La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.
enero 20, 2013
Do what you gotta do
marzo 03, 2012
Elegía a Ramon Sijé
Sí, Mozart, Janis Joplin, Jim Morrison y Jimmy Hendrix se murieron todos a los 27 años. Y yo, cuando cumplí 27, me dí un minutito de genialidad que no llegó, (o dejé ir abruptamente) Todos ellos músicos y compositores se cuadran ante lo de Miguel.
Lo de Miguel Hernández impresiona todavía más. Es una madurez absolutamente inexplicable.
Es algo así como esto:
| "Yo quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma, tan temprano. Alimentando lluvias, caracolas y órganos mi dolor sin instrumento, a las desalentadas amapolas daré tu corazón por alimento. Tanto dolor se agrupa en mi costado que por doler me duele hasta el aliento. Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado. No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos y siento más tu muerte que mi vida. Ando sobre rastrojos de difuntos, y sin calor de nadie y sin consuelo voy de mi corazón a mis asuntos. Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo. No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada. | En mis manos levanto una tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes sedienta de catástrofes y hambrienta. Quiero escarbar la tierra con los dientes, |
febrero 24, 2012
Espejito, espejito...
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Muy de vez en cuando me doy una vuelta por la que era mi mente en esos tiempos. Y es que -francamente- me da bastante penita ese tour, tengo que admitirlo. No porque mi narcisismo, que aún claramente perdura, me diga que yo debí estar haciendo o diciendo otras cosas en esos momentos. Sino más bien porque reconozco, y a la vez encuentro extrañamente ajeno, a ese personaje que era yo a mis escasos 24 o 25 años. Y honestamente me caga la madre.
Eso de no querer leer al yo de antes es, no cabe duda, como cuando uno no quiere verse en el espejo, a sabiendas de que el reflejo en turno está poco menos que de la chingada. Claro que, extrapolado sobre el tiempo, el espejo que te lleva a la que era tu mente de otras épocas, en ocasiones es mucho peor y más cruel que el que pudieras encontrarte hoy (pues hoy, precisamente, ya también te das las mismas licencias y te sientes medianamente en lo cierto respecto a ti mismo). Ya me decía mi loquero que el espejo siempre miente. O que en el espejo siempre nos veremos distintos a como somos. Es lo mismo.
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Lo que empezó principalmente por las puras ganas de seguirle la corriente a mis amigos blogo-Tijuaneros y a los otros muchos blogofílicos que azuzaban mi envidia o me llevaban incidentalmente a encender mis cachondeces fantasiosas con las blogueras de aquel entonces ( y le daría la mención honorífica a una de ellas, pero lo malo es que sigue activa y "no vaya a ser" que se entere); lo que comenzó con unos párrafos malescritos en minutos y que no tenían rumbo ni coordenadas coherentes, acabó por volverse -como para todos los que estuvimos entonces- un delicioso vicio. Y por más vergüenza que hoy me dé el mirarme en las páginas de aquel entonces, sería muy hipócrita negar que durante varios -muchos- años este blog se convirtió en una extensión bastante honesta -o cuando menos congruente- de mí mismo.
Conocí, en el proceso, a mucha gente verdaderamente deliciosa, frondosa, brillante, magnífica. Y toda inmersa en ese jugo impúdico e impertinente que resultaba ser la "blogósfera" de mitad de la década pasada (y también conocí a la bloguera esa, que -por cierto- resultó ser más deseable todavía en su carne y hueso, que lo que jamás será en sus personajes digitales).
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La cosa es que cuando en aquel entonces alguien me cuestionaba por qué demonios le encontraba placer alguno al bloguerismo intensivo, yo siempre respondía que -más allá del clarísimo beneficio de andar histeriqueando sexualmente con seres virtuales más o menos apetecibles- lo que me parecía que estaba por encima de todas las chaquetas mentales, era la posibilidad que seguramente surgiría años después (por ejemplo, ahora) de "leerme en el pasado" y entonces recapitular respecto a lo mucho -o poco- que quizás habría cambiado mi forma de ver el mundo, o de vivirlo a través de mi propia descripción de esa experiencia. Decía entonces que quizás así podría tener una prueba fehaciente de mis decadencias y mis epifanías: El poder mirar atrás como quien mira su propio diario adolescente y ridículo, y encontrar los puntos de convergencia y divergencia con el self del futuro. Y así trazar más o menos claramente el rumbo por el que cada quien había llevado su vida y sus decisiones. En ese punto -justamente- debo decir que no me equivoqué: Para bien o para mal, toda esa fantasía de autoanálisis resultó más o menos cierta.
