá enfrentito de tu casa siembran un chingo de jitomates". Y mientras yo confirmaba estupefacto lo que aquel gurú me enseñaba, replicó sin pudor: "Vamos a chingarnos unos cuantos, miss Miji".

Me enseñó entonces que los alambres de púas -a los que mi madre me había hecho temer desde el principio, por aquello del tétano-, podían doblarse y moverse a conciencia. Y penetramos en el huerto de quién-sabe-quién. Cuando todavía había huertos en Atongo. Antes del hormigón y los teléfonos celulares.

Sumergidos entre las plantas, Martín miraba extasiado todos los frutos. Eran apenas lo que hoy se vendería -caro- como "tomate cherry" en los supermercados del esnobismo. Él, simplemente, comenzó a podar. Y a comer. A comer como si no hubiera mañana -valga el cliché- y porque, en realidad, no lo había.

"Ándale, putito, prueba uno. Están buenísimos...". Por la única e indefectible culpa que me había sido implantada en la infancia más remota, yo sentía culpa de cortar y comer aquellos frutos divinos que eran el pleno producto de la real revolución mexicana: "No chingues, Martín. Nos van a cachar y nos van a chingar..." - le decía.

Probé uno, dos. Una docena. Ni siquiera lo recuerdo. En aquella época quemaban pollos vivos a un lado de la casa, así que el gran pedo de los nuevos residentes consistía en no inhalar a esos pobrecitos pollos incinerados. Y ni siquiera eso: Los pollos les valían verga, pero la pinche peste no los dejaba tomar el sol a gusto entre semana.

Visto en retrospectiva -como siempre- aquella certera pedrada que Martín me propinó en la sien fue totalmente merecida. Él me enseñó a cazar ajolotes. A robar tomates. A caminar caminos. Y yo, putito preconcebido como él siempre lo vió- le respondí con mariconerías. Siempre mi pánico ante la autoridad. Siempre chingando la fiesta -vaya-.

Y sin embargo crecí en aquel entorno, y me dejé de mariconadas eventualmente. Me enamoré de dos o tres vecinitas. Aprendí a sacarle jugo a mis 20 minutos de camino hasta la escuela. Ya fuera chingando a los "bueyes" (vacunos) o escapando de los toros. Y de regreso, claro, aprendí a manipular en manos de esos primigenios tepoztizos que ya se anidaban sobre la calle de Ignacio Zaragoza (que sigue sin pavimentar, gracias a Fox).

Como todo lo sobrante, sobra decir que aquella experiencia rural fue determinante en mi vida. No sé qué sea de Martín o de Maribel, la niña que me gustaba en la escuela. Sé que, muchos años después, me enamoré de otra Maribel, y que buena parte de ese amor tenía que ver con el puro amor que le tengo al nombre en sí mismo. La maestra, Celia, ya era cincuentona en aquellos tiempos. Y hace no mucho pasé por la mercería que tenía en pleno centro y la descubrí ancianísima. Y no le dije "hola" -me arrepentí- pero su mirada perdida me desinfló todas las ganas de provocar a su memoria. Quizás me equivoqué -seguro- pero de eso, ya no más.

Mi historia con Tepoztlán es mucho más larga que esta breve introducción. Y la escribo solamente porque no sé si la muerte me esté acechando, pero me han dicho que es posible. Y sólo por eso, sin duda, quise dejar constancia de lo mucho que me forjó ese pedazo de vida "REAL". De lo mucho que extraño a un Martín que me apedree cuando estoy siendo un imbécil, una leche bronca que hierva durante horas para recordarme que nada está dado, y una maestra Celia que quizás ya está muerta desde hace años, pero que pervive -sin duda alguna- en el mismísimo centro de mi corazón. Y que apenas hace un par de días encontré el mismísimo centro. Y que lo añoro estúpidamente. Igual que a Tepoztlán. Igual que a los tiempos en los que no había teléfonos ni páginas ni otra cosa que no fueran las ciruelas. Los niños, entonces, añorábamos el tiempo de ciruelas. Y aprendíamos a trepar los árboles sólo por ello.

Y tras bajar, con las manos llenas de aquel estúpido tesoro, nos enamorábamos -y enamorábamos- a las niñas, a las madres, a los viejos. El mundo era más simple y yo...

Yo no me sentía viejo.

septiembre 08, 2010

Intervalos epifánicos desechables.

Mis muchos años de psicoanálisis ecléctico todavía no me han provisto de una sana respuesta. Y es que, por más que pretenda alejarme de lo que el universo del cliché persiste en llamar "las femme fatale", dichos personajes siguen siendo los que más provocan mis reacciones, conocen mis botones, y me llevan al delirio.

Atrás quedó el tiempo en el que supedité a mis congéneres (entendiendo esta palabra como se debe. es decir, compartientes de género sexual, ergo, hombres, varones o changos con pito entre las patas). Y es que hace mucho proclamé mi fascinación por mis no congéneres y su cuasigenética capacidad para construir laberintos pertinentes. Más allá de lo freudiana que podría ser la explicación, yo simplemente hallo a las mujeres mucho -pero mucho- más interesantes que a los hombres (y por ende, que a mi mismo). Sin calificativos de bien o mal. Sin maniqueísmos, pues. SImplemente más interesantes.

Pensé en escribir un post lisonjero, apapachador, suave. Y no por que ella necesite menos, sino porque en mitad de la noche me resultaba adecuado. Y todas las imágenes y los abrazos metafóricos que se suscitaron en ese punto, no dejan de tener validez, pero tampoco van aquí.

Aquí sólo mi propia fustigación. Mi pequeño instrumento de tortura. Por lo menos hasta mañana. Mañana -con ella, quizás, o sin ella, lo más probable- habrán reposado todas las lisonjas. Y se habrán despojado de cualquier elemento cursipendejo whatsoever.

Esperaré hasta entonces. Sin contar los minutos. Pero eso, claro, no es gracias a mí o a la noche. Ahí habría que agradecerle a Pfizer y su adorado Alprazolam. El mismo que me pondrá a dormir en breves minutos, y del que quisiera tener -algunas veces- un cierto ducto pirata para ordeñar de las benzodiazepinas, toda la calma que me hace falta.


Espero que el ostracismo al que estoy a punto de suscribirme, haga las veces de semejantes drogas. Y si no, pues

les pido

Ayúdenme a callar. (Pero no por fuera).

Mejor por dentro.

septiembre 06, 2010

Hombre al agua.

Por último, cuando el éxito haya consagrado tantos años de labor, cuando sus deseos se hayan
cumplido, el Sabio, despreciando las vanidades del mundo, se aproximará a los humildes, a los
desheredados, a todos los que trabajan, sufren, luchan, desesperan y lloran aquí abajo.
Discípulo
anónimo y mudo de la Naturaleza eterna,
apóstol de la eterna Caridad,permanecerá fiel a su voto de
silencio.
En la Ciencia. en el Bien, el Adepto debe para siempre
CALLAR.

Fulcanelli: "El Misterio de las Catedrales"


Ayer, un viejo-amor y ahora-muy-querida-amiga me pidió que leyera y opinara sobre su recién cocinada página web. No me tomó más de 30 segundos encontrar los errores ortográficos y gramaticales en sus textos. Y a pesar de que creo en su idea originaria, tuve que decirle que sus "párrafos de venta" me parecían desordenados y difíciles de entender. Tal vez no para mí, porque la conozco tan profundamente que podría haberla parido, indiscutiblemente. Pero para cualquier "aventurado visitante", esa filosofía que trataba de resumir en tres párrafos era simplemente incomprensible y muy probablemente molesta.

No sé cómo. Bueno, sí sé. Pero prefiero pretender cual si no supiera cómo me volví un analista semántico enfocado a la mercadotecnia y la usabilidad de las páginas web. Acá, en mi terruño virtual, soy todavía más tortuoso e incomprensible que lo que mi amiga pretende ser en sus tres párrafos por sección. Mi prosa, tal y como le vi calificar a Álvaro Enrigue aquellos hermosos disparates de Monsiváis, es algo verdaderamente repugnante y retorcido. Sobre todo cuando quiero expresar una idea que en mi cabeza califica con un grado de certeza cuasisublime, pero que al momento de aterrizar es simplemente incomprensible e inexplicable, carente de enunciados que mi mente sea capaz de construir. Y juro que no es por las putas ganas de hacerme el hermético/interesante.

Hace no mucho tiempo mi querido amigo Francisco Goldman me dijo, en la peda -claro- y tajantemente, que yo no soy un escritor por donde quiera que se me vea. Él me sugiere que intente el cine, la pintura, la chaqueta ilustrada: Todo menos escribir porque -según él- carezco de la disciplina que un escritor debe abrazar cada que se enfrenta a su obra. Sobra decir que semejante juicio destruyó cualquier aspiración que me quedase en el doblefondo literario de mis ansias. Y digo: Tampoco es culpa de Frank. Yo mismo he soslayado mis proyectos personales al punto que soy el mismísimo cliché del pendejo treintañero que ya no hizo lo que quizás pudo. Nada nuevo. Harto triste.

Sin embargo <-- (y con todo lo que detesto semejante expresión), hoy debo anunciar que me largo. Perdón por la rima, pero así es. Me largo y me largo al ostracismo. Me largo a donde Frank no me encuentre. (subjuntivo, carnal). Me largo a donde pueda escabullirme de mí mismo y -tarde, pero mejor que nunca- pueda comenzar a terminar (sic) todos mis textos inacabados.

