Sólo falta ponerse a pensar un segundo. Es más: incluso un poco menos. Centésimas relampagueantes sobre las alfombras del tiempo son las únicas invitadas obligatorias para poder bailar la danza de la sorpresa.
+++
¿Es la comprensión una truculenta asunción de debilidad o es acaso una extraña veneración de la fortaleza? ¿Se trata de una frontera notoriamente humana y patética o es, por el contrario, el mismísimo centro del gran círculo perfecto que nos conecta con los dioses? ¿Debiéramos claudicar nuestros vanísimos esfuerzos en pos del entendimiento o sencillamente seguir el camino paralelamente opuesto y entonces maravillarnos, sí, embelesarnos –pues- con lo mucho que nuestros ojos de hule sí son capaces de ver?
+++
Como cada tanto tiempo, me descubro despojado y carente de una buena respuesta a esas, las mismas interrogantes de siempre. Y es que, a pesar de ser capaz de reescribirlas y reinventarlas de una forma cada vez más precisa, o tal vez barroca, o quizás más tramposa y sofisticada, sigo siendo el mismo enano incapaz de responderse a sí mismo que siempre he sido. Soy un estéril esclavo de preguntas que se desenvuelven y se desdoblan en un vértigo asombroso, pero que acaban siempre imbéciles y paralíticas. Posadas como una mosca enjuta sobre las nalgas de un jamelgo que tan sólo agita la cola para luego mascar. Mascar y mascar y remascar una y otra vez la pastura idiota que lo redime del peligro.
+++
Porque el peligro se esconde detrás de cada palabra. El peligro está ahí, encaramado y al acecho, dispuesto a la yugular como ningunos otros dientes lo están en el centro de la vida. El peligro espera aquí y en todas partes, ubicuo y certero, adormilado a veces –sí- pero siempre –siempre- pertinaz. Pertinaz como una lluvia muda y sin torrentes que tan sólo espera y continúa esperando. Y que luego llueve odiosa y eficazmente sobre todo lo que toca. Llueve, sí, sobre todo lo que toca, y llueve rápido. Llueve tan pronto como escucha las palabras mágicas, las preguntas mágicas, el hechizo mismo. Y entonces yo me ahogo en los goteros del peligro. Y sucumbo al pánico. Y me vuelvo sobre mis pasos, derrotado. Incapaz. Sin ninguna otra respuesta que el sinfónico golpeteo que esa lluvia de terror transcribe en mí y en mi destino. Anonadado y algunas veces dichoso, caigo vil, vil presa. Y me devuelvo a mi cubil siempre bien dispuesto. Atolondrado de adjetivos nuevos y palabras frescas. Preguntas de cultivo para la próxima pesca. Carnadas que por un momento se creen respuestas pero que luego fallan. Fracasan y se suman –nuevamente- a las filas de la duda y de la ausencia. Y comienza el baile desde arriba. Y desde el primer compás se vuelve a tocar la pieza. Esta vez no es un vals. Hoy se trata de guitarras y violencia. Aquí vamos de nuevo…
+++
¿Cuántas veces llega el fin de la misma partitura, hasta que el loco se da cuenta? ¿Será que todo es un gran juego sin sentido? ¿Podrá dejarse de jugar sin estar muerto? ¿Habrá algún modo de escapar de esta gran rueda? ¿Podría alguien, tan sólo, alcanzarme la pijama y sentarse aquí, al lado mío, y reírse conmigo mientras la vida se revuelca?
+++
Ahora sé porque es que extraño haber sido un niño. Y porqué añoro los crayones, las hojas sueltas, el balón y a los amigos, las tardes o los días de niñas dóciles y sus faldas y sus trenzas. Ahora entiendo de ese amor y de esas piernas que no pedían nada. Ahora sé porqué anidarse en el presente valía tanto más que estar perdido en ser sólo uno, y uno nada más, y cómo es que eso me hace esclavo del futuro, del pasado y, por ende, del hacer siempre las cuentas. Uno más uno: Dos. Menos uno: Uno. Más nada.
+++
¿Y qué es lo que soy sin un hambre y una boca? ¿Y a dónde llego si no sé si voy o si me lleva la chingada? ¿Y dónde estoy si no es contigo, si no es conmigo, si no es el mar o no es su hermana marejada? Tengo frío.
+++
Y es que yo añoro abandonarme ante la duda. Añoro no querer saber de nada, y luego preguntármelo todo. Y es que añoro no respuestas, sólo cánticos y calma. Una espalda, una frente, unas horas de zozobra sin preguntas, un tiempo de mordidas que no requieran diccionarios ni mapas ni apellidos ni dentelladas ni designios.
+++
Quiero, como diría John Laroche en la boca de Chris Cooper, en las letras de Charlie Kaufmann, en la mano mágica de Spike Jonze, estar tranquilamente y deambulando por la vida, y sorprenderme con la orilla de la carretera, donde estás tú, y tu mirada, y tu pulgar levantado esperando al asesino del camino, el viejo rider on the storm, y poder mirarte a los ojos y decir, simplemente: Eres tú. Y que digas: Soy yo. Y tú también eres tú. Y que luego nomás somos.
+++
- Si te esfuerzas sólo un poquito, puedes sentir como que el viento te rompe.
- ¿De verdad?
- Te lo juro. Mírame. Me estoy rompiendo.
- Llévame contigo. Rompámonos.
- Te llevo. Pero sólo si cierras los ojos.
+++
Y cuando los ojos se cierran, habémonos todos rotos. Rotos, descuartizados, desparramados sobre el camino. Pero siempre –siempre- en paz.
La linea que separa a un valiente de un cobarde está trazada con cinismo.
julio 02, 2007
junio 18, 2007
México avanza en su nivel educativo...
http://www.eluniversal.com.mx/notas/431875.html
Es importantísimo que nuestros niños y niñas aprendan a darle dinero a las grandes corporaciones, y sepan que -en caso de que elijan no hacerlo- les van a pasar una aplanadora por encima. Una escena que estos pequeños censores en potencia no olvidarán.
Fundamental. Imprescindible. Genial.
Yo creo que ahora sí salimos del tercer mundo. Sólo falta que nos enseñen a qué tanto mejor es la Coca Cola que el agua y porque hay que creer en el capital por sobre todas las cosas. Pronto nos enseñarán cómo hacer un buen pase filtrado en los linderos del área, cómo picar el algodón y cómo servir un buen hot-dog en las primarias. Será lo más práctico de nuestro sistema educativo, orientado hacia el servilismo, la mediocridad y la creación de más y mejores ignorantes.