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Y no digo "para mal" porque me arrepienta de nada significativo. Digo "para mal" porque, de hecho, no sólo es que me lea a mí mismo tan estúpidamente categórico en muchos textos (los que más pena me dan, probablemente) o tan ridículamente poetuitero (valga la expresión actual) en otros. Digo "para mal" porque sin duda me genera mucha culpa y frustración el no haber persistido en la disciplina de vomitar con la frecuencia e intensidad que lo hacía entonces, y por dejar ese hábito tan inofensivo y dedicarme mejor a ser un esclavola contemporáneo. "Para mal" porque, poetuitero o no, cuando menos entonces era congruente con mi deseo de ir dejando migas de pan en el camino a casa de esa bruja antropófaga que resultó ser mi vida "adulta", tiempo después. Bruja que a diferencia de la que pensaba zamparse a los dichosos Hansel y Gretel, nunca encontró su extinción justito antes de engullirme, como en el cuento. Ésta brua me engulló y lo hizo (lo hace) varias veces (al día) y aún ahora me sigue rumiando como una cabra frenética y que no acaba por cagarme de una vez por todas en el retrete mentolado de su castillo de caramelos.
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A todos los que fuimos criados con una pizca de Hansel y Gretel, nos queda claro que las migajas ingenuamente vertidas por Hansel sobre el sendero del bosque en que iban a abandonarle para siempre, no eran más que una ilusión muy bien intencionada y bastante estúpida por volver a los brazos de esos mismos abandonadores que le habían traicionado. Y claro: los buitres, los cuervos y los otros muchos animales del camino bucólico aquel, siempre estuvieron (y estarán) esperando al que pretenda dejarse indicios a sí mismo para encontrar el camino de vuelta a un lugar que no existe.
Cuando leí el "Viaje a Ixtlán", en el clímax de mi apetito mágico de la adolescencia temprana, obviamente no entendí del todo ese final tan aparentemente lúgubre en el que el ficticio Castaneda descubría -amargamente y siendo objeto de todas las posibles burlas de su "gurú" Don Juan- que no había tal cosa como el regreso. A ninguna parte. Y que una vez que se tomaba esa senda, no importaban las migajitas y los signos que uno quisiera dejarse a sí mismo en el trayecto, pues luego de partir no existía más la vuelta a casa (guiño casi psicodélico a los pobres chanchos de engorda que resultaban ser Hansel y Gretel) pues uno no puede volver a esa "casa" ni a ese lugar que resultaba ser uno mismo, años atrás, porque sencillamente, luego de muchas decisiones, todo lugar previo cesa de existir para hacerle espacio al próximo. Y al próximo.
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Lo mismo pasa ahora, con el blog y con sus migajas. No han sido propiamente engullidas por nadie, y sí, permanecen ahí, pero ya prácticamente han perdido todo significado capaz de devolverme a quien fui yo al momento de vertirlas. Y no, no es que nostalgice en lo absoluto respecto a volver a ser tan ridículamente categórico como lo era hace seis o siete años. Todo lo contrario: es más una nostalgia de esas estériles pero frecuentes y sabrosas, y que se vienen cada vez que uno siente ganas de haber sabido más cuando no supo, o de haber podido ser un tanto más parecido a como es ahora, pero justo mentalizándose como pasajero de esos pasados imberbes en los que hizo mal todo aquello que hizo porque simplemente lo consideró cierto y "natural" respecto a sí mismo. Esa sí una gran chaqueta mental (sin duda mi término favorito en todo el caló chilango que jamás haya existido). No mamadas.
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No es que a nadie de los que nunca leerán esto, le importe un pepino mi postura actual. Pero hoy sí que me siento mucho más claro que entonces, aunque no escriba tanto sobre ello y sin duda ya no lo haga de forma tan medida y tan "bonita" como en alguna u otra ejecución lo logré cuando este blog aún respiraba. Y sin escribirlo tanto, hoy más bien lo vivo mucho más y mucho mejor. Congruente con la noción de que todos esos aparentes "clichés" que entonces le atribuía a los treintas y a los treintones, son mayormente ciertos: Las crudas sí son mucho peores. Las pedas son también, mucho menos frecuentes e intensas. El sexo es notablemente más escaso, aunque no por ello peor. Los maestros que detestaba en la adolescencia, muchos son ya figuras que introyecté felizmente en mi cabeza y que hoy respeto con una nostalgia muy agradecida. Procuro no sentir o comportarme como si lo supiera todo o como si aquello que siento tuviera que ser, necesariamente, lo que debieran sentir los otros. He descubierto también los famosísimos "pequeños placeres", pero no por ello me considero un conformista que haya abandonado sus motivaciones, aunque quizás sí sus ideales más grandilocuentes y narcisistas. He aprendido a amar ciertas partes de mi trabajo, ciertos procesos de mi propio pensamiento. Tengo menos miedo a equivocarme porque sé que me equivoco bien y con frecuencia y aún así me lo permito y me lo perdono. También sé pedir perdón. Y no a la virgen, los ángeles ni a ningún otro amigo imaginario, sino a las personas. A las personas que como yo, también se equivocan y equivocándose todavía se sienten en lo correcto. Todo bien, vaya. Sin querer escribir libros de superación personal y todavía desdeñándolos, pero otorgando el beneficio de la duda y la cortesía de la disculpa tanto a los otros, como a mí mismo.
