La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.

marzo 28, 2007

Ermitaniedades

Sí. Estoy en reclusión voluntaria. Mirando por la ventana, como si esperara algo. Tratando de transitar hacia cierta tranquilidad perdida. En recuentos electorales caseros y autoinflingidos. Gozando, a ratos, de la calma. La soledad. El extraño recomienzo.
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Reparo un segundo en lo cierto que resulta pensar en la vida occidental como un cuarto que se encoge y se encoge con cada decisión. Es como la caja del mimo, en la que cada gesto de reconocimiento del arlequín va empequeñeciendo su mundo. Cada gesto es una decisión. Y la vida nos pide cientos, a diario. Y de cuando en cuando, nos pide algunas importantes. Y entonces me abrazo a ciertas doctrinas, con todo y mi desdén por la certeza, considero ciertísimo ese asunto de no decidir. Y prefiero dejar que las decisiones se tomen a sí mismas lo más posible y abandonar la idea de que el deseo occidentalizado es sano. Ya no quiero hacer más pequeña mi jaula. Por el contrario, quisiera empuñar un bat imaginario y escapar de la caja de cristal imaginario, cuidándome de las heridas imaginarias, descalzo -sí- pero seguro de mi inseguridad.
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Estoy escribiendo un libro. Es un libro raro. Un libro que no decide ni se decide a sí mismo. Comenzó como fragmentos y continua fragmentario. No pretende la unidad ni la coherencia. Sólo le interesa ensanchar un poquito mi celda y vomitar -literariamente- todo lo que no puedo vomitar mientras camino por la calle.

No huele mal, por el momento. Y cada vez se hace más grande, como mi jaula. Aunque sea en los "burdos" territorios de lo imaginario.
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Y confirmo y reconfirmo y reconozco y ya no reniego de mi fascinación por las mujeres y la capacidad que tienen para delimitar los perímetros de mi mundo. Lo mucho que me alimenta lo femenino, con todo y su implacable incoherencia esencial expresada en esos cambios de humor, o en esos caprichos de temporada que tanto mal-inspiran a los publicistas.

Adoro la complejidad de cada mujer que conozco. Valoro profundamente los últimos ocho años de mi vida, y que han sido nada más y nada menos que los años en los que he conocido a las mujeres sin el sesgo materno o enfermo de las relaciones codependientes. Ahora las mujeres son un paisaje, un cuadro expresionista, un ser intuible pero no adivinable. Un placer tanto como un castigo, pero siempre por las buenas. Aunque todo salga mal.
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Y me extraña muchísimo pensar cómo considero equivocadas tantas teorías psicológicas, psicoanalíticas o cientificistas en las que los hombres se ubican en el hemisferio racional y discursivo y las mujeres en el emocional y creativo.

¿Qué no resulta obvio que semejante abismo es una falacia? Los hombres, incluyéndome, y muy a pesar de su inclinación por el lenguaje, el choro y los cuentitos, resultan ser muy proclives al neandertalismo. Unga-unga, tengo hambre, unga-unga, quiero sexo, unga-unga, tengo frío. Y de ahí parte su construcción racional para obtener lo que quieren. Las mujeres, por el contrario, llevan en la mente infinidad de historias, infinidad de poemas que aun no han leído, infinidad de sensaciones (tan amplias como complejos son sus orgasmos) y de ahí es que parten hacia sus danzas, sus guiños, o esas sutiles señales que buscan las palabras (o las mordidas) que las lleven hacia esa iluminación momentánea. Ellas son el director en busca de guionista, y no viceversa. (Una noche con una mujer que ha sobrevivido su terror primigenio puede comprobarlo.)

¿Así que quién es el cavernícola y quién el puente hacia la evolución? La respuesta es fácil, con todo y lo que duele asumir el matriarcado, juar.
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Y el dinero, el puto dinero. A mí, toda esta historia sobre el dinero sólo me reconfirma que dios no existe. Gracias al dinero (o a su escasez) es que me doy cuenta que el "don señor barbitas blancas, montado sobre esa judeocristiomusulmana nube en el cielo" es nomás una chaquetita mental creada por y para los débiles.

¿Por qué? Porque si don barbitas blancas existiera sabría lo maravillosos que son casi todos mis amigos. Y sabría de mí o de muchos de esos amigos. Y sabría que una brizna de la lotería, el melate, el lotto o el éxito económico garrafal significaría que la vida de todos esos seres con genuinos deseos cambiaría mucho, si a cuando menos uno de nosotros lo inscribiese en esa lista. Así que gracias, dios, por crear al hombre que creó al dios que creó al hombre que creó el dinero que creó al hambriento de dios y de dinero que, al final del día, no cree en ninguno de los dos.

Aunque tal vez sólo haga falta escribirlo (a falta de rezos inútiles) Venga el nuevo papanuestro:

"Oye, pendejo, señor don Dios, Don Pendejo: ¿Qué no te das cuenta? Mándanos el melate del domingo y, aunque fuera el premio más mierda de todos, ya sabríamos qué hacer con él. Te prometemos que nadie se irá corriendo con el botín, ni se lo quedará para sentirse un Mister Scrooge deseoso de poder. Lo repartiremos entre todos los que tenemos deseos genuinos (a pesar de procurar no desear mucho) y haremos maravillas con el presupuesto. No te preocupes: Pagaremos impuestos. Nos mantendremos lejos del estupro y la pedofilia. Descansaremos un tiempo, sí. Pero luego construiremos un enorme laberinto de galletitas (cada quien su sabor favorito), y -para que no digas nada- te lo dedicaremos a ti. ¿Cómo ves?"


Vamos: Un Olimpo de galletitas a nadie se le niega.

Gracias.
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Mientras, como no creo en dios, solamente me congratulo del azar y/o de mis pobres decisiones. Me encanta lo mismo que me angustia estar aquí, así, sin haber escrito nada en el escaparate de mis pensamientos (el blog), pero feliz por todo lo demás que ocurre. Adoro a mis amigos (pocos), a mis amigas (muchas) y a mis examores (muchas...menos). Y adoro poderlos encontrar a todos en un momento del espacio-tiempo, léase una fiesta de cumpleaños o un aleatorio encuentro sobre los campos de batalla de nuestro bar favorito. Adoro adorarlos, tanto como desprecio el verbo adorar al que tanto recurro (igual que al numeral "tanto"). Pero es que adoro reconocer nuestra colectiva fragilidad y nuestra perpetua necesidad de respuestas. Adoro los mínimos conflictos en los que nadamos mismos que creemos tan máximos.

Y al final, adoro como los días suceden uno a uno, hora a hora, de quince en quince minutos, de mirada en mirada y de palabra en palabra, y cómo, aunque pocos lo piensen, todos lo saben: No nos queda otro recurso mas que el de ocurrir. Discurrir, abrazarnos, llorar si es preciso, bailar si todo va bien (aunque algunos no sepamos cómo), escapar poco a poco de nuestro momento de catarsis y llegar hasta donde nos toque dormir.
***

Curioso es hablar de ermitaniedades en conjunto. Así es el mundo ahora: Una bolsa de solitarios que se descubren y se reconocen en el fondo del costal. Luego -algunos- simplemente se toman de la mano a pesar de la cursilería, y transitan juntos. Y luego se van a dormir, solos aún si acompañados. Como cuando mueren.

Dispuestos a ocurrir dentro de todo lo que prosiga, para luego proseguir. Para poderlo.

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Amigos míos: Somos una manada feliz de pertenecerse entre sí. Aunque a veces no lo sepamos.

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Salud!

marzo 14, 2007

Joum, suit joum.

De pronto hay muchos desequilibrios entre lo que nos sucede, lo que deseamos, lo que no queremos y lo que finalmente acaba ocurriéndonos. Hay épocas en las que se está muy bien de la mente pero muy mal de las vísceras, o muy a gusto con la genitalia y muy mal con el corazón, o de maravilla en la cartera y de la chingada en todo lo demás. Es raro. Parece difícil lograr ese punto en el que se está medianamente bien en todo y uno puede recostarse y navegar sin que le angustien las tempestades, ilusorias o francamente reales, fumarse un cigarro, servirse un buen trago y darse de besos con un ser humano y no una polaroid falaz que mantenemos dentro de sus límites a puro golpe de fantasía.

Hoy no me ocurre nada de eso. No estoy bien en todo, ni mal en todo, pero tengo un joum suit joum otra vez. Justo aquello que se encontraba tambaleante en los últimos muchos meses hoy está resuelto, mientras todo lo demás se vuelve a desmoronar. Así parece ser la dialéctica de estos marcianos cinéfilos que dedican su existencia a filmar la nuestra, e injertar conflictos donde no los hay. (Si ahora les llamo los marcianos, mañana voy a terminar creyendo en dios, qué terror).

Pero tengo casa propia otra vez. Y es un placer. Dormir en una cama suculenta, levantarse, prepararse un espresso, hacerse de desayunar una omelette con perejil, beber un poco de jugo de naranja, sentarse en la computadora con toda calma, y pensar en todo lo que anda mal. Un preámbulo perfecto para atacar las imperfecciones y desajustes de la vida. Mucho mejor que el sillón o las relaciones tormentosas que se suceden unas a otras. Hoy estoy, nuevamente, solo conmigo. Contento de lidiar con mis demonios desde la comodidad de mi hogar. Jodido por todo aquello que no caminó, no funciona o no tiene remedio, pero, en el fondo, a gusto de estar aquí., otra vez conmigo mismo. Aunque pase frío por la noche. Resuelto un lado, el otro se echa a perder.

He viajado sólo para constatar que lo disfruto muchísimo. Que debería hacerlo más seguido y dejar de perseguir fantasmas. La realidad me lo ha vuelto a poner delante: no es momento de buscarme pretextos, chava o chamba, rumba o mambo. Es hora de juntar unos cuantos centavos y hacer las maletas. Y dejar bien guardada esta casa nueva, llena de luz y de energía (no abstracta, sino energía: gas, luz, teléfono, comodidad, je), para poder regresar cuando me plazca.

Ayer terminé un libro fantástico, escrito con una maestría desconocida y novedosa. Un libro que me habían regalado hace tiempo, cuando algo también terminaba y empezaban otras cosas. Todo está terminándose y empezando todo el tiempo. Es parte de ese latido existencial que puede verse a simple vista dentro, sobre y a pesar de todas las cosas . El libro, además, trata un poco sobre eso mismo, sobre qué empieza y qué termina y dónde está la línea milimétrica entre esos dos momentums existenciales. No se sabe si es perceptual, no se sabe si es ontológica, no se sabe si es real o imaginaria o sujeta a la interpretación. El punto es que ayer terminé de leer Océano Mar, de Alessandro Baricco, y comencé a vivir otras cosas. Ya no me importa dónde se termina el mar. Ahora sólo quiero decirlo. Decir el mar. Soy un converso. No tengo remedio y no me importa. No vine aquí a curarme sino a tener prisa. Mucha prisa. Antes de que el mar me engulla.