Hay días en que el mundo es deprimente. Y cuando el mundo es deprimente, México lo es todavía más.
¿Pero qué clase de mente perversa y retorcida lleva a los niños a ver aplanadoras gigantes destrozando películas porno, discos de luis miguel y llaveros del PAN -made in rancho San Cristobal-?
Un vistazo a la carrera política de este "Robin Hood" de las aplanadoras, las disqueras y los chocolates Ferrero-Rocher:
Germán de la Garza
Partido:
PAN
Uff, tenía que ser. Juro que no lo sabía antes de empezar a escribir esto.
EDAD:
49 años
Si cuando llegas a los 50 años tu única diversión es arruinarle la diversión a los demás, definitivamente has fracasado en la vida.
ESTADO CIVIL:
Casado
ESCOLARIDAD:
Licenciado en Medicina Veterinaria Zootecnista por la UNAM
Un verdadero político de carrera. Sabe tratar con animales y seguro que conoce como opera un buen chiquero de puercos.
TRAYECTORIA:
Director de abastecimientos de la Secretaría de Salud. Director de Administración en la delegación Benito Juárez y director corporativo de adquisiciones en Fertilizantes Mexicanos
Lo cual confirma mi teoría. Burócrata de la Secretaría de Salud y director de compras de Fertilizantes Mexicanos. Lo más seguro es que este señor se ha dedicado a comprar mierda y a limpiar jaulas apestosas gran parte de su vida. Me retracto, este tipo debería ser el presidente de México. Sus años de experiencia entre perros rabiosos, enfermeras jetonas, y costales de caca de todos los colores, tamaños y sabores, lo comprueban.
P.D.
Para "Rafita" y sus comentarios ardillas en cada uno de mis posts desde hace seis meses: Ya desclávate hombre, ¿qué no te das cuenta de que me importas un bledo? Disfruta el sol de california y deja la envidia atrás.
Es importantísimo que nuestros niños y niñas aprendan a darle dinero a las grandes corporaciones, y sepan que -en caso de que elijan no hacerlo- les van a pasar una aplanadora por encima. Una escena que estos pequeños censores en potencia no olvidarán.
Fundamental. Imprescindible. Genial.
Yo creo que ahora sí salimos del tercer mundo. Sólo falta que nos enseñen a qué tanto mejor es la Coca Cola que el agua y porque hay que creer en el capital por sobre todas las cosas. Pronto nos enseñarán cómo hacer un buen pase filtrado en los linderos del área, cómo picar el algodón y cómo servir un buen hot-dog en las primarias. Será lo más práctico de nuestro sistema educativo, orientado hacia el servilismo, la mediocridad y la creación de más y mejores ignorantes.
Hay días en que el mundo es deprimente. Y cuando el mundo es deprimente, México lo es todavía más.
¿Pero qué clase de mente perversa y retorcida lleva a los niños a ver aplanadoras gigantes destrozando películas porno, discos de luis miguel y llaveros del PAN -made in rancho San Cristobal-?
Un vistazo a la carrera política de este "Robin Hood" de las aplanadoras, las disqueras y los chocolates Ferrero-Rocher:
Germán de la Garza
Partido:
PAN
Uff, tenía que ser. Juro que no lo sabía antes de empezar a escribir esto.
EDAD:
49 años
Si cuando llegas a los 50 años tu única diversión es arruinarle la diversión a los demás, definitivamente has fracasado en la vida.
ESTADO CIVIL:
Casado
ESCOLARIDAD:
Licenciado en Medicina Veterinaria Zootecnista por la UNAM
Un verdadero político de carrera. Sabe tratar con animales y seguro que conoce como opera un buen chiquero de puercos.
TRAYECTORIA:
Director de abastecimientos de la Secretaría de Salud. Director de Administración en la delegación Benito Juárez y director corporativo de adquisiciones en Fertilizantes Mexicanos
Lo cual confirma mi teoría. Burócrata de la Secretaría de Salud y director de compras de Fertilizantes Mexicanos. Lo más seguro es que este señor se ha dedicado a comprar mierda y a limpiar jaulas apestosas gran parte de su vida. Me retracto, este tipo debería ser el presidente de México. Sus años de experiencia entre perros rabiosos, enfermeras jetonas, y costales de caca de todos los colores, tamaños y sabores, lo comprueban.
P.D.
Para "Rafita" y sus comentarios ardillas en cada uno de mis posts desde hace seis meses: Ya desclávate hombre, ¿qué no te das cuenta de que me importas un bledo? Disfruta el sol de california y deja la envidia atrás.
junio 07, 2007
Palomar mirando el mar...(el océano mar).
Feliz cumpleaños, gemas geminoides.
El juego del amor es la cosa más rara del mundo. Es, primero que nada, una palabra. Y es una palabra de las más putas a la redonda. Ya me lo dije a mí mismo hace cierto tiempo. (y ahora que lo reveo, me parece curioso haberle llamado "versos del recuerdo". Quizás por su poder recordatorio). Pero antes de eso también me lo dije, también lo sabía. El amor es una palabra puta, puta palabra al fin y al cabo. Pero lo importante es lo otro. Cómo la vivimos. Cómo la vivo. Cómo la perdono y la recibo nuevamente en el reino de mi vocabulario, a sabiendas de su prestanza inmoral y deliciosa, y cómo una vez más la colmo de adjetivos (joyas y regalos para la meretriz), y cómo eso termina por importarme un pito. Y cómo vuelvo a empezar: El amor, el juego del amor, o el juego del juego del amor, o el jugar el juego, lo que sea, es -entonces- la cosa más rara del mundo.
**
Y es más rara aún cuando sabes que juegas y que es rara. Cuando sabes que no es un "amor" como el que pronunciaría una colegiala excitable y conformista. Cuando sabes que cada vez sabes menos de aquello que se esconde en el disfraz de la palabra-meretriz, y más de los aullidos que te provoca verla bailar frente a tu sapiencia y tu supuesta agudeza mental. Es más rara cuanto más la piensas y -por ende- menos la sujetas. Es más cosa que amor. Es más raro que todo lo demás. Pero ES. A pesar tuyo. A pesar del itinerario y de todas las cosas que en el cuello le cuelgas. Esperanzas, albedríos, futuros que nunca se alcanzan, orgullos mustios, racionales alabanzas. Es, tan sólo. Es, tan solo. Ya si culpas al frankenstein lingüístico o te dejas aturdir por el frenesí, no importa. El amor, nuevamente, es la cosa más rara del mundo. Y existe muy a pesar de si lo nombras.