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Me falta hacer y me falta vivir un montón inenarrable de cosas. Y sin llevar una lista de ningún modo precisa, hoy sé seguir mucho más mi propia pasión. No está aún en el lugar ni en el momento que me gustaría. Todavía me restan (si se puede) varios años de "vivir una juventud medio infame con tal de lograr una vejez digna". Pudiera parecer claudicación, pero no lo es. Porque debajo de las formas de hoy y del escaso chance que me dejo para sentir, gozar o escribir disciplinadamente y en un puñetero blog todo aquello que me pasa por la cabeza, la realidad sigo siendo el mismo, pero no. Soy el mismo que es también otro. El espejo presente que se pone de acuerdo con el otro espejo pasado. Y es que los espejos, si algo, saben hacer, es ponerse de acuerdo.
Aunque (se) mientan.
enero 21, 2012
Credo freelancero.
La realidad es que me siento despojado de la capacidad de escribir esos textos largos (y muchas veces muy confusos) que antes me salían con toda naturalidad. Es muy probable que Twitter tenga algo de culpa, si considerásemos que la fragmentación en 140 caracteres pudiera hacerle daño a alguien. Pero la verdad es que estoy ocupado. Y no ocupado como antes lo estaba: ahora sí, muy ocupado. Resulta que me decidí (de una vez por todas) a ser "free lance".
Hay muchas mentiras contenidas en la esclavitud contemporánea. Innumerables, de hecho. Si empezáramos enumerando la cantidad de sueños (chaquetas) guajiros (mentales) que se sobrevienen con la capacidad de consumo (compras compulsivas) que acarrea el tener un trabajo más o menos bien remunerado, no acabaríamos nunca. Y es que, como bien se dice ahora en algunos afiches "contestatarios" de las redes sociales, no se debería (nunca) equiparar el nivel de consumo con la calidad de vida. Y sin embargo, lo hacemos. Lo hago. Lo sigo haciendo. Probablemente, además, lo seguiré...
Me resisto a pensar que "me han llegado al precio", sin embargo. Hoy bien podría estarme embaucando en créditos o compras falaces, mañana mismo, y decididamente no lo hago. Quiero pensar que es porque -en realidad- tengo un objetivo ulterior-superior-sublime, y que es el que me conduce a diario, cual si fuera el hilo mesiánico en la madeja de Ariadna, a través de este asqueroso laberinto corporativo que debo enfrentar todos los (laborables) días.
Puede todo ello, sin embargo, ser una vil y masturbatoria (perdón, pero no hallo otro adjetivo) justificación. Puede ser que en realidad "me han llegado al precio". Y que toda esta resistencia no sea más que una pantalla que preciso para mí mismo con el afán de hacerme la vida más llevadera en los andamios de la mentira. Y, SIN EMBARGO, me resisto también. Me resisto violentamente a creerlo. Me niego a decir que así es...
El objetivo ulterior-superior-sublime sigue allí. Es cada vez menos idealista y grandilocuente, eso sí. Hoy ya no creo que mis palabras puedan o deban convencer a nadie distinto a mí mismo. Quizás por ello evacúo menos en este blog (público) y más en mi universo (privado). Pero no por eso dejo de pensar o de actuar en favor de aquello que creo. Y creo en cosas muy similares a las que he creído siempre. Existe ese "core", ese núcleo de creencias, ese último dígito y común denominador del que he hablado siempre con aquellos que me conocen bien: Aquello que se mantiene puro e impoluto a pesar de las propias incongruencias "operativas" de la vida. Eso de lo que uno no se puede despojar jamás, por más que lo desee. Por más que lo intente. Por más que lo haga, incluso...
Entonces me detengo un segundo sobre mis paranoias masturbatorias, y me lo pongo todo claro (a mí mismo, principalmente). Para ello, siempre funciona escribir un credo:
1. Creo en un mundo menos cruel. Menos pragmático. Menos salvaje en su aproximación a lo que desea. Un mundo en el que el bienestar de unos no implica la pauperización de otros. Un mundo en el que amarse trasciende toda cursilería y se convierte en verdad inmanente. Un mundo en el que hacerlo está por encima de toda ideología y creencia y significado personal. Un mundo que no rechista respecto a quién o qué es lo que nadie ama, porque comprende que en el amar está el ser, en sentido filosófico, y luego entonces, deja de chingar y burlarse de lo fútil o estúpido que pudiera ser ese camino.