Ya tendré tiempo de escribir cosas pseudoprofundas o semisuperficiales. Ya tendré ganas de hacerlo de nuevo, lo siento venir. Mientras tanto, y poco a poco, voy haciendo esta mi casa y llenándola con mis poquitas cosas. Muy pronto también invitaré a quienes quieran conocerla, beber un trago, cenar un poco de buena pasta y divagar en sus tapetes. Hace un día increíble y lo único que se extraña, en esta ciudad tan estrepitosa, es el mar. Pero el mar está en todas partes. Todo es, sin equívocos, una especie de mar. Voy hacia él.


Salud.

marzo 06, 2007

Oaxaca (sin acentos cortesia de Mac)

***
Podria enamorarme del sol que te viste, o del viento que te barre la espalda y las enaguas cada que le place y sin aviso. O podria odiarte por no haber llegado antes, por no haberme dicho todo eso que terminaste susurrandome tan quedo y tan bonito, o porque en tus calles los semaforos cuelgan discretamente al lado de las casas, y no me miran como esperando que les grite voz en cuello las ganas locas que tengo de ignorarlos. Podria beberte otras diez mil veces, con gusano o sin gusano, en tacita de porcelana o en cristal cortado o en plastico irredento. Podria recostarme sobre las mesas o sobre las calles de cantera verde, sobre los puestos de frutas o sobre las trenzas de cada Maria embelesada con tu aroma. Podria gozarte como se goza un beso y lentamente despegar mi boca de las diecisiete millones de sonrisas que me regalaste sin factura. Podria doblarme ahi en tu frente y simplemente parar. Parar el mundo. Hacer la pausa necesaria entre la sonrisa de Helena y la calidez de Fabrizio, la risa de Oscar y la masa crujiente de una desubicada pero monumental pizza de anchoas en el centro de tu centro. Y luego rendirme. Entregar las armas del temor para solo sentarme a escribir sobre ti, desde ti, para ti.
***

Una pausa larga y un sinfin de nombres. Tiempo para pensar. Para pensar si quiero o si no quiero. Para averiguar si de verdad la vida puede dar virajes de timon voluntarios y radicales. Tengo veintiocho anios apenas pero a ratos me siento, entre arrebatos narcisistas, el hombre mas viejo de su mundo. El hombre dentro del hombre dentro del ninio dentro del loco mas loco e inexplicable del mundo. Y me he detenido a pensar que mi vida no es un caudal que no pueda contenerse y suspirar medio segundo. Me he detenido para detenerme, escuchar la musica, reinventar mi teatro, aguardar al nuevo lienzo y degustar la pintura. Se avecinan cambios que espero deseoso y libre de todo panico. Quiero montarme en una motocicleta por primera vez. Quiero dejar de sentir la prisa incomprensible de las ciudades y sus mitos. Quiero tomar el volante un rato y dejarme salir despavorido en la proxima curva. Aqui llevo mi paracaidas. No pasa nada.

***

Estoy de vuelta. De vuelta en vuelta. Para rato.

febrero 01, 2007

Abandonos...

Casi un mes y nada de dichos. Fiestas galopantes, cambios vertiginosos, encuentros inesperados, viajes de último minuto. Ha pasado de todo. Tristemente, no siento muchas ganas de decir nada. No encuentro el estambre fluorescente que las Ariadnas suelen dejarme botado al lado de algún pasillo, listo para encontrarle y seguir, cerveza tras cerveza, hasta los cuernos del minotauro más huevón de mi displiscencia. He estado parco con las palabras pero florido con las anécdotas. Ya encontraré tiempo para decir algo en estado puro, y luego editarlo hasta lograr el tipo de párrafo incongruente que me satisface.

***

Noticias insulsas:

Tijuana me sigue gustando. Me gusta la mugre que bien ostenta, lo cutre de sus calles, lo frontal de la gente que lo habita. Te odian o te quieren de entrada. No se andan con medias tintas urbanizadas y contemporáneas. Una redada en un bar de mala muerte puede ser esquivada con un poco de ingenio. Las ganas de beber hasta caerse pueden ser satisfechas con la compañía adecuada. Todo un reencuentro con mis ganas de salir de esta ciudad que me engulle, y de brincar en otras partes, donde haya gente nueva y ojos nuevos y ganas renovadas. Disfruto mucho esas aventuras.

Rogelio Villarreal me escribió un mail con harto pundonor, reclamando a pellizquitos mis valemadristas comentarios hacia su postura política y etcétera. Con algo de atraso, pero al menos sigue defendiendo sus posturas indefendibles. Es loable. Por eso, aunque difiera de sus cada vez más sesentones (que no sesenteros) puntos de vista, lo respeto.

Sigo en busca de trabajo, pero cada vez me da más güeva encontrarlo. Cuando menos aquí, en el DF. Añoro algo que me saque de aquí, que me haga dar la vuelta. Algún trabajo trotamundesco, bien o mal pagado, me da igual. Ya no me dan tanto miedo los puñeteros y desnaturalizados aviones. Y menos cuando sé que al bajarme estaré enfrentando un aire totalmente distinto. Suena soberbio, pero creo que la insatisfacción de muchos chilangos sedentarios de mi generación está en haber dominado a la bestia defeña y estar aburridos con lo que tiene para ofrecernos. Una granja se convierte en una epopeya. Todo cambio significa una posibilidad de domesticación nueva. Ya sea propia o ajena.

***

Ya es Febrero. Me he perdido de muchas lecturas blogueras, pero he leído cuatro libros en un mes. Buenos todos ellos. Siempre que me pongo a leer obras "serias" resulto estar en un parteaguas vivencial. Parece que en esas ando, nuevamente. Pronto me pondré a navegar, y a visitar uno a uno los blogs de toda la gente que me emociona leer. Aunque me encuentre en el horrendo estado de displiscencia en el que me estacioné hoy. Sin ganas de nada. Esperando un terremoto, como añoraba Nabokov en los primeros encuentros con su Lolita. Un terremoto, un cisma, algo que rompa con la rutina.

Hoy tengo la rutina de no tener rutina. Y es la peor.

Pero al rato la convierto en otra cosa. Sólo necesito paciencia. Y mucha saliva.


Salud.

enero 17, 2007

Momentos de bolsillo

Para todos mis amigos, mis amantes,
mis amores, mis amadas,
mis borrachos pensadores y no pensadores y sus jefas y sus hermanas.
Para nadie. Para mí. Pa que lo que sigue siga. Y más nada.



Hace mucho tiempo que no dejaba descansar mi ansiedad bloguera durante tantos días. Y es que, por algún motivo, siempre encontraba la necesidad o el ocio suficientes para sentir unas ganas irremisibles de decir algo en este lugar. Aun enmedio de muy distintas tormentas, los dedos se me quemaban con las ganas de sacar algo, expulsar estupideces sobre lo acontecido, ordenar públicamente mis pensamientos, vaya, cualquier cosa que resultara en una multitudinaria exposición del mundo interno.

***
Pero algo ha cambiado y sigue haciéndolo en estos días. Quizás el año acumulado o perdido haya tenido algo que ver, quizás no. Lo cierto es que han sido meses de una intensidad deslumbrante. Meses en los que, como ya es una paradójica costumbre, el no tener ni hacer planes ha resultado en grandes y maravillosas y vivenciales novelas épicas de las que no he podido escribir por preferir vivirlas. Semanas reconfirmantes y reconfortantes: sigo sin saber a dónde voy o si siquiera me importa. Gozo de la incertidumbre que esa falta de seguridades (de chocolate) le suele significar pánico a otro tipo de personas. Amo dejarme amar, hacia fuera o hacia dentro. Amo dejarme ir. Amo a mis amigos: mis grandiosos y disímiles amigos, que con un simple pestañeo me recuerdan que los quiero y que los tengo por el simple hecho de que son reales. Seres como estampidas incoherentes o coherentes, pero estampidas al fin y al cabo. Impertinentes, impuntuales, puntuales, proclives a la opinión o al silencio, pero siempre ocurriendo como una tempestad y siempre distintos. Sin ganas de ser dios ni de tenerlo. Cada estúpida coincidencia histórico-política-temporal que pasa, o sea, cada simbólico año, me hace más feliz el hecho de conocer y adorar a tanta gente tan inconvenientemente conveniente, y tan frugal, y tan diversa.

***
Y ahora, sitiado en esta nada epidérmica que resulta ser el desempleo, me dejo vivir todo lo que sin tregua me está aconteciendo. Amigos, mujeres, músicas e historias. Sincrónicas y asincrónicas como siempre resulta ser la puta vida -este Truman show del que no tenemos control ni nociones protagónicas- y que, queriéndose portal mal, ha terminado portándose absurdamente bien conmigo. Tan bien que no me ha dado tiempo para escribir pertinentes síntesis o algunas otras sinopsis gramaticalmente adecuadas. Sólo está ahí, reconfirmándome a cada rato que los planes son falacias, y que hay que amar a quien amar se deja y se merece. Y obedientemente, así sí, yo nomás me alíneo. Todo porque me da más miedo el dejar de hacer que el hacer a medias, atado por las conjeturas y las consecuencias y las consecuencias de las consecuencias, bah (blah, blah).

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Así que nada. Aquí estoy, en uno más de mis intervalos. Contento con todo lo que me deja estar contento, y angustiado otro tanto por lo que con derecho me angustia. Viviendo sin pretensiones de resumir o proyectar una falsa maestría que reduzca a letritas todo lo que me pasa. Heme en plan de intersección y no de origen, ni mucho menos destino. Sin ganas de hacer conclusiones más grandes que una mirada, o un abrazo, o unos rizos rojos, o una piel tostada, o un mezcal glorioso o una dulce y hermosa mujer enamorada. Nada. Que se preocupen los otros miedosos, yo no. Porque mientras ellos en verdad se preocupan, yo deshebro mi vida en momentitos, insulsos o felices o espantosos, me da igual. Pero chiquitos, siempre. Siempre diminutos. Momentos para guardarse en los bolsillos, o entre los labios, o detrás de las orejas, o en los anuarios que se dejan. Segundos que se quedan como un beso o un orgasmo o un sincero gancho a la quijada. Míos como la convicción de hacerme libre. Volátiles como estar vivo, como las olas, los buenos libros, las borracheras más hermosas, los colchones tibios, las pieles mutables de la sorpresa, los ojos de las ninfas, los minutos que alcancen a sumar quince o el resto de mi vida, si es posible. Porque sólo resta lo que ocurre. Y lo que ocurre es siempre un bulgar recuerdito que no alcanza siempre a ser trama. Por eso, despojado de memoria, renegando de adjetivos, y carente de historias, historiadores, bardos y biógrafos ociosos, me permito decir esto: Hoy y ahora les amo a todos, les odio a todos, les dejo todo y les heredo pura y simple nada. Estoy completo.