***
A veces se hacen cálculos y mediciones muy prolijas. A veces se construyen molinos de viento y otras metáforas que no pretenden otra cosa que enjaularle. Otros días cae como un rayo y te revienta las entrañas como un veneno infalible y puntiagudo. Unos más te decepciona y le exilias con todas las fuerzas que te imprime la rutina hasta el punto que -casi- no lo piensas. Pero como buen fénix, como buen círculo, como buen sinsentido, como buen manantial, siempre, léase: Siempre, resurge. Unos días como callo o como costra. Otros días como la mirada indulgente de todos tus amigos. Ciertas noches como piel de un torbellino. Otras más como una puta. Como una puta palabra. Como una meretriz que gobierna y decide sobre todo el sinsentido. Y entonces te arrodillas, nuevamente. Te arrodillas frente a la Magdalena, frente al mare magnum, frente al apocalípsis, frente a su implacable ruido. Y concedes. Y le llamas la cosa más rara del mundo. Y prosigues bajo esa gigantesca sombra, andando a pequeños pasos: turbio, terco, vivo o muerto pero feliz. Feliz de ser falaz y andar rumbo a la muerte junto al amor, hacia el amor pero bien coludido.
**
Hoy, creo, es el cumpleaños de dos grandes amores que no estan aquí conmigo. Y si no, es en unos días, pero es ahora o es pronto. Es ya porque ya lo siento y ya me tomé el tiempo de creerlo en esta noche de hartazgos tranquilos remojados en vino. Son apenas las 3 y todavía no hay nada que me nuble suficientemente la cabeza como para no pensar en el amor -el juego o la cosa más rara(o) del mundo- o que simplemente me quite las ganas de querer abrazar a estos personajes y arrancarles -al mismo tiempo y de una vez por todas- ese asqueroso frío que los petrifica a cada rato, y que los mantiene siempre en esa asfixia complaciente que resulta ser de sí mismos su propio hastío.
***
No me importa. Esta noche les añoro. Una es una orquídea apanicada y burbujeante, una flor que no encuentra jardín ni otra aldea meritoria en donde reposar su pánico para explotar en paz y recoger luego sus propios sonidos. El otro es un hermano grande, un esclavo del nombre Héctor y de la beligerancia que implícita contiene el llamarse como se llama un gran guerrero que nunca deja de ser niño. Esclavo, como todos. Esclavos ambos, como todo. Ya del amor-palabra o del amor-meretriz. Ya de la circunstancia y ya también de "las" circunstancias. Vástagos ardientes de las ganas de escapar a donde sea, pero también -ay paradoja (sí, la hay)- de la cárcel del temor a no ser la historieta o la cantata épica que uno cree pero no cree VER en sí mismo. Pero basta de descripción y narrativa. Basta de amuletos en el cuello de la gran meretriz. Basta de adjetivos y de biblias que no alcanzan a ser libro. Yo nomás quisiera verlos, aquí mismo, junto conmigo. Verlos y abrazarlos como se abraza algo vivo. Como se quiere al amor, a la gran puta, la gran sombra. La noche que junto a sí trae anclados a todos mis amigos. Esta noche. Todas.
***
El amor, no, el amor no. El "juego del amor" (sí, eso sí) es la cosa más rara del mundo. No me alcanzarían los párrafos ni las horas para seguirlo desdoblando hasta que uno de los dos perdiese el sentido. (Y claro, ya sabemos quién cae siempre primero.) Pero el amor, no, el juego del amor sigue desubicándome y haciéndome -a la vez- más fuerte. Cada vez creo menos en los mapas y más en la ceguera del que no tiene camino. Cada vez me seduce más, por ejemplo, el deseo de decirle a una mujer muralla un centenar de palabras que son dardos y dardos de caricias pero que al final no le digo. Cada vez me convence más que el amor que yo concibo es una puta herrumbrosa a la que nadie le hará el mismo caso que el que yo le preciso, y sin embargo, y esto como un GRAN "sin embargo", sé que algunas de esas mujeres muralla lo alcanzan a ver todo aunque se callen redonditas y hasta el ombligo. Y me deleita, y me aromatiza la existencia, y me retuerce de placer leerlas o escucharlas diciendo un simple "hola" que saluda mi terror y mi desesperanza como la gran caricia que realmente es. Un buen "hola" puede terminar siéndolo todo. Un buen "hola" luego de alguno de mis arrebatos de cordura honesta y cínica, o de algunos versos sin trampa ni motivo, vale más que los cientocincuenta (mil) besos bajo cero que en alguna boca todos hemos dispendiado a lo pendejo y sin sentido. Un "hola". Algunos "holas". Ciertas olas. Olas que no son nunca la misma ola. Ni el mismo "hola". Porque todos somos boyas y no faros (y aunque todos andemos chupándolos) -sic muy chilango e iluminador-
Si te encuentro, no te dejaré. Si ya estás aquí, quédate. Si no piensas venir, tan sólo avisa. Porque nadie sabe a dónde conduce la próxima ola. O el próximo "hola". Y por eso, el mar es el mar. El océano mar.
***
Así que
-Hola. Hola ola. ¿A dónde me llevas esta noche? ¿Ahí? ¿A ese cruce de caminos?-
(dubitativo)
-Hmmm, vale. Vale, ola. Hola. Vámonos ya. Vámonos que se está haciendo tarde...
-¿Ola? ¿Sabes qué? Mejor nos regresamos.-
***
¿A dónde?
mayo 29, 2007
Sana y decente respuesta al "meme" de un muy apreciado librepensador...
Héctor (o quizás Julián), léase un mamón probablemente más mamón que yo, o probablemente menos -no importa- me ha mandado un "meme". Y -parafraseándolo- un meme es " una unidad de transmisión de información cultural" que mejor es respetable y no prescindible. Y nomás por eso -o sea, así nomás-, heme aquí respondiéndola en lugar de despreciándola. Y vaya pues.
El "meme" en cuestión consiste en reproducir -originalmente- la página número 123 del último libro que se haya leído. Convenientemente, Héctor (o Julián, como se prefiera), ha decidido que no debe tratarse de la 123, sino de cualquier otra página que a uno le resulte reproducible. Es decir, "a reproducir se ha dicho". Por el bien del meme.
Salud.
El libro es "Leviatán", de Paul Auster. El párrafo habla de mi envidia. De mis ganas. De lo mucho que quisiera crear sin editar.
Y nada más.
Ahí está tu meme, Librepensador.
Salud entonces.