2. Creo en los significados y los preceptos que reposan bajo el término "izquierda". Pero no por ello creo en "la izquierda" como entidad política real-actual ni mucho menos mexicana. Creo que la desigualdad, sin duda alguna, es el gran problema social que ha acarreado esta contemporaneidad en la que vivimos. Creo en la innegable estupidez de quienes afirman categóricamente que los jodidos son jodidos porque quieren. Creo en la necesaria firmeza que hay que adoptar para que esos imbéciles categóricos se enteren que la vida no es así: que hay gente, a escasos kilómetros-minutos de todos ellos, que en una o dos semanas han trabajado más de lo que muchos lo harán en toda su vida y que, oh ironía, son y están y seguirán estando y siendo "jodidos", sin deberla ni temerla. Creo en un camino político que acuse esas cuestiones como las más importantes del mundo, y comience o termine por hacer algo al respecto. Y creo en que todos, los guapos y los feos, los jodidos y los pudientes, los enérgicos y los huevones, estamos donde estamos y somos lo que somos no por virtud o defecto, sino por circunstancia. Y de cada quien depende luchar contra la circunstancia o mamar comodinamente de ella. Elijo lo primero, aunque a veces haga lo segundo.
3. Creo en la muerte. Es lo más creíble de la vida, de hecho. Se le ve por todas partes. A todas horas. Aunque sea siempre aplicada y definida por los otros. Sin embargo, sé que está. Sé que nos espera. Sé que se nos viene, encima, por debajo, como sea. Pienso constantemente en cómo será el instante en el que todo deje de existir para mí, en mi cabeza, y por ende, para siempre. Por siempre. De forma total, como no es, irónicamente, la conciencia. Creo, fervientemente, que vivir es un atributo de la conciencia y que por ende es un fenómeno causal y limitado. Vivimos en nuestra mente y por ende vivimos en lo parcial. Somos un punto ridículo e infinitesimal en una gigantesca esfera que hemos decidido llamar "universo". Pero morimos de forma total y absoluta. Es una balanza bastante injusta, si me lo preguntan. Condenados a darle significado a las cosas, todo por culpa del maldito lenguaje, esperamos más o menos hiperactivamente el momento en el que TODO habrá de terminarse. Creo en que las probabilidades de que algo de esa conciencia permanezca son ridículamente bajas. Quisiera creer otras cosas. Es más: me dan una envidia inenarrable todos aquellos que logran creer que existirán después de morir. Pero no puedo. Creo que todo se irá. Nosotros. Lo que pensamos de nosotros. Nuestras madres. Nuestros hijos. Nuestros amantes. Alguien apagará la luz y dejaremos de preocuparnos (aunque también de ocuparnos). ¿Ya habré amado lo suficiente el día de hoy? ¿Ya habré sido lo suficiente esta madrugada? Parece imperativo preguntárselo a uno mismo, a diario, a toda hora. Parece, digo. No lo sé de cierto.
4. Creo en los pleitos. En la pasión. En el conflicto. En el rascar y rascar las telarañas del ser hasta que sangren un poco de motivos. De ahí que se me tacha siempre de impertinente. Lo soy. Prefiero ser incómodo que prescindible. Prefiero ser molesto que insignificante. Y no es por hacerle el camino más difícil a nadie: no. Es más bien este deseo de tocar el corazón de aquellos que -circunstancialmente, si se quiere- resultaron vivir y ser en mi mismo cuadrante. Cuando muera (algún día, quizás pronto, quizás no) y si alguien que me odie termina por leer esto, que sepa que toda mi rudeza y descontrol no fue calculada ni maquiavélica. En general, todo ha sido con el afán de tocar el corazón o las entrañas de aquellos que me rodean. Nunca, por más grosero o violento que se me haya visto, he querido despojar a nadie de sus ganas de ser, amar, seguir viviendo. Y dudo mucho que en algún caso haya logrado tal cosa. Pero lo digo por si así fue. Nomás tantito.
5. Creo en el amor como ejercicio del ser tanto como creo en el dolor como ejercicio del estar. No existe el uno sin el otro. No es el ser-amar un camino "perfecto" y despojado de dolor, como todos lo sabemos. Es más bien todo lo contrario: porque ser-amar siempre está acotado por el ser-amar de los otros. Y es ahí donde sobreviene el dolor y donde tanta gente se ha montado (y se monta) para negarle todo sentido a la vida o -quizás- incluso suicidarse. Yo, personalmente, creo que el suicidio es una gran trampa capitalista y absurda, aun cuando puedo entender que haya mucha gente que a diario lo considere o lo ejecute. Para mí, el suicidio es impensable. Sin importar el estadío de dolor-estar al que el ser-amar pudiera llevarme, jamás podría encontrar el suicidio como alternativa o escape. Y sé que hay estares meritorios de mucho desprecio. He visto morir grandes amores de otros. He visto morir también grandes amores míos. He perdido yo mismo toda esperanza en seguir respirando, por momentos. Y lo comprendo. Pero nunca, jamás, podré justificarlo. O cuando menos no como un camino para ser-amar. Quizás sólo por el afán de lastimar a quienes se quedan aquí. Un último ser-amar quizás, pero demasiado volcado sobre sí mismo. Y ese hecho lo hace aún menos justificable, si me lo preguntan.