No me largo de todos. O de nadie. Seguiré, posiblemente asequible, en los números que ya le compré al Big Brother desde que despertó de su letargo Orwelliano. Y no va a ser fácil. Porque no sólo huyo de mi hueva y de mi aburrimiento, sino que también estoy dejando atrás esa disponibilidad amorosa que tengo para con la mujer más significativa de mi vida (y no, Woody, no es mi madre ni tampoco mi hijastra). Y estoy seguro que me va a costar.

Pero no puedo postergar estos deseos. No se vale. No es justo, por donde quiera que se le vea. Yo no nací para encantar a los mercadólogos de ninguna parte. Puedo hacerlo, sí, y lo seguiré haciendo, también. Pero ese, perdón, NO es mi destino. Y tampoco mi destino existe, porque la vida que he llevado ya me enseñó que no hay otro supuesto "destino" que el trayecto en sí mismo. Y aunque ya sea un cliché, hoy tengo que separarme de esa convención para olisquear la soledad. Tengo que modificar el trayecto, para poderlo abrazar humildemente y sembrar sobre él cualquier posibilidad de amor.

No sé si estoy cometiendo el error de mi vida. Lo dudo. Creo que ese puede ubicarse hace más de 15 años, cuando -categóricamente- me creí capaz de hacer mi propio camino, sin haberme deshecho del que me fue implantado. Y no importa. Hoy sólo quiero pasto, frío, calor, simplicidad. Quiero no tener televisión. Quiero encontrarme lejos de todos. Y quiero acabar ese libro, ese guión, esa historia. La que sea.

Antier me enteré que Elsa Cross escribió el poemario con el que llevo trabajando desde los 16 años. Le puso el mismo nombre y escogió el mismo tema. Tengo -claro- que ir a comprarlo. Le dieron el premio nacional de poesía. A esa idea. A la misma que tengo desde que me propuse hacer poesía. Elsa Cross. La ex-mujer de Juan Tovar. El traductor de Castaneda. El Harry Potter de mi generación (y varias anteriores).

No me importa si el Nadir ya fue publicado. El Nadir no es una persona. Se escribe con minúscula: nadir. Es el punto más alto de la noche. En donde no hay atisbos del día. En donde las brujas solían bailar, y donde la muerte sirve su ensalada. Qué va. Seguro hay otros nombres para eso. Porque de nombres está hecho el hartazgo. Ay, los putos nombres.

Nos creemos tanto por el simple hecho de poder nombrar.

Uno quisiera entender la vida sin lenguaje. Pero es imposible. Y así se explica el fanatismo de todos los malditos locos del mundo. Tienen demasiadas sílabas. Demasiadas palabras. Demasiadas ideas.

Es entonces cuando uno abraza a Fulcanelli. Y sus últimas letras. Y entiende el valor de -finalmente- callar.

abril 28, 2010

Epifanías desechables XII

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Me llegan, súbitamente, tantas ganas de escribir un montón de cosas que no sé cómo decir. Me llegan, súbitamente, un montón de antiguas formas en las que decía y repetía lo que -según yo- me estaba ocurriendo. Y me ocurren, de igual manera, tantas sorpresas que no dejan de ser absurdas, estúpidas y constatables. Y bueno: No tengo idea de cómo ni dónde se encontraría lo que este blog podría ser en la primavera del presente 2010. Ni tengo idea de mí. Ni de cosa alguna.

***
Creo que hacerse viejo involucra una inconmensurable tarea de odiarse a uno mismo. Aquello que suavemente llamaba desaprendizaje cuando era adolescente, hoy es una encomienda por demás amarga y cabrona. Y claro: En aquellos tiempos creía saberlo todo. Era un moco categórico como los que hoy mismo desprecio. Y hoy, sin embargo, sólo tengo clara una cosa: Si has de ser un moco -hijo mío- sélo: Pero procura -por el amor de un perro- ser uno de esos mocos que parecen -o se sienten- flexibles.

***
Nada de lo que he dicho me gusta. Nada de lo que fui sigo siendo. Poco de lo que he dicho me convence ahora mismo. Y no es mi culpa. Es culpa de la gramática y la ortografía. Es culpa de la numismática y la filatelia. Pero no es culpa mía. Yo sólo atisbo que no sé nada, pero igual y sí se alguna que otra cosa. A la mierda con Platón y su marido. A la mierda con todo: Yo tengo frío y tengo calor como cualquier otra cucaracha. Yo la quiero -y luego no la quiero- "como sube y como baja la marea".

***
El amanecer sigue empujándose por la ventana. Eso es algo lindo del amanecer: No te da tiempo a remilgar en lo estúpido que te sientes. Ocurre rapidísimo. Ocurre más rápido que la vista, tal y como los estafadores de las vegas o el metro barranca. Ocurre sin preguntar. Y aquí, aquí mismo, sigue ocurriendo. Pienso en canciones de jazz que me delimitaban la existencia hace cuatro o dos mil años. Pienso en la vida, y en olvidar y en merecer. Y luego olvido lo que pienso y me hago estatua. Y en la estaticidad busco mi nombre y mi núcleo y mi apellido. Y no lo encuentro: Ya no soy más yo mismo.

***
Me empecino en dejar algo dicho. Me empecino en ilusionarme con la idea de haber crecido, o de haber sabido, o de haber asimilado algo cierto. Y no es así: porque la calma no es otra que la de hacerse el muerto cuando los ejércitos de la vida ya te pasaron por encima. Y la inquietud es siempre lo mismo: la vieja inquietud, la que nunca te abandona, la que no podrá saciarse jamás.

***



Tengo muchos besos pendientes. No es mi historia la que yo me empeño en constatar. Es la historia de otro. La muerte de otro. La vida de otro. Pero no la de yo mismo.

Y es que la vida es muy difícil y aburrida. La vida es muy difícil. Muy difícil. Particularmente, digo yo, cuando la vives sentado.

febrero 11, 2010

Good mourning (sic) heartache.

***

Cada mañana, en la vida, termina siendo un buenos días.
Un buenos días, aunque sea en otro lugar: Buenos días.

Pero el mundo no es lo que dejaste taciturno antier noche. Hoy son días. Y entonces, de la forma más veraz y -al mismo tiempo- más indeleble, sólo resta decirle (y desearle) lo mismo. Buenos días.

Buenos días, dolor de corazón. Buenos días.

¿Cuál será la extraña imposición social que nos obliga a decir buenos días cuando alguien más nos lo dice? ¿Será que es de verdad importante? ¿Alguien, en el oscuro bosque de las noches del mundo, escuchará ese árbol caer, en mitad de su soledad?

No tengo, una vez más, la menor idea.

***

Buenos días, dolor de corazón.
Vieja y sombría apreciación.
Buenos días, dolor de corazón
pensé que ayer noche era adiós...

***

noviembre 20, 2009

Division Bells (post largo, sesudo y lleno de Luz y Fuerza, je)

Pueden creerlo: Soy de izquierda total pero no desprecio absolutamente la liquidación de Luz y Fuerza del Centro.

Durante años, LyFC había sido una verdadera carga personal: para mí y para los míos. Meses de cobros irrisorios (3500 por bimestre en casas de 12 focos, por ejemplo). Cortes arbitrarios, departamentos vaciados por caseros abusivos y coludidos con la empresa, vaya: Una verdadera monserga por donde se le vea.

Y sé perfectamente que no era yo el único. A mi medianamente humilde edificio en la colonia Juárez -al mismo tiempo que a mí- le llegaban recibos de 30,000 pesos por una minúscula bomba de agua plus 10 focos que alumbraban el largo camino de 4 pisos que compone toda la inconmensurable construcción. Tomó muchas horas de queja y demostración, además de 6 horas de arresto personal en los separos de la delegación Cuauhtémoc, para que la extinta compañía de luz y fuerza del centro nos dejara de chingar alevosa y redomadamente. Nada padre, si me preguntan a mí, que pasé (y pagué) por un arresto ilegal, sin deberla ni temerla.

Es así que mi postura -no la personal, sí la política- poco tiene que ver con mi desprecio profundo y absoluto de la susodicha empresa. Al día de hoy, para colmo, yo les debo 5,032 pesos. Tres bimestres de 200 pesos y uno -misterioso- de 4,400 pesos (cobrados en tarifa de alto consumo, por los huevos de quien sabe quien).

Sobra decir que nunca les voy a pagar semejante cantidad. Probablemente robe el medidor o me haga absolutamente pendejo cuando -en el año 5000- la CFE se tome el tiempo para cobrarme tales fortunas que yo -por supuesto- desconoceré absolutamente. Y sin embargo, no comulgo con la liquidación de tan infernal empresa. Y no lo hago por razones tan válidas como las que llevaron a Felipe Calderón a despachársela: Y es que no me da la gana.

Las cifras son sumamente ambiguas: Algunos afirman que LyFC implicaba cerca de 60,000 empleados formales (y probablemente chingonomil informales). Si semejante cifra fuese cierta, hoy hay 300,000 individuos que -de un día para el otro- se quedaron sin ingreso-alimento-comodidades-etcetcetcétera. Y por más que yo desprecié, desprecie o aún despreciaría a la empresa que les daba de comer, no puedo sentirme feliz ante semejante despojo.

Y es que hay que entender cosas muy simples: Primero que nada, la maniobra política. Y es que a pesar de que el sindicato de LyFC ha sido por demás voluble desde que "vio la luz", es innegable que en la presente década ha sido un elemento sindical beligerante y contestatario frente a los gobiernos panistas que nos han "dirigido" desde el 2000.