***
Más que nunca mi vacío me hace estar lleno. Mejor que siempre, hoy, tampoco quiero nada. Pero sólo en términos históricos y grandiosificados y grandilocuentes perplejos y estúpidos. Porque sí quiero algo cada tanto. Y ese algo es sólo un beso, una piel, un amigo sin muletas o un amor sin explanadas. Poca cosa. Pido bien poquito. Denme un simple momentito, así nomás. Y que la muerte se aguante la tos, y que durante el próximo ratito se acurruque en su frazada. Ya mientras nos reímos juntitos. O bailamos. O no bailamos. Da igual. Juntos significamos lo que entre la jungla de los ciegos resulta doloroso y estúpido. Juntos glorificamos, momentito a momentito, todo lo que a grandes rasgos termina siendo nada. La nada del jueguito social. La nada entre las nadas.

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Gracias, pues, a todos y a toditos. Grandes o de caramelo. Gracias de nuevo. Y otra, y otra, y otra vez. (Hay momentitos tan pequeños en mi saco, que si los mercados internacionales les valuaran seríamos todos libres y tranquilos, y hasta podrían salvarnos antes que nos lleve la chingada).


Pero como no es así, les dejo un mientras tanto: Mientras tanto, pues, salud.

enero 03, 2007

Dos añitos

No, lo juro. No presumiré de los dos pinchurrientos años que llevo escupiendo idioteces en este blog. Prescindiré de semejantes asunciones, y mejor procuraré decir cosas inteligentes acerca del "año nuevo". Uuuuuh, guau. Ya es 2007. A poco no se siente increíble la frustración.


I am Jack's completely senseless lack of humility. Soy la más absurda y soberbia güeva de Jack. Soy la pusilánime fiaca de Jack queriendo modificar la realidad, pero quedándose corto en el intento. Pobre de mí. Qué bueno que no tengo rumbo alguno.


Pongo un punto como siempre lo pone la vida. De forma terminante, absoluta y sin lugar a réplicas. Y me callaré luego. Es apenas 3 de diciembre y en apenas 9 días los espero en mi cumpleaños.


Interesados manden mail. Mientras me duermo.



¡Beso!

diciembre 20, 2006

Correrías

He andado poco por acá y tengo muchos motivos al respecto. No pienso reparar en todos ellos, pero debo decir que la vida no deja de sorprenderme y eso, aunque me guste en un plano general, tiene sus matices y sus bemoles y sus definitivas aristas filosas y filosóficas. No todo lo súbito es bueno: Están los infartos, las muertes, los accidentes y los pleitos para comprobarlo.

Sin embargo, hay cosas que sorprenden bien. La mirada de un extraño, las lágrimas de un colega al que le duele tu partida, los encuentros improbables, las seducciones más impensadas, los besos sin facturas ocultas, los abrazos y las despedidas sentidas y reales, convivir y comulgar con los antiguos enemigos, los brindis espontáneos. Pequeñas sorpresas que ayudan a vivir sin la capucha puesta, y sin abrazar esa rigidez emocional acalambrada a la que continuamente nos aferramos cuando nos hemos introducido en la "vida adulta". Indulto a mi adultez siempre que me encuentro volando, soñando despierto, sonriendo estúpidamente cuando debiera estar mal y de malas. No hay nada como poder seguir jugando y tener buenos amigos en el barrio de la vida para hacerlo. Esperar la tarde para ir hasta su puerta, aunque ya no sea tan puerta y sea más electrónico y celular ese golpeteo de nudillos, e invitarlos a jugar a que no hay problema, a que la vida es gozable a pesar de nosotros mismos y nuestra infalible manera de sufrirla y despreciarla.

Y en los últimos días he tenido harto tiempo para invitar a mis amigos, los nuevos, los viejos y los que van agregándose entre azares, y gozar de su compañía. Fui súbitamente despedido de un trabajo que hacía bien y con ganas, y cuyos frutos estaban ahí y que, para colmo, no le importaron a quienes más se habían beneficiado de ellos. Es la paradoja de las instituciones: entregar tu tiempo y tus "capacidades" al deseo de otros. Y así como en la vida, o el amor, no funciona al 100%. Porque abandonas el deseo propio y además corres el riesgo de dejar de importarle a quienes te entregas por amor o por dinero. So be it. Que sea así. Ya he recorrido suficientes caminos como para dedicarle más lágrimas o berrinches a ese tipo de frustraciones tan anunciadas y obsoletas.

Así que me pongo a pensar, y salgo al barrio a tocar puertas y aprovechar el tiempo libre. Grito en casa del amigo al que hay que gritarle desde fuera, toco el timbre en la otra, hago llamados telepáticas en otras más. Y me encuentro finalmente aquí, dos años después de haber abierto esta bitácora tan pública como bizarra y honesta y minuciosa, escribiendo desde otra persona muy distinta a la que empezó este viaje. Dos años que podría adjetivar como muy cortos o muy largos según me convenga mirarlos. Lo cierto es que, gracias al blog que pudiera parecer tan exhibicionista y desdeñable, también soy capaz de mirarme a mí mismo y recapitular en lo mucho que van cambiando mis temas mentales y mis prioridades, mis estilos y mis dramas telenovelescos, mis posturas y mis ganas, mis amores y mis desprecios. Y así, en tan pequeña retrospectiva, me logro alentar a mí mismo con la certeza de que, pase lo que pasa y pase lo que pase, nunca sigo siendo un yo mismo monolítico y aferrado a una sola estructura vivencial o discursiva. Voy mutando como cualquier virus decente, voy adaptándome como buen insecto, voy a secas como todo ser humano, pero siempre voy.



Y no sé cuando escriba de vuelta algo en este sitio, seguro que pronto, si no hay sorpresas desagradables que me lo impidan. Pero le quiero agradecer a una larga lista de personas el que salgan a jugar conmigo. Aquí o en la vida real. Incluyendo a las que desprecio visceralmente. Incluyéndome a mí. Y me evitaré la lista. Todos sabrán perfectamente que me refiero a ellos.


Por todos ustedes, salud.



Y, finalmente, los aforismos y epitafios de temporada. Disfrútenlos o sáltenselos (lo cual sería muy estúpido si ya llegaron hasta aquí):



Aforismos:

"Deja de sorprenderme cuando menos me lo espero"


"Cuídate de la paranoia pero sobre todo, de la gente"


"Me voy, me voy, no me quiero ir"


"Si me ves antes de ayer, recuérdame no enamorarme"


"Eso estuvo delicioso. Tenemos que discutirlo."


"Ni lo pienses."


Epitafios:

"¿Y que tú no te sientes mal también?"

"A ver a qué horas"

"Te juro que tenía ganas pero no me dio tiempo"

"Su gran logro fue morir más feliz que el idiota de la tumba de al lado. Y vaya que se tardó en encontrarlo."

"A ti también te quise"

"Esas lágrimitas irían bien con un vodka"

"Ya ni me digas"

"Ya pa qué"

o como apuntaría Luis Ricardo: "Y se jactaba de nunca terminar todo aquello que

diciembre 18, 2006

Preguntas para el copiloto. (Hit the road, Jack)

¿Qué se le dice a los remolinos?. ¿Y cómo se convence a las más tiernas avalanchas?. ¿Qué tanto podría pedírsele a las catástrofes o a las hecatombes, y cuánto podrían someterse los derrumbes y los puentes, y las dobles rayas, y los autos, y la gente? ¿Cómo es que todo luego acaba y se convierte apenas en nombre, luego en frío, y luego en cal, y luego en brizna mustia que se esconde entre el paisaje? ¿Cuánto más puede uno enamorarse de lo que zumba, de lo que piensa, de lo que existe, de lo que es y que luego reacciona -fiera o dulcemente- y nos revienta dos neumáticos en franco sabotaje? ¿Y qué tanto ese paisaje se deja mirar como queriendo ser espejo, o travesura hecha galleta, o pócima imperativa (bébeme, bébeme), o reloj de bolsillo, o prisa entre las manos de un conejo inalcanzable?

¿Y cómo es que todo esto ES cual si lograra ser casi sabiéndose libro, o apenas creyéndose ola, o rábidamente y rápidamente asumiéndose como una historia que no pregunta nada a nadie?

***
¿Cuánto poder podría quitársele al silencio? ¿Cuántas puñaladas podrían dársele a los malos entendidos? ¿Cómo podría asesinarse a la lingüística, a la estética, a la lógica de la ilógica, al océano de las posibilidades y su fauna de argumentos implacables? ¿Cómo desbaratar lo que ya se ha desmoronado y permanece -bellamente- en cierta pausa embriagada de quietud? ¿Y cómo asumir que todo aquello no es otra cosa que un enjambre de abrazos en reposo acidulado, o una calma que espera, solamente, a que el terco carboncillo de la vida le dibuje con paciencia para que sobre el papel, línea tras línea, el retrato en opalina culmine siendo aún mejor de todo eso que dibuja y que respira?

***
¿Cuán posible sería tocar en mi violín un suavifuerte pizzicato al que no le importunasen ni los icebergs ni el naufragio, y mucho menos los antes o los luegos, o los alegros y los adagios? ¿Qué tan factible resultaría abalanzarse sobre el amor más tremebundo y papirofléxico sin convertirlo nuevamente en otras nuevas migajas inconexas, rebeldes y diminutas? ¿Cómo se podría amanecer siendo dueño de más de dos ojos y tres oportunidades? ¿Hasta cuándo la poesía podría ser suficiente excusa para no tener que amarse bajo la ducha descarnada de lo propio y lo social? ¿Por qué las tormentas, por qué los botes salvavidas, por qué las distancias y por qué las gélidas asincronías? ¿Quién pidió ser lloviznado? ¿Quién quisiera permitirse otra media y suavísima tarde, lejos del humo, del musgo, del trapecio y del alambre, frente al fuego, cruzando manos, anudando cuerpos, sembrando aciertos, matando el hambre? ¿Cuánto costaría semejante remedo del más libre, amoroso y cínico peaje?. Y peor aun: ¿Qué tan certero será el cuento, si al retornar no existen más las viejas calles, ni las letras están ahí donde siempre, tomando el té y alzándose las faldas sobre los viejos pergaminos de las aulas y sus asiduos ocupantes? ¿Qué tan verdad es que no hay hogar más cierto que el que dura más allá de la media tarde, y qué tanto duele que el camino es -realmente- lo único que queda, lo único que nace, lo único que ocurre y lo último que sabes?