6. Creo en la ligereza. En las pequeñas cosas. En los pequeños placeres. Las pequeñas muertes que simulan ciertos orgasmos. Los pequeños renacimientos atados a ciertos postres, a ciertos besos, a unos cuántos pasteles. Creo en la imperiosa necesidad de no andar escribiendo credos para gozar de la vida. Creo en callarse y suspirar. Creo en no saber callarse pero también desearlo, y suspirar. Creo en dejar de pensarlo todo, aún si no sepa cómo. Creo en la poesía que no pretende explicarlo todo. Creo en imágenes y en fantasías. Creo en las nubes cuando se callan, porque están como presentes, y en su presencia no hay nada. Nada sino nubes. Formaciones vertiginosas de aire colorido. Transparencias potenciales. Silencios esperando a ser vividos. Balsas de viento abalazándonse sobre un mar de preguntas. Respuestas que no existen. Caminos que nadie conoce.
Senderos
que
no
serán.
Y sobre todos ellos,
la calma.
agosto 06, 2011
No hay tal lugar: Desvariaciones sobre la utopía.
julio 26, 2011
Cuatro
Esta vez no hubo tanta solemnidad y tengo que decirte que eso me dio algo de miedo. Todas las veces anteriores nos detuvimos en muchos momentos a pensar en ti. A leer tus cosas, públicas o privadas, no importa, y a rememorar tu nombre bajo el sorbo del siguiente trago de vino o lo que fuera. Sé que la parte de comer hamburguesas y beber vino nunca te habría molestado, aunque dudo que te hayas cuestionado respecto al tipo de rituales que deberían seguírsete en caso de morir súbitamente a los 30, por culpa de una ola estúpida o alguna piedra que nadie vio en su momento. Sólo sé que no hubo esa mentada solemnidad y que eso me provocó un buen trozo de miedo. Lo fácil que puede diluirse la extinción absoluta de un ser humano luego de cuatro años de haberse muerto trágicamente. Y digo fácil pero no digo "estúpido", porque nada de lo que hicimos ayer, aquellos que te conocimos o te queríamos puede ser tachado de estúpido. Es sólo que ¿tú sabes? Nos han pasado tantas cosas y hemos circunnavegado tantos pinches abismos en estos cuatro años que llevas ya muerta que cada vez se vuelve más pudoroso y privado el momento en el que cada quien decide llorarte. Y lo que fue, durante tres aniversarios, un incómodo pero solemnte tributo a tu existencia y su súbita finalización, esta vez se ha convertido en algo más suave, más distraido, menos intenso aunque no por ello menos simbólico o importante. No lo sé, te digo, a mí me dio un poco de miedo, pero no me atrevo a decir que por ende ya no le importe a nadie.
Imagino que -como cuando alguien se revienta la madre en un coche- el ver morir a alguien tan joven y tan brillante te deja secuelas durante un tiempo importante y de un modo atroz. A algunos más, a algunos menos, y desde luego que a los más cercanos a ti, de un modo permanente. Pero este estúpido refrán de que "la vida sigue" o de que "el show debe continuar" termina siendo implacable para todos. Y eso, quizás, es lo que más angustia me causó: hace cuatro años tú te nos moriste entre los dedos y eso nos despedazó un buen rato. Y todavía nos despedaza, si nos detenemos a pensarlo, pero el asunto es que ya no sucede a diario. Y por otro lado, es saludable que no sea más así, ¿sabes? Uno no se puede parar todos los días en el cementerio del amor si es que pretende seguir viviendo.
El asunto está en esa sustancial diferencia entre los cuatro años y los cuatro millones de abismos que han desfilado por nuestras vidas desde entonces. El curso de los días es tan ruidoso en esta ciudad -y seguramente en tantas otras- que quizás por ello quienes las habitamos somos siempre percibidos como seres insensibles que no saben detenerse a contemplar los placeres simples (ni los dolores profundos, como en este caso). Son cuatro años pero son muchos más abismos, y entonces tu aniversario se da entre algunos "mismos de siempre" que nos empeñamos en producir el escenario y entre "otros que van pasando" que, si bien pueden reparar un segundo en el propósito, también están llenos de nuevas preocupaciones y nuevos abismos que atender. Y entonces, de ahí la angustia: porque sí, estuviste ahí, y tu libro fue leído y nos pasó por entre las manos como siempre pero -también- no estuviste y nos fuimos a dormir temprano y, en el fondo de mi angustia (pues no me atrevo a hablar por otros) sigue bailando la idea de que morirse es un proceso paulatino pero que siempre ocurre. Y que los años van lavando esa sinfonía de dolor que nos aturde al principio. Y que no importa lo mucho que nos recuerden algunos, en privado, o las muchas estatuas que nos erijan, en público, lo real es que hay un punto en el que volvemos a ser polvo, arena, espuma. Y con la siguiente ola, la cuarta o la decimonovena, nos desvanecemos -entonces sí- para siempre.