"Siempre me asombraba la rapidez con que trabajaba, su habilidad para pergeñar artículos bajo la presión de las fechas fijas, de producir tanto sin agotarse. Para Sachs no era nada escribir diez o doce páginas de una sentada, empezar y terminar todo un artículo sin levantarse ni una sola vez se la máquina. El trabajo era para él como una competición atlética, una carrera de resistencia entre su cuerpo y su mente, pero puesto que podía abatirse sobre sus pensamientos con tal concentración, pensar con tal unanimidad de propósito, las palabras siempre parecían estar a su disposición, como si hubiese encontrado un pasadizo secreto que fuera directamente de su cabeza a la yema de sus dedos. "Escribir a máquina por dinero", lo llamaba a veces, pero eso era solamente porque no podía resistir la tentación de burlarse de sí mismo. Su trabajo nunca era menos que bueno, en mi opinión, y con mucha frecuencia era brillante. Cuanto más le conocía, más me impresionaba su productividad. Yo siempre he sido lento: una persona que se angustia y lucha con cada frase, e incluso en mis mejores días, no hago más que avanzar centímetro a centímetro, arrastrándome sobre el vientre como un hombre perdido en el desierto. La palabra más corta está rodeada de kilómetros de silencio para mí, y hasta cuando consigo poner esa palabra en la página, me parece que está allí como un espejismo, una partícula de duda que brilla en la arena. El idioma nunca ha sido accesible para mí de la misma forma que lo era para Sachs. Estoy separado de mis propios pensamientos por un muro, atrapado en una tierra de nadie entre el sentimiento y su articulación, y por mucho que trate de expersarme, raras veces logro algo más que un confuso tartamudeo. Sachs nunca tuvo ninguna de estas dificultades. Las palabras y las cosas se emparejaban para él, mientras que para mí se separaban contínuamente, volaban en cien direcciones diferentes.
Yo paso la mayor parte de mi tiempo recogiendo los pedazos y pegándolos, pero Sachs nunca tenía que ir dando traspiés, buscando en los vertederos y en los cubos de basura, preguntándose si no había colocado juntos los pedazos equivocados. Sus incertidumbres eran de un orden diferente.
Pero por muy dura que la vida se volviese para él en otro sentido, las palabras nunca fueron su problema. El acto de escribir estaba notablemente libre de dolor para él, y cuando trabajaba bien, podía escribir las palabras en la página a la misma velocidad que podía decirlas. Era un curioso talento, y como el propio Sachs apenas era consciente de él, parecía vivir en un estado de perfecta inocencia. Casi como un niño, pensaba yo a veces. Como un niño prodigio jugando con sus juguetes.
El "meme" en cuestión consiste en reproducir -originalmente- la página número 123 del último libro que se haya leído. Convenientemente, Héctor (o Julián, como se prefiera), ha decidido que no debe tratarse de la 123, sino de cualquier otra página que a uno le resulte reproducible. Es decir, "a reproducir se ha dicho". Por el bien del meme.
Salud.
El libro es "Leviatán", de Paul Auster. El párrafo habla de mi envidia. De mis ganas. De lo mucho que quisiera crear sin editar.
Y nada más.
Ahí está tu meme, Librepensador.
Salud entonces.
"Siempre me asombraba la rapidez con que trabajaba, su habilidad para pergeñar artículos bajo la presión de las fechas fijas, de producir tanto sin agotarse. Para Sachs no era nada escribir diez o doce páginas de una sentada, empezar y terminar todo un artículo sin levantarse ni una sola vez se la máquina. El trabajo era para él como una competición atlética, una carrera de resistencia entre su cuerpo y su mente, pero puesto que podía abatirse sobre sus pensamientos con tal concentración, pensar con tal unanimidad de propósito, las palabras siempre parecían estar a su disposición, como si hubiese encontrado un pasadizo secreto que fuera directamente de su cabeza a la yema de sus dedos. "Escribir a máquina por dinero", lo llamaba a veces, pero eso era solamente porque no podía resistir la tentación de burlarse de sí mismo. Su trabajo nunca era menos que bueno, en mi opinión, y con mucha frecuencia era brillante. Cuanto más le conocía, más me impresionaba su productividad. Yo siempre he sido lento: una persona que se angustia y lucha con cada frase, e incluso en mis mejores días, no hago más que avanzar centímetro a centímetro, arrastrándome sobre el vientre como un hombre perdido en el desierto. La palabra más corta está rodeada de kilómetros de silencio para mí, y hasta cuando consigo poner esa palabra en la página, me parece que está allí como un espejismo, una partícula de duda que brilla en la arena. El idioma nunca ha sido accesible para mí de la misma forma que lo era para Sachs. Estoy separado de mis propios pensamientos por un muro, atrapado en una tierra de nadie entre el sentimiento y su articulación, y por mucho que trate de expersarme, raras veces logro algo más que un confuso tartamudeo. Sachs nunca tuvo ninguna de estas dificultades. Las palabras y las cosas se emparejaban para él, mientras que para mí se separaban contínuamente, volaban en cien direcciones diferentes.
Yo paso la mayor parte de mi tiempo recogiendo los pedazos y pegándolos, pero Sachs nunca tenía que ir dando traspiés, buscando en los vertederos y en los cubos de basura, preguntándose si no había colocado juntos los pedazos equivocados. Sus incertidumbres eran de un orden diferente.
Pero por muy dura que la vida se volviese para él en otro sentido, las palabras nunca fueron su problema. El acto de escribir estaba notablemente libre de dolor para él, y cuando trabajaba bien, podía escribir las palabras en la página a la misma velocidad que podía decirlas. Era un curioso talento, y como el propio Sachs apenas era consciente de él, parecía vivir en un estado de perfecta inocencia. Casi como un niño, pensaba yo a veces. Como un niño prodigio jugando con sus juguetes.
mayo 26, 2007
Mujer Talismán
Hay una mujer que es un talismán. Un nido de coincidencias. Un centro del remolino. Una mujer que trae consigo un poder casi cósmico, una mujer con la que me han ocurrido las cosas más extrañas e improbables de la vida. Una duquesa de Morphy. Una mujer didáctica y con quien reirse y gozar de un buen whisky, una tarde, una noche, una vez al año, puede ser una experiencia mortal, flamígera, orgásmica, pero siempre -siempre- memorable.
Y siempre una vez al año. O de otro modo se pierde la magia.