Y, segundo, es innegable que el panismo federalizado ha buscado -por cielo, mar y tierra- una manera de regolpear (y digo "re" porque suficiente se ha golpeado a sí mismo) al gobierno "izquierdista" de Marcelo Ebrard. Incapaces de nulificar a la ciudad por la vía presupuestal, todo parece indicar que los brillantísimos panistas contemporáneos han optado por generar 300,000 paupérrimos más (a través de esos 60,000 despidos), con el afán de delinear un clima de caos y confrontación que -por la vía de su siempre bien entretejida estrategia de medios (y esto lo digo con mucho conocimiento de causa)- pretenden "zarandear" y cosechar: Todo en la forma de la indignación popular que generan las satanizadas marchas y todos esos "ladrones" que "pretenden cobrar 1500 pesos a cada familia", según los últimos espots que el gobierno federal sigue pautando frenéticamente para justificar la desaparición de LyFC.

Un eunuco como yo no puede sino situarse en el justo y comodino medio de toda esta estratagema Macartista. Pero por más que lo hago, y por más que recuerdo las arbitrariedades de las que fui víctima gracias a esa pinche empresucha protopriísta, no me queda otra postura que la de sentirme aterrado ante el panorama palpable: No habrá marcha atrás whatsoever. LyFC nunca más operará el suministro de la pseudociudad más grande del mundo. Y sin embargo, difícilmente esto significará una mejora en el servicio que los usuarios finales recibimos.

¿Por qué lo digo? Muy sencillo: Hasta la noche de hoy, mi edificio estuvo en penumbras durante siete días. Aunque no "en penumbras" propiamente. Déjenme explicarles: La corriente que brota del cableado subterráneo que cuadricula el centro histórico del Distrito Federal, es muy diferente a todas las demás. Aquí no hay postes ni cables colgantes a todo lo largo de las calles. Acá la luz llega desde debajo de la tierra y -en teoría- es trifásica. Esto quiere decir que tres gordos cables alimentan cada local y cada casa y cada edificio de la zona. Y cada cual alimenta una serie de viviendas, comercios o complejos luminosos, según sea el caso.

Bueno, pues resulta que hace una semana se quemó (o tal parece) un par de cables que alimentaba mi edificio. Por ende, dos terceras partes de los departamentos quedaron en penumbras, sin contar con que la bomba de agua se quedó igualmente jodida por lo mismo. Las quejas brotaron y brotaron desde el primer minuto (tengo vecinos que repelan, gracias a dios). Y pasaron siete días y dos docenas de quejas para que la nueva y renovada cuadrilla de operaciones de la súper CFE pudiera descifrar -y resolver- el susodicho problema.

Todo esto no tiene otro propósito que el de denunciar la estupidez operativa de nuestro puñetero gobierno: Y es que quizás a mí no me habría importunado mayormente un recambio radical de LyFC, hecho por las razones correctas, y operado con la sensatez necesaria. Pero vaya que me emputa que un presidentito enclenque se tome la libertad de disolver a la empresa que se encarga de suministrar la luz de 30 millones de personas sin otra previsión operativa que la de montar un "call center" tan ineficiente y ridículo como la propia empresa que le dio la gana disolver. Y es que es sintomático...

Es esa clara y precisa falta de previsión y eficiencia la que nos tiene como nos tiene. Gobiernos estúpidos pasan y se suceden, uno sobre otro, y la culpa siempre la tiene -mediáticamente- el anterior. Y así ocurría, igualmente, con el PRI. Pues hay tantos PRIs como contextos globales. Y tantos delamadridistas como lopezportillistas los hubo en su momento. Siempre recargándose en la ineptitud del comandante anterior -de dientes pa'fuera- pero siempre abusando del ciudadano presente. Y -guess what?- siempre reeligiéndose con números insultantes. Y siempre evidenciando la falta de criterio de nuestra victimizada -y victimizante- ciudadanía.

Hoy llegó la luz y debería de estar feliz y contento. Y sí: de algún modo lo estoy. Pero no nací tan purasangre como para aguantar un antifaz y sí -yo sí puedo- al menos me jacto de poder ver más allá de mi propia nariz: Este decretito tiene destinatario, y el destinatario es la ciudad (nuclear y extendida), además de todos sus habitantes. Y más allá de lo que Marcelito Quebrard ha malhecho, tenemos también a Felipillo y sus huestes desesperadas por admiración, aunque sea sobrante.

Yo, que detesto con toda mi alma a LyFC, no puedo entregar mi admiración tan fácilmente. Pues quizás haya desaparecido una empresa vomitiva y deplorable de un plumazo, sí, pero lejos esto significa que la próxima será mejor.

Hoy llamé a su apreciable Call Center: Así, de entrada, les puedo decir que "el sistema" no sabía de una "colonia Juárez".

"Aquí están el monumento a Cuauhtémoc, a Colón, la Ciudadela y Bucareli. Incluida la Secretaría de Gobernación" -les respondí-
"A ver, deme su código postal, señor, por favor" -replicaron, muy modositos-
"06600" -dije, de memoria-
"No, señor. Ese código me aparece en la delegación Azcapotzalco, acá en el sistema..." -respondió la nueva empleada, confiando absolutamente en su "sistema"-

Sobra decir que al final (luego de media hora), encontraron la colonia en "el sistema". Y después de hora y media de palabritas y reclamos cortantes -mágicamente- volvió la luz luego de siete días. Dudo mucho que gracias a mi impertinencia. Pero dudo mucho -también- que gracias al infalible plan operativo que Felipillo y sus secuaces habían NO ideado antes de desplantarse a LyFC, sin tener ni puñetera idea de lo que estaban haciendo.

(Y vaya, pa terminar, un breve recordatorio: Este señor era el que vendía planeación y visión a largo plazo. Y de igual modo, ofrecía recortar impuestos en lugar de subirlos. Y aunque hoy se justifique, permanentemente, en la crisis global, yo sí me quito el sombrero frente a Joseph Stiglitz (premio nobel de Economía 2001), y puedo constatar que de estadista, este pinche enano no tiene nada. Y que de pendejos, sin ofender, todos los que votaron por este imbécil por puro miedo, lo tienen todo).

Y salud.

julio 22, 2009

Manifiesto desesperanzado.

En respuesta a una reflexión ajena


Este no es un mundo de espera. Es un planeta de esperanzas. Y las esperanzas son el arsenal más sutil de los poderosos. Aquí ya nadie quiere esperar. Todos quieren tener esperanzas nuevas a velocidades cada vez más inusitadas. O como bien reza el cliché: ______ a un click de distancia. (Llénese con palabras como: "amor", "salvación", "Jesús", "Seguridad", "Miguel Hidalgo limpia" o lo que se prefiera)

Y es más bien la esperanza que la espera, aunque concuerde en todo lo demás que plantea esta reflexión. Y es que hay que entender que eso que llama espera es más bien la infatuación -fatua desde su propia raíz etimológica- que la sociedad tiene ante la sistemática y estudiadísima promoción mediática de salvaciones desechables. Escapes para no pensar. Salidas silenciosas.

En palabras más pequeñas: Adoramos la esperanza porque desde tiempos inmemoriales ha sido el motor de coerción y coptación que los poderosos han utilizado para sosegar la discrepancia. Para acallar las rebeliones. O, en algún momento, para lograr ponernos de acuerdo y construir lo que llamamos "civilización".

Dios, el comunismo, la doctrina Monroe, Batman y hasta Robin: Todos adalides de los manufactores de la esperanza. Todos producto del hombre a la vez que generadores de humanidad (con su respectiva dosis de fantasía). Algunos más peligrosos que otros, tanto como fuesen las intenciones originales de sus creadores (o perpetuadores). Pero todos -TODOS- forjadores de esperanzas. Alguna vez grandes y longevas. Hoy mismo diminutas y efímeras.

Es en ese sentido en que la humanidad siempre ha caminado con la brújula de la esperanza en la imaginación. Y por humanidad no me refiero a los ostentores del poder, sino simplemente a los ciudadanos de a pie. Consumidores o creadores de sus propias fantasías. Usuarios de la esperanza a gran escala.

Pero no. Ya no somos más un mundo que sabe esperar. Sabemos esperanzarnos con lo desechable, que no es lo mismo. Y sabemos apenas, un poco más.

No somos ya esa humanidad embelesada con salvadores tanto como lo éramos hace 1000, 100 o incluso 10 años. Las grandes esperanzas sucumben -cada día más- a la tonada de la globalización y de lo virtual. Y por ello la democracia siente miedo. Y más cuando sus siervos recurren a la anulación de sus productos esperanzadores tercermundistas, y dejan sus boletas en blanco, o votan por todos y por nadie, o apuntan con bonita letra "Michael Jackson" en el espacio designado para que nadie lo use.

Y no está mal. Finalmente, la democracia fue construida como la única forma viable de homogeneizar lo heterogéneo y mantener los motores de la industria caminando, al mismo tiempo. Y aunque algunos dirán que esa forma de perpetuar el poder -aunque cambie de manos- es la única que tenemos para evitar la anarquía y la barbarie, la realidad es lo suficientemente necia para demostrarles que incluso ese propósito ha sido sobrepasado por la propia anarquía y barbarie que -al menos en México- ha significado este sistema en términos de desigualdad social, criminalidad y sin irse tan lejos, caos y corrupción generalizados.

Es así que comulgo absolutamente con quienes promueven la anulación como un llamado a dejar la espera y cuestionar las bases de la democracia tercermundista de nuestro México conformista. Siempre y cuando entiendan que su llamado tiene que desasociarse de cualquier connotación de "esperanza" y tomar las riendas de todo lo contrario: La acción. Dejar la espera no puede significar más espera. Dejar la esperanza, menos aún esperanza.

