Mientras más lo pienso, más me doy cuenta. Mientras más trato de asirlo entre las palmas de mis manos, más se desvanece, como una vil mariposa de humo, como una mosca negra en la visión de casi todos. Como la realidad, que parece estar ahí y luego no lo parece y se difumina, y se intercala suave o abruptamente con la materia que compone el absurdo.
Vivimos una fantasía multicolor y una realidad biotecnológica como ninguna otra. Nuestros cuerpos son maquinarias, sin lugar a dudas, pero lo son a un nivel de perfección (e imperfección y fragilidad, de repente) como ninguna otra que hayamos logrado replicar hasta el momento. Y es que hay días que me levanto considerando cómo es que la biología humana parece estar tan fríamente calculada. Cómo es que esta maquinaria de órganos, fluidos e impulsos eléctricos es capaz de encontrar significados y recrearse a sí misma en ficciones tan deliciosas como trágico resulta el siempre predecible final de todo lo que vive: la muerte. Cómo es que podemos hacer poesía, sentir poesía, amar a otros, poseer y ser poseídos por el deseo más cárnico que una rebanadora, y al mismo tiempo terminar todos muertos y reciclados en los panteones de una historia que casi nadie cuenta. Cómo es que yo soy yo. Y eso es lo que me ha pasado en las últimas semanas. Esa sensación en la que, estando solo, de pronto me percibo a miles de niveles de distancia. Ese yo que mastica un taco, que besa a una mujer, que llora por la muerte o por la incertidumbre, sencillamente no soy yo del todo. Es un blackout terrorífico pero que se ha dejado suceder varias veces en los últimos meses de mi vida. ¿Estoy aquí de verdad? ¿Soy yo el que mira, el que dice esto, el que transita de la papelería hasta la oficina que malgasta mis horas?
Esta noche hablábamos de la educación y sus deficiencias utópicas. De cómo resulta fallido el argumento de enviar a un niño a cualquier "escuela", léase: lugar con el carnet que sustenta la capacidad de proveer "educación" que no es otra cosa que un extracto del amasijo de convenciones sociales que cada país cree que es. Y por milésima vez en mi vida, repetí mi terror con respecto a eso, y que no es "tener hijos", pues he conocido mujeres con las que podría replicar la especie sin mayor problema. Es el hecho de sentirme completamente inseguro e incapaz de llevarlos por la misma vía, o por cualquier otra mejor, de aquella por la que fuimos llevados casi todos los que aquí, en el siglo XXI, concurrimos irremediablemente: La escuela. ¿Cuál escuela? ¿En qué lugar cabrían mis hijos, si todo lo que soy se contrapone a la convención social que las escuelas posmodernas tratan de inyectar en sus alumnos? ¿Cómo podría dejarlos en manos de los perros, los verdaderos perros, y dejar que los volviesen temerosos de sí mismos, de los otros, del olvido, del fracaso y de todos los fantasmas que la vida occidental se ha dedicado a erigir en nuestro nombre?
No. No tengo miedo del hombre ni de la mujer. No tengo miedo de occidente y no podria tener miedo de oriente, porque sencillamente no le conozco. Es otra cosa. Otro sistema racional que escapa a las palabras que ahora mismo escribo. Tengo miedo de esta necesidad de miedo. De esta necesidad de tragedia que parece significar todo lo que hacemos de este lado del abismo. Los médicos ya no quieren ser médicos. Ya no interesa curar, ya no interesa ser mejores. Todo se acomoda en pos de hacer dinero, y mientras más enfermos, mejor es la paga. Todo es cuestión de buscar el sufrimiento y hacerse insensible a él. Encontrarle utilidad al dolor ajeno. Restarle importancia a los hallazgos, a las epifanías, a los logros de cada uno de los robots biológicos que conviven con nosotros. Pues hay que sobrevivir. Y por cada uno que sobrevive, tendrá que haber esos otros que no prevalezcan. Tragedia implícita. Terror facturable. Miseria que no soy capaz de recrear, al menos no con una sonrisa en el rostro.
Yo no miro ni espero nada del mundo. Bueno, sí lo miro, como todos lo miramos. Pero no espero nada que no sea capaz de darme. Cuando el mundo me contradice, he aprendido a aguantar, como si se tratara de un ring de boxeo, y esperar el próximo asalto, o el momento en el que sin ninguna vergüenza pueda disponerme a tirar la toalla. No pretendo más ajustar la realidad a mi script, sino que, mientras puedo, trato de ajustar mi script a la realidad lo más posible. Y entiendo que hay una tragedia implícita. Entiendo que en el África mueren muchos más de los que viven. Entiendo que en mi cuadra apenas sobreviven los que pueden, y que en la siguiente sucede lo contrario. Mas no me peleo con lo irrevocable. Porque no puedo, porque dicha pelea es estéril y no acarrea otra cosa que tristeza e incertidumbre. Y sin embargo, se mueve.
Creo en el chance que supone morir en el intento. Creo en la posibilidad de posibilitar y hacer de esta maquinaría biológica lo mejor que me sea posible. Creo en ciertas sonrisas, en ciertas voces, en ciertas palabras. Y creo en el descrédito y en el desazón, pero también creo en la luz y en la euforia. En la oportunidad que supone desalojar a las palabras y reubicar los sentidos. Y que venga. Y que venga aún más.
Ya no quiero cambiar el mundo. Pero mientra el mundo logre cambiarme, minuto a minuto, me doy por satisfecho.
Sin culpa. Sin miedo. Por siempre.
La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.
octubre 26, 2007
octubre 20, 2007
Decir nada.
Y es que decir nada es todo lo que se puede hacer. Decir la misma nada, una y otra vez. Buscarle nuevas y más seductoras curvas a las mismas caderas que te han hipnotizado desde siempre. Escuchar a Paté de Fuá, un grupo tan lleno de clichés como su propio nombre, pero que es vasto como una geografía que ningún Google Earth sería capaz de llenar.
Y es que cuando entras a Paté de Fuá, rompes viento derecho hasta topar con pared. Ahí, las farolas son francesas, casi parisinas, gardelianas, si se puede decir. Y luego la tarantela. Una curva y estás a 300 kilómetros, entre los Puccinis y los arrabiatos. Más luego los linyeras te llevan por buen camino. El camino del que no tiene camino, pero que sabe gozar todos y cada uno de los trayectos.
Y gracias al vicio, al sacrificio, a las muñecas y a las colegialas. Gracias a Yayo Gonzáles y -por supuesto- al virtuosísimo Guillermo Perata, director musical y debrayador oficial de cualquier instrumento musical que le hayan acomodado frente al rostro en los pasados treinta y pico de años. Un ser sin ego, pero que toca el mejor tango, el mejor jazz, y el mejor todo que se haya producido en décadas.
Y salud por la geografía. La vasta geografía. El enorme y delicioso silencio que, previo al aplauso, sólo Paté de Fuá sabe producir en sus escuchas. Y que vengan muchos más.
Cuando se asoma alegre el sol sobre los campos del Talar
junto a las vias, van los linyeras
llevando como el caracol la casa a cuestas y al azar
van los gitanos todos los dias..
Ellos no saben de dolor y en cada boca hay un cantar
y a gritos dicen sus alegrias indiferentes al amor
y en el eterno trajinar, ellos desechan melancolía.
Cuando se asoma alegre el sol sobre los campos del Talar
van los linyeras todos los dias
y al pasar se oye un peon entonar esta cancion:
Linyera soy, corro el mundo
y no se donde voy,
linyera soy, lo que gano
lo gasto, lo doy.
No se llorar, ni en la vida
deseo triunfar...
No tengo norte, no tengo guia...
para mi, todo es igual..
Y es que cuando entras a Paté de Fuá, rompes viento derecho hasta topar con pared. Ahí, las farolas son francesas, casi parisinas, gardelianas, si se puede decir. Y luego la tarantela. Una curva y estás a 300 kilómetros, entre los Puccinis y los arrabiatos. Más luego los linyeras te llevan por buen camino. El camino del que no tiene camino, pero que sabe gozar todos y cada uno de los trayectos.
Y gracias al vicio, al sacrificio, a las muñecas y a las colegialas. Gracias a Yayo Gonzáles y -por supuesto- al virtuosísimo Guillermo Perata, director musical y debrayador oficial de cualquier instrumento musical que le hayan acomodado frente al rostro en los pasados treinta y pico de años. Un ser sin ego, pero que toca el mejor tango, el mejor jazz, y el mejor todo que se haya producido en décadas.
Y salud por la geografía. La vasta geografía. El enorme y delicioso silencio que, previo al aplauso, sólo Paté de Fuá sabe producir en sus escuchas. Y que vengan muchos más.
Cuando se asoma alegre el sol sobre los campos del Talar
junto a las vias, van los linyeras
llevando como el caracol la casa a cuestas y al azar
van los gitanos todos los dias..
Ellos no saben de dolor y en cada boca hay un cantar
y a gritos dicen sus alegrias indiferentes al amor
y en el eterno trajinar, ellos desechan melancolía.
Cuando se asoma alegre el sol sobre los campos del Talar
van los linyeras todos los dias
y al pasar se oye un peon entonar esta cancion:
Linyera soy, corro el mundo
y no se donde voy,
linyera soy, lo que gano
lo gasto, lo doy.
No se llorar, ni en la vida
deseo triunfar...
No tengo norte, no tengo guia...
para mi, todo es igual..
octubre 17, 2007
Sicko (Michael Moore, 2007)


Tengo que admitir que hasta antes de la ceremonia del óscar del 2003 (parecen tantos miles de años, sin embargo) no tenía la más puta idea de quién era el señor Michael Moore. Y a pesar de que en el año 2000, e incluso en el 96, y todavía aún en el 92, seguía de una forma un tanto enferma las elecciones de un país que finalmente ni conozco y que me vale rotundamente verga (a.k.a. Estados Unidos), tengo que conceder que no fue hasta después de ver Bowling for Columbine (Michael Moore, 2002) y posteriormente Fahrenheit 9/11 que me convertí en un verdadero anglófono preocupado y políticamente cuasiactivo con respecto al imperio americano que tan poco me importa, pero que tanto resulta incidir en mi vida y en la de tantos que conozco. (Si no me creen, pregúntele a la internet).
Luego de presenciar en vivo y a todo color ESTE acto de huevos
Y mirar cómo la mitad de la sala le abucheaba, mientras la otra mitad no podía hacer otra cosa más que admirar su valentía, me convertí irremediablemente en un acérrimo fanático de su manera "americana" de mirar el "mundo" ""americano"" (las doble comillas son a propósito).
Tras de esto, decidí mejorar radicalmente mi manejo del idioma inglés, y lo conseguí. Tras de esto, decidí involucrarme activamente en el espectro político gringo, cuando menos para poder presenciar lo que para el resto del mundo resulta inverosímil: ¿Cómo una sociedad tan rica en recursos humanos, económicos, militares y productivos, puede ser tan manipulable e iletrada a la vez? ¿Cómo es que en 2004, aun después del maravilloso despliegue de este señor Moore y su avasallante documental, las elecciones generales resultaron tan cómodamente favorables para el lunático que hoy todos -incluyendo a los gringos- desprecian públicamente?
Es así que debo declararme un fanático irremisible de Michael Moore. Y no me importa si es millonario, billonario o trillonario. Menos ahora, 3 horas después de haber pagado los incipientes 5 dólares que en México cuesta ver su más reciente trabajo. Y menos aún cuando he leído los varios libros que respaldan su punto de vista, y que permiten ver al Moore que sus películas respaldan pero también ocultan. A ese "god damned commie son of a bitch" (maldito comunista hijo de puta) que realmente es, pero que, sin embargo, tiene más fe en su país que la que muchos de sus correligionarios y detractores podrían tener luego de once vidas.
Sicko podría catalogarse como "un documental más" de este poderoso realizador, a pesar de que su temática principal no está realmente dirigida a otro público que no sea el estadounidense que resulta directamente perjudicado por la realidad que plantea. Debo decirlo: Un par de buenos amigos se aventuraron a ver Sicko hace menos de una semana, y cometieron el imperdonable pecado (y es que yo no lo he cometido ni siquiera con Critters, o cosas peores) de salirse de la sala aburridos por su propia desentendimiento de la trama. Sin embargo, hoy, hoy que fui a ver ansiosamente esta nueva película del único gringo mediático y huevudo que conozco, nadie salió de la sala. Todo fue anonadamiento. Todo fue estupefacción.
A grandes rasgos, Sicko es un documental que habla de lo inverosímil que resulta la inequidad y los sistemas que operan alrededor del servicio médico en el país más rico del mundo. Un sinfín de historias terroríficas, siempre aderezadas por la ironía de Moore, pero no por ello menos trágicas, desfilan ante los estupefactos ojos de un país con dos grandes sistemas de salud cuasipúblicos, pero que llevan años expuestos a la presión de ser privatizados porque -según nos dicen- eso los hará mejores.
Es así que durante un par de horas, quizás un poquito más, Moore evidencia el sinfín de ridiculeces que rodean al sistema de salud de la "Land of the free" (Tierra de los libres), y cómo es que mueren, empeoran y joden las estadísticas mundiales todos aquellos desafortunados que resultan excluídos por el propio sistema, y que no pueden hacerse ni siquiera de unas cuantas píldoras por menos de unos cuantos miles de dólares, día con día.
Su planteamiento, desde el punto de vista "americano", es de lo más pertinente: Todo el mundo desarrollado de occidente descansa sus sistemas de salud sobre planteamientos gratuitos y universales, con excepción de Estados Unidos. Y no es por nada que los propios indicadores de la inmensa mayoría de organismos internacionales dedicados a medir los estándares de salud en el mundo "desarrollado" ubiquen a Norteamérica en el último lugar de sus inequívocos índices.
En su ya característico estilo, Moore nos lleva a través de las historias de muchos de los despechados por la seguridad médica privatizada que opera en su país, para luego cuestionarse -retóricamente- las maneras en las que el resto del mundo lidia con la enfermedad, especialmente entre los países industrializados. La respuesta, aunque predecible, resulta devastadora a los ojos de los muchos americanos que están acostumbrados a ver morir a los suyos por falta de dinero y/o condiciones para ser beneficiarios del seguro médico que año con año pagan: Francia y su impoluto sistema de salud. Inglaterra y su NHS, quizás el mejor del mundo. Canadá, con su escasa población, pero con un sistema solidario que nunca deja atrás a los caídos por la enfermedad.
Sicko es, indudablemente, y como lo confirman las propias críticas internas, el mejor documental que Michael Moore ha realizado hasta ahora. Primero, porque no conlleva ninguna agenda política evidente, como la que tuvo -aun si acertadamente- Fahrenheit 9/11. Segundo, porque plantea un problema real e inverosímil: La inmensa debilidad sanitaria del país más rico del mundo. Tercero, porque expone sus argumentos con una sencillez que resulta preclara e incuestionable. Estamos seguros de que Fahrenheit 9/11 tenía el propósito unánime de desprestigiar a cierto imbécil que muchos ya sabíamos que lo era. Sin embargo, para aquellos fieles a la cultura del miedo, aquel documental no fue otra cosa que un montón de información aderezada muy bien puesta en contra de quien sólo ha hecho daño a su país y a la humanidad entera: George W. Bush. Sin embargo, Sicko habla de aquellos problemas que no sólo atañen a la porción pseudoliberal de la sociedad americana. Sicko habla de lo patético que resulta morirse por desdén en un país en donde sobra -a creces- el dinero. Y sin hablar del grandioso final, he de decir que Michael Moore se ganó un respeto aún más colosal gracias a lo que hizo por aquellos que entrevistó en algún momento, y luego llevó hasta donde sí los tratarían como seres humanos. Digno de lágrimas -sí- pero también de misterio.