***

Afable, hermoso, doliente. Tremendo, sangriento, paciente. Tras la mente yace todo y tras el todo un frío ardiente. Y no malquepo ni incomodo en ese trance. Se está entre ríos, se está sin guantes, sin ardor y sin torrentes o estornudos, se está con bríos y con sueños y con hambre. Juntos pero sin tocarse las literas, las cobijas o las fauces. Cada quién su estío y cada quien su martes. Tras la mente las historias y las medias, las mordidas y las tardes, los sultanes-las princesas-los eunucos, y -también- todas las tibias cortesanas despeinándose de carne. Tras la mente las respuestas que no hacen ruido: las más bellas, las más simples, las más rampantes. Tras la mente todos se callan, bendición sin apellidos, y finalmente se inclinan sin mayor necesidad de tibios y estúpidos alardes.

***

No hay más cordura que la que tiembla sobre algún tímido estambre que juega a ser cuerda floja, lenta e indemne, sucia y solemne, débil, tenue y maravillosa. No existen manos que no ensucien el agua con la que aprenden a lavarse, ni promesas impolutas que resistan salvas los hedores de la tierra y los colmillos de la carne. Lodo gris que se yergue feroz e implacable. Y tampoco hay otra respuesta que no sea la de persistir siendo mirada, sobre la choza, tratando de no manchar nada con las pupilas, renegando de hacer mapas y silbar las coordenadas. Ah, mirada milagrosa, resabio de la gloria y juguete de la calma: La mirada hermosa. La miraba hermosa. Sobreviviente de sí misma. Suave, sí, pero también rugiente. Agua fugaz, sed salvaje, carretera. O no: mejor aún. Una gran Curva Peligrosa.

diciembre 11, 2006

Moscas, moscardones y mariposas (un texto sobrio que parece ebrio)

Para Juan Carlos

Ha sido, como siempre, una conjunción de casualidades que arremeten contra la aleatoriedad de la vida. Siempre he preferido pensar en que la espiritualidad es una excusa para aquellos que no soportan la inefable llegada de la muerte. Dios, y sobre todo el dios judeocristiano, me resulta más parecido a un juego de canicas con el que la gente prefiere entretenerse para no sentir el rigor de la soledad y de la muerte, que un viejito bonachón y riguroso que nos espera en el séptimo cielo, para juzgarnos por el modo en que vivimos nuestras incipientes vidas. Como leí el otro día en el blog del siempre fabuloso tio nasty, la gente tiene que creer en algo para poder descreer en todo lo demás.

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Sin embargo, y sin recular de mi postura, ha habido muchos momentos en los que mi vida, o "la" vida, si se prefiere, parece no ser del todo aleatoria. Desde luego, cuando se está en sintonía con alucinógenos y otras menudencias, eso puede fácilmente serle atribuido a la droga en cuestión, y no a un verdadero tejido de causas y efectos sobre el que sucede la realidad. Pero cuando estas causalidades, que no casualidades, ocurren en la vida cotidiana, y durante largos e indistintos eventos, me gusta pensar que estoy equivocado. Y que no hay un dios observador y partícipe, pero sí que existe una red que supera nuestras capacidades cognoscitivas y perceptuales, y que está ahí, flotando todo el tiempo, mientras que nosotros, a través de la mente y otras de nuestras herramientas biotecnológicas, ocurrimos sobre ella, dentro de ella y a través de ella.

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Esto me pasa, por ejemplo, cuando hablo durante un mes con seis o siete personajes importantes de mi vida, de distintas edades, de círculos sociales diferentes, con distintas mentalidades, ideologías, aproximaciones hacia la vida, o como la gente prefiere decir, formas de ser. Y de pronto, como por arte de magia, todas las conversaciones sostenidas terminan por llegar a puntos similares, miedos parecidos, angustias que se asemejan. Claro que, dirán algunos, nuestra condición humana nos predispone a hacernos esos cuestionamientos en algún punto. Todos compartimos verdades fundamentales: comemos, bebemos, orinamos, defecamos, tenemos cinco sentidos, poseemos una mente, hablamos una lengua, vivimos en un contexto social y político, etcétera. Digamos que esto ciertamente acota los pensamientos que podemos capturar en esa trampa-red para mariposas que llevamos instalada dentro del cráneo. Pero cuando las similitudes son tan sorprendentes y los individuos tan distintos, permite pensar que las ideas están ahí, flotando como moscas, moscardones, mariposas y hadas diminutas. O avispas, buitres y cuervos, según ocurran las cosas. Y nosotros alegremente nos creemos nuestro libre albedrío y las pensamos, como si fueran nuestras, y las compartimos, como si no estuviéramos todos condenados a saberlas de antemano mientras nos son dichas.

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Sé que todo esto suena horriblemente raro y complicado. Es simple: mucha pero mucha gente en las últimas semanas ha sostenido conversaciones, frente a mí o conmigo, en las que ha hablado de angustias muy parecidas. En una búsqueda de sentido verdaderamente preocupada y realista, les he visto y escuchado llegar a argumentos similares, conclusiones parecidas. Decisiones terminantes o resoluciones que los alivian. Cuestionamientos que yo mismo traigo pegados como un halo, como un mosquitero invisible, y que hasta hace poco no me permitía ver con claridad lo que pienso o pensaba de muchos temas: muerte, amor, vida, tiempo, ganas, voluntad, fortaleza, lo bello, lo crudo, lo rudo, lo tenue, lo intenso, lo soez, lo solemne. Todos temas gigantescos e ilimitados, moscardones irresolubles, maravillas de la mente pero -al mismo tiempo- laberintos insalvables.

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Y he ahí que la realidad de la realidad golpea contra el mosquitero. Sirve para despertar. Sirve para arrancarse esa débil tela de alrededor de las orejas y escuchar: Escuchar el timbre la vida. Vivirla. Estar en lo que ocurre y no en lo que parece. Estrechar manos, abrazar cuerpos, cantar a grito pelado canciones en una barra, dejarse querer y no dejarse morir. Obviar a los obviables, odiarlos si es preciso. Y dejarse de canicas, y de pavadas, y de intrigas otras que en las que ya estamos inscritos gracias al estúpido deber de acomodarse en el mundo y no morir de hambre. Las demás, sobran. Como sobran las palabras. Y por eso aquí las dejo.


Salud.

diciembre 06, 2006

Análoga y Digital

Para el que quiera leer mi post político, ahí está fresquito en el nuevo blog.


La vida se ha vuelto un poco así. Se lo decía a un buen amigo la otra noche, y discutíamos encarnizadamente con otros buenos amigos (Para eso son los mejores, para poder discutir encarnizadamente y luego despedirse con un buen abrazo). Y es que ciertamente, casi a manera generacional, habemos los que logramos gozar un rato más de la vida análoga antes de que nos cayera encima la marejada de información y enajenación high-tech en la que vivimos ahora. Y, aunque claro que no todos, sí muchos logramos escapar al total sometimiento al mundo de lo electrónico.

Y es que hay tantos chavitos, cada vez más pequeños, que viven en una oralidad consumista y virtual permanente, y que son incapaces de producir otra cosa que no sean quejas, eructos y otras secreciones, que la cosa se vuelve preocupante. La tecnología se está terminando el hambre de crear, en una vorágine posmoderna y apendejante, en lugar de darle nuevas armas a las personas, nuevas formas de decir y de hacerse escuchar.

Pero es así que los que alcanzamos a vivir la vida análoga, sin gadgets ni celulares ni internet ni todas esas "maravillas" tecnológicas, alcanzamos un pedacito de hambre. Hoy, casi todos los bloggers pertenecen a ese espacio generacional en el que no estamos totalmente sometidos al consumo electrónico, estamos queriendo decir algo, diciéndolo, o aún convencidos de que el mejor interlocutor, es siempre el humano. Como los amigos. Como los amantes.


Y por hoy, le doy punto final a mi descanso bloguero con esta reflexión de petatiux. Hay mucho trabajo que hacer y me esperan unas vacaciones formidables.




Salud. Y nada de andar persiguiendo el sexo análogo. Ese es materia de otras reflexiones.

diciembre 04, 2006

Angels with dirty faces

Para D.



Porque todos nos ensuciamos con el lodo de las cosas, de la vida, de ser farsantes cuando es necesario y cuando no lo es. Porque no se puede ir sin la máscara por ahí, y menos cuando ya te han encontrado sólo, en algún callejón, y a cien manos te han querido arrancar lo poco que te quedaba de cierto.

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Porque todos ensuciamos el agua con la que nos quitamos el lodo de la cara. Porque todos tememos algo, y nadie quiere morirse sobre el tintero. Algunos ya tienen la hoja, las plumas, los dibujos en la mente. Otros nos recostamos sobre los ojos de otros. Otros siempre. Nunca nosotros. Nunca uno.

***

Porque cuando se mira y se escucha algo refulgente, algo que centellea, algo que emite una melodía que conocemos sin haber oído jamás, el tintero tiembla, el codo le roza todo el tiempo, y eventualmente, antes que someterse a la noción de realidad: el dibujo no habrá de salvarnos, tampoco las palabras, tampoco la melodía, la resplandescencia, la maravilla. Pero es mejor transitar de la mano de ese terror, que lanzarle el tintero encima y pretender que nunca existió, o que todo era mentira, o que no se es meritorio de un transito dulce y sin trampitas, al lado de un igual.

***

Conociste al ángel, y siempre supiste que lo era. Preferiste mirar la tierra en su cara, en un acto de retaliación frente a tanto de su silencio. El ángel sólo guardaba silencio porque estaba a punto de marcharse, porque no quería creer en lo que finalmente no debía. El ángel se guardó para no pensar. La retaliación no es más que un boicot. La venganza no es la vendeta. La venganza es estúpida y autodestructiva. La vendeta es contra quienes, justamente, nos quitaron la posibilidad de hablarnos con el rostro limpio, desde el principio; no contra los ángeles, aunque no traigan las alas puestas, la ropa adecuada, el momento preciso. No contra uno mismo.