Y entender la acción como un fenómeno creativo, volitivo y contundente. No como un cliché de hacer ruido dentro del mismo auditorio de siempre, y con las reglas y los presentadores de costumbre. La acción como un propósito revolucionario contra la displiscencia y la "aceleración vertiginosa de las esperanzas" que supone la era digital, sobre todo en la mente de quienes nunca conocieron un mundo sin homo videns o una vida sin esperanzas autorrenovables con cada película de Harry Potter, primero, o con cada nuevo Harry Potter, después.

La esperanza, que no la religión, es el nuevo "opio del pueblo". Y se solidifica -irónicamente- en puros mundos de humo digital, abonados por los viejos granjeros de la sangre y el amarillismo que representan los grandes medios escritos y electrónicos de la humanidad. Es hora de acabar con ella.

Aun si al final del viaje, no tengamos la más mínima esperanza. Como la que yo NO tengo al escribir estas líneas -si pretendiera que alguien les hará el mínimo caso-.


Salud.

julio 08, 2009

Si yo fuese taxista...


Esta, con toda inseguridad, sería mi unidad...




Un fuerte brrrr a las dos de la tarde, en pleno "puente de la morena". Snif.

junio 22, 2009

Twitter: La pesadilla globalizada.

Hay gente tan tristemente atrapada en el consumismo, que su mundo interior es un Seven Eleven. Otros, que tienen un poco más de lana, pero son igual de tristes, llevan dentro un gran Wal-Mart. O un Bloomingdale's. La misma mierda, con muros más altos. Mejores anaqueles. Un espejismo, que otros llaman estilo de vida, y que es más cómodo y adecuado para la rota y egocéntrica imagen que tienen de sí mismos.

¿Cómo es que podemos pasar por la vida reparando únicamente en las cosas que consumimos? ¿Desde cuando el beber Coca-Cola tiene el derecho a definir lo que somos? ¿Cómo es posible que, utilizando las portentosas herramientas de comunicación que nos trajo el siglo XXI, lo único que sabemos decir es cuánto amamos consumir tal o cual cosa, o cuánto amamos a las propias herramientas?

Tengo cerca de un año utilizando el dichoso Twitter. En principio, me resultaba absurdo. Inútil. Absolutamente prescindible. Y aunque durante los primeros meses tenía en "mi red" sólo a gente que conocía en el "mundo real", usar la susodicha herramienta era más bien una excusa para el ocio. Un lugar para compartir con amigos "reales" cualesquier pendejada que estuviera haciendo en ese momento, o el chistorete espontáneo que acababa de surgir en alguna conversación que sí me estaba haciendo reír en la dimensión humana.

Por diversos azares me hallé añadiendo nuevos personajes. Y de entre toda la incontable paja que todavía hoy mantengo en mi "timeline", aparecieron -como siempre- algunas gemas. Individuos que no solamente malgastaban su día "chateando" en lo que termina siendo un gigantesco chat globalizado al que no entras y del que no sales. Esto último me quedó clarísimo cuando un muy apreciable conocido preguntó, en su primer día, que "cómo cerraba esta cosa". Ahí me descubrí diciéndole: "Tú tranquilo, esta madre no se cierra ni se abre...nadie sabe si estás o no estás realmente ahí..."

Con todas las implicaciones que esto último tiene en la supuesta herramienta de comunicación que resulta bien-o-mal ser Twitter, hoy me descubro asustado de lo terriblemente real que este hecho resulta. Twitter no es un chat porque su chat-room es el mundo tecnificado. Y los Twitters no son chateros porque nadie tiene una lista de nombres avisándole si están ahí, si medio están, si están "nomás milando" o si se acaban de morir atropellados por un autobús. Exactamente igual de terrorífico e impredecible que el mundo "real", sólo que en voz alta.

Es así que Twitter resulta una gran humareda. Miles -o probablemente millones, ya para estas fechas- de "personas" virtuales soportadas -casi todas- por personas "físicas" (y no en el argot tributario, sino en el literario). De entre todas ellas, uno mismo. Uno y su creciente o decreciente lista de followers. Muchos, tristemente, pensando en voz alta la mayoría del tiempo:

- Tengo hambre
- Él debería de llamarme
- Eso también.

No es que sea yo quién para decirlo o que el "mundo" (de Twitter) esté para escucharlo pero hacer públicas tus pulsiones vitales, sin otra intención que la de otorgarle validación a tus pensamientos a través de su exhibición pública, es absolutamente pendejo y prescindible. Y es, además, sintomático de lo que ocurre al mundo en la última década: La posibilidad que nos otorgan las nuevas herramientas de comunicación para ser "escuchados" (o entendidos, o leídos, etc.) no es un bien en sí misma. Esto se hace aún más evidente en las mal llamadas "redes sociales" y en los inacabables gadgets que se idean y producen todos los días, para estar cada vez más cerca de ellas. Aún cuando -ilusoriamente- nos hagan sentir más cerca de "nuestra gente", cuando la geografía no lo hace propicio.

Lo único que ha hecho patente este novedoso poder de lanzar oraciones al poblado viento de la información, es que son muy pocas las personas que tienen "algo" que decir. Y no me atrevo a asegurar que cada vez sean menos, porque -quizás- lo único cierto es que la posibilidad de saber lo que la gente dice sólo hace evidente una realidad que por siglos había permanecido silenciada por la inaccesibilidad de los medios de comunicación, y que es algo muy simple: La gente es pendeja. Hoy simplemente es pendeja Y ruidosa. Y su ruido se entreteje vertiginosamente hasta convertirse en vanguardia. Y entonces, le ponemos Twitter al niño. Santo remedio.

No me detendré demasiado en enumerar la cantidad de vaguedades que se dicen a diario en Twitter. Los estereotipos son pocos, sin embargo, y como parte del medio me tengo que colocar en alguno de ellos, para no pecar de "larger than life" (aunque con mi panza bien podría). Digamos, a grandes rasgos, que los tuiteros se resumen en las siguientes categorías:

  • El hermenauta (que no hermeneuta) de la pendejez: Dícese del grupo más grande de Twitter. Ellos dedican el 90% de sus aportaciones al "pensamiento básico en voz alta". El hambre parece ser tan cruenta en este casillero, que uno podría creer que viven en Ruanda, si no fuera porque tienen computadoras y luego "bajan al OXXO" a saciarla.

  • El "Compro, luego soy": En este lugar encontramos a un gran número de chavitos bien adoctrinados por la publicidad, y que gran parte de lo que comparten es su amor por el innumerable cúmulo de productos y servicios que facilitan su existencia. Cocacolas, cervezas, perfumes, grupos de rock, gadgets re-innovadores y escuelitas que pretenden ser universidades son sus temas favoritos.

  • El "Mi relación tortuosa es TU relación tortuosa": Aquí encontramos a un gran grupo de seres que, incapacitados para actuar o tomar decisiones en sus relaciones interpersonales, se dedican a publicar sus dudas, satisfacciones y desagrados emocionales, sexuales o familiares con el resto del mundo. Entre sus miembros se cuentan muchos gays de clóset, bisexuales necesitados del show-off y heterosexuales altamente frustrados. De cuando en cuando son divertidos.

  • El "Computín rabioso": Acá fácilmente ubicamos a muchos de los primeros usuarios asiduos de Twitter. Aunque mucha de su comunicación gira en torno a plataformas computacionales que ni su puta madre entiende, de repente se vuelven humanos y -a veces- hasta resultan agradables.

  • El "one-hit-twitter": Grupo por demás copioso en el que hallamos a mucha gente que no entendió un pito de cómo usar el twitter o simplemente le pareció inútil porque no supo añadir a sus amigos. También aquí aplican todas las cuentas "temporales" que generan los políticos, los "famosos" y los restauranteros de tlalpan que fueron estafados por el siguiente grupo.

  • El "Experto en Social Media": Este muy particular grupo de engendros está conformado por seres cuya vida real suele ser bastante pusilánime. En retorno, su vida virtual es copiosa y excitante. Su conocimiento -casi siempre- apenas mayor a la media de Twitter y otras herramientas virtuales los lanzó en una búsqueda frenética de identidad. De ahí que ejercen como "gurús" para muchos, a pesar de que el 98.5% de todo lo que "tuitean" está, absurdamente, relacionado con Twitter o cualquier otra "curiosidad" virtual. Son particularmente patéticos pero -en algunos casos- logran convencer a muchos incautos de que saben "algo" acerca de lo que sea.

  • El "Nihilista codependiente virtual": En este heterogéneo grupo se encuentran los contados personajes que no dependen pero sí dependen del medio para lanzar su mensaje. En su favor podemos decir que TIENEN un mensaje y que el mensaje en cuestión no siempre redunda en el medio, la coca-cola o su vasto conocimiento sobre nada. Son capaces de mostrar distintas caras según su estado de ánimo, lo que los hace menos robóticos y lineales que el resto, aunque de pronto abusen del medio y terminen exhibiendo cosas que ni sus mamás hubieran querido saber. Su principal valor es que, sin dejarlo, de cuando en cuando saben despotricar del medio. Y que, cuando quieren, pueden ser todos los anteriores sin dejar de ser ellos mismos.


No hace falta que diga en cuál de los estereotipos me ubico a mí mismo. Y no hace falta tampoco decir que el resto de los usuarios de Twitter, son simples "bots" programados para venderte al partido verde, las chichis de Britney Spears, algún tipo de noticia inútil o todas las anteriores.