Y tratándose de los mexicanos, Sicko habla también de lo patético que resulta todo el esfuerzo político que ciertos actores se desviven por hacer en aras de privatizar la ya de por si escueta seguridad social que tenemos. Y viene Alan Greenspan, y viene Serra Puche, y viene cualquier otro muerto político en vida, y nos dice que nuestro sistema de salud sólo podrá sobrevivir si se privatiza. Mentira. Mentira redonda. Y aunque no lo fuera, es preferible esperar 18 horas en un hospital de la Secretaría de Salud, a volverse peones desesperanzados que -sin siquiera la mitad de los salarios primermundistas- tengan que enfrentar la ridícula realidad de ser desestimados por sus propias aseguradoras. Y luego morir en el intento.
Sicko es perfecta para quienes conocen de geopolítica. Sicko es interesante para quienes se involucran con los problemas reales de la sociedad industrial. Pero claro, Sicko es infame y aburrida, intolerable y repetitiva, densa y pendeja, para todos los que prefieren no saber, y que sólo se enteran una vez que están dentro del féretro.
Gran película. Gran realizador. Y que vengan más de estas.
octubre 11, 2007
Poetas de probeta.
Para quienes gusten ponerse el saco.
Vomito por deporte a quienes se enfundan en el traje del poeta. Y no me refiero a los estudiantes universitarios, ya de letras o de cualquier cosa parecida, que con total romanticismo consideran a la poesía como un concurso de acumulación de palabras complejas y eminentemente musicales. Nah, ellos son inofensivos. Después de los 4 o 6 años de mala educación institucionalizada, las noches sin dormir, los años de aprenderse el alfabeto fonético, las reglas gramaticales y lenguas más muertas que la de García Lorca, suelen salir del establo educativo con una actitud bastante más doméstica o con una megalomanía galopante que los hace muy fáciles de distinguir de entre la fauna intelectualoide local.
Nah, por poetas me refiero más a los que viven con un halo profético en la mochila. Dispuestos a sacar su pequeño cuchillo de mantequilla y mirarte ferozmente, mientras de su boca supura un aliento a ron que sólo sus mujeres les soportan. Luego se abalanzan sobre ti y a dentelladas de hormiga pretenden mostrarte como ellos no se creen poetas, ni se llaman poetas, sino que lo son. Y para ello habrán de seducir a tu mujer, violar a tus hijos o contarte la historia más inverosímil del mundo con una frialdad expresiva digna de un betabel cocido.
En la cotidianidad, suelen ser maestros del disfraz. Incluso hasta el punto de engañarse a sí mismos durante ocho horas al día, y de verdad "SER" -en un sentido histriónico profundo como, ja, Al Pacino- ese gutierritos de los números, la publicidad, las cuentas y la vida empresarial que impresiona a propios y extraños por su increíble capacidad para no decir nada en muchas palabras. Luego llegan a casa, y su escueto sueldo -que dispendian en tabaco, alcohol, putas y otros muchos vicios orales, nasales o anales- les permite guardar una cava discreta de la que se cuelgan las restantes horas de su día, y tras la séptima ronda -la metamórfica- y luego de escribir muchos versos buenos o malos, comienzan a babear sobre la mesa y a perder esa humildad con la que se embalsaman todas las mañanas. Ahí se proclaman poetas. Profetas de probeta. Maestros, gurús y hechiceros del lenguaje. Hombres irresistibles que se merecen un mundo mejor al del gris departamento, la misma mujer de diario y la triste realidad del anonimato literario al que están sujetos porque nadie los ha "descubierto" de verdad.
Y sí. De pronto ya no son hombres o mujeres con ganas de decir algo sin la constricción que les supone la prosa. Ya no son huerfanitos en busca de amor, o antenas parabólicas de imágenes rabiosas que se les cuelan hasta los dedos, sobre el papel, y hasta la orilla de la cama. Ya no quieren seducir a nadie más que a sí mismos, y bautizarse merecedores, grandiosos, dignos de algo mejor que toda la mierda que cosechan. Y es ahí en donde he sacado mi preciosa cámara polaroid imaginaria, y tomado muchas fotografías de estos seres tan simpáticos como patéticos resultan a la hora de llorar o de dormir. Llamaradas de petate, dirían algunos. Que se prenden, brillan, apestan y huyen cíclicamente, hasta llegar a algún nuevo lugar donde la admiración de unos poquitos les signifique la posibilidad de reinventarse. Y una y otra vez reinventan el mismo personaje, con las mismas huellas, con el mismo olor y la misma y recurrente necesidad de impresionar a los otros para sentirse un poco mejores.
Tengo un álbum completo, un museo de estas gárgolas de ceniza, incapaces de la lealtad y la hermandad como pocas, pero claro, imponentes pedazos de roca siempre que se les mire desde la calle y hasta la punta del altar que se han autoerigido. Me gusta verlas un rato. Me gusta reconocerlas, escuchar lo poco bueno que tienen que dar y saber de antemano que habrán de dar un coletazo traicionero en el momento en el que encuentren un espacio más amplio y profundo, en el que a la medianoche se salgan de su piel de piedra, y puedan seguirse dedicando a volar en círculos por la ciudad gótica que sus palabras oscuras y tremendas viven para describir.
Lo malo, claro está, es que tal como las palomas, estas gárgolas de humo también cagan. Y por eso es mucho mejor mirarlas en las páginas del álbum, que reparar en ellas, atónitos de boca abierta, mientras defecan por encima de tu cabeza.
No hay nada malo en ser sólo un ser humano. Pusilánime, cursi, lastimero, fuerte, seguro o audaz, cualquier cosa. Pues no es la prosa la que constriñe el lenguaje, sino la mitología. Y uno nunca será capaz de escribirse su propia leyenda, a menos que su ceguera sea tal que le impida ver todo lo demás que hay en el mundo. Que es vasto.
Basta.
septiembre 22, 2007
El mundo humeante
En el blog político hay mucho más. Aquí sólo descansan mis horas.
Llegan los días en los que todo carece de sentido. Las horas que por más que se acumulen, no logran importarnos. Los minutos de humo en los que nuestra insaciable y prontuita brevedad impera, y todo lo que no huele a ella, acaba por desvanecerse entre las venas de un perfume inacabado o mal llamado intenso, mismo para el que la vida es un acertijo prescindible y liviano, y todo lo que a ella se asemeja puede trazarse dentro del mismo perímetro de aburrimiento en el que concurren todas las cosas.
Llegan esos días, y no llegan. Están, y no sólo eso: lo hacen con un enfatismo digno de los dioses y de los cataclismos. Ocurren segundos que no se cuentan, y que sin desparpajo alguno transcurren, discurren y se escurren entre los dedos de una esperanza tan vana como los desechos que de los días nos dejan los impregnados de la desmemoria. Olvidados están aquellos de quienes puede tranquilamente olvidarse. Y no existe más culpa que la que impulsa el aburrimiento de quienes se nombran cansados de vivir, y luego viven para lo mismo.
Así es como llega aquel segundo de ingravidez en el que una cabeza desmemoriada se encuentra a sí misma, mirando el retrete de un baño de segunda. Y así es como todos concurrimos, cada quien con sus instantes, en los pliegos más enjutos de nuestras ganas. Luego, mirando sin mirar, orinamos largamente sobre la piscina de silencio que descansa frente a nuestros ojos. Y pensamos sobre aquellos que están medio piso abajo y descarnados, en plena pasión, tercos e ignotos: pero eso sí, vociferando. Este mundo es mundo porque bajo sus cobijas crepita una sociedad con creces.
Humeantes tarabillas que explican nuestro hastío: Soles dentro de las horas, dentro de los días, dentro de los mares.
Sílabas idiotas y ausentes, carne para el humo: argumentos insulsos que repican como campanas en un pueblo donde no les escucha nadie.
Así es como pervive esta sociedad humeante. Este mundo humeante. Esta caldera de sinfonías inconclusas, perversa y solidaria, geométrica y difusa. Esto no es nada sino todo. Y todo no es más que un apellido que se le pone a lo profundo. Demonio sin dios. Carne sin deber ni latifundios: Restringidas las manzanas, las horas y los días.
¿Libres? Libres nada más los que se salvan del gerundio.
septiembre 19, 2007
22 años después...
Para los que murieron engullidos por la tierra.
Y para quienes quedaron muertos o vivos, sobre de ella.
Y claro, para Italo Calvino, también.
No hablaré, pues el año pasado ya lo hice, acerca de las ventanas que gruñían y de los edificios que bailoteaban con violencia. Ya he contado la historia de esa bruma, y de cómo esa mañana quedó tatuada en mi futura y sólida neurosis, para siempre. Y de las calles, los niños y los muertos ya han escrito mucho mejores plumas que la que humildemente aquí se desliza, nuevamente en un 19 de septiembre, para rendir homenaje al día en que nuestro país se quebró, y a los muertos que acompañaron, como es costumbre, a nuestra catártica desgracia.
Es el hecho mágico de que las paredes hayan decidido caerse a las 7:09 de la mañana (aunque cada quien, como siempre en México, tiene una estadística distinta) lo que hoy me ha despertado en el paladar. No fueron los 8.2 o 7.9 grados Richter, que en nuestra experiencia vivencial, son tan iguales entre sí como un baile estrepitoso lo es de otro un poco más estrepitoso. No es lo curiosamente simbólico que resulta el hecho de que hayan sido las paredes y las casas, eso, es decir, aquello que oculta lo que hay en su interior y nos resguarda de la intemperie, lo que haya decidido caerse de una vez por todas, llevándose la sangre que hubiera de llevarse en el proceso, y dejando expuesta a una república desnuda, sin su toga de mentiras y concreto.
Aquí, donde nadie se dice la verdad. En un país fundamentado en la mentira y la necesidad hipócrita de parecer mejor de lo que es. De simular. Una república de empresarios, un prostíbulo de señoritas, una mesa redonda de caballeros especialistas en la usura y el deshonor: México trató de sacudirse a sí mismo de encima, infructuosamente. México se despertó temprano, y puntual llegó a la cita con su purga indiscriminada, pago sangriento de la posibilidad de cambiar. Y México no contaba con que cada mexicano lleva una hora distinta en su reloj, y que la estadística sería uno más de los territorios chuscos y torpes en los que la sociedad se movería en adelante. ¿Eran las 7.09 o las 7.11? ¿Fueron 10,000 o 200,000 mil los que murieron? ¿Fueron 2 o fueron 80 los millones de vidas las que acabarían siendo impulsadas irremediablemente hacia una adultez prematura?
México se sacudió las paredes para poder verse a sí mismo. Y cuando el espejo de una sociedad solidaria reflejó, bajo el cielo oscurecido de la ciudad -cubierta con la bruma de los muertos, los moribundos y los indiferentes- una realidad hipócrita y poco agradable, México se regodeó en la solidaridad de sus pobres, volcados en las calles y removiendo piedra a piedra sus edificios. Porque son los ricos y los pudientes dueños de las microondas y de las letras los que hoy se jactan de la "solidaridad" que nació en ese México, sí, pero fueron mayoritariamente los pobres, y más aún, los MÁS pobres los que se arrastraron por debajo de las piedras para hurgar en la tragedia, sabuesos de una esperanza que -de paso- los redimiera también de su desesperada situación social. Y al menos mediáticamente, y sin ningún afán de brillar, consiguieron salvarse del escarnio y ayudar desinteresadamente a los que pudieron ser ayudados.
Pero nadie lo dice, nadie lo habla: Como en cualquier tragedia familiar, el 19 de Septiembre de 1985 está idealizado como un día de dolor y de bondad. Enterrado bajo la consigna de un silencio políticamente correcto. Y todas las consecuencias políticas y sociales de ese terremoto están siempre bajo una cortina de autoindulgencia que -incluso 22 años después- sigue sirviendo de pedestal para que los miserables de facto, ergo, los políticos, hablen frente a los paupérrimos de condición, y en franco atole con el dedo les alaben (y de paso lo hagan consigo mismos) su condición de "mexicanos solidarios".
Solidarios. Solidaridad. Por alguna razón o por otra, esa palabra es una de las más huecas que puede pronunciar un mexicano. Salvo cuando el interlocutor se refiere a ese día de 1985, la solidaridad es un concepto vacío en la república de la simulación. A la solidaridad se le ha conferido una doble intención, una deshonestidad inherente e incuestionable, un velo de maldad y perversión que sólo las aguas benditas del 85 logran lavar una vez al año. Y es que con esa Solidaridad se construyeron los primeros ladrillos de la maquinaría que nos gobierna hoy en día, y que halló en 1988 su verdadero nacimiento, cuando el humo del temor y la vanagloria de los "solidarios" encontró su oportunidad para hacerse con el poder y terminar de enterrar a México.
Desde entonces, son muchos más los muros. Las ciudad ha reconstruido gran parte de lo que había dejado expuesta su desnudez, y sólo algunos mausoleos del abandono permanecen en pie, en esquinas de Arcos de Belén o casas inclinadas de la Roma en las que el tiempo se detuvo y sus habitantes se quedaron para siempre desnudos frente al frío de la indiferencia política.
La ciudad ha encontrado y erigido sus nuevos tapujos, y aquellos daminificados que no alcanzaron lugar en la lista siguen llorando sus pérdidas, hundidos en organizaciones vecinales y sociales que ya no tienen otra viabilidad que la de darles consuelo y autoayuda. El país se ha volcado apoyando esta nueva "solidaridad institucional" que supone ver por uno mismo y carecer de cualquier viso de memoria histórica o conciencia social por ser "estériles y trasnochados enconos", y ahora hay que ver "hacia delante".
Este México lindo celebra la tragedia del 85, cada año, y siempre ocurre apenas tres días después de que, en una de las fiestas más hipócritas que la constitución prevee, sus presidentes suban hasta lo alto de un balcón virreinal y griten que este amasijo de desigualdad social, amnesia histórica y ultraje económico que resulta ser nuestro país debe vivir. Que viva. Que viva. Que viva.
Y así, a pesar de que como individuo siempre he ubicado el 19 de septiembre de 1985 como el día en que empezó a terminarse mi infancia (que apenas comenzaba), no puedo sino asombrarme de pensar cómo es que, a partir de ese momento, México se ha dedicado a comprar vestidos, parches y ropitas que cubran las heridas de aquella tragedia, en lugar de enfrentar su desnudez de una vez por todas, y dejar de vivir bajo la tierra.
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Y para quienes quedaron muertos o vivos, sobre de ella.
Y claro, para Italo Calvino, también.