***

Y lo lamentas. Hoy, lo lamentas. Porque cuando tienes el cadáver del ángel en tus brazos, y te arremangas un poco la estupidez, y le limpias la cara y lavas el rostro de un ángel al que mataste por equivocación, sólo logras mirar cómo desde sus fauces y sus mortajas, el error se te lanza sobre el rostro y te lo arranca a dentelladas. Y luego prosigue con tu corazón y tus sandalias.

***

Pero no lamentes otros instantes. Caminando con el ángel, aunque fuese desde lejos, fuiste feliz. Fuiste digno, por un instante, de mirarle. Y tomándole la mano caminaste junto a el cuando aun eras ciego. Sólo puede quererse a un ángel así, si no se le mira con los ojos del humano, del falible, del negador de ilusiones. Hay que andar ciego y no tirar de bastonazos. Y durante unos días puede lograrse. Durante unas semanas. Hasta que el polvo de los días se mete entre los párpados y te obliga a mirar, y tu humanidad rota sólo te permite ver el rostro del pánico.

***

Has cavado una tumba para el ángel. Le has depositado, y ahora sí, mandril locuaz, estúpido capaz de estúpidamente hermosas historias, le dejas unas flores, y escribes un epitafio tan maravilloso como inútil. Y te vas por ahí, andando un rato sin cara. Y empuñando tu corazón, para ver si puedes hacerlo germinar la próxima luna. No sabes si podrás perdonarte. Ni si los ángeles de verdad son inmortales, y todo haya sido un mal sueño. Y si te lo volverás a encontrar.

noviembre 30, 2006

Eslabón tras eslabón. (Ideals are good)

Hoy un tipo al que considero ya un amigo, aun si su propia cerrazón le impide atribuir dicha etiqueta recíprocamente, se sentó conmigo a fumar un cigarrillo, en cierta banca, en cierto patio, y casi como si fuera esquivamente me hizo saber que ciertas personas me desprecian "a golpe de vista", aun y muy lejos de conocerme.

No me sorprendió. Siempre he sido un personaje con cara de enciclopedia. La gente suele acercárseme sólo para preguntar si me conoce de algún lado. Mi cara les suena conocida, desde siempre. A eso ya estoy acostumbrado.

Y también a que la gente me desprecie o me atesore. Todo a golpe de vista. Todo siempre bajo la tela del prejuicio o la intuición. Siempre extremo y siempre curioso y cuestionable.

Durante años, tan pocos que parecieran muchos, fui un ser arrogante y taciturno. Y sin exponer aquí las probables cuestiones educacionales o simplemente necias que me llevaron a esa postura, he de decir que acuñé pocas amistades, aun si buenas. Mucho me costaba tolerar cualquier cosa que rebasara mi postura ante la vida, o que fuese simplemente distinta, o que sencillamente me pareciera estúpida y desdeñable en tal o cual momento. Viví en mil cuevas y en mil caparazones. Me defendí de forma idiota de todo aquello que -idióticamente también- juzgaba categórico como algo no digno, propio, válido o meritorio de mi atención. Era tan joven como para saberlo todo. (Oscar Wilde dixit).

Y luego, cansado de mi autoreferencialidad y de mí mismo, cansado del personaje y de la persona, cansado del papel y del retrato, ocurrió tal terremoto en mí que, sin saber ni cómo, me encontré en una posición donde mi principal deber era el de hablar con cualquiera de cualquier cosa. Atender, agasajar, ser anfitrión y ser cómplice de todos. Acomodarse al discurso de todos. Ser vasija y no un chorro disparatado de cerveza. Ser receptivo en lugar de renegarlo todo.

Y bueno. Las lesbianas me han seguido odiando a pesar de mi aprendizaje. Dicen sentir una especie de "machismo" en mis formas sociales, y luego simplemente me ponen caras y me desprecian. Pocas son las que han llegado a conocerme, aunque poco también me importe. Es tan curioso que vean algo tan cavernícola en mí. Si yo soy tan cursi, tan quejica, tan frontal y tan sin tapujos. En fin.


Pocos pero muchos años después de esa obligatoria domesticación de mi arrogancia, mi vida es diametralmente distinta. He aprendido a tener "cuates". He aprendido a sonreír en lugar de despreciar activa y asertivamente. Y no es hipocresía, no. Sencillamente ya no pongo requisitos tan ridículos como antes. Escucho a quien me habla. Hablo con quien se deja escuchar. Cosecho, pues, lo mejor de cada intercambio: desde el más grandilocuente y existencial (que me puede encantar irremediablemente), hasta el más cotidiano y aparentemente insulso (que puede hacerme gozar aunque sea unas décimas de segundo). Ya no pongo a todo el mundo a prueba, con la arrogancia de quien cree tenerlo bien asido en la palma de la mano. No. Mejor sencillamente pruebo el mundo: a veces a mordidas, a veces a pellizcos, a veces con pequeños roces, a veces besando, a veces peleando, a veces follando, a veces sin ganas de nada. Pero vez con vez. Vez a vez. Voy y veo lo que otros ven, cada vez. Me voy, me van, me vanaglorio, me vuelco. Me dejo de escribir con "V". V. V de venganza. "V for vendetta".

Y eso, más que nunca, me satisface.


Pero hay ciertos días en los que, sin quererlo, me siento de vuelta en la cueva. Días en los que quizás abrazo a un buen amigo, pero que sé que no me entiende. Días de razón, de razón dilatada, exacerbada, ruidosa. Días en los que quiero explicar un punto relativamente claro y todo lo que recibo son murmullos o preguntas o pedazos de eso mismo que digo pero que operan como contradicciones en la mente de quien habla conmigo. Días en los que trato de poner una carta sobre la mesa, y el interlocutor sencillamente me interpela repitiendo pedazos de lo mismo.

Ejemplo:

- Sí, sí: es justamente lo que te digo. Los niños que nacen ahora, los adolescentes de hoy, viven y crecen y son educados bajo una tormenta de información que antes no existía. Se levantan de la cama, y a escasos metros tienen una computadora en la que teclean una pregunta, y obtienen una respuesta semicierta y semifalsa pero formal, y producto del imaginario colectivo. Eso no existía cuando éramos pequeños. Nosotros vivimos esa transición entre la era "lírica" y la era predigerida. Por eso es que nuestra generación aun conserva trazos de idealismo...un cierto apetito por decir, producir, generar; y no solamente consumir hasta el hartazgo. Y no es general, claro, porque hay excepciones de ambos lados. Pero sí me resulta notorio como es que "nosotros", aleatoriamente si se quiere, esos que crecimos en un mundo en el que la información nos era transmitida esencialmente por sujetos: los padres, los amigos, las enamoradas y los enamorados, las limitadísimas caricaturas televisivas, todavía tenemos un ápice idealista. Queremos creer y no sólo consumir aquello que creemos (y creamos). Y por eso es que, ahora que también, al igual que los más jóvenes y los más viejos, vivimos bajo esa tormenta de mensajes, muchos preferimos sentir que "usamos" las herramientas, y no al revés. La información no es una condena sino un paraguas, una sombrilla que nos alivia momentáneamente de la enajenación. Y no es el caso de muchos de los que crecen o han crecido en un mundo informático como el que hoy acontece. La información es, para ellos, un río revuelto que les significa. Distracción y antojo. Origen y destino.


A lo que se me responde:

- Pero yo también era un tipo carente de posturas y de apetitos y de intereses cuando tenía diecisiete años. Yo también sólo pensaba en follar, en la tele, en nada. Y los chicos de hoy, además de que son iguales, son también mucho más capaces, conocen más, se mueven mejor dentro del entorno virtual y computacional y cibernético.


Y, no sé, juro que no es arrogancia, pero me queda claro que mi punto no fue entendido. Como muchas veces:

Sería estúpido pretender que una generación es "mejor" o "peor" que otra. No estoy pretendiendo establecer un juicio de valor sobre algo que ni siquiera sería capaz de comprender porque sencillamente no lo vivo (aka la postura de vida de las nuevas generaciones). Porque sí, porque "la cultura no la ves, porque con ella ves". Pero hay muchos peros. El pero de la vida rupestre, desinformatizada, ligera, suave, feliz. El pero de la guerra fría, de las grandes posturas que ya no existen, de los grandes mitos y de los grandes hitos (Les Luthiers dixit). Y sobre todo, a manera personal, y asumiéndome como un empleado en una "Academia" que no pretende "vender" o "venderse", y además, como un sobreviviente de la era lírica y analógica de esta latinoamérica tan atrasada en términos de madurez social y política, yo sí abrazo mi deber de transmitir cierto apetito. Mismo que no veo en los cientos de adolescentes que atiendo mes con mes. Y que no es un apetito engullidor, si no más bien un hambre creativa.

No es un apetito por consumir, por engullir, por retacarse. Es más bien un ansia, una inquietud cuasigeneracional, y para mí, una encomienda personal y ética: decir en lugar de saturarse con el ruido del marketing y las mentiras. No vivir a partir de los mensajes de otros, sino crear uno medianamente propio. Producir en lugar de consumir. Inspirarse en lugar de idolatrar. Utilizar la tormenta informativa, en vez de ahogarse en ella. Decidir el rumbo de los próximos quince minutos, y que no sea el propio rumbo prefabricado quien decida. Ser. Ser libremente lo que se pueda ser. Ser sin destino manifiesto. Ser sin ataduras.

***

Y ya. Sé que quien haya llegado hasta aquí, hasta este punto de las palabras y las letras, se ha consecuentado a sí mismo, y se ha dado chance, cabida, permiso, y además ha tenido paciencia. Mucha paciencia. Pero esta es una verdad que me basta, y me ha bastado hoy. Y que me significa justo ahora. Y no es arrogancia, no, lo juro. Es sólo una firma y cínica humildad. La mía. Momento luminoso y bien atrapado, mariposa en la red, algo que no debe irse. Y que aquí está. Y que ya se está yendo. Se fue.

Pero me hace feliz el simple hecho de haberlo escrito. Porque en algún punto habré de recordármelo a mí mismo. O quizás a alguien le sirva también, y en algún instante le recuerde otra cosa.

Y si no, pues no.



Salud.


Pd. Solemnemente declaro clausurados los posts políticos en este blog. Para divagar en mis desquiciadas posturas en ese respecto, he inaugurado este otro blog, al que los invito cordialmente. Hecho está.

noviembre 29, 2006

A quien corresponda:

Anoche recibí un comentario que llevaba por autor un nombre deletreado "Rain".


Anoche, también, y según las estadísticas, alguien se tomó la molestia de mirar esta "mi vida" que "roza" desde sus albores hasta sus presentes. No sé quién es quién, ni si tal es cual. No importa tanto.