No puedo verla mucho tiempo. Es una mujer que concede un número limitado de deseos, por lo que vale mucho la pena pedirlos con toda calma. Gozando hasta el límite de lo posible, reviviendo viejos cuentos que siempre -siempre- suenan como nuevos. O tomándola del brazo por la calle y caminando por la ciudad para inaugurar con su mirada docenas de nuevos tugurios y lugares improbables en cada barrio, a toda hora. Volviendo locos a los meseros, a los barmans, a las mujeres recelosas, a los hombres hambrientos, a las rockolas, las pistas de baile y los caballitos de tequila. A la mujer talismán el pavimento le hace reverencias, la oscuridad la reconoce como ama y señora, los vinos y los manjares -caros o baratos- la orbitan, la circundan, nos circundan. Una vez al año hacemos rugir a las calles. Porque sabemos -muy bien- que cuando estamos juntos se desatan fuerzas extrañas y las coincidencias comienzan a sucederse misteriosamente. Por eso siempre es un ratito, nada más. Antes de que lluevan meteoritos.
Mujer talismán siempre llega a torcerme el mundo, unas cuantas semanas al año. Y desde que se marchó, desde que dejó de ser mía (aunque creo que nunca lo fue, y que esa sensación de pertenencia siempre fue más una deliciosa ilusión que un vínculo convencional y aburrido), ha repetido sus visitas con una religiosidad refrescante. Porque es suave y dura, como nuestra historia. Pero nunca, nunca nos exigimos nada. Todo es siempre dar. Y ahora, como cada vez, cada año, vino a hacerme añicos la cordura y el aburrimiento. A hacerme recordar por qué y cuánto quiero a quienes quiero. A escaparse conmigo, darle una vuelta a nuestro mundo y encelar a quienes se dejen encelar, pues son muchas las horas que pasamos juntos y que nadie entiende. Nadie nos entiende. Y no importa: Tenemos un mundo propio.
Un mundo para dos. Un mundo de mucha suerte. Un mundo que me visita una vez al año.
Y que trae puesta encima la mirada filosa de una mujer talismán. Esta mirada. Y no diré más
Y siempre una vez al año. O de otro modo se pierde la magia.
No puedo verla mucho tiempo. Es una mujer que concede un número limitado de deseos, por lo que vale mucho la pena pedirlos con toda calma. Gozando hasta el límite de lo posible, reviviendo viejos cuentos que siempre -siempre- suenan como nuevos. O tomándola del brazo por la calle y caminando por la ciudad para inaugurar con su mirada docenas de nuevos tugurios y lugares improbables en cada barrio, a toda hora. Volviendo locos a los meseros, a los barmans, a las mujeres recelosas, a los hombres hambrientos, a las rockolas, las pistas de baile y los caballitos de tequila. A la mujer talismán el pavimento le hace reverencias, la oscuridad la reconoce como ama y señora, los vinos y los manjares -caros o baratos- la orbitan, la circundan, nos circundan. Una vez al año hacemos rugir a las calles. Porque sabemos -muy bien- que cuando estamos juntos se desatan fuerzas extrañas y las coincidencias comienzan a sucederse misteriosamente. Por eso siempre es un ratito, nada más. Antes de que lluevan meteoritos.
Mujer talismán siempre llega a torcerme el mundo, unas cuantas semanas al año. Y desde que se marchó, desde que dejó de ser mía (aunque creo que nunca lo fue, y que esa sensación de pertenencia siempre fue más una deliciosa ilusión que un vínculo convencional y aburrido), ha repetido sus visitas con una religiosidad refrescante. Porque es suave y dura, como nuestra historia. Pero nunca, nunca nos exigimos nada. Todo es siempre dar. Y ahora, como cada vez, cada año, vino a hacerme añicos la cordura y el aburrimiento. A hacerme recordar por qué y cuánto quiero a quienes quiero. A escaparse conmigo, darle una vuelta a nuestro mundo y encelar a quienes se dejen encelar, pues son muchas las horas que pasamos juntos y que nadie entiende. Nadie nos entiende. Y no importa: Tenemos un mundo propio.
Un mundo para dos. Un mundo de mucha suerte. Un mundo que me visita una vez al año.
Y que trae puesta encima la mirada filosa de una mujer talismán. Esta mirada. Y no diré más
mayo 24, 2007
Vergüenza bloguera.
Sí. Cada vez me comporto peor. Actualizando una vez al mes. Dejando en el olvido mis recuerdos. Debo disculparme con quienes leen este espacio religiosamente. Sé que lo hacen y que -a pesar de mis ausencias- lo han seguido haciendo. Con ustedes siento un poco de vergüenza, a pesar de que prefiero no escribir nada, a llenar la pantalla de tonterías que no tienen pies ni cabeza (como hoy).
La realidad es que he estado abrumado por otras cosas. Unos ojos por allí, unas letras por allá, un trabajo nuevo e interesante, una búsqueda de roommate, dos libros y un guión que caminan cada vez mejor, una separación, un trueque, un poco de jazz, un poco de alcohol. Vida. Vida real pero que -curiosamente- no me ha provisto muchas ganas de escribir sandeces. Pocas historias nuevas que se puedan contar en este blog. Pocas noches en las que haya llegado a casa con la imperiosa necesidad de escribir algunas líneas por aquí.
Así que me da un poco de vergüenza, pero no me arrepiento. Ya vendrán días en los que no pueda dejar de escribir en este sitio y las cosas regresen a su orden normal. Mientras tanto, baste una disculpa, un abrazo público a las princesas sin cuento, un grito salvaje a los cuentos sin princesas y la promesa de que ya prontito, con más dinero y menos obstáculos, estaré de vuelta por aquí.
Salud.
La realidad es que he estado abrumado por otras cosas. Unos ojos por allí, unas letras por allá, un trabajo nuevo e interesante, una búsqueda de roommate, dos libros y un guión que caminan cada vez mejor, una separación, un trueque, un poco de jazz, un poco de alcohol. Vida. Vida real pero que -curiosamente- no me ha provisto muchas ganas de escribir sandeces. Pocas historias nuevas que se puedan contar en este blog. Pocas noches en las que haya llegado a casa con la imperiosa necesidad de escribir algunas líneas por aquí.
Así que me da un poco de vergüenza, pero no me arrepiento. Ya vendrán días en los que no pueda dejar de escribir en este sitio y las cosas regresen a su orden normal. Mientras tanto, baste una disculpa, un abrazo público a las princesas sin cuento, un grito salvaje a los cuentos sin princesas y la promesa de que ya prontito, con más dinero y menos obstáculos, estaré de vuelta por aquí.
Salud.
abril 26, 2007
Mi mayeutica chilanga (sin acentos cortesia de Apple Computers, Inc.)