Oye, no vayas a pensar que considero que los personajes históricos sufren un destino diferente: porque no hablo de la imagen que pueda quedar plastificada en un libro o un montón de fotografías. Hablo de esas cosas que sólo la gente que te experimentó en vida puede recordar de ti. O de mí, o de cualquiera. Los héroes de la historia, igual que tú, quedarán asentados en monumentos -de piedra o de letras, da lo mismo- pero terminarán desvaneciéndose en el habitáculo privado de quienes les amaron, les odiaron o les experimentaron un segundo tan siquiera. Ni tampoco estoy diciendo que ya nos olvidamos de ti o que "hace falta solemnidad" en tus aniversarios luctuosos. Son ya, cuando menos, una tradición. Una fecha de asueto para la posteridad. Un segundo en el manto de los días en el que nos detenemos para ti, por ti, y por nosotros, embadurnados de nuestros nuevos pedos, desde luego, pero sin olvidarte.
Sólo digo que me da miedo entender a la distancia esto de extrañar. Esto de morir. Esto de desaparecer y existir nomás en el recuerdo de otros. Y ver cómo, dentro del mío y el de tantos más, todos estamos encadenados, juntitos, y de camino a la negrura y el silencio.
(Con razón estos pinches megalomaniacos no se quieren ir solitos y se llevan tanta gente entre las patas...pues has de saber que ayer en Noruega...
Olvídalo.
julio 22, 2011
Escapista huidizo busca...
Imaginar un personaje como ese: Alguien que escapa de las escapatorias. Alguien que sólo le teme al hecho de escapar. Escapar de la vida. Escapar del continuo, irredento, la malconstrucción de lo perpetuo. Tradición, decían el otro día. La tradición -decía Woody Allen (quién sino él)- es sólo la ilusión de la permanencia. Pero a él también le neurotizan los escapistas. Para ello, muchas muestras: Historias de Nueva York, por ejemplo. Un ilusionista con una caja china en dónde escapan todos aquellos que ingresan. Él, desde luego, "ingresa a su madre" (no, no es insulto). Y su madre, evidentemente, termina apareciendo en las nubes de New York, profiriéndole órdenes y comandos a su atormentado personaje. Lo hizo de nuevo en Scoop. Y lo disfrazó estupendamente en Shadows and Fog, aunque la escapatoria era la misma: la ilusión, la adivinación, la superstición. Ese bonito coctel.
II.
Escapar: o pretender que se escapa. Ponerle nombre al lugar a donde uno va cuando realmente escapa. Luego: seguir escapando. Muy a pesar de que el Gran Hermano te tenga ubicado perfectamente en su GPS universal o imaginario. Pretender que en realidad se puede (o se tiene a donde) escapar. De la muerte, del próximo deadline, de la estación más cercana: esa en la que hay que bajarse del tren con los pantalones abajo, pero sin dejar de ser. Seguir siendo, ni pedo -como diría ese maldito documental- y luego proseguir.
Seguir no es igual que proseguir. Seguir es ciego y proseguir implica un pequeño tropiezo o una pequeña pausa. Una pequeña asunción de lo vivido. Admitir algo: quizás que se es mortal, o que mañana es mañana, o que algo duele de forma estúpida y desproporcionada, pero aún así duele.
Y luego seguir después de eso: Proseguir. Pocos verbos tan lúcidos y elocuentes como ese. Pocas cosas tan importantes en la vida.
III.
Cambiar de opinión. El cliché mierdero dice que "es de sabios". Yo no tengo ni puta idea lo que "sabio" significa en el diccionario de nadie. Pero comparto el cliché. Y lo comparto porque comparto también el proseguir, el escapar y el imaginar que se escapa.
Y estoy de acuerdo que virar salvajemente el timón no siempre es resultado de alguna inestabilidad mental que pueda curarse con pastillas y drogas: Virar el timón puede ser -indudablemente- cosa sabia. Sabia en los términos que la vida nos deja respecto a la sabiduría: Sabio porque duele, o sabio porque hace falta, o quizás sabio porque no hay resabio (valga la cacofonía) en el alma de ese-quien-vira-aquel-timón en donde pueda, realmente, sentirse en SU lugar y adecuado a las circunstancias del mundo.