Tampoco profundizaré sobre lo absurdo que me resulta notar cómo tanta gente deja de ser gente si no la conforman sus consumos. Desde el ejercicio frenético hasta la Coca-Cola que llueve clichosísimamente (sic) sobre sus bocas abiertas. Desde su profundo sentido de la bisexualidad, entendida como una moda que hay que exhibir torpemente, hasta su profundo amor por McLuhan y el medio (Twitter) que se superpone al mensaje (Propio).

Alguien debería decirles a todos ellos que la Cocacola es rica y nada más. Y que ser bisexual está chido si no necesitas que nadie lo valide. Y que el medio no es el mensaje. Es meramente el masaje. Cuyo final feliz -o infeliz- pones tú mismo. Si puedes.

Y ya. Snif.

junio 10, 2009

La futilidad de lo aleatorio.

De alguna manera, probablemente aleatoria y biológica, el ser humano se convirtió en una entidad regida por el lenguaje. De eso, hace mucho tiempo. Pero son tantas y tantas las generaciones que han sido engendradas bajo el poder de otorgar nombres, que ya ni sabemos cuántas deberíamos nombrar. Primera ironía: El poder de nombrar lo infinito, y sin embargo, persistir en las ganas de enumerarle.

Nos empecinamos en nombrar, y luego lo llamamos naturaleza humana. Nacidos sabiéndolo, crecemos entusiasmados con fantasías que no tienen perímetro ni posibilidad. Dios, para algunos. Santa Clós, para otros. Horóscopos y Zodiacos acompañan nuestro tránsito hacia la edad adulta. O a veces, incluso, la ciencia. Todos nombres para explicar otro nombre, aún más absurdo que sí mismo: La realidad de lo aleatorio. La aleatoriedad. The randomness. Or the futility of its very thought.

Evidentemente resulta frustrante aceptar que no hay una explicación para nada de lo que nos rodea. Siempre es mejor poder acudir a nuestros porqués de temporada. Es que es el clima, es que es que soy Tauro. Es que Darwin nos hizo capaces de abstraer y nombrar: Ni madres. No sirve para nada. Somos la especie intergaláctica de hormiga rabiosa que vino con la misión avanzada de nombrarlo todo. O no. O quizás, no somos nada. ¿No será eso precisamente lo que nos aterra?

Nadie, sino el ser humano, tiene mayor injerencia o responsabilidad en la explosión demográfica que nos ha llevado a nacer en donde nacimos. Somos tantos y queremos ser tanto mucho, que por ello nos aterra equivaler lo mismo que cero. Pero no hay problema: para eso está la realidad sociopolítica. La necesidad de trabajar. La naturaleza olvidadiza de los pueblos y las sociedades. Basta echarse un clavado en cualesquiera de ellas, para desvanecerse en una multitud amorfa que algunos llaman solemnemente "historia": Y está bien. O mejor dicho: Es necesario.

El problema -mi querido Watson- es que una vez que has atisbado el otro lado del camino, no existe retorno posible. Si eres esclavo de tu propia angustia existencial -y nada parece calmarla- tú sólo cálmate: Nada la podrá calmar (sic).

Como un libro malhecho de Carlos Castaneda, yacemos multitudinariamente en la misma certeza: No existe cura para la ansiedad de poner nombre a las cosas. No hay manera de librarse de la tarea de querer librarse de la tarea. El lenguaje es un laberinto circular cuyo rumbo y salida está sólo en sí mismo.

Desnudos, absortos, ciertos de que no seremos supermán, Mozart o ningún otro estereotipo que alivie nuestra ansiedad egóica, transitamos como zombies sobre la vereda de los tibios. Y salimos a trabajar, con la neurosis bien puesta, y el afán de que mañana

y sólo mañana (aunque tal vez pasado)

quizás o perhaps, o precisamente puede ser que mañana

es el día que esperamos eso mismo...

pero -claro- sin esperar nada.


Salud.

junio 07, 2009

Ciudad sorpresa.

Esta fue una de esas noches en las que te encuentras a ti mismo mientras hablas. No es cuestión de la charla o el aderezo omnibulante que le otorgan el alcohol o los recovecos de adjetivos: Hablo de cuando realmente te hallas construyendo posturas (intelectuales, no vayan a pensar) que antes -a pesar de ser tuyas- te eran desconocidas o simplemente inconexas. Conforme las palabras salen de tu boca, tú te escuchas a ti mismo pensando ordenadamente. Y luego asumes tus propias reflexiones, y sí -quizás- te sorprendes de lo simples y atinadas/subyacentes que te resultan, toda vez que ya las has emitido.

Para que ello ocurra -claro está- es necesario que el interlocutor te adjudique todos esos adjetivos. Cuando eres sólo tú el que los impone, probablemente estaríamos hablando de una peda ególatra como tantas, o de un brote de autoaceptación súbita y propiciada por ciertas drogas, o -simplemente- por una muy buena semana (en general).

Sin embargo, no todos los días uno repara en explicar lo que supone que es la historia de "México", desde la conquista hasta la globalización, y con tan poquitas palabras. Y cuando el interlocutor es un cuasiturista absolutamente atento a tus debrayes estructurados, uno suele poner especial empeño en mantener el nivel de asertividad (sí, con "S") lo más alto posible.

Y es que resulta extraño reflexionar -públicamente- acerca de un país tan surreal como este (mío y de quién sabe cuántos más). Y resulta -también- demasiado fácil recurrir a las etiquetas, y dejarlo todo en una aproximación -tipo bosquejo facilista de Miró- a todo aquello que conforma la razón por la cual los mexicanos somos tan absurdos, inexplicables y -a su vez- atractivos para los espectadores ajenos a nuestra idiosincrasia. Claro que se puede decir que somos un pueblo multicultural y por ello complicado. O que nuestra mezcla demográfica es la causa y el efecto de esa total destornilladería cultural que nos hace tan absurdos. Pero no es así.

México es un acto de fe dibujado sobre sí mismo: Un malabarista bailando en la cuerda floja que une dos acantilados que separan -a su vez- un par de ecosistemas totalmente antagónicos, para colmo. O más fácil, si se quiere: Un abanico-cliché de contrastes y diferencias que añoran -rabiosamente- ser descritos. O mejor aún: una narrativa que cuenta eso mismo: la añoranza de la descripción, la necesidad de nombre, la explicación de un Octavio Paz que ironizaba sobre sí mismo, mientras ironizaba sobre todos los demás. Ese país en búsqueda perpetua de mejores nombres (y que no de mejores hombres), pero que alcanzó siempre -de una u otra manera- sus oscuros y necesarios objetivos que nunca tuvieron rumbo. México: Siempre fiel. "México": Siempre lleno de "méxicos". Ilegible pero inspirador.

En este contexto en el que lo multicultural resulta prodigioso, yo me atrevo a decir que en el caso de mi México es precisamente lo contrario: Ha sido -precisamente- esa diversidad de razas, pueblos, destinos manifiestos y supuestos poderes la que nos ha llevado a ser conquistados por un prodigioso pescador de ríos revueltos (alas, señor don Cortés), y luego por todos los demás.

Y fue (y es) esa persistente disonancia -muy remunerable- la que esos mismos pescadores subsecuentes, desde don Cura Hidalgo hasta don Fecal, han sabido convertir en un mito harto provechoso: El mito de México. El mito de los mexicanos y nuestra surrealidad seductora. El caparazón que sobrevuela nuestra primigenia versión de la Cenicienta latinoamericana: El lugar en el que no hacen falta revueltas, ni muertos, ni extraviados para "sentir" el "progreso".

Que no se me malentienda: Como ya lo he dicho muchas veces, encuentro adorable -e incluso adictivo- el hecho de vivir y "montarme en los lomos" de una ciudad como el D.F. Recurriendo una vez más a la eterna analogía, asumo que ser chilango y estar enamorado de la Ciudad de México equivale a engancharse con la mujer más complicada que has podido -medio- saciar en toda tu -insulsa- vida. Todas las otras entelequias de mujer/ciudad/camino resultan entonces sumamente predecibles. O quedan chicas. O terminan siendo tan domésticas como tu "street wisdom" (sabiduría callejera) te lo impone.

Y, sin embargo, asumir semejante grado de chilanguedad (o chilanguez, o chilangonería, o chilanguismo -who knows-) supone muchas y muy profundas facturas:

Esa consecuencia es -curiosamente- casi esotérica: Descifrar esta ciudad implica nunca volver a encontrar un "camino a casa". El dichoso ejemplo de "casa" termina siendo siempre otra cosa: Muchas veces es sólo la ansiedad de permanecer buscando -casi perdido- mientras esperas imberbe eso que, se supone, es la "nueva cara" de la misma casa. Es este un laberinto metamórfico infestado de seres que desean profundamente tener nombre. Nombre y -además- que sea propio: Significado, destino, apellido y -si se puede (¿por qué no?)- también un final predestinadamente feliz.

¿Cómo no amar semejante incertidumbre-bien-delimitada? ¿Cómo anclarse a cualquier otra megalópolis prolija del primer mundo, cuando queda claro que el "bien vivir" anula siempre los contrastes?

Multiculturalmente loca. Racista y clasista como pocas. Inacabada tanto como inacabable: No puedo dejar de no-amarla (cosa que no es, ni de lejos, igual a odiarla).

Abrázame, hoguera. Incinérame, PINCHE laberinto.

Que mi desprecio exacerbado a toda adhesión política-pendeja que casi siempre te habita, nunca me haga abandonarte. Y que mi deseo neurótico de normalidad, no lo haga tampoco.