No hablaré, pues el año pasado ya lo hice, acerca de las ventanas que gruñían y de los edificios que bailoteaban con violencia. Ya he contado la historia de esa bruma, y de cómo esa mañana quedó tatuada en mi futura y sólida neurosis, para siempre. Y de las calles, los niños y los muertos ya han escrito mucho mejores plumas que la que humildemente aquí se desliza, nuevamente en un 19 de septiembre, para rendir homenaje al día en que nuestro país se quebró, y a los muertos que acompañaron, como es costumbre, a nuestra catártica desgracia.
Es el hecho mágico de que las paredes hayan decidido caerse a las 7:09 de la mañana (aunque cada quien, como siempre en México, tiene una estadística distinta) lo que hoy me ha despertado en el paladar. No fueron los 8.2 o 7.9 grados Richter, que en nuestra experiencia vivencial, son tan iguales entre sí como un baile estrepitoso lo es de otro un poco más estrepitoso. No es lo curiosamente simbólico que resulta el hecho de que hayan sido las paredes y las casas, eso, es decir, aquello que oculta lo que hay en su interior y nos resguarda de la intemperie, lo que haya decidido caerse de una vez por todas, llevándose la sangre que hubiera de llevarse en el proceso, y dejando expuesta a una república desnuda, sin su toga de mentiras y concreto.
Aquí, donde nadie se dice la verdad. En un país fundamentado en la mentira y la necesidad hipócrita de parecer mejor de lo que es. De simular. Una república de empresarios, un prostíbulo de señoritas, una mesa redonda de caballeros especialistas en la usura y el deshonor: México trató de sacudirse a sí mismo de encima, infructuosamente. México se despertó temprano, y puntual llegó a la cita con su purga indiscriminada, pago sangriento de la posibilidad de cambiar. Y México no contaba con que cada mexicano lleva una hora distinta en su reloj, y que la estadística sería uno más de los territorios chuscos y torpes en los que la sociedad se movería en adelante. ¿Eran las 7.09 o las 7.11? ¿Fueron 10,000 o 200,000 mil los que murieron? ¿Fueron 2 o fueron 80 los millones de vidas las que acabarían siendo impulsadas irremediablemente hacia una adultez prematura?
México se sacudió las paredes para poder verse a sí mismo. Y cuando el espejo de una sociedad solidaria reflejó, bajo el cielo oscurecido de la ciudad -cubierta con la bruma de los muertos, los moribundos y los indiferentes- una realidad hipócrita y poco agradable, México se regodeó en la solidaridad de sus pobres, volcados en las calles y removiendo piedra a piedra sus edificios. Porque son los ricos y los pudientes dueños de las microondas y de las letras los que hoy se jactan de la "solidaridad" que nació en ese México, sí, pero fueron mayoritariamente los pobres, y más aún, los MÁS pobres los que se arrastraron por debajo de las piedras para hurgar en la tragedia, sabuesos de una esperanza que -de paso- los redimiera también de su desesperada situación social. Y al menos mediáticamente, y sin ningún afán de brillar, consiguieron salvarse del escarnio y ayudar desinteresadamente a los que pudieron ser ayudados.
Pero nadie lo dice, nadie lo habla: Como en cualquier tragedia familiar, el 19 de Septiembre de 1985 está idealizado como un día de dolor y de bondad. Enterrado bajo la consigna de un silencio políticamente correcto. Y todas las consecuencias políticas y sociales de ese terremoto están siempre bajo una cortina de autoindulgencia que -incluso 22 años después- sigue sirviendo de pedestal para que los miserables de facto, ergo, los políticos, hablen frente a los paupérrimos de condición, y en franco atole con el dedo les alaben (y de paso lo hagan consigo mismos) su condición de "mexicanos solidarios".
Solidarios. Solidaridad. Por alguna razón o por otra, esa palabra es una de las más huecas que puede pronunciar un mexicano. Salvo cuando el interlocutor se refiere a ese día de 1985, la solidaridad es un concepto vacío en la república de la simulación. A la solidaridad se le ha conferido una doble intención, una deshonestidad inherente e incuestionable, un velo de maldad y perversión que sólo las aguas benditas del 85 logran lavar una vez al año. Y es que con esa Solidaridad se construyeron los primeros ladrillos de la maquinaría que nos gobierna hoy en día, y que halló en 1988 su verdadero nacimiento, cuando el humo del temor y la vanagloria de los "solidarios" encontró su oportunidad para hacerse con el poder y terminar de enterrar a México.
Desde entonces, son muchos más los muros. Las ciudad ha reconstruido gran parte de lo que había dejado expuesta su desnudez, y sólo algunos mausoleos del abandono permanecen en pie, en esquinas de Arcos de Belén o casas inclinadas de la Roma en las que el tiempo se detuvo y sus habitantes se quedaron para siempre desnudos frente al frío de la indiferencia política.
La ciudad ha encontrado y erigido sus nuevos tapujos, y aquellos daminificados que no alcanzaron lugar en la lista siguen llorando sus pérdidas, hundidos en organizaciones vecinales y sociales que ya no tienen otra viabilidad que la de darles consuelo y autoayuda. El país se ha volcado apoyando esta nueva "solidaridad institucional" que supone ver por uno mismo y carecer de cualquier viso de memoria histórica o conciencia social por ser "estériles y trasnochados enconos", y ahora hay que ver "hacia delante".
Este México lindo celebra la tragedia del 85, cada año, y siempre ocurre apenas tres días después de que, en una de las fiestas más hipócritas que la constitución prevee, sus presidentes suban hasta lo alto de un balcón virreinal y griten que este amasijo de desigualdad social, amnesia histórica y ultraje económico que resulta ser nuestro país debe vivir. Que viva. Que viva. Que viva.
Y así, a pesar de que como individuo siempre he ubicado el 19 de septiembre de 1985 como el día en que empezó a terminarse mi infancia (que apenas comenzaba), no puedo sino asombrarme de pensar cómo es que, a partir de ese momento, México se ha dedicado a comprar vestidos, parches y ropitas que cubran las heridas de aquella tragedia, en lugar de enfrentar su desnudez de una vez por todas, y dejar de vivir bajo la tierra.
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septiembre 13, 2007
Vistazos al terror...
Desde hace ya unos buenos años, he tenido muchas fantasías mortuorias, la mayor parte conmigo mismo.
Invariablemente, cada vez que me veo detrás de un volante, conduciendo -como hace unos días- en la escarpada carretera libre a Toluca, o en cualquier otra, y viéndome mantener mis manos firmes sobre el volante, sobre la recta, entre las curvas, mientras piso el acelerador para alcanzar una velocidad sabrosa y estable, imagino lo fácil que sería morir en ese momento. Lo fácil que sería enviar una señal hasta mi mano izquierda y que esta jalara violentamente el volante en dirección contraria a las manecillas del reloj. El auto entonces acometería contra la orilla de la carretera y quizás se volcaría, estrellándose estrepitosamente contra los árboles que hay en el centro, mismos que aplastarían el toldo -junto con mi cráneo- y entonces yo, y toda esta patética fantasía, dejaríamos de existir. Y en esa negrura inconcebible ya no puedo pensar, porque en principio está privada de mi conciencia de ser, y ya estoy muerto, y nunca volveré a vivir.
Cuando pienso todo esto, mientras mi narcisismo me obliga a mantener las manos aún más firmes sobre el volante, no puedo dejar de considerar ridícula toda relación con el pensamiento- mágico religioso y el afterlife. Para los innumerables creyentes religiosos, esotéricos o fanáticos, unos segundos o nanosegundos después de habérseme destrozado el cerebro y muerto mi cuerpo, comenzaría una nueva existencia, en otra dimensión, en la que dios se dispondría a darme una visa para el cielo, el infierno o el afamado purgatorio. Y durante miles de años y/o el resto de la eternidad (que es lo mismo y que sigo sin comprender porque se le llama "el resto"), ese yo etéreo deambularía en una experiencia vivencial pero mortuoria de la que ya no habría ninguna escapatoria. Ridículo. Ingenuo. Hilarante, si se le toma con la suficiente ironía.
Y es que, desde que Aura murió, pero también cuando han muerto otros personajes importantes que han poblado mi experiencia de vida, mi reacción emocional inmediata es sentir la presencia pertubadora de la muerte, con una frecuencia espeluznante, y en momentos tan disímiles como simbólicos. Defecando, comiendo, follando con firmeza o con displiscencia, no puedo dejar de pensar en que la muerte está ahí, mirando, y en que podría exhalar su vapor terminal sobre mi cabeza en ese preciso instante, y en que mi vida, como la conozco, no habría sido suficientemente buena. Suficientemente completa. Suficientemente interesante. Suficiente.
Porque cuando la gente muere, casi siempre mueren con ella sus historias y sus proyectos. No todos tienen un galante culminador de sus pendientes, y -aunque ese ingenioso hidalgo los culmine- uno ya no está ahí para cosechar las lágrimas, las bofetadas o las risas. Y no es lo mismo. La vida no es lo mismo sin uno.
¿Qué pasaría mañana si muriese en los próximos sesenta segundos? ¿Qué ocurriría si un arrebato sistémico aniquilara mi corazón y dejara de existir para siempre ahora mismo? ¿Estaría muriendo satisfecho de mí? ¿Pensaría, como Aura, en todo lo que no he tenido tiempo de hacer por comerme una hamburguesa o por decirle buenos días a la persona que menos me interesa en el mundo, mientras tiro la basura cada mañana? ¿Moriría amablemente, o acaso un dejo incontroloable de rencor me haría morir sumido en una amargura erigida sobre todo lo que aún tengo inconcluso y que podría forjar cerros del tamaño de huracanes en mis últimos segundos de existencia?
Porque, cuando alguien muere, se convierte siempre en un espejo. Y en ese espejo me miro y pienso: Mañana no daré los buenos días. Mañana no esquivaré las olas de tráfico por nada. Mañana viviré a tope. Mañana intentaré caminar un paso más sobre el porcentaje de satisfacción versus insatisfacción de mi vida. Bullshit. Se acaba el tiempo, siempre, en cada momento. Y los paradigmas no sirven para nada. Bondad, belleza, amor: Todo es tan relativo como un beso. Como el próximo beso. Así que cínica y honestamente, me dejaré besar y ser besado en paz.
Porque no soy Van Gogh, ni cortarme una oreja serviría de nada: Tomaré lo que pueda ahora. De quien se deje. Vil vampiro.
Porque mañana, mañana podría estar muerto.
Invariablemente, cada vez que me veo detrás de un volante, conduciendo -como hace unos días- en la escarpada carretera libre a Toluca, o en cualquier otra, y viéndome mantener mis manos firmes sobre el volante, sobre la recta, entre las curvas, mientras piso el acelerador para alcanzar una velocidad sabrosa y estable, imagino lo fácil que sería morir en ese momento. Lo fácil que sería enviar una señal hasta mi mano izquierda y que esta jalara violentamente el volante en dirección contraria a las manecillas del reloj. El auto entonces acometería contra la orilla de la carretera y quizás se volcaría, estrellándose estrepitosamente contra los árboles que hay en el centro, mismos que aplastarían el toldo -junto con mi cráneo- y entonces yo, y toda esta patética fantasía, dejaríamos de existir. Y en esa negrura inconcebible ya no puedo pensar, porque en principio está privada de mi conciencia de ser, y ya estoy muerto, y nunca volveré a vivir.
Cuando pienso todo esto, mientras mi narcisismo me obliga a mantener las manos aún más firmes sobre el volante, no puedo dejar de considerar ridícula toda relación con el pensamiento- mágico religioso y el afterlife. Para los innumerables creyentes religiosos, esotéricos o fanáticos, unos segundos o nanosegundos después de habérseme destrozado el cerebro y muerto mi cuerpo, comenzaría una nueva existencia, en otra dimensión, en la que dios se dispondría a darme una visa para el cielo, el infierno o el afamado purgatorio. Y durante miles de años y/o el resto de la eternidad (que es lo mismo y que sigo sin comprender porque se le llama "el resto"), ese yo etéreo deambularía en una experiencia vivencial pero mortuoria de la que ya no habría ninguna escapatoria. Ridículo. Ingenuo. Hilarante, si se le toma con la suficiente ironía.
Y es que, desde que Aura murió, pero también cuando han muerto otros personajes importantes que han poblado mi experiencia de vida, mi reacción emocional inmediata es sentir la presencia pertubadora de la muerte, con una frecuencia espeluznante, y en momentos tan disímiles como simbólicos. Defecando, comiendo, follando con firmeza o con displiscencia, no puedo dejar de pensar en que la muerte está ahí, mirando, y en que podría exhalar su vapor terminal sobre mi cabeza en ese preciso instante, y en que mi vida, como la conozco, no habría sido suficientemente buena. Suficientemente completa. Suficientemente interesante. Suficiente.
Porque cuando la gente muere, casi siempre mueren con ella sus historias y sus proyectos. No todos tienen un galante culminador de sus pendientes, y -aunque ese ingenioso hidalgo los culmine- uno ya no está ahí para cosechar las lágrimas, las bofetadas o las risas. Y no es lo mismo. La vida no es lo mismo sin uno.
¿Qué pasaría mañana si muriese en los próximos sesenta segundos? ¿Qué ocurriría si un arrebato sistémico aniquilara mi corazón y dejara de existir para siempre ahora mismo? ¿Estaría muriendo satisfecho de mí? ¿Pensaría, como Aura, en todo lo que no he tenido tiempo de hacer por comerme una hamburguesa o por decirle buenos días a la persona que menos me interesa en el mundo, mientras tiro la basura cada mañana? ¿Moriría amablemente, o acaso un dejo incontroloable de rencor me haría morir sumido en una amargura erigida sobre todo lo que aún tengo inconcluso y que podría forjar cerros del tamaño de huracanes en mis últimos segundos de existencia?
Porque, cuando alguien muere, se convierte siempre en un espejo. Y en ese espejo me miro y pienso: Mañana no daré los buenos días. Mañana no esquivaré las olas de tráfico por nada. Mañana viviré a tope. Mañana intentaré caminar un paso más sobre el porcentaje de satisfacción versus insatisfacción de mi vida. Bullshit. Se acaba el tiempo, siempre, en cada momento. Y los paradigmas no sirven para nada. Bondad, belleza, amor: Todo es tan relativo como un beso. Como el próximo beso. Así que cínica y honestamente, me dejaré besar y ser besado en paz.
Porque no soy Van Gogh, ni cortarme una oreja serviría de nada: Tomaré lo que pueda ahora. De quien se deje. Vil vampiro.
Porque mañana, mañana podría estar muerto.
agosto 28, 2007
Otra vez Colbert...
Todavía no regreso a la realidad del todo. Enfrentar la desaparición de las personas siempre me ha costado largos períodos de adaptación y readaptación. De cabildeos internos entre la tristeza, el asombro y la estupefacción.
Es así que hoy no tengo mucho qué decir. Solamente les dejo otra probada, como hace más de un año lo hice, del comediante más valiente de Estados Unidos y su discurso en la cena de corresponsales de la casa blanca en 2006.
No tiene subtítulos. Estoy trabajando en unas versiones en español. Los que entiendan bien el inglés, disfrútenlo. Son 15 minutos que han dejado boquiabierto a medio mundo.