Virar el timón es -y generalmente involucra- muchos cambios abruptos y no por ello menos deliciosos o aterrorizantes. Parar la rutina sin siquiera detenerla: hacer algo por uno mismo y que por añadidura es hacer algo por los otros: Quererse.
Desear dejar. O dejar de desear eso de conocerlo todo. O de saberse todos los caminos. Descubrir nuevos. O desearlo -otra vez, sí- y al menos. Y ello, no por onírico, deja de ser válido. Ergo, todo lo anterior. Léase detenidamente y luego repita la operación.
IV.
Aterrizar.
Y dicen que para aterrizar hace falta una pista: ________________________________. Ahí va de regalo.
Una larga-larga-larga pista. Quizás repleta de miedo. Depresión. Necesidad de validarse a toda costa. ¿Por qué tomé tal decisión o tal otra? ¿Por qué se me ocurrió que virar el timón era tan fantabuloso, así, tan de repente? ¿Por qué no puedo asirme a esa emoción de entonces, ahora mismo? ¿Dónde está esa certeza? ¿Quién se la llevó? O mejor dicho: ¿Quién COJONES se la llevó de aquí?
V.
Incertidumbre. Es quizás la parte más terrible de toda esta aventura: El momento más dubitativo de todos nuestros ciclos. Dudar de nosotros mismos. Dudar de todo. Dudar de todos. Doblarse ante la angustia y redoblarse ante su compañera, la ansiedad.
Obviamente no he descubierto (ni aterrizado) sobre la forma en la que uno puede librarse de todas estas indefiniciones. Aún las padezco. Persistentemente, si se pudiera decir. Y sin embargo, hoy me queda claro que es sólo mi necesidad de "destino" la que me empuja a sentirme angustiado o ansioso frente a todos esos (voluntarios o involuntarios) virajes de timón (o de caminos). Y claro, también frente a todos sus inherentes aterrizajes. Toda vez que asumo que esa angustia es sólo otra parte de mí y que me exige el que quisiera estar -de vuelta- en alguna patria del comfort, entonces -y sólo entonces- me dejo ir.
VI.
El cielo, que hasta ese momento era un ladrillo gelatinoso y repleto de nubes despreciables, suele disponerse a bailar. Baila-baila-suavecito, a veces. Y otras, las más irónicamente sofisticadas, le da por el tap o el cante hondo o el baile flamenco o cualquier otra disciplina inalcanzable para mi cuerpo y mi alocución espiritual: Realmente no importa. Cuando el cielo se parte con un cuchillo, ese es un día nuevo y una angustia nueva. Y entonces tengo que abandonar mi moral -y dejarme de creer dueño de la ética, por ende- para que la dicha de nacer de nuevo se logre apoderar de mí. Y sin moral, y sin ética grandilocuente, me tengo que dejar ser revomitado encima del timeline de mi existencia.
Y luego nada: Luego ahorita. Me hallo en otro cliché: el de "flojito y cooperando", como dirían los 20,000 dichos mexicanos que tenemos pre-preparados para cada cosa que vivimos.
Y luego nada: Te desdices en abandonar tu blog puñetero por una simple idea. Y luego la expones torpemente. Y luego te vas, sin ver. Y luego piensas: "no lo sé: mañana vemos".
junio 08, 2011
Whatever works...
“The universe is winding down. Why shouldn’t we?”
Hace SIETE –y me cuesta hasta la médula aritmética el sólo pensar en ese número- pero sí, hace 7 años (que ya puesto en número y no en palabra, resulta más fácil de digerir) vomité este blog desde algún cuadrante visceral y galáctico de mis entrañas, y hacia un espacio primordialmente fantasioso y masturbatorio que en aquel entonces solía llamarse, arrogantemente, “la blogósfera”.
No es que esté cansado de vomitar, ni de ser vomitado. Y tampoco es que la causa radique particularmente en el hecho de que nadie lee blogs en estos días, lo que mataría enteramente la fantasía de escucha que en muchos casos nos trajo a escribir idioteces diversas en estos espacios. La realidad es que hoy decido ponerle un punto final a esta historia porque –sí, ya no me resulta tan sencillo escribir cosa alguna— pero –y eso es lo más importante—tampoco me produce ya ningún placer onanista esta especie de confesión categórica que hoy termina. Será que lo categórico me produce más y más pereza conforme me adentro en mis treintas –cosa que sería asquerosamente confirmatoria de ese cliché, pero no por ello menos cierta— pero quizás, y eso pudiera ser lo más importante, he perdido este placer (aunque encontrado otros) y mi vida y sus delirios probablemente ocurren mucho más en el ámbito de lo privado, además de que las propias reglas sociales han fragmentado tanto aquello que pienso y que disfruto, que ya me cuesta sobremanera lograr un párrafo sin sentirme dubitativo de lo que dice, de lo que representa y de lo que simboliza.