O al menos no del todo.


O cuando menos no siempre.




Salud.

abril 30, 2009

Epicentros II: La ciudad amordazada

One FLU over the cuckoo's nest: Atrapados sin salida.

Mi ciudad de tibios tiene la boca tapada. Mi país de ambivalentes está paralizado por la maquinaria de la mordaza. Atado por un miedo racional, aunque inexplicable. Un terror estúpido a morirse en el tintero. (Y es que, si gran parte de tu vida todavía no se consuma ¿qué tanto puedes perder?)

Mi país de automedicados, mi colonia de vendedores ambulantes y taqueros líricos. Mi calle de edificios plagados de cicatrices: Todos juegan, atentamente, la misma sinfonía de terror y de resguardo.

El tapabocas -finalmente- se ha materializado. Lo que 500 años de sumisión habían concebido como una realidad puramente metafórica, hoy es perplejo pedazo de tela azul (placebo) que se acomoda y estira sobre las bocas de millones de nosotros: La eterna mordaza, la sonrisa tras escondrijos, el gesto velado y la hipocresía de la máscara epidemiológica.

Tímidos espectadores del "enciende la peste/apaga la peste", los chilangos guardamos un ramadán cibernético, una vida cuasifuturista detrás de la pantalla, enganchados como nunca al internet o la caja idiota, que con los ratings por los cielos nos sigue alimentando con la papilla estupidizante del terror y el amarillismo. Y nosotros, temerosos de morir sin haberlo vivido todo, nos quedamos quietecitos: atentos únicamente a lo racional, y acordándonos de nuestro cuerpo cada que hace hambre, o hay que desechar lo ingerido.

He salido a la calle unas cuantas veces desde que este cataclismo abstracto estalló en locación aún indeterminada. Nuestra ciudad, súbitamente ordenada y obediente, transita montada en un estupor surrealista, sin ambulantes y sin gritos, sobre una armónica carretera de especulaciones e histeria muda. Los amigos se sugestionan y cada ardorcillo en la garganta es una señal de alerta o un momento de contemplación y duda: ¿Me estaré muriendo? ¿De verdad seré yo el elegido por esta peste informática? ¿Viviré para contarlo?

Me pregunto si la guerra del golfo o el 9/11 provocaron situaciones similares. Me pregunto si la "doctrina del shock" de la imponente Naomi Klein es una hipótesis plausible para explicar esta metamorfósis súbita de la geografía urbana. Me pregunto si valdrá la pena engancharse al cateter informativo y continuar en un encierro que cada hora se vuelve más tedioso.

El mezcal sigue casi intacto sobre la mesa del comedor. Carstens habla en la televisión sobre la gripe porcina y jura no haber tenido nada que ver con la recombinación genética del virus (ni él ni su esposa, la pájara Peggy, tienen tos alguna). Nuestro secretario de salud, connotado médico de provida, todavía no ha sugerido que nos abstengamos de respirar para no contagiarnos del virus. Y Calderón, jocoso como siempre, nos sugiere comer puerco para expiar a la industria del marrano volador (Carstens on a jetpack).

Cuando Philip K. Dick imaginaba escenarios aPORCAlípticos, hace ya unas cuantas décadas, no contaba con el elemento surrealista del híbrido chilango. Un imaginario frankensteiniano, como el propio virus, y en el que el encierro ha puesto énfasis y acento en esa deliciosa y epidémica locura de vivir...en la Ciudad de la Fluria.

Seguir esperando, pues.

Salud.

abril 27, 2009

Epicentros.

Por si la epidemia de influenza no fuese suficiente, el dios cristiano decidió recordar a sus feligreses chilangos -y de paso a sus detractores también- su infinita lección de amor y piedad, propinándole a la ciudad un terremoto de 6.0 grados Richter (5.7 según los instrumentos mexicanos, que en últimas fechas tienden a maquillar cifras -paradójicamente- a la baja).

Obligados por la necesidad -y la necedad- muchos tuvimos que salir a la calle. en manojos multitudinarios escasamente recomendables por la OMS, para escapar del pánico telúrico y luego -inmediatamente- acceder al epidemiológico.

Somos el epicentro del apocalípsis. El corazón del mal. El ojo del huracán que se llevará el mundo. La raíz del bien bautizado por Renato, Aporcalípsis.

El que nace y crece en esta ciudad siente que cabalga en el lomo de los cancerberos del infierno. Acostumbrado al terremoto, a la tragedia, a los contrastes, hoy el habitante de este limbo polimorfo está preocupado. Y por justa razón.

Sin embargo, no todo es oscuridad o incertidumbre. El terror de morir suele hacer a la gente resignificar su experiencia de vida. Valorar fugazmente, con una puntualidad cinematográfica digna de su propio cliché, lo importante que es vivir y gozar de la vida. Un hedonismo-golpe-de-realidad que sólo sobreviene cuando el mundo se está derrumbando. (Y es que, cuando lo piensa más de dos veces, resulta un tanto patético temerle la muerte cuando la vida no te satisface).

Es así que la epidemia no sólo ha desatado la tranquilidad en las calles, el silencio en las tardes, la hueva como un opiáceo favorecido por el gobierno, aterrado de su propia negligencia, sino que también la gente se toma más de 2 pensamientos al día, y en ocasiones se declara el amor, la amistad o la simpatía con la menor provocación.

Como en un cuento de Boris Vian, en el que la ciudad está cubierta de niebla y limo, y todos -ciegos como en otra historia posterior de Saramago- vencen su miedo a no verse y comienzan a tocarse, la ciudad está afinada en otra nota. Salir a la calle es una aventura. Ir al supermercado es una experiencia extrema. Besar a tu mujer, cuando llega del trabajo, es un acto de riesgo mortal pero con un sentido implacable. Imposible no hacerlo, más cuando el mundo se tambalea en su tripié de entelequias progresistas, líderes tuertos y futurismos esperanzados por la propaganda.

Coquetear en la caja registradora es un acto doblemente clandestino y canibalístico, y por eso, imagino, la chica del supermercado, como el resto de la ciudad, parecen algo desatados por compartir más de un par de miradas de desprecio con sus semejantes. La gente quiere hablar. La gente se habla, se cuenta cosas y se solidariza. Extraño de ver. Más extraño aún, de vivir. Una especie de Amelie meets 28 days later que no me había tocado ver en la edad adulta, pero que recuerdo de 1985, a pesar de que los terremotos ocurren en minutos y las epidemias tienen este elemento de suspense tan desagradable.

Y así, empujados al pánico por una recombinación genética que sólo podría haber empezado en un sitio tan desorganizado -y libre- como es el México profundo, navegamos a la deriva en espera de las cifras correctas, las muertes finales, la hora de salir a la calle.

Ojalá que alguien tenga una gran idea y -cuando todo esto acabe, si acaba bien- se organice una gran fiesta. Que se honren a los que mueran -o muramos, si nos toca- y que celebren los supervivientes. Y cuando pase el bailongo y se curen todos la cruda, ojalá que los mexicanos se tomen esos mismos dos pensamientos para indagar en los porqués y en los cómos. Y que los negligentes se vayan. Y que los que esconden las escasas 3 millones de dosis de antivirales disponibles en el país, paguen lo que deben. Claro, todo ello después de la fiesta, como en un cuadro de Shakespeare en el que nadie se espere el final.

Será curioso ver a la gente volver a su habitual pudor o a su habitual desprecio juicioso. O quizás, aún mejor, verla no volver. Verla caminar por otra vía y, en el universo del esperanzado,
cambiarle el rostro a este país de máscaras y cicatrices, tan hermoso y también, tan en peligro.


Salud, esta vez con más sentido que nunca.

marzo 21, 2009

Es cara musa. (Disculpa en siete tiempos)

"...the time to hesitate is through. No time to wallow in the mire..."
"Light my fire", The Doors.


I.

Suponer musas implica suponer inspiración. Suponer inspiración necesariamente implica suponer creación, creatividad o arte -quizás incipiente o quizás genuino y oriundo de los fondos más intestinales del alma- pero supone, desde donde se le mire, algún resultado de semejante "musografía". Suponer esa relación biunívoca (y muchas veces también equívoca) implica la posibilidad de un retrato: la musa multicolor que se adjudica ese carácter inspirador, y el retratista -(a)normalmente perturbado- que se atreve a trazar el pedestal y el caballete. El lienzo y el pincel, siempre limitado por sus propios demonios, pero que ineludiblemente dibuja -siempre a posteriori y en franca y subjetiva interpretación- aquello que mira con unos ojos que toma prestados de las deidades y los arquetipos que gobiernan el mundo de las ideas. Así se pintan, al parecer, los óleos del tiempo presente. Y sin embargo, suponer que alguien pinta es suponer que dice algo. Y tanto peca quien dibuja el mar como quien se asume tan grande como el mar mismo. Y pecar, en mi mundo de entelequias ineludibles, es lo que le otorga sabor a la vida. Y más aún si uno peca de querer concebir el mar en ciertos ojos (o ciertas musas). O quien peca de mirar el mar en alguien. O quien peca de retratar el mar en cualquier fotograma (y si no me creen, pregúntenle a Palomar (Italo Calvino, 1984).