Lo que sí importa, sin embargo, es que el comentario parece haber desaparecido, o sencillamente me fue imposible encontrar el lugar donde fue sembrado. Borrón súbito, escondrijo salvaje, no lo sé.


Así que, por todo esto, debo decirle a quienquiera que lo haya escrito, o a quien demonios sea la personita que lo dejó, algo importantísimo:



Gracias.



Me has hecho sonreir, anónima y esquivamente.



Y gracias otra vez.


Y ya, que se hace tarde.


Se está haciendo tarde, mejor nos regresamos...

noviembre 28, 2006

Mutis

Un ratito de silencio, para recuperar el aliento.

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Todavía no se nombra al gabinete de "seguridad pública". Hasta entonces, nada de política.

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Me preparo, sin embargo, para algunas llegadas y otras salidas. Mi vida es, justo ahora, una especie de pantalla de aeropuerto, con algunos vuelos cancelados, otros por venir, y unos más que apenas van aterrizando. Estoy esperando después de las aduanas.

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Siempre he sido tremendamente impaciente y pasional. No se debe ser impaciente y pasional, y al mismo tiempo esperar que la gente comprenda tus bandazos anímicos. Lo bueno es que ya no espero ni me interesa que la gente me "comprenda", je. Ese interés lo perdí justo después de darme cuenta que el cliché de incomprendido me quedaba muy bien. Y luego abandoné ese cliché y abracé el cinismo con un cariño irracional.

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Como dijera una gran película: "The point is to remain in a state of constant departure, while always arriving". (El punto está en mantenerse en un estado de partida constante, pero siempre llegando)

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Y bueno, ya tengo departamento. Muy bonito, muy fresa, bien "nais". Para los interesados, pronto una atroz fiesta inaugural.

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Y luego de escribir toda esta serie de anécdotas insulsas y pensamientos volátiles, con las manos bien frías, pero cumpliendo un deber bloguero de lo más ñoño, me dispondré a beber un café, seguir con la rutina, esperar la hora del pago, escribir dos o tres bobadas (peores que esta, y por mucho) y continuar escuchando la misma música de todos los días.

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Ya sólo faltan unos días: Nos veremos en el monasterio. Todo saldrá como esperamos.

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Debe ser este solecito incipiente, no lo sé. Hoy me siento mejor que ayer. O las horas vuelo que llevo escuchando "When it falls" de Zero 7. Debo confesar esta proclividad light por esos muchachos. Me ponen de buenas.


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Qué barbaridad. He sido tan superficial como me lo he propuesto. ¿A veces es sano, no?

No puedo vivir todo el día conectado a la alta tensión.

noviembre 24, 2006

Manos limpias, culo sucio (I)

Albricias, mexicanos y mexicanas. El cambio finalmente ha llegado. Dejémonos del presidente Fox, y celebremos que "ahora sí" ya puede decir "todas las tonterías" que quiera. Finalmente se ha dado permiso a sí mismo, luego de vivir los últimos 6 años en penitencia por decirlas fuera de tiempo.

Albricias, albricias, compañeros y compañeras, niños y niñas. Un "nuevo" gabinetazo nos acompaña, y es hora de celebrarlo con bombo y platillo.

Frescos jóvenes emprendedores de capacidad más que demostrada han sido elegidos por nuestro sabio presidente erecto, Don FeliPito al Chico, para desempeñar las tareas de reinvindicación social y lucha contra la desigualdad, así como para mantener el boyante crecimiento económico que tiene a nuestro país en los primeros lugares del mundo.

Démosle una primera y rápida revisada al fragante y flagrante gabinetazo del Doctor Chaparrín:


Josefina Vázquez Mota
Secretaría de Educación Pública


Autora de libros tan profundos e interesantes como "Dios mío, hazme viuda", esta mujer con un talante intelectual insuperable, y con ideas tan frescas como las del programa "oportunidades" (muy eficaz programa populista -y de derecha- para comprar votos) ha sido encargada, ni más ni menos, que de la Secretaría de Educación Pública. La autora de tan suspicaz best-seller, ostentora de una retórica capaz de refutar a Goofy -y tal vez hasta a Pluto- será la encargada de guiar los destinos de los millones de víctima...quiero decir, estudiantes de los distintos sistemas de educación pública que mantiene nuestro escueto presupuesto. Ya muy cuatacha de la maestra Elba y con un perfil feminista como pocos (pues es feminista proyunque, antiaborto y antieducación sexual), ésta sabia mujer promete que si vázquez por la mota, la entenderás.


Don Luis Téllez
Secretaría de Comunicaciones y Transportes


Este flamante jovenzuelo, de brillante carrera en la administración pública durante los últimos, erm, 18 años, ha demostrado hacer de nuestra economía la pulsante maravilla que es hoy en día. Ahijadito de quien se deja, hoy ha recibido -de nuevo- la gran estafeta, misma que piensa engrasar con la misma salsa de habanero -receta que se pelean el ITAM, el CIDE y el FMI- y luego hacer lo propio con los traseros de 60 millones de mexicanos, que siguen sin ver las bonanzas de una "macroeconomía sana". Sonrían: nuestras reservas internacionales seguirán creciendo para que Don Luis y sus cuates puedan seguir haciendo usufructo de una moneda falsamente estable. Eso sí, nadie sabe cómo lo hará desde Comunicaciones y Transportes. Pero no importa: en todos lados hay lana, y más si en los últimos años se ha dedicado a ser consultor de aerolíneas y transportistas ávidos de hacerse una que otra carreterita que luego puedan revenderle al estado.


Don Francisco Ramírez Acuña
Secretaría de Gobernación


No, no es la cosa amorfa y vomitiva entuzada en el traje rojo. Es el de la hermosa corbatita verde y la mirada angelical. El grandioso Pancho, quien destapara a Fecalito en sus albores como precandidato a la presidencia, será el encargado de la sacrosanta y benemérita Secretaría de Gobernación e Intermediación Divina. Miembro del Yunque, fiel aliado de la ignorancia y la estupidez que caracteriza a sus compinches, amigo personal de doña Martita, temeroso de Dios y oprobioso y canino con sus gobernados, el ahora gobernador con licencia de Jalisco nos recetará más de la tolerancia y la diversidad que ya se vive en su estado. Don Felipe no es de derecha, no; Don Felipe no es ultra, no, no; Don Felipe no es de preocuparse: es moderno y eficiente. Por eso escogió a este fresco y lozano egresado de la capilla para el máximo cargo político de la nación, luego de la -ahora sillita- presidencial.


Don Agustín Carstens
Secretaría de Hacienda y Crédito Público



Aunque la foto que encontré curiosamente se llama "Carstens-small", puedo asegurarles que a nuestro próximo Secretario de Hacienda estuvieron a punto de darle dos y hasta tres secretarías de estado al mismo tiempo, pues se sabe que tiene los tamaños para ello.

Subdirector del Fondo Monetario Internacional, organismo filantrópico dedicado a mejorar el mundo y apoyar a las economías emergentes y subdesarrolladas con los mejores planes y las mejores tasas y los mejores esquemas económicos, como comprueban el África, Latinoamérica entera y los países más jodidos de Asia, este hombre tiene un corazón tan grande como su papada y tan amoroso como su adorable pancita. Le preocupas tú, y tú, y yo también y toooodos los niños pobres de México. Por eso se come toda nuestra comida antes de dejar que nos toquen esas feas migajas.

Y por ello, nuestro adorable Fecalito, el presidente del empleo, el mismo que llega al poder con un aumento inflacionario récord, cortesía de Fox y Francisco Gil, y con un conflicto oaxaqueño maravilloso, cortesía de Ulises, el PRI y la APPO, y con la leche y los energéticos por los cielos (ni qué decir de los tomates voladores y las cebollas suicidas), los ha escogido a todos para ti.

Por nuestro bien, los mejores hombres y las mejores mujeres. Todos juntos de la mano, por un México mejor.



Y bien, hasta aquí la primera entrega de "Manos Limpias, culo sucio". Sólo les adelanto la propuesta para nuevo emblema nacional, misma que sustituirá al "Águila Mocha" y que el equipo de Felipe ya tiene preparado para presentar el próximo lunes:


Salud!


ESTAMOS SUMIDOS MEXICANOS





Contigo fue posible...





noviembre 23, 2006

Connato de agradecimiento

Para F. y su invencible dulzura.


Aunque casi nunca lees este blog, voy a agradecerte en este lugar, otra vez, y a decirte lo increíblemente importante que eres para mí. Por si te lo encuentras. Por si me petateo y tienes que hacer válidos mis últimos deseos y voluntades, como ya te lo he pedido y a lo que sin miramientos has accedido encantadoramente. O por si te hace falta saber cuánto te quiero o cuánto me importas, o cuánto sin pedírtelo me salvas de mí mismo y de mis trepidantes descensos, espirales de tristeza, retornos a la oscuridad.

***

Hay gente que llega para permanecer. Hay gente con la que te tropiezas y se queda como piedra en un zapato. Hay gente que estalla como una supernova frente a tus ojos y te encandila con la potencia de una patada en los cojones (o similares) para luego desvanecerse tan pronto como la hinchazón. Hay otra gente que siempre pasa desapercibida, como una planta, una maceta en el rincón que nunca miras. Pero tú, curiosamente, no has pasado por ninguna de las etiquetas que arbitrariamente utilizo para desmenuzar lo que me rodea. Estás desde que estás y te quedarás ahí, mitificada y como un tótem de tranquilidad, una algarabía guardada en su cajita, y siempre dispuesta a salir y hacerme sentir mejor y ponerte a malbailar conmigo, y tomarte esos cinco vodkas con toda la tranquilidad que permite saber que cuando estamos juntos no hay peligro pues no hay expectativa. Somos amigos. Somos realmente amigos, hermanados por una fortaleza que no conozco en ninguna otra esquina de mis relaciones y de mi vida.

***

Y aunque por lo general mi ambigüedad casi siempre se viste con túnica categórica y afirma que entre seres como tú y yo no existe la posibilidad de una amistad así, tan tersa y llana y frontal y desnuda, la realidad es que esta amistad de ahora está tan desprovista de erotismo y de peligro y de falacias amorosas y de expectativas absurdas, que no puedo sino quitarme el sombrero y la capa, deponer las armas y hacerte una larga reverencia. Porque cuando toda aquella overtura y todo el primer movimiento (allegro ma non tropo) terminó, y entramos en ese largo intermezzo, y luego en ese entristecedor adagio, yo sencillamente no creí que pudiéramos tejer un vínculo tan bueno, tan nuevo, tan chingón y enriquecedor y generoso. Y te agradezco, otra vez.