Ah, y busco voluntarios para integrar los mentados subtítulos en el video. Interesados escríbanme al mail.
PARTE 1:
PARTE 2:
Salud.
Es así que hoy no tengo mucho qué decir. Solamente les dejo otra probada, como hace más de un año lo hice, del comediante más valiente de Estados Unidos y su discurso en la cena de corresponsales de la casa blanca en 2006.
No tiene subtítulos. Estoy trabajando en unas versiones en español. Los que entiendan bien el inglés, disfrútenlo. Son 15 minutos que han dejado boquiabierto a medio mundo.
Ah, y busco voluntarios para integrar los mentados subtítulos en el video. Interesados escríbanme al mail.
PARTE 1:
PARTE 2:
Salud.
agosto 17, 2007
Soprano no es soplano.
En un mundo en el que la televisión es la gran educadora de las conciencias, además de ser la gran ejemplificadora de la idiosincrasia de uno u otro país, yo -sencillamente- me confieso rendido ante su poder. Soy -en efecto- un temible consumidor de televisión local y foránea. Desde pequeño, muy a pesar de la censura jipiteca de mis padres, drené mi potencial infantil durante largas horas de caricaturas incalculables y series detectivescas dobladas al español. Y como (casi) toda mi generación, crecí bajo los modelos y estereotipos que el canal 5 -y muy posteriormente la televisión por cable- bombardearon sobre una inexpugnable masa de púberes y adolescentes cansados del anacronismo del "chavo del ocho" o del "canal de las estrellas", y que encontraron su sino en los patéticos territorios de Michael Knight, Magnum P.I., MacGyver, Hunter, la "reportera del crimen" y poco después, abrumados por sus hormonas, descubrieron las delicadezas de la tensión sexual junto a Kevin Arnold y Winnie Cooper en "Los Años Maravillosos".
Lo malo, en mi caso, es que esa ansiedad mitificadora -mal o bien sublimada a través de la televisión- no sólo no terminó con el hartazgo que producía la eterna repetición de aquellas series televisivas que cruelmente dibujaron mi pubertad. El ritual, en lugar de terminar, se hizo aún más fuerte entre mis hábitos cotidianos, y entonces la "tele" se volvió una de las más inofensivas pero persistentes drogas que jamás se asomaron por mi vida. Aún hasta el día de hoy. Y sin los más mínimos hard feelings.
Mi trabajo entre las insondables y repetitivas arterias de la investigación de mercados se convirtió en la mejor excusa para seguir participando del ritual televisivo sin la menor culpa intelectual. Aun en mis más altas crestas inspiracionales de puro y llano esnobismo filosófico, siempre me tomé cuando menos unas horas cada semana para "mantenerme fresco" respecto a la basura mediática en turno, y -desde luego- frente a la fidelidad que alguna u otra serie me ha provocado durante mis concurrentes años de esta, mi supuesta edad "adulta. Era y "es" mi trabajo. De otro modo sería incapaz de confrontar las respuestas casi autómatas de los "grupos" que de cuando en cuando "estudio". No sabría diferenciar a George Clooney de la "Banda Machos" y -peor aún- no podría conocer inmediatamente el alto contenido discursivo de cada una de sus propuestas.
Es así que, excusas hechas y bien afincadas, hoy sigo siendo un feliz couch potato que conoce perfectamente las minucias de la producción televisiva, nacional y gringa, junto con todos los detalles estadísticos y económicos de cada éxito y fracaso televisivo. Y, no sin sentir algo de culpa, debo confesar que el fenómeno de "Los Soprano" nunca había trascendido hasta el ámbito de mi interés hasta este preciso momento. Consciente de su temática y su narrativa, pero incapaz de pagarle a HBO los 25 dólares que cuesta incorporar su programación a mi menú de opciones, nunca estimé importante hacerle caso a esta serie de mafiosos de New Jersey que -muy equivocadamente- consideraba una mala copia de las incontables aproximaciones que del fenómeno mobster se han realizado en cine y televisión. Y debo decir muy; MUY equivocadamente.
Pero como todo lo que llega a México (y esta es una excusa muy vil), "Los Soprano" llegaron a mí tras casi 7 u 8 años de haber despedazado los convencionalismos mediáticos de la televisión gringa. Inmerso en una depresión epopéyica, y azuzado por los paralelismos que mi querido Frank Goldman no repara en hacer acerca de Dr. Melfi (suculento personaje de la serie) y su situación personal propia (terrible tragedia de la vida real), me vi en la oportunidad de insertar cuatro temporadas en mi DVD y recetármelas intensivamente. Es decir: una insuperable chance de obtener mi degree en "Los Soprano", sólo para maravillarme del poder dramático de su propuesta televisiva, y de la magistralidad de sus guionistas y realizadores.
Sería absurdo y enteramente somnífero recetar, en estos prescindibles párrafos, la inmensa cantidad de líneas y parlamentos que me han resultado sublimes en estos pocos días de sobredosis soprana. La serie es sencillamente cautivadora y avasallante. Y lo es porque es capaz de seducir a todo tipo de espectadores, tal como "El Padrino" de Scorsese lo hizo en su tiempo. Está, obviamente, esa lineal pero también adictiva trama gangsteril, plagada de suspenso y violencia casi gratuita, capaz de fustigar las exigencias de más de un 80% de los fieles seguidores de la propia serie. Esa es cosa juzgada, y los números, y las consiguientes temporadas, y los innumerables premios de todo tipo hablan realmente por sí solos, al menos en lo que respecta a lo inteligible y seductora que resulta la fórmula en sí para el espectador promedio. Pero detrás de su éxito hay un universo entero de sutilezas casi teatrales, y que -para mí al menos- resultan ser lo verdaderamente mágico acerca de "Los Soprano" y su aparentemente "naca" (en términos de New Jersey) historia. Y es, por sobre todas las cosas, una magia inteligente y creativa. Forjada a través de signos tan sutiles como una mueca, una mirada, una suspicacia fílmica retratada en cierto personaje, y que termina por llenarte la cabeza de una infinidad de historias que no son necesariamente regaladas mediante frases o palabras. Pero que sin embargo, desde el primer momento, te son inferidas mientras la propia serie te educa acerca de los valores y el "way of life" de un débil pero despiadado ghetto como resulta ser el de la mafia italo-americana.
Y es que hay otras muchas cosas que debiera admitir. Por ejemplo, el hecho de ver a un Tony Soprano sentado en el sillón de una terapia pseudo-psicoanalítica -muy al estilo control freak americano- y ser partícipe de su renuencia y su temible encabronamiento frente a la interpretación pura y dura que sólo un buen terapeuta (hail, Dr. Melfi) puede hacer. Y luego mirar cómo este anti-héroe se abre camino entre la comodina y autoindulgente sociedad americana para convertirse en un personaje de culto. Todo en menos de una década. Todo porque -siendo honestos- este antihéroe tiene y ejercita su capacidad para ofender, herir y también matar. Y todo porque, en un arrebato de genuina genialidad creativa, los guionistas de "Los Soprano" tuvieron a bien el colocar, con toda su cruda humanidad, a un personaje que suave y mucho más inteligentemente que cualquier gringo promedio, representa a la propia sociedad americana y a su odio/fascinación por "il capo di capi", todo esto comprimido frente a la cámara, bajo un guión, dentro del alma de una actriz prodigiosa, y resuelto en una estrecha falda de lana cruda que responde al nombre de -la adorable y perversa doctora- Jennifer Melfi.
Soy un adorador de las historias. Y soy aun más adorador de las buenas historias. Y resulto ser un implacable fanático de las historias que son además metahistorias: historias dentro de las historias que, a su vez, están dentro de "Otras" historias. Y esto escasamente puede verse en la televisión norteamericana. Sí, se ve frecuentemente en grandes filmes. Particularmente en los que escribe Charlie Kaufman, o en algunos que ha fraguado Woody Allen, o en otros que ha dirigido Terry Gilliam. Pero no suele verse tan a menudo en la soberana televisión. Poniendo el caso de la multicelebrada pero paupérrimamente vista "Huff", otra serie de una inteligencia superior a la de sus espectadores, Los Soprano ha logrado sobrevivir gracias a sus múltiples capas e interpretaciones. Gracias a que toca una fibra que le compete, de algún modo o de otro, a cualquiera que le ponga la debida atención. Y esa es una verdadera magia. Una magia que no se palpa todos los días.
Termino mi apología con una de las innumerables frases que, dentro de todo ese universo maravilloso y no verbal que tienen "Los Soprano", ha logrado cautivarme un poquito más que lo acostumbrado. Esta es, obviamente, una conversación entre Tony Soprano -jefe en turno de la mafia italiana en New Jersey- y su valiente y aterrada siquiatra, mientras discuten acerca de la inclinación de Anthony Junior, hijo de Tony, hacia ciertas ideas existencialistas que de pronto ha dejado caer sobre el desayunador de su casa. Y esta es Doctor Melfi hablando sobre el existencialismo:
Dr. Melfi: "When some people first realize that they're solely responsible for their decisions, actions and beliefs, and that death lies at the end of every road, they can be overcome by intense dread."
Tony Soprano: "Intense dread?"
Dr. Melfi: "A dull, aching anger that the only absolute truth--is death."
Tony Soprano: "I think the kid's onto something..."
Lo malo, en mi caso, es que esa ansiedad mitificadora -mal o bien sublimada a través de la televisión- no sólo no terminó con el hartazgo que producía la eterna repetición de aquellas series televisivas que cruelmente dibujaron mi pubertad. El ritual, en lugar de terminar, se hizo aún más fuerte entre mis hábitos cotidianos, y entonces la "tele" se volvió una de las más inofensivas pero persistentes drogas que jamás se asomaron por mi vida. Aún hasta el día de hoy. Y sin los más mínimos hard feelings.
Mi trabajo entre las insondables y repetitivas arterias de la investigación de mercados se convirtió en la mejor excusa para seguir participando del ritual televisivo sin la menor culpa intelectual. Aun en mis más altas crestas inspiracionales de puro y llano esnobismo filosófico, siempre me tomé cuando menos unas horas cada semana para "mantenerme fresco" respecto a la basura mediática en turno, y -desde luego- frente a la fidelidad que alguna u otra serie me ha provocado durante mis concurrentes años de esta, mi supuesta edad "adulta. Era y "es" mi trabajo. De otro modo sería incapaz de confrontar las respuestas casi autómatas de los "grupos" que de cuando en cuando "estudio". No sabría diferenciar a George Clooney de la "Banda Machos" y -peor aún- no podría conocer inmediatamente el alto contenido discursivo de cada una de sus propuestas.
Es así que, excusas hechas y bien afincadas, hoy sigo siendo un feliz couch potato que conoce perfectamente las minucias de la producción televisiva, nacional y gringa, junto con todos los detalles estadísticos y económicos de cada éxito y fracaso televisivo. Y, no sin sentir algo de culpa, debo confesar que el fenómeno de "Los Soprano" nunca había trascendido hasta el ámbito de mi interés hasta este preciso momento. Consciente de su temática y su narrativa, pero incapaz de pagarle a HBO los 25 dólares que cuesta incorporar su programación a mi menú de opciones, nunca estimé importante hacerle caso a esta serie de mafiosos de New Jersey que -muy equivocadamente- consideraba una mala copia de las incontables aproximaciones que del fenómeno mobster se han realizado en cine y televisión. Y debo decir muy; MUY equivocadamente.
Pero como todo lo que llega a México (y esta es una excusa muy vil), "Los Soprano" llegaron a mí tras casi 7 u 8 años de haber despedazado los convencionalismos mediáticos de la televisión gringa. Inmerso en una depresión epopéyica, y azuzado por los paralelismos que mi querido Frank Goldman no repara en hacer acerca de Dr. Melfi (suculento personaje de la serie) y su situación personal propia (terrible tragedia de la vida real), me vi en la oportunidad de insertar cuatro temporadas en mi DVD y recetármelas intensivamente. Es decir: una insuperable chance de obtener mi degree en "Los Soprano", sólo para maravillarme del poder dramático de su propuesta televisiva, y de la magistralidad de sus guionistas y realizadores.
Sería absurdo y enteramente somnífero recetar, en estos prescindibles párrafos, la inmensa cantidad de líneas y parlamentos que me han resultado sublimes en estos pocos días de sobredosis soprana. La serie es sencillamente cautivadora y avasallante. Y lo es porque es capaz de seducir a todo tipo de espectadores, tal como "El Padrino" de Scorsese lo hizo en su tiempo. Está, obviamente, esa lineal pero también adictiva trama gangsteril, plagada de suspenso y violencia casi gratuita, capaz de fustigar las exigencias de más de un 80% de los fieles seguidores de la propia serie. Esa es cosa juzgada, y los números, y las consiguientes temporadas, y los innumerables premios de todo tipo hablan realmente por sí solos, al menos en lo que respecta a lo inteligible y seductora que resulta la fórmula en sí para el espectador promedio. Pero detrás de su éxito hay un universo entero de sutilezas casi teatrales, y que -para mí al menos- resultan ser lo verdaderamente mágico acerca de "Los Soprano" y su aparentemente "naca" (en términos de New Jersey) historia. Y es, por sobre todas las cosas, una magia inteligente y creativa. Forjada a través de signos tan sutiles como una mueca, una mirada, una suspicacia fílmica retratada en cierto personaje, y que termina por llenarte la cabeza de una infinidad de historias que no son necesariamente regaladas mediante frases o palabras. Pero que sin embargo, desde el primer momento, te son inferidas mientras la propia serie te educa acerca de los valores y el "way of life" de un débil pero despiadado ghetto como resulta ser el de la mafia italo-americana.
Y es que hay otras muchas cosas que debiera admitir. Por ejemplo, el hecho de ver a un Tony Soprano sentado en el sillón de una terapia pseudo-psicoanalítica -muy al estilo control freak americano- y ser partícipe de su renuencia y su temible encabronamiento frente a la interpretación pura y dura que sólo un buen terapeuta (hail, Dr. Melfi) puede hacer. Y luego mirar cómo este anti-héroe se abre camino entre la comodina y autoindulgente sociedad americana para convertirse en un personaje de culto. Todo en menos de una década. Todo porque -siendo honestos- este antihéroe tiene y ejercita su capacidad para ofender, herir y también matar. Y todo porque, en un arrebato de genuina genialidad creativa, los guionistas de "Los Soprano" tuvieron a bien el colocar, con toda su cruda humanidad, a un personaje que suave y mucho más inteligentemente que cualquier gringo promedio, representa a la propia sociedad americana y a su odio/fascinación por "il capo di capi", todo esto comprimido frente a la cámara, bajo un guión, dentro del alma de una actriz prodigiosa, y resuelto en una estrecha falda de lana cruda que responde al nombre de -la adorable y perversa doctora- Jennifer Melfi.