II.
Resulta caro arrejuntarse con semejante dialéctica. Siempre hay facturas inesperadas, cobros indebidos, quejas sin fundamento. Y es que mientras el retratista dibuja, la musa se deconstruye en cada trazo. Pedazo a pedazo la musa transita desde la utopía hasta el lienzo. Y en ocasiones el lienzo no es lo suficientemente grande, o lo suficientemente fuerte o lo suficientemente lienzo para soportar el tamaño de semejantes ideas. Y en otras, las más, es el pintor el que carece de colores y de palabras. O simplemente transcurre al mismo tiempo en el que dibuja a la musa que, mientras es dibujada, se despoja de su cascarón idílico, cacho a cacho, y entonces, al momento de trazar las últimas pinceladas, la musa no lo es más, y bajo esa piel de torbellinos aparece un esqueleto tan frágil como las propias suposiciones primigenias del autor. Y entonces, aturdido por la cualidad humana de su diosa, el pintor se descalabra en el camino, y acaba por ser más leal al lienzo, o al pincel, o a sus propios ojos, que a la musa misma. Débil, pusilánime y trastocado, se enamora de sus propias figuras en lugar de atesorar el poder de aquello que fue capaz de originarlas. Condición terriblemente humana: Uno suele amar más al amor mismo, que al objeto filosófico que lo provoca.

III.
Me ha pasado ya en varias ocasiones: Hallarme entusiasmadísimo con una fantasía que recubre la piel de una mujer de carne y hueso. Sabiendo de antemano que si no se come uno la carne, como dirían las abuelitas, no hay postre. Y entonces deconstruyendo a la musa en pedacitos de palabras. Haciéndola en frases inesperadas. Recreándola en oraciones que podrían hacerla tiritar un momentito. Atesorando esa capacidad de hacer temblar cualquier cosa. Y luego, muchas veces sin siquiera llegar al entremés, viendo a la musa partir forever and ever. Luego de alguna confesión impostergable. O tras un par de apariciones del demonio cavernícola. O incluso luego de una "confrontación" "pseudorealista" con esa "pseudorealidad" que todos -siempre- suponemos. (¿Y qué no "realidad" es siempre un término subjetivizado hasta el hartazgo?).

IV.
Solía culpar a la musa, hace -lo que parece- mucho tiempo. Pensaba que la musa no era tal, y que tras verla en plena desnudez emocional -o cagando a las 6 de la mañana- perdía todo su encanto, y entonces, finalmente, no era tan musa como yo creía. Luego, ejercitando una autocrítica que muchos creen imposible en mí, salté hacia el otro lado. Culpé al pintor, o sea a mí, y lo culpé porque es muy fácil saberse insoportable y tóxico, siempre y cuando uno se esmere en serlo. Deduje que toda esa desacralización de mis musas era culpa mía y solo mía. Me supuse un "desmusificador" -valga el terminajo- capaz de convertir en carbón podrido al más extático diamante de su majestad la reina de Inglaterra. Un Rey Midas travestido e invertido. Un sátiro capaz de convertir en mierda el oro, o la poesía en canciones frenéticas de alguna banda sinaloense de medio pelo. Y persistí, abrazado a esa firme y egocéntrica idea, hasta que caí en cuenta de que semejante poder le es ajeno a cualquier hombre. Y que yo, por muy superlativo que quisiera sentirme respecto a cualquier cosa, soy realmente eso: un hombre que es un homínido que es un primate sobre-evolucionado y diosificado pendejamente a partir de palabras e intestinos. Un ser tan equívoco y vulnerable como cualquier otro. Un edificio malhecho de palabras e historias e histerias, y sonidos guturales y gases -nada nobles- que brotan cuando por la tarde me tomo la libertad de ingerir camarones crudos sin estar igualmente crudo y despedazado por mi estilo de vida. Un pinche humano (demasiado humano, snifzschie) incapaz de romper una coraza cualquiera. Ni siquiera de albanene, salvo cuando la coraza no es tal, o cuando su contenido es menos alba y más nene. Capaz de derribar murallas cuando las murallas son un juego. Y un juego es siempre de dos (o más).

V.
Me pregunto si entonces debiera realmente disculparme con mi pasado para poder -verdaderamente- abrazar ese futuro menos "odiante" al que pretendo perseguir. Me cuestiono la validez de disculparme por ser el "yo mismo" que he sido antes, con el puro afán de satisfacer un reclamo -probablemente válido- de alguien que ha sido afectado por las mismas (malibuenas) decisiones que me llevan a teclear esto mismo que estoy tecleando ahorita. O lo que escribí hace una semana, movido por la certeza de que la vida se termina casi siempre abruptamente y que es mejor estar preparado para sentirse un dos por ciento menos insatisfecho a no hacer nada en lo absoluto. Ahora, cuando estoy consciente de que debo desterrar cualquier odio a sabiendas de que es una inversión estúpida y que casi siempre acaba en los terrenos de la cartera vencida. Ahora, cuando sé que probablemente amé todo aquello que (digo que) odio y que perseverar sobre esa fantasía es tan absurdo como tejer sombreros para los lápices y las plumas. Estúpido, irrelevante, tan inútil como amar el amor y las propias ideas, en lugar de amar a las personas y sus siempre impredecibles maneras de torcer el destino, para "bien"(mal) o para "mal"(bien).

VI.
Es así que entonces accedo y lo digo a pulmón abierto (si no es que lo dije antes y muchas veces, porque finalmente sé que soy un animal de perdones, perdonzotes y perdoncitos): Lo siento. Quienquiera que sea el remitente. Quienquiera que sea el próximo afectado. Quienquiera que termine siendo la próxima persona al la que "insulte, ponga "apodos" y confronte con la que -según yo- sea su "realidad". Lo siento y de verdad, lo siento muchísimo. Siento y resiento todo aquello que pueda haber calado en su cualidad de musa, primero, y de persona, segundo pero importantísimo. Me reconozco visceral e impertinente. Y reconozco, también, que casi nunca suelo arrepentirme de la lógica impertinencia que represento al (tratar de) ser yo mismo. Normalmente, mi cruda moral ocurre cuando permanezo autista y me pierdo de la fiesta (en lugar de arruinarla). Pero hoy, a sabiendas de que ciertamente he contribuido a hacer mierda algunos minutos de ciertas "musas", me arrepiento por ello. Y pido un gran y verdadero perdón.

VII.
Pero que quede claro: No pido perdón por haber retratado o bebido de ningún arroyo de fantasías sempiternas y pendejas. No pido perdón por ser yo mismo salvo cuando eso haya limitado el "ser yo mismo" de otros. No pido perdón por retratar, mal o bien, cosa alguna. Ni pido perdón por los arrebatos o las impertinencias per se. No puedo renegar de mis vísceras ni de mis entrañas. No puedo ahogarme en la noción de que "debí haber sido prudente" cuando no lo fui. Pido perdón a la musa y a la cara -carísima- factura que le significó serlo. Pido perdón a su piel y a sus tripas. Pido perdón a sus ojos -probablemente tan bellos como el musismo lo requiere- por no haber pintádola bien, en primera, o por haberle arrebatado demasiada belleza platónica, en segunda. Pido perdón por cualquier ridículo que no haya sido el mío. Pido perdón por no entender, en determinado momento, que no todos viven en mi propio timing y por creer estúpidamente que lo hacían. Pido perdón por los besos dados o no dados, a tiempo o a destiempo. Y pido perdón por lo que venga. Pues ya sé que aunque hoy me quedan claras muchas cosas, también estoy conciente de que asumir avances implica recibir nuevos riesgos. Y que por eso el último amor y la última musa (o ambos, cuando aplica), es siempre el más difícil. El más desgastante. El más tremebundo.

Porque, como diría Vito Corleone o los mismísimos Sopranos, "Once when I thought I was out, they pulled me back in".




Y seguramente, muy a pesar de mí, volveré a equivocarme. Y perdón por eso, también.


Salud.

marzo 10, 2009

Reminder

Sobre el último hálito de mi padre extinto, creí jurar.

Pensaba entonces, bajo las pestañas de un casi niño de 20 años, cómo es que odiar cualquier cosa no tiene mayor sentido.

Juraba, sobre el cuerpo yermo de un padre agonizante -el mío- que no malgastaría otro minuto odiando cual si hubiera una oportunidad de repetirlo todo.


Sobra decir que mis promesas se esfumaron tan pronto como la memoria. Volví a odiar -sí- y volví también a jurar sobre otros cuerpos igualmente yermos.

Me confieso estúpido y repetitivo. Memorioso pero igualmente falaz.


No sé a dónde me llevará la vida. Rectifico: Sí sé. Terminaré muriendo. Yermo o súbito. Tácito o cínico. Muerto, al fin y al cabo.

Hay días que imagino cómo será el último aliento. Hay días, también, en que no me doy tiempo.

Acontezco. Luego la memoria me asalta.

Recuerdo que es fútil odiar, tomarse en serio, respirar.


Hay tantos perdones que quisiera pedir.


Y tantos otros que ya no me acuerdo...


Prosigamos, pues: Ya sabemos que morir es lo único cierto.

febrero 13, 2009

I've got a bike (you can ride it, if you like...)

No me tiemblan las piernas cuando asumo mi condición de ciudadano de la mediocridad. No me aterra perder partidos de futbol. No me emputa corroborar que mi madre es puta: Mejor aún. Wish she's having a great time at it.

"Ignorance is bliss, indeed. For i've known it all, yet scarcely loved few."

Hoy me trepé a una bicicleta out of the blue. Y por "out of the blue" quiero decir que me trepé a la bicicleta sin ningún plan preconcebido de dar vueltas en el parque. Simplemente ansiaba fumar, y no había cigarrillos en el lugar en donde estaba. Y luego, automáticamente, solicité mi boarding pass para la bicicleta que yacía atónita y dormida mientras reposaba sobre el árbol aledaño. Y luego la tomé y la anduve con toda la indiscreción posible. Tenía cerca de 10 años de no subirme a semejante bestia bicéfala (y bucéfala), dada mi condición de pensador sedentario, güevón, y -además- malpagado.