Siempre pensé –y ahora lo sigo defendiendo en otras redes sociales- que esto del blog tendría una belleza y una validez que sólo existiría a posteriori. Incluso cuando escribía las primeras líneas de los primeros posts, la fantasía de leerlos “en el futuro” se apoderaba de mí, y me intrigaba saber cuánto podría haber cambiado entonces, quizás al punto de encontrar mis propios pensamientos someramente pendejos o extrañamente acertados. Y hoy puedo decir que la fantasía se cumplió cabalmente –aun si antes de lo esperado— y que leer al Juan Carlos de 25 años me produce –sí- mucha pena ajena (irónico, considerando que debería ser propia) pero también un montón de tranquilidad insospechada en aquellos tiempos: No imaginé que mi visión del mundo podría cambiar tanto en tan poco tiempo, sin duda. Ni tampoco atisbé en lo más mínimo lo mucho que mi propia personalidad habría de responder a los paradigmas generacionales, o de la edad, o de mi propio estereotipo, en todo caso, y que en mitad de mis 32 años mis creencias serían tan distintas y tan elaboradas como lo son ahora, pero que –al mismo tiempo— serían tan mías y tan poco interesadas en propagarse y publicarse con el deseo categórico que las motivaba hace tantos añitos. Es, definitivamente, algo que calificaría como “el colmo de mí mismo”: Un enano categórico de 25 años que se convierte en un troll permisivo y humilde de 32. Todo un proceso insospechado.
Recién termino de ver, evidentemente, Whatever Works de Woody Allen. Y sí, hay cosas que no cambian. En el íntimo núcleo de mi personalidad habitan los mismitos fanatismos y muchas de las mismas fascinaciones. Woody Allen sin duda es una de ellas, y de aquellos, y pocos fans conozco que hayan soportado la interminable serie de mamadas que el señor nos recetó en la última década sin haberlo abandonado en algún punto y hablado mierda absolutamente justificada de sus chaquetas cinematográficas. Y sí, quizás en buena medida yo también estuve en la frontera de eso mismo, particularmente después de Vicky, Cristina, Barcelona y toda la descarada maquinaria de clichés baratos que tuvo a bien montar en dicho filme, con todo y la débil erección que a algunos podría haberles provocado la imagen de Johansson y Cruz manoseándose en primer plano. Temo decir que no fue mi caso, y no porque ellas no me parezcan absolutamente deliciosas en todos los sentidos, pero porque mi incredulidad y amargura hacia la propia obra era tal, que ninguna escena lésbica imaginable podría haberme apaciguado la bilis. Pero tercamente, y luego de mucho rato de “limpieza” mental, decidí darle otro chance al otrora gurú. Y definitivamente valió la pena.
Whatever Works es un guión del Woody Allen de los 70 en todo el sentido de su confección y su propuesta. Una espléndida preconcepción de “La Rosa Púrpura del Cairo” que evidentemente era demasiado amarga y misantrópica para el Hollywood de aquellos tiempos pero que es absurdamente natural en el mundo contemporáneo. Es un Woody Allen tan puro y tan corrosivo que el propio Larry David se desenvuelve dentro de sus líneas con una comodidad capaz de poner nervioso al más intenso de los devotos de ambos creadores. Y sí, ambos rompen sin temor la “cuarta muralla” cinematográfica en la primera de las secuencias, y ambos –cada cual con su aportación personal— le hablan al espectador, sin pudor alguno, sobre la futilidad, los trastornos obsesivo-compulsivos, la hipocondría, la infelicidad incontestable y el absurdo del amor y las coincidencias sin ningún tipo de filtro dramático que suavice la contundencia de todas esas racionalizaciones neuróticas. Y sin embargo, si ese espectador eres tú y tú has transitado por alguna de esas obsesiones alguna vez; y si simplemente has llegado al punto de tu vida en el que jamás podrías ser tan categórico (porque seguro ya lo fuiste) como esos personajes de caricatura biliosa que se te presentan, entonces te ríes. Y seguramente también gozas.
Y es por eso que –no la película pero sí la circunstancia pragmática que comunica— me provocó el deseo de ponerle punto final a este blog y continuar con el “whatever works” que desde hace rato rige mi vida. Abrazar la aleatoriedad. No perder la esperanza en que no hay esperanza alguna más allá de la coincidencia. Comprender la coincidencia como algo que ocurre milagrosamente. Hacer de la coincidencia el verdadero milagro. Y no despreciar el milagro por el simple hecho de que sea –precisamente- otra coincidencia, sino vivirlo: dos horas, dos días, dos años, dos veces: Whatever works.
Y esta coincidencia, sin duda –y así nomás— ya se acabó. No estuvo mal. No puedo decir que no la disfruté por un largo, largo rato. Es sólo que hoy toca el turno a la siguiente.
Hasta otra.