Soy un adorador de las historias. Y soy aun más adorador de las buenas historias. Y resulto ser un implacable fanático de las historias que son además metahistorias: historias dentro de las historias que, a su vez, están dentro de "Otras" historias. Y esto escasamente puede verse en la televisión norteamericana. Sí, se ve frecuentemente en grandes filmes. Particularmente en los que escribe Charlie Kaufman, o en algunos que ha fraguado Woody Allen, o en otros que ha dirigido Terry Gilliam. Pero no suele verse tan a menudo en la soberana televisión. Poniendo el caso de la multicelebrada pero paupérrimamente vista "Huff", otra serie de una inteligencia superior a la de sus espectadores, Los Soprano ha logrado sobrevivir gracias a sus múltiples capas e interpretaciones. Gracias a que toca una fibra que le compete, de algún modo o de otro, a cualquiera que le ponga la debida atención. Y esa es una verdadera magia. Una magia que no se palpa todos los días.
Termino mi apología con una de las innumerables frases que, dentro de todo ese universo maravilloso y no verbal que tienen "Los Soprano", ha logrado cautivarme un poquito más que lo acostumbrado. Esta es, obviamente, una conversación entre Tony Soprano -jefe en turno de la mafia italiana en New Jersey- y su valiente y aterrada siquiatra, mientras discuten acerca de la inclinación de Anthony Junior, hijo de Tony, hacia ciertas ideas existencialistas que de pronto ha dejado caer sobre el desayunador de su casa. Y esta es Doctor Melfi hablando sobre el existencialismo:
Dr. Melfi: "When some people first realize that they're solely responsible for their decisions, actions and beliefs, and that death lies at the end of every road, they can be overcome by intense dread."
Tony Soprano: "Intense dread?"
Dr. Melfi: "A dull, aching anger that the only absolute truth--is death."
Tony Soprano: "I think the kid's onto something..."
agosto 16, 2007
Epifanías desechables
De esas revelaciones de barro es que está llena la vida. Pero cuando uno es confrontado a la muerte (que como bien dijera alguien medianamente sabio, siempre es muerte de otros), y se muere un cachito a su vez, parecen llenar la copa con un ritmo despavorido e inescrutable. Así, uno camina por la calle y se da cuenta de cuánto tiempo ha desperdiciado en un número incontable de fruslerías tales como caminar por la calle. O de cuán inútil resulta pretender llegar a ningún lado. O de cuánto odiaba los chilaquiles de la abuela, y de cómo eso ha transtornado el curso de su vida.
La verdad es que hoy me siento enjuto, entumido. Cansado de llegar a conclusiones de todo tipo. Cansado de sumar, de restar, de sobrevivir dudando. Harto de no poder comprarme una tabla de surf dado mi reciente y permanente desprecio por las olas (las putas olas). Y lo peor es que resulta muy caro tumbarse en la palapa de la vida y seguir ordenando cervezas mientras pasa la tarde. El presupuesto es limitado, la cerveza agota, la borrachera cansa y las certezas simplemente no llegan (ni llegarán).
He invertido larguísimas horas en amores estériles, en musas de plastilina, en cantos de sirenas deformes y trasvestidas. Al llegar a casa, se quitan la ropa y detrás del sostén, donde debiera estar el alimento para las horas subsecuentas, lo único que presentan es un saco de vísceras y un montón de expectativas y un egoísmo galopante. Todo lo que quieren es cantarte un par de canciones para que luego seas tú quien le lleve serenata el resto de la vida. Patético.
Y las mujeres guerreras siguen muriéndose. Siguen desapareciendo. Siguen estando lejos de esta ciudad putrefacta y cada vez más exhaustiva. Me urge viajar. Me urge treparme en un bote y desaparecer de mi propia vista. Queda tan poco tiempo. Quedan muy pocos días.
Porque nunca sabes cuando te llega tu ola.
La verdad es que hoy me siento enjuto, entumido. Cansado de llegar a conclusiones de todo tipo. Cansado de sumar, de restar, de sobrevivir dudando. Harto de no poder comprarme una tabla de surf dado mi reciente y permanente desprecio por las olas (las putas olas). Y lo peor es que resulta muy caro tumbarse en la palapa de la vida y seguir ordenando cervezas mientras pasa la tarde. El presupuesto es limitado, la cerveza agota, la borrachera cansa y las certezas simplemente no llegan (ni llegarán).
He invertido larguísimas horas en amores estériles, en musas de plastilina, en cantos de sirenas deformes y trasvestidas. Al llegar a casa, se quitan la ropa y detrás del sostén, donde debiera estar el alimento para las horas subsecuentas, lo único que presentan es un saco de vísceras y un montón de expectativas y un egoísmo galopante. Todo lo que quieren es cantarte un par de canciones para que luego seas tú quien le lleve serenata el resto de la vida. Patético.
Y las mujeres guerreras siguen muriéndose. Siguen desapareciendo. Siguen estando lejos de esta ciudad putrefacta y cada vez más exhaustiva. Me urge viajar. Me urge treparme en un bote y desaparecer de mi propia vista. Queda tan poco tiempo. Quedan muy pocos días.
Porque nunca sabes cuando te llega tu ola.
agosto 04, 2007
Sobre lo dudoso.
Hay una parte mala en el escepticismo. De hecho, es muy mala. Es más mala que cualquier cosa. Es malísima. Es tremenda. Y su maldad tiene que ver con cómo es que lidiamos con las cosas, con la vida, con la muerte. Con esas "cosas" que no son cosas. Con esa "muerte" que nunca acaba de posarse sobre sus víctimas, ni termina tampoco siendo muerte. ¿Qué demonios podríamos hacer todos los que no tenemos dioses para explicarnos como es que algo vivo puede dejar de estarlo de un momento a otro? ¿Cómo, sin un dios, es que mi cuerpo podría explicarse algo? ¿Y cómo, finalmente, es que cualquiera podría creérselo?
Soy un escéptico consagrado y consumado. Soy un absoluto renegado de toda esperanza. Soy un minuto que desprecia, argumentativamente, todo aquel otro minuto que se suponga a sí mismo existiendo más allá de la muerte. Soy un desesperanzado. Soy una línea en blanco sobre la página 4 de la burocracia de la muerte. Soy la vil y más mundana huella de la desaparición. Soy un pedazo de nada que, por supuesto, tampoco tiene nombre. Soy la negritud y el espacio vacío. Soy el fotograma, velado por el hambre y sin sentido, y al que este mundo quiere darle sustantivos además de historias. Soy la muerte, que siempre es muerte de otros. Soy la nada, que siempre es nada ajena y que trasciende más allá del punto y aparte.
Soy la rendición. Soy el eterno contrario de todo milagro. Soy la negación que no se niega. Soy el vil final que nadie quiere y que nadie tampoco riega. Soy yo, el cero. Heme aquí, el cero absoluto. El "no soy" que, por lo tanto, es nomás la nada. Soy quien no soy. Soy el que de mí mejor habla mi viejo hermano el silencio. Soy sin ser nada.
Desde el lado de los hombres todavía puede verse un montón de humanidad. Todavía hay mil afanes. Todavía se revienta en sus pestañas la injusticia. Siguen húmedos. Siguen sin mirar atrás. Siguen reposando en el prodigio de sus mentes y persisten todos repletos de una intensa rabia. Siguen, sin más, atornillados a cierta e irrefutable desdicha. Prosiguen, y lo hacen buscando explicaciones: como si lo inexplicable tuviera realmente una salida.
No les importa: siguen relinchando. Siguen irascibles y rabiosos. Siguen retorciéndose. Siguen sin ver brisa. No hay un lugar donde haya nombres que ayuden a aliviarse. No hay resonancias que no duelan. No hay resquemores que se salven. Este es un hogar escéptico, y para los escépticos no consuela ningun dios, ni tampoco resisten o persisten esas menores coincidencias, cuasimísticas, cuasibellas. Todos los sin-dios están sometidos al escrutinio de la crueldad, realidad, camino sin señales ni designios. Y desde que están vivos simplemente lo están hasta que desaparece la carne. No hay tregua. No hay destino. No hay sentido más grande que el que ofrece el albedrío.
Pero supongamos que nadie sabe nada. Supongamos que todos aquí estamos igual de despojados. Y supongamos que todo el frío es nuestro frío. ¿Qué podríamos esgrimir frente a la muerte de un ser vivo? ¿Cuál de todas las historias podría aguantar el poder de la nada? ¿Quién se atrevería a renunciar a estar vivo?
Soy un escéptico consagrado y consumado. Soy un absoluto renegado de toda esperanza. Soy un minuto que desprecia, argumentativamente, todo aquel otro minuto que se suponga a sí mismo existiendo más allá de la muerte. Soy un desesperanzado. Soy una línea en blanco sobre la página 4 de la burocracia de la muerte. Soy la vil y más mundana huella de la desaparición. Soy un pedazo de nada que, por supuesto, tampoco tiene nombre. Soy la negritud y el espacio vacío. Soy el fotograma, velado por el hambre y sin sentido, y al que este mundo quiere darle sustantivos además de historias. Soy la muerte, que siempre es muerte de otros. Soy la nada, que siempre es nada ajena y que trasciende más allá del punto y aparte.
Soy la rendición. Soy el eterno contrario de todo milagro. Soy la negación que no se niega. Soy el vil final que nadie quiere y que nadie tampoco riega. Soy yo, el cero. Heme aquí, el cero absoluto. El "no soy" que, por lo tanto, es nomás la nada. Soy quien no soy. Soy el que de mí mejor habla mi viejo hermano el silencio. Soy sin ser nada.
Desde el lado de los hombres todavía puede verse un montón de humanidad. Todavía hay mil afanes. Todavía se revienta en sus pestañas la injusticia. Siguen húmedos. Siguen sin mirar atrás. Siguen reposando en el prodigio de sus mentes y persisten todos repletos de una intensa rabia. Siguen, sin más, atornillados a cierta e irrefutable desdicha. Prosiguen, y lo hacen buscando explicaciones: como si lo inexplicable tuviera realmente una salida.
No les importa: siguen relinchando. Siguen irascibles y rabiosos. Siguen retorciéndose. Siguen sin ver brisa. No hay un lugar donde haya nombres que ayuden a aliviarse. No hay resonancias que no duelan. No hay resquemores que se salven. Este es un hogar escéptico, y para los escépticos no consuela ningun dios, ni tampoco resisten o persisten esas menores coincidencias, cuasimísticas, cuasibellas. Todos los sin-dios están sometidos al escrutinio de la crueldad, realidad, camino sin señales ni designios. Y desde que están vivos simplemente lo están hasta que desaparece la carne. No hay tregua. No hay destino. No hay sentido más grande que el que ofrece el albedrío.
Pero supongamos que nadie sabe nada. Supongamos que todos aquí estamos igual de despojados. Y supongamos que todo el frío es nuestro frío. ¿Qué podríamos esgrimir frente a la muerte de un ser vivo? ¿Cuál de todas las historias podría aguantar el poder de la nada? ¿Quién se atrevería a renunciar a estar vivo?
agosto 01, 2007
Repoblar el mundo.
Para Aura Estrada Curiel, y para todos los que resentimos su muerte.
Hay voces como hay personas como hay sonrisas que pueblan el mundo. Aunque no estén ahí, a tu lado. Aunque no estén todo el tiempo (y es que nada, en realidad, está todo el tiempo -bienvenida la ilusión de lo permanente- pues todas las cosas tienen siempre ratos e intervalos). Pero, refraseando: hay voces como hay personas como hay sonrisas que, aun sin habitar los territorios imaginarios de lo perpetuo, pueblan con suficiencia su pedazo de mundo. Y como todo pedazo de mundo, poblado o despoblado, existe y ES sólo en función de aquellos otros territorios con los que convive. Y en esa dialéctica multipartita entre lo vacío y lo pleno es donde cohabitamos todos: Cada quien su pedazo de mundo. Cada quien sus naipes. Pero todos jugando.
Aura era una de esas voces, personas, sonrisas que parecían desbordarse sobre la mesa de este casino de repetitivos infortunios y escasos jackpots que resulta ser la vida. Y Aura siempre lo apostaba todo, lo poblaba todo con su voz, persona, sonrisa. Aun si se tratara de algún juego eminentemente oscuro y perdido, y aun si todos parecieran dispuestos a entregar las cartas y disponerse a la derrota, Aura, maestra súbita de la esperanza, fuese o no a través de un bluff arriesgadísimo, esperaba con una paciencia milenaria (que otros llamamos terquedad) el destape de las últimas cartas. Y por lo regular, blandiendo una carcajada como las que sólo ella y su voz pobladora de planetas podían hacerlo, se llevaba el pote entero bajo la mirada estupefacta de todos los que ya nos habíamos rendido. Aura era así. Era ahora y era Aura. Mientras todos los demás tratábamos de llevarle el paso.
Y Aura habitó el mundo con su voz, persona, sonrisa, durante muchos ahoras. Siempre anclada en el presente, siempre hambrienta, irredenta, prodigiosa y carente de tapujos y cadenas. Aura pobló su pedazo del mundo desencadenadamente, aun si con mucha mesura. Sabedora de su saber, pero también empuñando en todo momento esa modestia suya que hasta en estos tiempos posteriores a su vida le ha merecido alguna que otra saludable polémica. Frank dice que sí, Sam dice que no, Junot dice que quién sabe, y todo mientras David, el generoso e impasible David, dice que toda aquella modestia era sólo un resquicio de esa "pena" mexicana que tanto contamina el esplendor de ciertas personas, y que Aura estaba a punto de deslindarse por completo de ella.
Realmente no importa. Importa el que detrás de la marquesina y el retrato que de Aura han forjado su muerte y su tortuosa desaparición, subyace una verdad volcánica y esplendorosa, y que todos parecemos estar llegando a ella, ya en un momento o en otro:
Y es que no hay ninguna Aura. No hay Aura una. No existe más una sola Aura, sino que, por el contrario, y siguiendo en fila india los pasos de su voz (persona, sonrisa) este -aparentemente diminuto- pedazo de mundo desde el cada quien y cada cual la seguimos llorando, parece repoblarse cuasimágicamente. Las calles y las avenidas de nuestros corazones retumban bajo las botas de un amoroso ejército de Auras, tan milagrosas como distintas. Auras a medio hacer, Auras enteras, Auras microscópicas o telescópicas. Una labor de cada quien. Un cada quien que se está tejiendo para sí mismo una nueva Aura, beyond death, y cuyos estambres (que ahora son su nueva voz, persona, sonrisa) han sido hilados de memorias tan disímiles y maravillosas como pudo ser verla cantar -a grito pelado- TODO el Sergeant Pepper, o simplemente mirarla brincoteando una formidable imitación de Daniela Romo en sus mejores tiempos, o quizás escribiendo historias fascinantes y furiosamente incompartidas, todo para satisfacer sus cualesquieras ansias de un martes a las cuatro de la mañana, o de un domingo soporífero, o de su vida entera.
Hoy ya no sólo repudiamos el mar. Hoy ya no sólo le despreciamos mientras perseguimos -rompiéndonos- las olas que a ella, a su vez, la rompieron con esa estúpida e inesperada estocada final. Today our job keeps getting bigger: Pues hoy ya tampoco nos dedicamos -exclusivamente- a fiscalizar a Neptuno o a sus pútridos océanos en busca de un par de estériles respuestas, al mismo tiempo que tratamos de convencernos los unos a los otros de lo aconsejable que resulta claudicar a la fútil tarea que supone darle nombre al sinsentido de su muerte; peor aún, explicar LA muerte y -mucho peor- la de pretender rebautizar nuestra ingenua y comodina aproximación hacia la vida.