Pero lo hice. Y -aunque con cierto temor que no puedo negar- lo hice sin desparpajo alguno. Y la monté de igual manera. Y tras la primer pedaleada, entendí ese viejo dicho que asevera cómo es que resulta imposible olvidar el andar en bicicleta, entre otros placeres.

Y tras dos titubeantes virajes -súbitos- de manubrio, volví a entenderlo todo.

***

Sobra decir que desestimé mi propósito (inicial) durante un buen rato, mientras le daba dos furtivísimas vueltas al parque México de las 11 de la noche.

Y es que reconvenirse con las bicicletas es como reconvenirse con un amor perdido (salve marihuana, je). Pues tras un par de pedaleadas (o debiera decir pedaleos, no sé) me sentía nuevamente on top of the situation. Y por eso me la llevé a dar la vuelta al parque. Y por eso salí del parque, con total desparpajo, y al lado de la eterna patrulla que cuida -no se qué- en la esquina de Sonora y Parque México, me bajé estruendosamente del susodicho parquecillo, y encaminé hacia los Camel "regulares"(adjetivo plagiado al dependiente de la tienda).

Y ya. Luego de alcanzar el bendito OXXO y hacerme de los pitillos que seguro me acabarán matando, volví hasta la mesa de donde había partido.

Allí se hablaba del paradigma capitalista, etcétera, y por tal se entendía el usufructo que no tiene propósito. Y se hablaba también de cómo agredirle y de cómo modificarle en estos tiempos de oportuna crisis. Y también se elucubraba en el cómo hacer algo con esa futilidad que supone la existencia. (Ay, nomás)

Se hablaban palabras mayores, debo decir pa no pitorrearme. Y se hablaban de buena manera.

Sin embargo, yo, como cualquier otro niño, seguía exultante y excitado tras mi paseo en bicicleta. Seguía sobre la calle y sobre el parque. Seguía sobre los pedales y sobre el -otro- presente que ya se había marchado (aunque no de mi cabeza). Seguía embriagado de nada. Muriendo y revolcándome en el paladeo total de un puto estornudo bicicletero.

Y seguía sabiéndolo todo (pa mi desgracia). Sí -but ignorance is bliss- y para ignorancias no había otra que la mía, yo seguía valientemente absorto (cual Rolando el Rabioso -Salmón-) en la perplejidad que sólo da el desembarazarse de uno mismo y sus tortuosas costumbres.

En la ligereza pedaleante del niño que no mira otra cosa que la inmediata: La del no saber, valientemente y sin escalas.

La de la poesía. La de la eterna -pero necesariamente inmediata- poesía.



Ah, qué ganas de volar (otra vez). Qué ganas. Qué.







(Some great Pink Floyd song to portray the mood)

febrero 04, 2009

Nombrar sin ruido

Hay días que me levanto con la rodilla izquierda, y la ciudad me desagrada. El ruido que de pronto arrulla, el puesto de jugos que otras veces me parece suculento, el asfalto y el vibrato trémulo de la corredera y el estrés: Todo me desagrada, sin razón aparente.

El significado de las ciudades escapa a mi entendimiento. Comprendo que son resultado del hambre económica del pueblo humano. Comprendo que nos gusta estar juntos -y más aún- arrejuntarnos como en el metro. El sentido de multitud que da significado a las horas y a las rutinas. Una extrañísima conformación de atmósferas colectivas que buscan otorgarle un espacio acotado y sencillo a la individualidad, eso -también- puede llegar a quedarme claro (alguna mañana sin jugo y con rodilla izquierda).

Las ciudades -las visibles, no las de Calvino (al menos no todas) - parecen estar hechas para remediar el silencio. O no el silencio, sino más bien la angustia ominosa que se nutre de la ausencia de ruido humano. Esto porque en los pueblos la gente suele afirmar -categórica y orgullosa- que "no hay nada de ruido" y "todo está tranquilo". Sin embargo, esta es una afirmación que normalmente proviene de las bocas de los exiliados de las ciudades. Los que nacen, crecen y viven en los pueblos, reconocen otro tipo de partitura vivencial. Encuentran el ruido dentro de frecuencias más pequeñas, y saben discernirlo de otros ruidos. Una agudeza impensable para quienes pasamos la mayor parte del tiempo sometidos a los decibeles intransigentes de la ciudad.

Estos amados y odiados monstruos de hacinamiento proveen sentidos predigeridos a los momentos cotidianos. La constricción de significantes en sus paredes pintarrajeadas o impolutas. Sus señales claras o borrosas. Su semiótica universalizada a punta de gritos y madrazos: Todo tejido como un río de ruido simbólico sobre ruido físico. Ruido que -como bien sabemos- se vuelve costumbre y -en ocasiones- hasta se añora.

Las ciudades, paradójicamente, existen para diluir el pánico. Son los nuevos dioses y, al mismo tiempo, los nuevos altares. Hacen suave la transición entre el vacío y la acción. Ocurren para evitarnos la molestia de mirar dentro y encontrar que nos da miedo un alacrán o que nos aterra encontrar estímulos que no estén prediseñados. Son un cúmulo de plantillas para vivir. Un lugar donde se es a partir de la interacción con los demás. Un gigantesco e inconmensurable ruido que hace las veces de estática en la frecuencia modulada de vivir la vida de otros, mientras se "vive" la propia.

Pasé el fin de semana pasado en un pueblo que recuerdo con demasiadas licencias emocionales. Allí, donde el ruido es escaso (siempre y cuando uno se mantenga alejado de las hordas turísticas), me senté durante un par de horas a mirar las estrellas. Al lado de un arroyo seco, plagado de grillos y otras criaturas sinfónicas, recordé porqué me gusta el silencio que no es silencio. Recordé el valor de no usar las palabras cuando no es estrictamente necesario. Recordé que, ante la tiritante contemplación de la existencia, lejos del ruido, y alejado voluntariamente de las palabras, la pregunta hacia la respuesta de vivir puede reducirse a un aullido, o una estrella que alguien ya nombró hace mucho tiempo, o un deseo claro de dejarse reengullir por la naturaleza, y no sólo cambiar de aires, sino también, por qué no, cambiar de ruidos.

Salud.

enero 09, 2009

4

El verdadero poder de las palabras yace en el silencio. En la ausencia absoluta de las mismas, las inoportunas. Tal como en una buena película en la que -de repente- desaparecen los diálogos. De pronto, y sin más, la niñera virtual que nos había llevado a lo largo de toda la historia, deja de ser importante (al menos para el director) y todo lo que vemos son una y otra y otra imagen, todas explícitamente colocadas, consecutivamente, tras de la otra: Y todas, claro, camino al delirio.

Delirio...o normalidad: Ejes horizontales de una brújula que no responde. Adjetivos abandonados por cualquier significado manoseable. Caballitos intergalácticos -je- que se empecinan por montar el carrusel de nuestras ideas.

Vivo...o inerte: Ejes verticales que dan sentido a una cordura tan frágil y pusilánime como supone ser el mal vicio de hablar de sueños a las piedras rodantes. Regar de historias a los yermos prados que -sin embargo- ya han sido masticados por la iguana que advirtió el enorme y perdido y podrido ojo de García Lorca, antes de ser ajusticiado por los suyos:

"Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros"
Y sin embargo, aparentar cordura es sumamente sencillo. Aunque no así de fácil resulta sentirse (o aparentar estar) satisfecho entre los brazos de la tibia

normalidad.

***

Son cuatro los años -tejidos como una medida desafortunada- que me he atrevido a pautar el rumbo de mis soliloquios. Cuatro veces doce. Doce veces treinta, treintaiuno, o a veces hasta veintiocho (o veintinueve). Muchas veces veinticuatro. Veinticuatro veces sesenta. Sesenta veces otras sesenta pequeñísimas veces. En fin: es mucho tiempo.

Miro atrás y todo parece distinto. Es ahí -quizás- donde reposa el tibio valor de llevar una bitácora como esta. En el fotograma, como dijera la muy sabia -y desconocida- Virginia. En la facultad de reírse a diente abierto de lo que apenas hace mil ochocientos minutos nos preocupaba. En dejarlo firme y asentado sobre un montón de piedras que no se parecen -ni de lejos- a las de Chichen Itzá, Machu Pichu o Stonehenge. Pero que ciertamente guían, lideran, engañan y pierden mientras encuentran. Leer para escribir. Recordarse para no repetirse. Sí: así de Freudianamente, es que nos encontramos condenados a soñar. O a callar. O a las dos cosas (como mejor dijera Netzahualcóyotl)

"Sólo venimos a dormir,
sólo venimos a soñar
¡No es verdad,
no es verdad
que venimos a vivir en la tierra!
Como hierba en cada primavera
nos vamos convirtiendo;
está reverdecido,
echa sus brotes nuestro corazón,
algunas flores produce nuestro cuerpo,
y por allá queda marchito"


***

¿Es entonces (o no es) ese preciso

trayecto

lo único que nos queda?


Ay de mis amores hipotéticos, hipatéticos,
hepáticos o -quizás-
Quizás hasta poéticos.
De soñar conmigo mismo ya me canso.
Yo sólo vine a dormir.
Yo sólo vengo soñando.
Si pasaste por aquí, bien.
Y si nunca te conozco
¿para qué me levanto?


***

Yo no lo sé.

Pero siempre,
por alguna razón,

otra vez me levanto.