***

Me despojas de la amargura, me afinas y me entonas. Me haces cantar la sopa, sin miramientos. Me encuentras los ojos cuando te los escondo. Me sabes abrazar sin ponerme nostálgico, me sabes pedir cuando tú misma te encuentras a rastras. Me respondes con dureza si me capturas en un momento de autoengaño, me aconsejas con una sabiduría tan simple. Eres simple donde soy complejo. Y compleja donde yo soy simple. Y aun así, no eres mía. No eres para mí. Y tampoco me importa, ya. Ese concierto de humo, adrenalina y falsedad, esa lucha egóica que la gente suele llamar "amor" no es lo que ocurre en este edificio. Ocurre algo cierto y permanente. Ocurre lo mejor de la vida. La pequeña verdad que sólo entre dos se comparte, sin que medien los deseos o las exigencias.

***

Amiga, hermana. Esto es para ti. No te extraño ahora, no te extraño siempre. Pero si existe una eternidad que no ocurra instante por instante, puedo decir que te extrañaré mientras ese curioso infinito absolutista se termine. Y volvamos a encontrarnos. O reposemos tranquilamente en la nada.


Categóricamente, salud.

noviembre 21, 2006

Frente frío número diecinueve

¿Y si me quito este frío tan raro, tan de adentro y tan de fuera, pegando un grito macabro que provoque que mis compañeros y subalternos corran prestos al teléfono y pidan urgentemente una camioneta blanca, con hombres de blanco, que me lleven a un pasillo con paredes blancas y me conecten a un cateter repleto de haldol, diacepan o alguna cosa que adormezca la tormenta de nieve en mis entrañas?

***

¿Y si mejor desconecto el teléfono de la oficina, y con el cable de gusanito me dedico a estrangular a la gente feliz que me rodee? ¿Y si no la encuentro por ningún lado?

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¿Y si se me quitan estas ganas de escribir todos los días, estas ganas de gritarle cosas al aire, estas ganas de entender que siempre me introducen en cascadas de ansiedad de las que luego no sale nadie? ¿Y si dejo de escribir todo esto?

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¿Y si mejor me compro un taxi, me afeito la cabeza, y busco alguien importante al que matar podría darle sentido a mi vida? ¿Una prostituta de 13 años a quien salvar? ¿Un candidato presidencial al cual machacar enfrente de todos sus lambiscones?

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¿Y si ya nada vuelve a ser igual, y si todos los días este frío me arrebata a escribir? ¿Y si el frío no se va, y si el parte metereológico se equivoca y nunca vuelve a salir el sol? ¿Me importaría? ¿Cambiaría en algo este frío que me tiene tan hirviente la cabeza?

***

Cerrar el editor. Publicar los gritos que no puedo dar frente a la maquinaria que me da de comer. Hacer como que no hay pedo y dar una o dos órdenes, terminar dos o tres documentos, salir a la calle, fría pero no tanto como yo, acudir a ningún lado. Perderme de vuelta en el sueño, y ahí, gozarlo todo, hacerlo todo, resucitar todas las veces. Luego despertar, y llegar a la oficina. Y encontrarme con el frentefríonúmeroveinte.

noviembre 20, 2006

Más de lo mismo...

"Sería maravilloso que esas mismas cláusulas o "normas de uso" que veo aquí a mi derecha las aplicasen a sus editorialistas. En México no hay instituciones ni tampoco institucionalidad. El creer en ellas es un absoluto desatino y el creer en su solidez, en su integridad y en su defensa de los intereses de México es todavía más risible. México es un país agujereado, desfalcado por una "derecha" que ni siquiera lo es. Son sencillamente intermediarios que ponen la cara mientras los delincuentes de cuello blanco siguen haciéndose de la riqueza de esta vastísima tierra. Una derecha sin principios y sin siquiera la eficacia económica que -por ejemplo- en España si tuvo el PP. Sin embargo, en lo que se parecen PAN y PP es en un indiscriminado uso de la manipulación y la mentira. Siguiendo la escuela Berlusconi, ahora tienen convencida a gran parte de la ignorantísima sociedad mexicana que López Obrador es un demonio cuando el demonio real es la pobreza, la desigualdad social y el estado de indefensión y estupidez en el que vive gran parte de la gente, sea del estrato social que sea (porque los ricos aquí, son tan ignorantes como los más pobres).

Así que coincido con gran parte de los comentarios aquí vertidos: El País, un diario que durante años he reconocido como punta de lanza periodística y ética, hoy está extrañamente volcado sobre un ataque que a leguas se siente muy desinformado, ya sobre López Obrador, ya sobre México o ya sobre la realidad de lo que aquí sucede.

Así que igualmente les hago extensiva mi respetuosa solicitud de cuidar más lo que se opina. Desde luego todos tienen derecho a la opinión y a la discrepancia. Pero no ve que otras noticias tengan el mismo peso gráfico en su página o que algún columnista o editorialista menos superficial haya hecho algún análisis de los motivos y las realidades de un país que no tiene esa "institucionalidad" ni vive esa "democracia" que ustedes tan retórica y ligeramente le atribuyen."



Respuesta a una editorial del periódico "El País", en el que salió publicado un artículo que más bien parece un refrito de la campaña de Calderón:

Entre sus maravillas, se rescatan:

1) Dice que la revolución mexicana ocurrió en 1920.
2) Dice que México es un "gran país" donde vivimos "en institucionalidad" y en "democracia". (Joder, que se den una vueltita por la provincia estos gilipollas, mecagondios)
3) Dice que "el aun presidente Vicente Fox y Calderón" (¿Cuándo comenzó Fox a ser presidente?) se han cansado "de hacer llamamientos" al loco de AMLO para restaurar la paz civil y social. (¿De cuándo a acá AMLO es el responsable de la inestabilidad social y de la pobreza que padece este puto país?) (¿De cuándo a acá un desafuero, una campaña sucia, espionaje y boicot comercial y un fraude hormiga son "llamamientos"?)
4) Lo que más patético resulta es que crean de verdad que México ha vivido jamás en un clima de paz y estabilidad social y que AMLO es quien lo ha trastocado. Definitivamente no conocen México, o son como el resto de lo clasemiederos urbanofílicos que lo único que conocen de México es la colonia del Valle, Santa Fe, la Ibero, Perisur y las noticias de López Dóriga y Alatorre. Joder: Para saber qué es México hay que darse una vuelta.


Sólo un periodista que escribe sobre verdaderas predigeridas (verdades Gerber, o Gerberdades, en mi argot personal) es peor que las Gerberdades mismas. Felicidades al periódico El País. Espero que sean tan indulgentes con Mariano Rajoy y José María Aznar, quienes acaban de ser pescados produciendo comerciales sobre inseguridad pero utilizando imágenes de Colombia y del propio período de gobierno del PP, como lo son con el PAN y los delincuentes de cuello blanco que van a seguir gobernando el país por los próximos seis años.


En fin. Por mí que se maten todos. A ver si los pobres ganan algo de ese río revuelto.

Por cierto, que disfruten el aumento a leche y energéticos. Es un encantador comienzo.



noviembre 19, 2006

Volviste (apariencias herbales a dos tiempos)

(Gracias, amor herbáceo y sin nombre,
por recordarme que soy un cazador de pétalos)




Nuestra reconciliación, amor mío, ha sido la mejor de todas. No sólo te amo más por el hecho de que jamás me heriste profundamente. No sólo te amo más porque mientras no estuviste, mi vida sólo fue haciéndose mejor y más complicada, y peor y más simple.

Seguro que no, amor mío. Porque tú nunca me demandaste nada ulterior a lo que era yo mismo. Y porque nunca de los nuncas te quejaste, y porque nunca de los nuncas me llamaste o me nombraste en tonos menores. Y porque casi nunca te quedaste en silencio.

Y es sólo por eso que hoy admito esta nueva y frontal reconciliación, amor. Admito que nunca dejé de amarte igual que admito cómo nunca dejaste de ser mía (y de todos tus amantes).

Preciosa, princesa, guapa y guapita y guapérrima: Contigo nunca llegué a dudar de nuestra calma. Contigo nunca se cuestionaron nuestras ganas. Contigo todo fue perfecto, bonita. Contigo no existió la rabia.

***

Yo sé que nos amamos durante ocho largos años memoriosos e irrepetibles. Yo sé que también tuve que abandonarte, sin confrontación y sin problemática verbal. Y sé lo mucho que te costó olvidarme, amor, porque sabías que te lo daba todo y sin rechistar. Todas mis poesías eran tuyas, siempre. Todas mis ganas te pertenecían: incluso hasta dejarme sin fuerzas ni motivos. Eras toda mi vida: ¿Cómo olvidarte?

Y cuando estabas lejos, ni siquiera lo estabas. Porque te olía por todas partes. Y te veía en cientos de ojos. Y te miraba pasar, de cuando en cuando. Y cada vez me convertía en el molesto recordatorio, en el eterno saludador: pidiéndote besos.

- Hola, amor. Te veo mejor que nunca. Bésame un poco para recordar que nunca debiera olvidarte.
***

Y lo mejor es que lo hacías, sin chistar. Porque a pesar de ser tan femenina, nunca fuiste dotada de habla. Y no hablabas, y no decías. Lo tuyo no era decir sino besarme de vuelta. Besos y besos implacables y reivindicatorios. Nunca palabras, pues no eran lo tuyo. Puro consuelo.

Y tampoco se me olvidan, no creas, esos 4 eternos años donde yo seguía llamándote al oído. Años en los que hubiera pagado para olvidar, mientras con una atroz frecuencia tú seguías reapareciendo: Estabas en el parque y en el concierto, estabas en el balón que rodaba sobre las islas de C.U. y en la conclusión que llegaba siete horas después, en casa del arquero, y sin aviso. Sobre la cancha de la irregularidad.

Y en todas partes te quedabas a dormir. Pues eras múltiple.

***

Ya luego te logré dejar a cachetadas. Y aunque no estuvieras ahí, podría jurar que tus mejillas se tiñeron de tal sombra que nunca me volviste a hacer un guiño, ni mucho menos, cualquier otra insuación. Desapareciste como un hambre aplacada por cien millones de tortillas: para siempre (aunque ese siempre fuera falso y automático). Dibujaste una muralla en lugar de un cordero en una caja, o un otro amuleto, o un montón de palabras. Y entonces, convertiste nuestro nunca en un retórico "nunca habremos de vernos las caras, otra vez". Y te fuiste de mi alrededor, y te perdiste entre otras muchas de mis ganas.