Así que ya no sólo se trata de buscar explicaciones: Hoy cada quien su Aura. Cada quien su "cyborg" personalizado y sus "Memorias de un estudiante graduado". Cada quien su robot peregrino e inmortal, forjado entre los infinitos materiales y circuitos que esa otra Aura de carne tuvo a bien dejarnos, minuciosamente, a cada uno. Y por eso nos reunimos. Y nos seguiremos reuniendo para dibujar con un esmero casi obsesivo -pero no- a esa Aura cúbica y cubista. La que su real presencia en nuestras vidas nos dejó, pieza tras pieza, entre las manos. Nos reuniremos para pintarla, repintarla, equivocarnos o acertar. Nos reuniremos para intercambiar lápices, ángulos, lienzos o pinturas enteras. Nos reuniremos, más que nada, para hacer trueques con nuestra angustia, como buenos seres mentales. Pero eventualmente, y juntos, repoblaremos el mundo. Haremos de ese deshabitado que antes ocupaba su cuerpo, una bomba que salpique su alma y acabe por empapar el mundo como un tsunami cataclísmico. Y persistiremos de apetito como también de asombro, y continuaremos viviendo siempre en su lugar. En su pedazo de mundo. Donde todavía se escucha y seguirá escuchándose el eco de su voz, persona, sonrisa. De esas que pueblan el mundo.
Ahí mismo. ¿Dónde más?
(And while we're at it, Frank, oh so dear and marvelous and divinely grieving husband Frank, you'll find a brother and sister inside each one of us.)
julio 26, 2007
Las olas...las putas olas.
A la memoria de Aura Estrada Curiel, querida amiga, muerta a manos del mar el 24 de Julio de 2007. (y con una gran disculpa por la evidente falta de acentos, cortesia de una mac indescifrable)
Estoy en el aeropuerto de Huatulco, esperando el avion que me regresara hasta tu cuerpo muerto, en una caja abierta, en una funeraria en la que decenas seguro te estaran llorando. Vine a recoger tus cosas. Las de Frank. Las de Fabiola. Todo lo que se quedo en una instantanea casi terrorifica en esa casa de Mazunte en la que pasaste el ultimo dia de tu vida. Era, ciertamente, una casa hermosa. Y un hermoso lugar. No lo conocia. Me hubiera gustado estar aqui contigo, con ustedes. Tal vez nada habria pasado, o tal vez, como dicen los taxistas y las ninias que siguen muy impresionadas con tu muerte, tal vez hubiera pasado de todos modos. En tu casa de Mexico. En Nueva York. En una escalera. En la regadera. Quien sabe.
Las olas te llevaron. Y yo que siempre he hablado del mar con amor, hoy siento que lo detesto. Que quisiera verlo seco y destruido por la erosion y el calentamiento global. Que quisiera, como me dijeron antes de venir, que el mar realmente hubiera hecho caso a las mentadas de madre que le lance ayer por la noche, despues de empacar tus maletas, y que ese mismo mar, ese puto mar no me escuche las solemnes despedidas que tu madre me pidio que le diera de tu parte. Puto mar. Putas olas. Como pudieron arrancarte de nosotros.
Te fuiste como Alfonsina, como Virginia Woolf. Te fuiste gracias a un beso del mar. Un beso quizas muy rabioso, quizas muy mordelon, quizas demasiado fuerte. Te fuiste muy antes de tiempo, querida Aura, y vamos a extraniarte mucho. El amiguito de Hemingway, ese puto mar, el adorado y temeroso oceano mar de Baricco, ese mar, el de la Woolf, el de sus olas, te llevo como a los grandes. Y lo eras. Eras una mujer juguetona y hermosa. Una gran mujer de 30 anios que se tropezo con la ola equivocada y nos dejo temblando. Aunque quizas te fuiste feliz.
Amabas el mar, amabas Oaxaca, amabas este oceano lleno de buenas memorias, ventanillas, JB's, Fabiolas, cervezas y mezcales tras largas conversaciones, algunas rudas y otras hermosas y ligeras, como tu. Tan mar como polimorfa. Sonriente y rabiosa. Una mujer llena de palabras. Una mujer llena de risas y de tacos del Califa y de sonrientes cervezas y de noches de fiesta salvaje en el centro o en la condesa o en donde fuera. Porque eras siempre la misma donde quiera que fueses.
No caben mas palabras para explicar el sinsentido. El absurdo de la muerte, otra vez, abrumandonos un verano que de por si ya habia empezado bastante mal. Por una u otra razon siguen desapareciendo mis amigas, mis hermanas, las personas. Sigue empecinada la muerte en chingarnos la existencia fuera de tiempo. Llevandose a los mejores, dejandonos aqui a los mas pendejos. Que tristeza, Aura. Vamos a extraniarte mucho.
Pero seremos fuertes. Voy en camino. Aqui vine solo por tus maletas, y a dejarle un escupitajo a este paraiso en el que el absurdo decidio robarse tu vida. Unas patadas en el suelo. Unos honestos intentos por desahogar esta tristeza que solo aqui, lejos de Frank y de Fabiola y de tu madre, puedo libremente dejar fluir sin que ellos me vean. Porque para ellos soy el fuerte. El que vino por todo lo que dejaron atras en su carrera por salvarte la vida. El que nunca llora.
Pero si lloro. Ahora mismo estoy sentado con un nudo atroz en el cogote, esperando a que el avion despegue y entonces pueda echar otro vistazo en el cielo para comprobar que dios no existe y que no estas por ahi flotando, esperando que nos despidamos de beso, o sufriendo por haberte ido. Voy a mirar el cielo y encontrarlo vacio, y ahi, a 35000 pies de altura, como en el vuelo de venida, voy a poder llorar libremente y a cantaros. Una vez mas.
Luego dejare de escribirte como si me leyeras. Luego me pondre fuerte otra vez y bajare del avion para llevarme las 9 maletas hasta algun lugar donde pueda quitarme esta ropa sudorosa, la misma con la que sali del hospital en el que terminaste de morir, y ponerme otra sobre la cual puedan llorar tu hermana, tu madre, tu marido y tus amigos.
Y luego me marchare a mi casa. A mi cama vacia. A mi otra desesperacion y a mis otras anioranzas. Y pensare en toda la gente que se ha ido en tan poco tiempo. Y pensare en la que aun me queda.
Y me quedare dormido.
Prometo escribirte algo mas decente, pronto. Ahora mismo me faltan las fuerzas.
Estoy en el aeropuerto de Huatulco, esperando el avion que me regresara hasta tu cuerpo muerto, en una caja abierta, en una funeraria en la que decenas seguro te estaran llorando. Vine a recoger tus cosas. Las de Frank. Las de Fabiola. Todo lo que se quedo en una instantanea casi terrorifica en esa casa de Mazunte en la que pasaste el ultimo dia de tu vida. Era, ciertamente, una casa hermosa. Y un hermoso lugar. No lo conocia. Me hubiera gustado estar aqui contigo, con ustedes. Tal vez nada habria pasado, o tal vez, como dicen los taxistas y las ninias que siguen muy impresionadas con tu muerte, tal vez hubiera pasado de todos modos. En tu casa de Mexico. En Nueva York. En una escalera. En la regadera. Quien sabe.
Las olas te llevaron. Y yo que siempre he hablado del mar con amor, hoy siento que lo detesto. Que quisiera verlo seco y destruido por la erosion y el calentamiento global. Que quisiera, como me dijeron antes de venir, que el mar realmente hubiera hecho caso a las mentadas de madre que le lance ayer por la noche, despues de empacar tus maletas, y que ese mismo mar, ese puto mar no me escuche las solemnes despedidas que tu madre me pidio que le diera de tu parte. Puto mar. Putas olas. Como pudieron arrancarte de nosotros.
Te fuiste como Alfonsina, como Virginia Woolf. Te fuiste gracias a un beso del mar. Un beso quizas muy rabioso, quizas muy mordelon, quizas demasiado fuerte. Te fuiste muy antes de tiempo, querida Aura, y vamos a extraniarte mucho. El amiguito de Hemingway, ese puto mar, el adorado y temeroso oceano mar de Baricco, ese mar, el de la Woolf, el de sus olas, te llevo como a los grandes. Y lo eras. Eras una mujer juguetona y hermosa. Una gran mujer de 30 anios que se tropezo con la ola equivocada y nos dejo temblando. Aunque quizas te fuiste feliz.
Amabas el mar, amabas Oaxaca, amabas este oceano lleno de buenas memorias, ventanillas, JB's, Fabiolas, cervezas y mezcales tras largas conversaciones, algunas rudas y otras hermosas y ligeras, como tu. Tan mar como polimorfa. Sonriente y rabiosa. Una mujer llena de palabras. Una mujer llena de risas y de tacos del Califa y de sonrientes cervezas y de noches de fiesta salvaje en el centro o en la condesa o en donde fuera. Porque eras siempre la misma donde quiera que fueses.
No caben mas palabras para explicar el sinsentido. El absurdo de la muerte, otra vez, abrumandonos un verano que de por si ya habia empezado bastante mal. Por una u otra razon siguen desapareciendo mis amigas, mis hermanas, las personas. Sigue empecinada la muerte en chingarnos la existencia fuera de tiempo. Llevandose a los mejores, dejandonos aqui a los mas pendejos. Que tristeza, Aura. Vamos a extraniarte mucho.
Pero seremos fuertes. Voy en camino. Aqui vine solo por tus maletas, y a dejarle un escupitajo a este paraiso en el que el absurdo decidio robarse tu vida. Unas patadas en el suelo. Unos honestos intentos por desahogar esta tristeza que solo aqui, lejos de Frank y de Fabiola y de tu madre, puedo libremente dejar fluir sin que ellos me vean. Porque para ellos soy el fuerte. El que vino por todo lo que dejaron atras en su carrera por salvarte la vida. El que nunca llora.
Pero si lloro. Ahora mismo estoy sentado con un nudo atroz en el cogote, esperando a que el avion despegue y entonces pueda echar otro vistazo en el cielo para comprobar que dios no existe y que no estas por ahi flotando, esperando que nos despidamos de beso, o sufriendo por haberte ido. Voy a mirar el cielo y encontrarlo vacio, y ahi, a 35000 pies de altura, como en el vuelo de venida, voy a poder llorar libremente y a cantaros. Una vez mas.
Luego dejare de escribirte como si me leyeras. Luego me pondre fuerte otra vez y bajare del avion para llevarme las 9 maletas hasta algun lugar donde pueda quitarme esta ropa sudorosa, la misma con la que sali del hospital en el que terminaste de morir, y ponerme otra sobre la cual puedan llorar tu hermana, tu madre, tu marido y tus amigos.
Y luego me marchare a mi casa. A mi cama vacia. A mi otra desesperacion y a mis otras anioranzas. Y pensare en toda la gente que se ha ido en tan poco tiempo. Y pensare en la que aun me queda.
Y me quedare dormido.
Prometo escribirte algo mas decente, pronto. Ahora mismo me faltan las fuerzas.
julio 15, 2007
Hoy vi a la enfermera más guapa del mundo...
Pero eso vale madres.
Lo verdaderamente importante es que, bajo el mandato panista, los números que tanto aprecian los supuestos "intelectuales calderonistas" (léase, Kakin Fonseca y Chespirito) van como sigue:
http://www.eluniversal.com.mx/primera/29259.html
México pasó del lugar 9 al oprobioso sitio 15 entre las economías mundiales.
¿No que muy capaces? ¿No se supone que ustedes "saben cómo hacerlo"?
Ay, perdón. Me confundí de eslogan por unos 15 años. Pero la última vez que revisé, Calderón había estudiado en Harvard y Fox también.
Aaaaaaay, chiquiiiiiitos. Hasta ternura me dan.
Qué bonito es ser tercer mundista, caray.
Lo verdaderamente importante es que, bajo el mandato panista, los números que tanto aprecian los supuestos "intelectuales calderonistas" (léase, Kakin Fonseca y Chespirito) van como sigue:
http://www.eluniversal.com.mx/primera/29259.html
México pasó del lugar 9 al oprobioso sitio 15 entre las economías mundiales.
¿No que muy capaces? ¿No se supone que ustedes "saben cómo hacerlo"?
Ay, perdón. Me confundí de eslogan por unos 15 años. Pero la última vez que revisé, Calderón había estudiado en Harvard y Fox también.
Aaaaaaay, chiquiiiiiitos. Hasta ternura me dan.
Qué bonito es ser tercer mundista, caray.
julio 11, 2007
Sobre los "atentados" del EPR y la industria del miedo...
Para el regocijo de niños y niñas y para estimular el hígado de mi fan pendejete favorito (el mismo que firma como jorge garralda, el pelon de tepito, brozo, john laroche y cualquier mamada que se le ocurre para seguir alimentando mi ego y mi contador -gracias-) les regalo un pequeño post político en referencia a los nada nuevos terroristas del EPR y a las reacciones que -obviamente- no se hicieron esperar.
Si ya sabemos que la IP y la iglesia están preocupadísimas por la seguridad. Por eso no contratan guardias en sus bancos y lloran porque el gobierno no se los proporciona. Y por eso guardan las fortunas de los narcos en lindas y productivas cuentas. En fin. Aquí las notas a las que hago referencia. Para aquellos que no creen que vamos en camino a convertirnos en un remedo chaqueto de los gringos y su presidente ("el superman contra los evil-doers"). Claro, es chaqueto porque aquí los sueldos son de risa y a los fundamentalistas les valemos madre. Por eso hay que inventar nuevos y mmejores enemigos. Qué tal las marchas y sus "asesinos irresponsables" (los mismos que mataron a "Juan" (?) muajajaja, qué ridículez). En fin, antes de que alguien estrelle un avioncito de control remoto contra el castillo de chapultepec, los dejo con el verdadero post y con los links a las notas más ridículas que he leído en "muchos tiempos".
Groseros, violentos, horribles, tontos irresponsables que se "manifiestan irresponsablemente". (No cabe duda que la manipulación semiológica en este país está cabrona. usan el lenguaje como un papel de bañop pa embarrarle su caca) : http://www.eluniversal.com.mx/notas/436409.html
México siempre fiel (a llevar agua a su molino) "Sólo la razón y el amor son medios para resolver nuestras diferencias" (jojojojojo, cuéntenselo a los indígenas que se siguen muriendo de hambre y que recibieron a Cristo a chingadazos): http://www.eluniversal.com.mx/notas/436374.html
Estos violentos horribles, irresponsables que no saben lo que es hacer política limpiamente y recurren a la violencia (como los soldados violadores, o los matones, o los chinos millonarios que sueltan la sopa won-ton): http://www.eluniversal.com.mx/notas/436359.html
Alguien la está preparando buena en México.
Por mi parte, les dejo mis impresiones en este post.
Espero que lo disfruten o se retuerzan del asco.
Salud!