Antenoche escribia una de estas descripciones que ciertos sitios de internet te piden para definir tu "perfil". Y no hay mayor reto que ese para un desquiciado como yo: Definir, con limitacion de caracteres, lo que pienso acerca de mi mismo. Y no nada mas: definir tambien, que tanto de todo eso quiero prefiero decir a los "demas", todos visiantes de un sitio bobo y harto exitoso en donde nadie pone realmente atencion a otra cosa que las caras y los cuerpos que le rebotan hasta los ojos, de entrada.
Si, es mi culpa por siquiera estar ahi. Yo me lo busque, podria decirse, por andar pendejeando en semejante plataforma tecnologica entregada a la estupidizacion mas insulsa del deseo y la seduccion. No tengo derecho a quejarme, no solo del sitio mismo, sino de mi asuncion de ese supuesto "deber" de llenar una forma electronica en la que resumo quien demonios soy y cuantas bobadas soy capaz de decir. Tomo ese infalible argumento como un "hombre" (en el sentido humano) y no me regodeare en las circunstancias atenuantes que conciernen a la hueva que tenia esa noche, las ganas de no quedarme callado, o el propio reto que me significa preguntarme honestamente quien chingados soy o que demonios quiero inventar sobre mi mismo. Lo hice, lo dije, lo fui. Y ahora esas pavadas siguen ahi, mientras yo me cuestiono ironicamente la estupidez de mi estupidez, o sea, la metaestupidez que puede llegar a regir mis actos en una madrugada de ocio y preguntas personales.
Lo curioso no es mi neurosis. Esa ya la conozco, y, en buena parte, quienes me quieren la conocen y la soportan tambien. Lo curioso es lo que me veo decir de mi mismo. Lo que me permito escupir y que luego, en un redoble por demas narcisista, leo y leo hasta que me convenzo de que soy una caricatura de cierto mi mismo que no conozco realmente. Eso es lo que me sorprende: que, sin sentirme mejor o peor por ello, me doy cuenta que soy muchas cosas muchas veces, y al mismo tiempo, una cosa cada vez. Soy necio, si, tengo inscritas algunas muchas certezas pendejas como el izquierdismo, la cursileria, el terror, la desesperanza, la mamoneria, la verbalidad, el abuso del idioma, el desamparo frente a lo real, etcetera, si, las tengo; pero tambien opera en mi otra forma de mirar el mundo. Una que tiene que ver con todas esas certezas pero que lo unico que consigue es dejarme incierto. Una de la que me cuelgo en intervalos diminutos de tiempo, y que rige gran parte de mi deambular fantasmagorico por la vida. Una que no es mas que la duda perpetua empaquetada por el hijo de puta de Descartes, y luego reprocesada por decenas de brillantes hijos de puta existencialistas, racionalistas, idealistas, fanaticos y un sinfin mas de contrarios coincidentes que solo logran hacerme sentir lo que ya dijo el primero de estos grandes cabrones sin rumbo: Y es que yo solo se que no se una chingada.
Y aun asi, me atrevo a hablar de mi. Aun asi, persisto. Aun asi, no me atreveria al suicidio o a la sobajacion voluntaria de mi mismo. Aun asi, con toda esa falta de fe, aun creo en el amor. Como buen habitante del caos globalizado, como buen superviviente del tsunami de la informacion, como buen pretexto para la debilidad, me permito creer. En el amor. Donde quiera que este. Dentro o fuera. Como un billete de 3 o de 3000 dolares, tirado en el piso de algun palacio morisco que aun no conozco. O como una nueva certeza, dentro de mi pero cerca de alguien. Alguien que aun no conozco. Como a mi. Como a esa certeza. Como al palacio morisco. Como a esa chingada chingada.
Y me asusta, con una dulzura terrorifica, que esa esperanza perviva con semejante permanencia. Pero es permanencia voluntaria. Ya conozco el final de la pelicula: Ahora quiero ver el principio.
Salud.
Si, es mi culpa por siquiera estar ahi. Yo me lo busque, podria decirse, por andar pendejeando en semejante plataforma tecnologica entregada a la estupidizacion mas insulsa del deseo y la seduccion. No tengo derecho a quejarme, no solo del sitio mismo, sino de mi asuncion de ese supuesto "deber" de llenar una forma electronica en la que resumo quien demonios soy y cuantas bobadas soy capaz de decir. Tomo ese infalible argumento como un "hombre" (en el sentido humano) y no me regodeare en las circunstancias atenuantes que conciernen a la hueva que tenia esa noche, las ganas de no quedarme callado, o el propio reto que me significa preguntarme honestamente quien chingados soy o que demonios quiero inventar sobre mi mismo. Lo hice, lo dije, lo fui. Y ahora esas pavadas siguen ahi, mientras yo me cuestiono ironicamente la estupidez de mi estupidez, o sea, la metaestupidez que puede llegar a regir mis actos en una madrugada de ocio y preguntas personales.
Lo curioso no es mi neurosis. Esa ya la conozco, y, en buena parte, quienes me quieren la conocen y la soportan tambien. Lo curioso es lo que me veo decir de mi mismo. Lo que me permito escupir y que luego, en un redoble por demas narcisista, leo y leo hasta que me convenzo de que soy una caricatura de cierto mi mismo que no conozco realmente. Eso es lo que me sorprende: que, sin sentirme mejor o peor por ello, me doy cuenta que soy muchas cosas muchas veces, y al mismo tiempo, una cosa cada vez. Soy necio, si, tengo inscritas algunas muchas certezas pendejas como el izquierdismo, la cursileria, el terror, la desesperanza, la mamoneria, la verbalidad, el abuso del idioma, el desamparo frente a lo real, etcetera, si, las tengo; pero tambien opera en mi otra forma de mirar el mundo. Una que tiene que ver con todas esas certezas pero que lo unico que consigue es dejarme incierto. Una de la que me cuelgo en intervalos diminutos de tiempo, y que rige gran parte de mi deambular fantasmagorico por la vida. Una que no es mas que la duda perpetua empaquetada por el hijo de puta de Descartes, y luego reprocesada por decenas de brillantes hijos de puta existencialistas, racionalistas, idealistas, fanaticos y un sinfin mas de contrarios coincidentes que solo logran hacerme sentir lo que ya dijo el primero de estos grandes cabrones sin rumbo: Y es que yo solo se que no se una chingada.