***

Y por eso la sorpresa, y la esperanza, y la humilde contemplación de tu belleza tan olvidada y tan distante, hasta ahora. Y por eso me callé cuanto también me callo. Cuanto te veo. Cuanto te veo y respiro una honda bocanada, feliz de tu regreso pero temblando en la nostalgia. Consciente de que estás y que eres eso, esto, eso: Algo que miro de vuelta, algo aguardado. Y algo que no veré siempre, y que por eso no me atrevería a definir de una sola forma o con un solo vocablo: Porque eso eres, y lo digo tan ligero como incapaz y anodadado...

***

"Amor: este pasar tuyo es sólo propio de cometas; impávido y tranquilo, consciente y redundando". Recostado sobre todo un siglo, eres un cometa que cruza siempre de los siempres, aunque siempre despertando. No infundes retrasohora, simple, y no hay tú si no hay ahora, y no hay pretextos ni hay deshoras. Pasas rozando solamente, y aun así, tranquilo me someto: Sin dudar de tu esqueleto y sus casonas. Sin poder quedarme quieto ni tampoco disolverme en el extenso mar de las personas.

***

Pasas, y te vuelvo a habitar; pasas y te beso. Pasas y me dejo besar y luego renuncio. Sucedes como siempre: sucedes aquí y ahora. No tienes palabras, ni sexo, ni conjuntos. No tienes cuerpo aunque seas nombre. No tienes tiempo mas sí minutos. No eres otra vez excusa. Ya no dependo de si estás junto.

Pero eres una planta...eres un yerba. Eres una hierba. Eres un proceso desmemoriado. No eres persona sin la metáfora. No eres consciente de ti: no eres ni embonas. Eres una droga. Eres una mentira. Eres una ilusión de grenetina.


Eres sólo la puta marihuana. La Puta Marihuana.

Nunca fuiste mi amante. Mucho menos persona.


Cuánto vil desperdiciado disparate...

***
***
***

Ocho años sin ella no fueron capaces de hacerme olvidar. Ni tampoco a ella se le olvidó mi nombre. He probado muchas, muchas drogas. Mentiría si mintiera: Éste es mi blog y soy capaz de decirlo. Como en la vida.

Y doña Juana, doña Cannabis Sativa (o Índica, tu otra prima), doña abanicos, doña Calma, ninguna de ellas, que son una y que son todas, pero ninguna ningunísima me maltrató ni me hizo falta.

He probado muchas drogas, sí, pero nunca he sido esclavo de ninguna.


Cuando más, me he enamorado. Y no he enamorado de las más enamoradizas (y ahí sigo un patrón muy similar que el que vivo con las mujeres). Pero entre plantas casi que sólo que me he enamorado, nomás, de Doña Calma: Mrs. Mary Jane.

Y (como con todas ellas) también he aprendido a dejarla ir.


Pero, apenas ahora (imagínate cuánto), sucede que se presentó.

Sin aviso. Flagrante y opulenta. Y tras largos años de falso y teatral desprecio mutuo.

Y cual si fuera una amante que se hubiera marchado sin ofensas, no tuve opción mas que la de saludarla -cada vez- y darle un beso -casi siempre-.

Y Doña Calma, doña Tetrohidrocanabinol, doña Pausa, ella y todas me recibieron sin angustia y sin reclamos. Y desde entonces no han hecho más que palmearme la espalda. Bellas e indulgentes. Y constantes, y resplandecientes.

***

Me han quedado claras muchas cosas desde que Doña Calma y sus mil caras me sorprendieron al revisitarme:



Reconfirmo que mis amigos lo son, y que me quieren, y que no me prueban con acertijos. Están y son más que nunca. Comprenden o asumen que lo hacen. Suceden conmigo a todo ritmo. No se espantan dos veces, ni tampoco ocultan a sus secuaces. Mis amigos son demonios y son ángeles. Y me lo permiten, y se lo permiten: mis amigos no son ideas, mis amigos no son casuales.

Y reconfirmo también, en este punto del tiempo, y más como una nota mental que como una notificación para los demás, que sí, que sí me tengo que ir. Que sí me voy. Que sí viajaré. Que sí me toca olvidar las ciudades que conozco y a todos sus enjambres. Que sí me tengo que olvidar de buscar el amor ahora mismo, y dedicarme mejor a sondear las olas y el mundo, a hacerme extrañar, y a probar, finalmente, si en el susodicho "mundo" resulta factible mi "visión del mundo".

Y con "probarlo" quiero decir "probarlo". No volver a la comodidad sólo un poco más sabio. Mutar. Hacerme real y palpable.


Así que, a menos que la vida me lo impida a chingadazos amorosos o violentos, la verdad es que me voy. Me voy de mí, me voy de aquí. "Me voy, me voy, no me quiero ir", pero me voy. No más absurdas carnadas. No más mentiras ni falsas esperanzas: si lo que quiero es dejar de llamar amor, dejar de vivir amor y dejar de doler amor a todo aquello que me importa si me pasa, sólo debo dejar de hacerlo.
Dejar de solicitar y dejar de poner. Nunca jamás quitar si quitar no se requiere. Irme de aquí, lejos de mí y mis espejismos. fuera del molde. Lejos de todo.


***

Por lo que debo ser honesto y decir:::




a quién corresponda:

Sé amar muy bien, y lo haría en todos los sentidos. Y sé odiar igualmente y sin control.

Pero me importas. Pero te quiero. Soy mi propia fiera doméstica, incluso contigo. Incluso tantito.


aunque debo también decirte que me voy. Y como todos, me voy sin que eso quiera decir que me voy de ti, o por ti, o por nadie. Me voy porque debo irme, florecer o marchitarme en otra atmósfera.

Debo irme porque me lo debo. Y porque al debérmelo a mí mismo se lo debe a cuantos ame. Irme es un acto de amor y de silencio.


Y no es que me defina gracias a nadie, y no es ni el amor ni ninguna única persona sea lo que me permite ser momentáneamente feliz o simplemente pleno. Pero cuando amo, amo. Cuando me estremezco, me estremezco. Cuando se me vuelcan las lágrimas, lloro. Cuando acaricio, acaricio. Cuando respeto, respeto. Cuando me encanto, me encantan. A pesar de la muerte. A pesar de mi próxima partida. A pesar de todo.

Y redundantemente diría: "Soy según amanezca o anochezca..."


***




Cuántas trampas las del verbo.




Salud.

noviembre 15, 2006

Mñsbs días...

Alternando con las comedias musicales, el camote (sin albur), RBD, las filas (cualquiera), José Feliciano y las salsas que no pican, despertarme ocupa un lugar fundamental entre las cosas que más abomino.

Durante el tiempo que llevo de vida, cada despertar ha sido un tormento. Cuando era niño, recuerdo la tortura que le significaba a los adultos a cargo el hacerme despertar, meterme a bañar, soportar mi cara de perro y mis quejidos que se alargaban durante lo que sentía como horas. Despertar y volverse a montar en el caballito de la operatividad en vigilia, olvidarse del sueño, descubrir y decepcionarse de que en realidad todo aquello que se había vivido durante las últimas horas no era más que una ilusión de la química cerebral y el inconsciente. Placer culposo que prefiere el ensueño a la vigilia.

Nunca he podido dormirme temprano, tampoco. Soy lo que en el vocabulario cliché se denomina noctámbulo, ser de noche, trasnochado (quizás de ahí me viene lo izquierdoso -so what-). Me gusta dormir hasta que sencillamente no puedo hacerlo. Es uno de mis mayores placeres: dormir. Soñar si se puede, pero dormir, callar esa porción de la mente que se dedica a la angustia, la logística de la vida, el desmenuce implacable y el juicio permanente. Carajo, durmiendo se entiende la gente.

Pero mi más reciente descubrimiento tiene que ver con el porqué de mi sufrimiento al despertar. Supongamos que despierto con cierto nivel aceptable de energía, abro los ojos, incluso me siento bien. Debajo de los edredones y sábanas y cobijas que mantienen una temperatura deliciosa y una suavidad perfecta para la posición horizontal, abro los ojos y me dispongo a ser productivo o funcional. Y entonces me ataca por un instante la angustia de salir y hacer algo con mi día, o ponerme a trabajar, o lo que sea. Es justo en el momento en el que me desentierro de colchas y sarapes, cuando mi temperatura corporal sufre una drástica caída y comienzo a sentirme mal. Me destemplo y me ataca el sueño de nuevo. Y ese ese frío, infernal porque ni frío es, el que muchas veces me ata otro rato a la cama. Es como nacer todos los pinches días.

Lo he intentado todo: bañarme casi inmediatamente para que el agua hirviendo haga las veces de cobijas, mientras el olor del shampoo te despierta o al menos te arranca de los brazos de la güeva. Pero resulta ser lo mismo, porque, al salir del vapor, nuevamente el frío, the chill, el pinche escalofrío de tener que aproximarse a la rutina, me vuelve a jalar hacia el sueño. Y no hay como dormir saliendo de bañarse.

Recuerdo, por ejemplo, cuando era adolescente. Aun peor era la tortura de despertarme y llegar a clase de 7 u 8, siempre tarde. Tocaban a mi puerta, ya para entonces cerrada desde dentro, hasta hacerla casi caer todas las mañanas. Y si tenía el mal tino de dejarla abierta, la técnica era atroz: una vez que medio abría el ojo, ya fuera mi madre o alguna de las arpías bajo contrato me arrancaban las cobijas de encima y se las llevaban lejos. Esa sensación de impotencia y congelación y encabronamiento inevitable me acababa por tundir a patadas y -a huevo- me despertaba y comenzaba mi operatividad nuevamente. ¡Nefastas, ojetes, malditas! Se llevaban mis cobijas y me dejaban tiritando con ganas de soñar otro ratito.

Así que, pinche círculo vicioso, la realidad es que detesto despertarme a la realidad (sic). Y sólo cuando algún anzuelo está por ahí, oscilando con su carnada, es cuando me levanto como un resorte y salgo a la calle, y no me importa el intervalo entre la cama y las ganas. Y aunque sea un espejismo, y aunque luego el anzuelo desaparezca, me siento menos mal de haber dejado mis pendientes oníricos bajo la almohada. Me lanzo como si no fuera una trampa. Como si al morder tal anzuelo no fuera a morir otro poquito. Y es que sólo ese motor, sólo ese espejismo constante con envoltorio de mujer, me permite preferir la vigilia y echarme la vida sobre la espalda.

Cada quien sus motivos.


Salud.