Si ya sabemos que la IP y la iglesia están preocupadísimas por la seguridad. Por eso no contratan guardias en sus bancos y lloran porque el gobierno no se los proporciona. Y por eso guardan las fortunas de los narcos en lindas y productivas cuentas. En fin. Aquí las notas a las que hago referencia. Para aquellos que no creen que vamos en camino a convertirnos en un remedo chaqueto de los gringos y su presidente ("el superman contra los evil-doers"). Claro, es chaqueto porque aquí los sueldos son de risa y a los fundamentalistas les valemos madre. Por eso hay que inventar nuevos y mmejores enemigos. Qué tal las marchas y sus "asesinos irresponsables" (los mismos que mataron a "Juan" (?) muajajaja, qué ridículez). En fin, antes de que alguien estrelle un avioncito de control remoto contra el castillo de chapultepec, los dejo con el verdadero post y con los links a las notas más ridículas que he leído en "muchos tiempos".
Groseros, violentos, horribles, tontos irresponsables que se "manifiestan irresponsablemente". (No cabe duda que la manipulación semiológica en este país está cabrona. usan el lenguaje como un papel de bañop pa embarrarle su caca) : http://www.eluniversal.com.mx/notas/436409.html
México siempre fiel (a llevar agua a su molino) "Sólo la razón y el amor son medios para resolver nuestras diferencias" (jojojojojo, cuéntenselo a los indígenas que se siguen muriendo de hambre y que recibieron a Cristo a chingadazos): http://www.eluniversal.com.mx/notas/436374.html
Estos violentos horribles, irresponsables que no saben lo que es hacer política limpiamente y recurren a la violencia (como los soldados violadores, o los matones, o los chinos millonarios que sueltan la sopa won-ton): http://www.eluniversal.com.mx/notas/436359.html
Alguien la está preparando buena en México.
Por mi parte, les dejo mis impresiones en este post.
Espero que lo disfruten o se retuerzan del asco.
Salud!
julio 05, 2007
Amor y odio.
Por muchos meses me he encontrado carente de cualesquiera reputísimas ganas de escribir y/o seguir narrando mi vida en este lugar. Mes tras mes cada idea me sigue pareciendo prescindible y estéril, al punto de que incluso comulgo con mi cotidiano detractor en lo que se refiere a lo poco que importa el que diga lo que digo. No más.
Hoy tengo que confesar, y para ello tengo que apegarme a la "necesidad confesional del hombre occidental" (concepto que leí esta mañana y que me pareció por demás pertinente y cierto), y -para ello- ahora que, otra vez, me decido a confesar, tengo que hacerlo bien y de buenas. ¿Y por eso, necio, me pregunto: Cuándo mejor que ahora?
Confesaré, entonces. Admitiré lo que ya otros han evidenciado como inexpugnable y dejaré de hacerme partícipe y pendejo de la simulación de lo contrario. Hablaré, pues, de cómo la gente suele odiarme o adorarme, la misma cosa, la mera neta, y que pasa siempre y cada vez. Juro que no es narcisismo, del malo o del bueno. Simplemente así sucede.
Y es que eso sigue sorprendiéndome. Siempre y en cada oportunidad. Y es que también he de admitir que tan sólo apenas hace pocas noches fue que aquella realidad alcanzó a -realmente- colarse entre mis nociones de la vida cotidiana.
Porque sí. Porque la neta es que desde que tengo noción, la gente suele amarme o despreciarme, pero nunca lo contrario. No soy de esos seres casi prescindibles a los que la gente ubica en un justo medio. A mí, por lo regular, me odian o me quieren. Y yo, igualmente regular, casi siempre hago lo mismo. Y disfruto siempre del gran juego que me brindan los extremos de la vida: sublime o asqueroso. Notable o pendejísimo. Entero o en pedazos.
Y cuando más lo creía una característica única y propia de mi vida virtual, más han llegado los detractores fantasmagñoricos a empujar su desprecio frente a mi cara. Ya no es sólo una cuestión de amar o ser amado. Ya hasta los que no me conocen (realmente), se toman las libertades de escupir sus improperios, in a daily basis, o sea, diariamente, y persisten bien jocosos y apestando este despreocupado pedacito de autocomplacencia que, libremente, resulta ser mi blog. Y muy a su pesar, les sigo disfrutando (sí, a ellos). Y siguen alimentándome sus atenciones obsesivas y sus tristes anhelos. Y siempre prosigo con mi vida, de buenas a primeras. Y siempre sigo contemplando esa vida, la misma y la mismita. La que desde aquellos dos extremos he contemplado por siempre. La vida en la balanza. La vida bella y sin desesperanza.
+++
Adórame, sí, y si no, ódiame. Pero nunca te quedes callado. Prescinde de prescindir y regálame una reacción. Vuélvete reaccionario. Y luego date las gracias a ti mismo, que yo, por mi parte, ya te las estoy dando (las gracias, y nada más).
En menos de un año hoy me siento complacido y satisfecho por las dos grandes parejas que presenté entre sí hace unos cuantos pocos años. Una, hoy, está a sólo cuatro meses de parir a su primer hijo. La otra, igual de buena, está aún debatiéndose entre procrear o escaparse del mundo. Y sé muy bien en qué terminará la cosa. Maravilloso alivio. Tan bueno que es capaz de soportar cualquier rebeldía.
Y entonces sí: ámenme y si no, ódienme. Estoy preparado para lo que sea. Llevo estándolo desde siempre. Toda la vida me he cimbrado frente a lo hermoso, al tiempo que me revuelto frente a lo catastrófico. No me hace falta validación. Esa ya la tengo. Y la tengo gracias a que no requiero risas ni tampoco vómitos. Yo sí estoy aquí. Y en el aquí están siempre los que quieren estar aquí, conmigo. Y los que no, pues no.
Y que el amor pinte siempre el impoluto reino de las debacles.
Y más nada.
XDDDDDD
au-to-com-pla-cien-te
Sustantivo compuesto. A ver si lo entienden:
autocomplaciente, hermano casi gemelo de autoindulgente. Primo hermano mexicano de self indulgent. Primo segundo pero casi primero de autocompasivo.
Definición:
autocomplaciente: Masturbatorio. Tramposo. Vil. Que sólo se complace a sí mismo. Que no le importan nada los demás. Que poco le menoscaban las demostraciones de desprecio.
Traducción:
Cada "pendejooooo" que me dejan medio sembrado entre los comentarios del blog a mí me supone casi una caricia. Entre "pendejoooo" y "pendejoo" disfruto ser el leit motiv de cualquiera. Y más aún de cualquiera que no tiene nada que hacer. Bendigo, pues, esas despreciables alabanzas.
Y que siga la fiesta.
autocomplaciente, hermano casi gemelo de autoindulgente. Primo hermano mexicano de self indulgent. Primo segundo pero casi primero de autocompasivo.
Definición:
autocomplaciente: Masturbatorio. Tramposo. Vil. Que sólo se complace a sí mismo. Que no le importan nada los demás. Que poco le menoscaban las demostraciones de desprecio.
Traducción:
Cada "pendejooooo" que me dejan medio sembrado entre los comentarios del blog a mí me supone casi una caricia. Entre "pendejoooo" y "pendejoo" disfruto ser el leit motiv de cualquiera. Y más aún de cualquiera que no tiene nada que hacer. Bendigo, pues, esas despreciables alabanzas.
Y que siga la fiesta.
julio 02, 2007
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Sólo falta ponerse a pensar un segundo. Es más: incluso un poco menos. Centésimas relampagueantes sobre las alfombras del tiempo son las únicas invitadas obligatorias para poder bailar la danza de la sorpresa.
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¿Es la comprensión una truculenta asunción de debilidad o es acaso una extraña veneración de la fortaleza? ¿Se trata de una frontera notoriamente humana y patética o es, por el contrario, el mismísimo centro del gran círculo perfecto que nos conecta con los dioses? ¿Debiéramos claudicar nuestros vanísimos esfuerzos en pos del entendimiento o sencillamente seguir el camino paralelamente opuesto y entonces maravillarnos, sí, embelesarnos –pues- con lo mucho que nuestros ojos de hule sí son capaces de ver?
+++
Como cada tanto tiempo, me descubro despojado y carente de una buena respuesta a esas, las mismas interrogantes de siempre. Y es que, a pesar de ser capaz de reescribirlas y reinventarlas de una forma cada vez más precisa, o tal vez barroca, o quizás más tramposa y sofisticada, sigo siendo el mismo enano incapaz de responderse a sí mismo que siempre he sido. Soy un estéril esclavo de preguntas que se desenvuelven y se desdoblan en un vértigo asombroso, pero que acaban siempre imbéciles y paralíticas. Posadas como una mosca enjuta sobre las nalgas de un jamelgo que tan sólo agita la cola para luego mascar. Mascar y mascar y remascar una y otra vez la pastura idiota que lo redime del peligro.
+++
Porque el peligro se esconde detrás de cada palabra. El peligro está ahí, encaramado y al acecho, dispuesto a la yugular como ningunos otros dientes lo están en el centro de la vida. El peligro espera aquí y en todas partes, ubicuo y certero, adormilado a veces –sí- pero siempre –siempre- pertinaz. Pertinaz como una lluvia muda y sin torrentes que tan sólo espera y continúa esperando. Y que luego llueve odiosa y eficazmente sobre todo lo que toca. Llueve, sí, sobre todo lo que toca, y llueve rápido. Llueve tan pronto como escucha las palabras mágicas, las preguntas mágicas, el hechizo mismo. Y entonces yo me ahogo en los goteros del peligro. Y sucumbo al pánico. Y me vuelvo sobre mis pasos, derrotado. Incapaz. Sin ninguna otra respuesta que el sinfónico golpeteo que esa lluvia de terror transcribe en mí y en mi destino. Anonadado y algunas veces dichoso, caigo vil, vil presa. Y me devuelvo a mi cubil siempre bien dispuesto. Atolondrado de adjetivos nuevos y palabras frescas. Preguntas de cultivo para la próxima pesca. Carnadas que por un momento se creen respuestas pero que luego fallan. Fracasan y se suman –nuevamente- a las filas de la duda y de la ausencia. Y comienza el baile desde arriba. Y desde el primer compás se vuelve a tocar la pieza. Esta vez no es un vals. Hoy se trata de guitarras y violencia. Aquí vamos de nuevo…
+++
¿Cuántas veces llega el fin de la misma partitura, hasta que el loco se da cuenta? ¿Será que todo es un gran juego sin sentido? ¿Podrá dejarse de jugar sin estar muerto? ¿Habrá algún modo de escapar de esta gran rueda? ¿Podría alguien, tan sólo, alcanzarme la pijama y sentarse aquí, al lado mío, y reírse conmigo mientras la vida se revuelca?
+++
Ahora sé porque es que extraño haber sido un niño. Y porqué añoro los crayones, las hojas sueltas, el balón y a los amigos, las tardes o los días de niñas dóciles y sus faldas y sus trenzas. Ahora entiendo de ese amor y de esas piernas que no pedían nada. Ahora sé porqué anidarse en el presente valía tanto más que estar perdido en ser sólo uno, y uno nada más, y cómo es que eso me hace esclavo del futuro, del pasado y, por ende, del hacer siempre las cuentas. Uno más uno: Dos. Menos uno: Uno. Más nada.
+++
¿Y qué es lo que soy sin un hambre y una boca? ¿Y a dónde llego si no sé si voy o si me lleva la chingada? ¿Y dónde estoy si no es contigo, si no es conmigo, si no es el mar o no es su hermana marejada? Tengo frío.
+++
Y es que yo añoro abandonarme ante la duda. Añoro no querer saber de nada, y luego preguntármelo todo. Y es que añoro no respuestas, sólo cánticos y calma. Una espalda, una frente, unas horas de zozobra sin preguntas, un tiempo de mordidas que no requieran diccionarios ni mapas ni apellidos ni dentelladas ni designios.
+++
Quiero, como diría John Laroche en la boca de Chris Cooper, en las letras de Charlie Kaufmann, en la mano mágica de Spike Jonze, estar tranquilamente y deambulando por la vida, y sorprenderme con la orilla de la carretera, donde estás tú, y tu mirada, y tu pulgar levantado esperando al asesino del camino, el viejo rider on the storm, y poder mirarte a los ojos y decir, simplemente: Eres tú. Y que digas: Soy yo. Y tú también eres tú. Y que luego nomás somos.
+++
- Si te esfuerzas sólo un poquito, puedes sentir como que el viento te rompe.
- ¿De verdad?
- Te lo juro. Mírame. Me estoy rompiendo.
- Llévame contigo. Rompámonos.
- Te llevo. Pero sólo si cierras los ojos.
+++
Y cuando los ojos se cierran, habémonos todos rotos. Rotos, descuartizados, desparramados sobre el camino. Pero siempre –siempre- en paz.
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¿Es la comprensión una truculenta asunción de debilidad o es acaso una extraña veneración de la fortaleza? ¿Se trata de una frontera notoriamente humana y patética o es, por el contrario, el mismísimo centro del gran círculo perfecto que nos conecta con los dioses? ¿Debiéramos claudicar nuestros vanísimos esfuerzos en pos del entendimiento o sencillamente seguir el camino paralelamente opuesto y entonces maravillarnos, sí, embelesarnos –pues- con lo mucho que nuestros ojos de hule sí son capaces de ver?
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Como cada tanto tiempo, me descubro despojado y carente de una buena respuesta a esas, las mismas interrogantes de siempre. Y es que, a pesar de ser capaz de reescribirlas y reinventarlas de una forma cada vez más precisa, o tal vez barroca, o quizás más tramposa y sofisticada, sigo siendo el mismo enano incapaz de responderse a sí mismo que siempre he sido. Soy un estéril esclavo de preguntas que se desenvuelven y se desdoblan en un vértigo asombroso, pero que acaban siempre imbéciles y paralíticas. Posadas como una mosca enjuta sobre las nalgas de un jamelgo que tan sólo agita la cola para luego mascar. Mascar y mascar y remascar una y otra vez la pastura idiota que lo redime del peligro.
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Porque el peligro se esconde detrás de cada palabra. El peligro está ahí, encaramado y al acecho, dispuesto a la yugular como ningunos otros dientes lo están en el centro de la vida. El peligro espera aquí y en todas partes, ubicuo y certero, adormilado a veces –sí- pero siempre –siempre- pertinaz. Pertinaz como una lluvia muda y sin torrentes que tan sólo espera y continúa esperando. Y que luego llueve odiosa y eficazmente sobre todo lo que toca. Llueve, sí, sobre todo lo que toca, y llueve rápido. Llueve tan pronto como escucha las palabras mágicas, las preguntas mágicas, el hechizo mismo. Y entonces yo me ahogo en los goteros del peligro. Y sucumbo al pánico. Y me vuelvo sobre mis pasos, derrotado. Incapaz. Sin ninguna otra respuesta que el sinfónico golpeteo que esa lluvia de terror transcribe en mí y en mi destino. Anonadado y algunas veces dichoso, caigo vil, vil presa. Y me devuelvo a mi cubil siempre bien dispuesto. Atolondrado de adjetivos nuevos y palabras frescas. Preguntas de cultivo para la próxima pesca. Carnadas que por un momento se creen respuestas pero que luego fallan. Fracasan y se suman –nuevamente- a las filas de la duda y de la ausencia. Y comienza el baile desde arriba. Y desde el primer compás se vuelve a tocar la pieza. Esta vez no es un vals. Hoy se trata de guitarras y violencia. Aquí vamos de nuevo…
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¿Cuántas veces llega el fin de la misma partitura, hasta que el loco se da cuenta? ¿Será que todo es un gran juego sin sentido? ¿Podrá dejarse de jugar sin estar muerto? ¿Habrá algún modo de escapar de esta gran rueda? ¿Podría alguien, tan sólo, alcanzarme la pijama y sentarse aquí, al lado mío, y reírse conmigo mientras la vida se revuelca?