Y aun asi, me atrevo a hablar de mi. Aun asi, persisto. Aun asi, no me atreveria al suicidio o a la sobajacion voluntaria de mi mismo. Aun asi, con toda esa falta de fe, aun creo en el amor. Como buen habitante del caos globalizado, como buen superviviente del tsunami de la informacion, como buen pretexto para la debilidad, me permito creer. En el amor. Donde quiera que este. Dentro o fuera. Como un billete de 3 o de 3000 dolares, tirado en el piso de algun palacio morisco que aun no conozco. O como una nueva certeza, dentro de mi pero cerca de alguien. Alguien que aun no conozco. Como a mi. Como a esa certeza. Como al palacio morisco. Como a esa chingada chingada.
Y me asusta, con una dulzura terrorifica, que esa esperanza perviva con semejante permanencia. Pero es permanencia voluntaria. Ya conozco el final de la pelicula: Ahora quiero ver el principio.
Salud.
abril 23, 2007
Porque en realidad, para la iglesia, todos los niños son MUY deseados...
Ni hablar de las sociedades patriarcales, del poder de la televisión, del machismo y la vuelta a la inquisición. Ni hablar de México como un país retrógrada, oscuro y oscurantista, de antorchas y cristeros, de ignorantes y manipuladores que hoy salen por docenas a la calle a tratar de quemar ideas ( aunque como dice la canción, menos mal que los fusiles no asesinan las palabras...).
***
Ni hablar de los caricaturistas que comparan la despenalización del aborto con la era del terror de Robespierre (a.k.a. el patético de Paco Calderón). Ni hablar de las señoras con mucho tiempo libre, vestidas de blanco y acompañadas por su séquito de trabajadoras domésticas, acudiendo a marchar en favor "de la vida". Mientras más experimento vivir en este país, más se me antoja ser una mancha de óleo o de mugre en alguna pintura violenta de Jackson Pollock.
***
El ajedrez estuvo fantástico. Aguascalientes no tanto. Hordas de mujeres preciosas, o por lo menos más guapas que el promedio nacional -por mucho- pero que no miran a los ojos. Es raro ver mujeres tan guapas con pudor de mirar a los ojos. Y esa escasez de hombres. No me sorprende que falten varones en ese pequeño pueblito (porque eso es lo que es, en realidad), si casi 4 millones, de acuerdo a las últimas cifras, se fueron a Estados Unidos durante el sexenio foxista. Eso sí, Aguascalientes, como buen estado del bajío mexicano, sigue creyendo en la iglesia católica y sus cristerías manipulatorias. Sigue votando por la derecha medieval de México y sigue contento de mantener solas, aburridas y desamparadamente guapas a sus mujeres. Y ellas, contentas por no conocer mejor, van por la calle del brazo de sus madres, cuando son pequeñas, o cargando hijos apenas cumplen los 18 años. Me quedo con el ajedrez.
***
Y es que, en México, es ese el punto. La derecha que se ostenta como una facción política con visión "moderna" no es más que una cortina de humo para el cobijo clerical de los otrora conservadores y antijuaristas. Es curioso como, en apenas un siglo y medio, liberales y conservadores forman parte de las mismas filas y ni siquiera les importa o se percatan de ello. Los curas marchan por las calles de México. Los curas marchan por las calles de Reforma, llevando -encadenadas a su grisaciedad- a cientos de monjas que sólo sirven para atenderlos. Los curas marchan por reforma junto a las señoras de sociedad, cuyas sobrinas, hijas o hasta ellas mismas se han practicado un aborto en alguno de los "mejores" hospitales del país, o incluso en Houston o Los Angeles, so pretexto de ir de shopping a los "esteits". Los curas marchan empuñando sus antorchas ideológicas medievales, incapaces de entender que el neocórtex de un embrión no se desarrolla hasta después de la doceava semana de gestación y que -por ende- no tiene conciencia de ser ni siente dolor, o ninguna otra cosa, para esos efectos.
Los curas de México marchan una tras otra las esquinas de Reforma, calle principal de la capital, y en esos semáforos hay un niño. No, hay docenas. No, hay cientos. Cientos de niños cubiertos en mugre. Niños producto de violaciones callejeras, madres que les abandonan, padres pobres, niños que viven en la calle, hacinados, vendiendo chicles o haciendo jueguitos con un culo enorme hecho con un par de globos descomunales, y una máscara de Salinas, Fox y hasta el Peje, en el cruce peatonal, por un par de monedas. Niños muy deseados. Niños con mucha vida. Con una VIDA fenomenal. Niños que quizás deban quitarse esos globos de encima del culo y habrán de vender, pronto, el verdadero. Todo por un pedazo de pan, un poco de resistol, algo de aguarrás. Niños muy deseados -sí- pero por los curas.
***
En México se realizan cientos de miles de abortos por año. Muchos de ellos ocurren bajo extorsión médica, en clínicas clandestinas o en consultorios de primer nivel, pero siempre con la presión y el miedo inherentes al procedimiento, todos ellos volcados sobre la mujer que muchas veces resulta una pequeña niña o adolescente que tuvo una relación sexual sin protección -por falta de información, o por exceso de calentura, o por que tuvo la desgracia de meterse con un hijo de puta, o porque la violaron en su propia casa, o en su propia escuela- o una mujer mayor, o una mujer de mediana edad, pero SIEMPRE, SIEMPRE, una MUJER. Nunca un cura, nunca un violador, nunca un pederasta. Siempre una mujer y siempre el miedo. Siempre la preocupación, siempre la tragedia personal, porque, contrario a lo que piensan los muchachos de PROVIDA y su huestes de la estupidez, las mujeres que abortan no van a estos lugares con una sonrisa y salen brincando de gusto. Es siempre una tragedia personal la que acompaña un aborto, y a las mujeres que lo padecen suele tomarles tiempo el superar las otras secuelas. Aun cuando se trate de un aborto necesario médicamente, no suele serles fácil ni conozco una sola que lo considere como un práctico método anticonceptivo. Alguien debe entender que es muy caro y doloroso en comparación con el resto y que ninguna mujer es tan estúpida para considerarlo deseable o -vaya- siquiera práctico.
***
Asi que el que sean los hombres quienes deban decidir u opinar me resulta más y más curioso. Yo lo hago sencillamente porque detesto a Jorge Serrano Limón y su hipocresía, a Provida y su triple moral, y -finalmente- a la iglesia católica y su invariable necesidad de meter las manos donde no le corresponde. ¿Qué autoridad moral tienen los curas, los obispos y los cardenales para opinar sobre sexualidad, cuando las pruebas y la historia nos demuestran que no sólo no saben del tema, sino que parecen tener muchos problemas enfrentándolo? ¿Qué autoridad tienen los curas para hablar de su amor por la "vida" mientras se comen un pedazo de vaca MUERTA? ¿Y la vida de las mujeres que deben abortar, no importa? ¿Y la vida de los niños que no tienen para comer, no importa tampoco? Su concepto de vida es tan restringido como su sinápsis neuronal. Vida es sólo la humana y -de entre esta- la de sus feligreses. Toda la demás "vida" puede obviarse o considerarse "daño colateral".