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Ahora sé porque es que extraño haber sido un niño. Y porqué añoro los crayones, las hojas sueltas, el balón y a los amigos, las tardes o los días de niñas dóciles y sus faldas y sus trenzas. Ahora entiendo de ese amor y de esas piernas que no pedían nada. Ahora sé porqué anidarse en el presente valía tanto más que estar perdido en ser sólo uno, y uno nada más, y cómo es que eso me hace esclavo del futuro, del pasado y, por ende, del hacer siempre las cuentas. Uno más uno: Dos. Menos uno: Uno. Más nada.
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¿Y qué es lo que soy sin un hambre y una boca? ¿Y a dónde llego si no sé si voy o si me lleva la chingada? ¿Y dónde estoy si no es contigo, si no es conmigo, si no es el mar o no es su hermana marejada? Tengo frío.
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Y es que yo añoro abandonarme ante la duda. Añoro no querer saber de nada, y luego preguntármelo todo. Y es que añoro no respuestas, sólo cánticos y calma. Una espalda, una frente, unas horas de zozobra sin preguntas, un tiempo de mordidas que no requieran diccionarios ni mapas ni apellidos ni dentelladas ni designios.
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Quiero, como diría John Laroche en la boca de Chris Cooper, en las letras de Charlie Kaufmann, en la mano mágica de Spike Jonze, estar tranquilamente y deambulando por la vida, y sorprenderme con la orilla de la carretera, donde estás tú, y tu mirada, y tu pulgar levantado esperando al asesino del camino, el viejo rider on the storm, y poder mirarte a los ojos y decir, simplemente: Eres tú. Y que digas: Soy yo. Y tú también eres tú. Y que luego nomás somos.
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- Si te esfuerzas sólo un poquito, puedes sentir como que el viento te rompe.
- ¿De verdad?
- Te lo juro. Mírame. Me estoy rompiendo.
- Llévame contigo. Rompámonos.
- Te llevo. Pero sólo si cierras los ojos.
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Y cuando los ojos se cierran, habémonos todos rotos. Rotos, descuartizados, desparramados sobre el camino. Pero siempre –siempre- en paz.
junio 18, 2007
México avanza en su nivel educativo...
http://www.eluniversal.com.mx/notas/431875.html
Es importantísimo que nuestros niños y niñas aprendan a darle dinero a las grandes corporaciones, y sepan que -en caso de que elijan no hacerlo- les van a pasar una aplanadora por encima. Una escena que estos pequeños censores en potencia no olvidarán.
Fundamental. Imprescindible. Genial.
Yo creo que ahora sí salimos del tercer mundo. Sólo falta que nos enseñen a qué tanto mejor es la Coca Cola que el agua y porque hay que creer en el capital por sobre todas las cosas. Pronto nos enseñarán cómo hacer un buen pase filtrado en los linderos del área, cómo picar el algodón y cómo servir un buen hot-dog en las primarias. Será lo más práctico de nuestro sistema educativo, orientado hacia el servilismo, la mediocridad y la creación de más y mejores ignorantes.
Hay días en que el mundo es deprimente. Y cuando el mundo es deprimente, México lo es todavía más.
¿Pero qué clase de mente perversa y retorcida lleva a los niños a ver aplanadoras gigantes destrozando películas porno, discos de luis miguel y llaveros del PAN -made in rancho San Cristobal-?
Un vistazo a la carrera política de este "Robin Hood" de las aplanadoras, las disqueras y los chocolates Ferrero-Rocher:
Germán de la Garza
Partido:
PAN
Uff, tenía que ser. Juro que no lo sabía antes de empezar a escribir esto.
EDAD:
49 años
Si cuando llegas a los 50 años tu única diversión es arruinarle la diversión a los demás, definitivamente has fracasado en la vida.
ESTADO CIVIL:
Casado
ESCOLARIDAD:
Licenciado en Medicina Veterinaria Zootecnista por la UNAM
Un verdadero político de carrera. Sabe tratar con animales y seguro que conoce como opera un buen chiquero de puercos.
TRAYECTORIA:
Director de abastecimientos de la Secretaría de Salud. Director de Administración en la delegación Benito Juárez y director corporativo de adquisiciones en Fertilizantes Mexicanos
Lo cual confirma mi teoría. Burócrata de la Secretaría de Salud y director de compras de Fertilizantes Mexicanos. Lo más seguro es que este señor se ha dedicado a comprar mierda y a limpiar jaulas apestosas gran parte de su vida. Me retracto, este tipo debería ser el presidente de México. Sus años de experiencia entre perros rabiosos, enfermeras jetonas, y costales de caca de todos los colores, tamaños y sabores, lo comprueban.
P.D.
Para "Rafita" y sus comentarios ardillas en cada uno de mis posts desde hace seis meses: Ya desclávate hombre, ¿qué no te das cuenta de que me importas un bledo? Disfruta el sol de california y deja la envidia atrás.
Es importantísimo que nuestros niños y niñas aprendan a darle dinero a las grandes corporaciones, y sepan que -en caso de que elijan no hacerlo- les van a pasar una aplanadora por encima. Una escena que estos pequeños censores en potencia no olvidarán.
Fundamental. Imprescindible. Genial.
Yo creo que ahora sí salimos del tercer mundo. Sólo falta que nos enseñen a qué tanto mejor es la Coca Cola que el agua y porque hay que creer en el capital por sobre todas las cosas. Pronto nos enseñarán cómo hacer un buen pase filtrado en los linderos del área, cómo picar el algodón y cómo servir un buen hot-dog en las primarias. Será lo más práctico de nuestro sistema educativo, orientado hacia el servilismo, la mediocridad y la creación de más y mejores ignorantes.
Hay días en que el mundo es deprimente. Y cuando el mundo es deprimente, México lo es todavía más.
¿Pero qué clase de mente perversa y retorcida lleva a los niños a ver aplanadoras gigantes destrozando películas porno, discos de luis miguel y llaveros del PAN -made in rancho San Cristobal-?
Un vistazo a la carrera política de este "Robin Hood" de las aplanadoras, las disqueras y los chocolates Ferrero-Rocher:
Germán de la Garza
Partido:
PAN
Uff, tenía que ser. Juro que no lo sabía antes de empezar a escribir esto.
EDAD:
49 años
Si cuando llegas a los 50 años tu única diversión es arruinarle la diversión a los demás, definitivamente has fracasado en la vida.
ESTADO CIVIL:
Casado
ESCOLARIDAD:
Licenciado en Medicina Veterinaria Zootecnista por la UNAM
Un verdadero político de carrera. Sabe tratar con animales y seguro que conoce como opera un buen chiquero de puercos.
TRAYECTORIA:
Director de abastecimientos de la Secretaría de Salud. Director de Administración en la delegación Benito Juárez y director corporativo de adquisiciones en Fertilizantes Mexicanos
Lo cual confirma mi teoría. Burócrata de la Secretaría de Salud y director de compras de Fertilizantes Mexicanos. Lo más seguro es que este señor se ha dedicado a comprar mierda y a limpiar jaulas apestosas gran parte de su vida. Me retracto, este tipo debería ser el presidente de México. Sus años de experiencia entre perros rabiosos, enfermeras jetonas, y costales de caca de todos los colores, tamaños y sabores, lo comprueban.
P.D.
Para "Rafita" y sus comentarios ardillas en cada uno de mis posts desde hace seis meses: Ya desclávate hombre, ¿qué no te das cuenta de que me importas un bledo? Disfruta el sol de california y deja la envidia atrás.
junio 07, 2007
Palomar mirando el mar...(el océano mar).
Feliz cumpleaños, gemas geminoides.
El juego del amor es la cosa más rara del mundo. Es, primero que nada, una palabra. Y es una palabra de las más putas a la redonda. Ya me lo dije a mí mismo hace cierto tiempo. (y ahora que lo reveo, me parece curioso haberle llamado "versos del recuerdo". Quizás por su poder recordatorio). Pero antes de eso también me lo dije, también lo sabía. El amor es una palabra puta, puta palabra al fin y al cabo. Pero lo importante es lo otro. Cómo la vivimos. Cómo la vivo. Cómo la perdono y la recibo nuevamente en el reino de mi vocabulario, a sabiendas de su prestanza inmoral y deliciosa, y cómo una vez más la colmo de adjetivos (joyas y regalos para la meretriz), y cómo eso termina por importarme un pito. Y cómo vuelvo a empezar: El amor, el juego del amor, o el juego del juego del amor, o el jugar el juego, lo que sea, es -entonces- la cosa más rara del mundo.
**
Y es más rara aún cuando sabes que juegas y que es rara. Cuando sabes que no es un "amor" como el que pronunciaría una colegiala excitable y conformista. Cuando sabes que cada vez sabes menos de aquello que se esconde en el disfraz de la palabra-meretriz, y más de los aullidos que te provoca verla bailar frente a tu sapiencia y tu supuesta agudeza mental. Es más rara cuanto más la piensas y -por ende- menos la sujetas. Es más cosa que amor. Es más raro que todo lo demás. Pero ES. A pesar tuyo. A pesar del itinerario y de todas las cosas que en el cuello le cuelgas. Esperanzas, albedríos, futuros que nunca se alcanzan, orgullos mustios, racionales alabanzas. Es, tan sólo. Es, tan solo. Ya si culpas al frankenstein lingüístico o te dejas aturdir por el frenesí, no importa. El amor, nuevamente, es la cosa más rara del mundo. Y existe muy a pesar de si lo nombras.
***
A veces se hacen cálculos y mediciones muy prolijas. A veces se construyen molinos de viento y otras metáforas que no pretenden otra cosa que enjaularle. Otros días cae como un rayo y te revienta las entrañas como un veneno infalible y puntiagudo. Unos más te decepciona y le exilias con todas las fuerzas que te imprime la rutina hasta el punto que -casi- no lo piensas. Pero como buen fénix, como buen círculo, como buen sinsentido, como buen manantial, siempre, léase: Siempre, resurge. Unos días como callo o como costra. Otros días como la mirada indulgente de todos tus amigos. Ciertas noches como piel de un torbellino. Otras más como una puta. Como una puta palabra. Como una meretriz que gobierna y decide sobre todo el sinsentido. Y entonces te arrodillas, nuevamente. Te arrodillas frente a la Magdalena, frente al mare magnum, frente al apocalípsis, frente a su implacable ruido. Y concedes. Y le llamas la cosa más rara del mundo. Y prosigues bajo esa gigantesca sombra, andando a pequeños pasos: turbio, terco, vivo o muerto pero feliz. Feliz de ser falaz y andar rumbo a la muerte junto al amor, hacia el amor pero bien coludido.
**
Hoy, creo, es el cumpleaños de dos grandes amores que no estan aquí conmigo. Y si no, es en unos días, pero es ahora o es pronto. Es ya porque ya lo siento y ya me tomé el tiempo de creerlo en esta noche de hartazgos tranquilos remojados en vino. Son apenas las 3 y todavía no hay nada que me nuble suficientemente la cabeza como para no pensar en el amor -el juego o la cosa más rara(o) del mundo- o que simplemente me quite las ganas de querer abrazar a estos personajes y arrancarles -al mismo tiempo y de una vez por todas- ese asqueroso frío que los petrifica a cada rato, y que los mantiene siempre en esa asfixia complaciente que resulta ser de sí mismos su propio hastío.
***
No me importa. Esta noche les añoro. Una es una orquídea apanicada y burbujeante, una flor que no encuentra jardín ni otra aldea meritoria en donde reposar su pánico para explotar en paz y recoger luego sus propios sonidos. El otro es un hermano grande, un esclavo del nombre Héctor y de la beligerancia que implícita contiene el llamarse como se llama un gran guerrero que nunca deja de ser niño. Esclavo, como todos. Esclavos ambos, como todo. Ya del amor-palabra o del amor-meretriz. Ya de la circunstancia y ya también de "las" circunstancias. Vástagos ardientes de las ganas de escapar a donde sea, pero también -ay paradoja (sí, la hay)- de la cárcel del temor a no ser la historieta o la cantata épica que uno cree pero no cree VER en sí mismo. Pero basta de descripción y narrativa. Basta de amuletos en el cuello de la gran meretriz. Basta de adjetivos y de biblias que no alcanzan a ser libro. Yo nomás quisiera verlos, aquí mismo, junto conmigo. Verlos y abrazarlos como se abraza algo vivo. Como se quiere al amor, a la gran puta, la gran sombra. La noche que junto a sí trae anclados a todos mis amigos. Esta noche. Todas.
***
El amor, no, el amor no. El "juego del amor" (sí, eso sí) es la cosa más rara del mundo. No me alcanzarían los párrafos ni las horas para seguirlo desdoblando hasta que uno de los dos perdiese el sentido. (Y claro, ya sabemos quién cae siempre primero.) Pero el amor, no, el juego del amor sigue desubicándome y haciéndome -a la vez- más fuerte. Cada vez creo menos en los mapas y más en la ceguera del que no tiene camino. Cada vez me seduce más, por ejemplo, el deseo de decirle a una mujer muralla un centenar de palabras que son dardos y dardos de caricias pero que al final no le digo. Cada vez me convence más que el amor que yo concibo es una puta herrumbrosa a la que nadie le hará el mismo caso que el que yo le preciso, y sin embargo, y esto como un GRAN "sin embargo", sé que algunas de esas mujeres muralla lo alcanzan a ver todo aunque se callen redonditas y hasta el ombligo. Y me deleita, y me aromatiza la existencia, y me retuerce de placer leerlas o escucharlas diciendo un simple "hola" que saluda mi terror y mi desesperanza como la gran caricia que realmente es. Un buen "hola" puede terminar siéndolo todo. Un buen "hola" luego de alguno de mis arrebatos de cordura honesta y cínica, o de algunos versos sin trampa ni motivo, vale más que los cientocincuenta (mil) besos bajo cero que en alguna boca todos hemos dispendiado a lo pendejo y sin sentido. Un "hola". Algunos "holas". Ciertas olas. Olas que no son nunca la misma ola. Ni el mismo "hola". Porque todos somos boyas y no faros (y aunque todos andemos chupándolos) -sic muy chilango e iluminador-
Si te encuentro, no te dejaré. Si ya estás aquí, quédate. Si no piensas venir, tan sólo avisa. Porque nadie sabe a dónde conduce la próxima ola. O el próximo "hola". Y por eso, el mar es el mar. El océano mar.
***
Así que
-Hola. Hola ola. ¿A dónde me llevas esta noche? ¿Ahí? ¿A ese cruce de caminos?-
(dubitativo)
-Hmmm, vale. Vale, ola. Hola. Vámonos ya. Vámonos que se está haciendo tarde...
-¿Ola? ¿Sabes qué? Mejor nos regresamos.-
***
¿A dónde?
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