***
Si la vida se tratara nada más de vivirla. La vida es una palabra muy grande para describir un proceso que suele ser por demás largo. Pero no, no es sólo cuestión de vivirla o sobrevivirla. La vida, y el respeto a ella, tiene también que ver con las condiciones en las que la gente puede transitar en ella. Y la iglesia, con su noción de pecado, y el estado neoclerical-liberaloide en el que vivimos, con su discreto pero sostenido apoyo a la iglesia y sus fundaciones promotoras de la pobreza y la ignorancia perpetua, no están ayudando ninguno a que la vida de sus huestes sea mejor. En el caso de la Iglesia, me importa un rábano. Soy un feliz satánico agnóstico olvidado de Dios y mi única capilla son los abrazos de la gente que quiero y de las mujeres que me han entregado su corazón o su cuerpo. En el caso del gobierno, debe importarme, pues -por desgracia- sí tiene injerencia en los límites a los que se supedita mi actividad privada y pública. y por ello me permito escupir en su falta de integridad, secularidad y objetividad pública. Si la Iglesia prohibe el aborto, que sus feligreses la atiendan. El resto de nosotros debemos tener resguardado el derecho a discrepar. Y las mujeres, por sobre todos los varones que opinamos por motivos políticos o sentimentales, son las que deben poder decidir sobre el destino de su cuerpo, pues una célula no tiene conciencia de ser. Ni tampoco muchas. Un dedo no decide. Un embrión no tiene conciencia de ser hasta la duodécima semana, y admitir lo contrario es casi como decir que un hombre en estado vegetativo, dentro del cuerpo de su madre, merece ser mantenido vivo por el capricho de los demás.
***
Finalmente, el terror. El terror en la televisión, en la calle, en todas partes. Siguiendo la clara línea que llevan manejando desde hace un par de años, los mochos y los cristeros en el poder corporativo y político han abarrotado las calles con sus mensajes de miedo. Los violadores tienen derecho a ser padres. Los niños tienen derecho a vivir una vida miserable. Las mujeres tienen derecho a morirse por un aborto mal practicado, mientras sus hijas se los practican a sus espaldas o a sabiendas en algún hospital de Miami. Terror puro. Y tras el terror, el chantaje. Y tras el chantaje, el gran imbécil de Chespirito, profundo ideólogo del Panismo contemporáneo, y su mujer (ex-amante) Florinda Meza. Y lo más deprimente, pensar que estos anuncios televisivos pueden tener una repercusión (como ya se sabe) en la mente de los mismos ignorantes que ha formado el estado mexicano durante décadas. La gente que no recuerda a Gómez Bolaños (Chespirito) y las andanzas sexuales que tuvo -adúlteramente- con Florinda Meza durante años. Y cómo dejó botada a su mujer y sus sepetecientos mil hijos. Y cómo todo eso nos importa un pito, igual que su opinión sobre el aborto y las buenas costumbres, y más aún, la política nacional. Chespirito, el ideólogo de Felipillo, es -trágicamente- el verdadero presidente de México.
¿Y ahora, quién podrá ayudarnos?
***
Hay que proteger a los inocentes. Hay que dejarlos impolutos. Tienen que vivir cuando menos 5 o 6 años y mantener la carne firme y fuerte. Pues es cuando más los desean estos, nuestros queridos curas.
***
Ni hablar de los caricaturistas que comparan la despenalización del aborto con la era del terror de Robespierre (a.k.a. el patético de Paco Calderón). Ni hablar de las señoras con mucho tiempo libre, vestidas de blanco y acompañadas por su séquito de trabajadoras domésticas, acudiendo a marchar en favor "de la vida". Mientras más experimento vivir en este país, más se me antoja ser una mancha de óleo o de mugre en alguna pintura violenta de Jackson Pollock.
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El ajedrez estuvo fantástico. Aguascalientes no tanto. Hordas de mujeres preciosas, o por lo menos más guapas que el promedio nacional -por mucho- pero que no miran a los ojos. Es raro ver mujeres tan guapas con pudor de mirar a los ojos. Y esa escasez de hombres. No me sorprende que falten varones en ese pequeño pueblito (porque eso es lo que es, en realidad), si casi 4 millones, de acuerdo a las últimas cifras, se fueron a Estados Unidos durante el sexenio foxista. Eso sí, Aguascalientes, como buen estado del bajío mexicano, sigue creyendo en la iglesia católica y sus cristerías manipulatorias. Sigue votando por la derecha medieval de México y sigue contento de mantener solas, aburridas y desamparadamente guapas a sus mujeres. Y ellas, contentas por no conocer mejor, van por la calle del brazo de sus madres, cuando son pequeñas, o cargando hijos apenas cumplen los 18 años. Me quedo con el ajedrez.
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Y es que, en México, es ese el punto. La derecha que se ostenta como una facción política con visión "moderna" no es más que una cortina de humo para el cobijo clerical de los otrora conservadores y antijuaristas. Es curioso como, en apenas un siglo y medio, liberales y conservadores forman parte de las mismas filas y ni siquiera les importa o se percatan de ello. Los curas marchan por las calles de México. Los curas marchan por las calles de Reforma, llevando -encadenadas a su grisaciedad- a cientos de monjas que sólo sirven para atenderlos. Los curas marchan por reforma junto a las señoras de sociedad, cuyas sobrinas, hijas o hasta ellas mismas se han practicado un aborto en alguno de los "mejores" hospitales del país, o incluso en Houston o Los Angeles, so pretexto de ir de shopping a los "esteits". Los curas marchan empuñando sus antorchas ideológicas medievales, incapaces de entender que el neocórtex de un embrión no se desarrolla hasta después de la doceava semana de gestación y que -por ende- no tiene conciencia de ser ni siente dolor, o ninguna otra cosa, para esos efectos.
Los curas de México marchan una tras otra las esquinas de Reforma, calle principal de la capital, y en esos semáforos hay un niño. No, hay docenas. No, hay cientos. Cientos de niños cubiertos en mugre. Niños producto de violaciones callejeras, madres que les abandonan, padres pobres, niños que viven en la calle, hacinados, vendiendo chicles o haciendo jueguitos con un culo enorme hecho con un par de globos descomunales, y una máscara de Salinas, Fox y hasta el Peje, en el cruce peatonal, por un par de monedas. Niños muy deseados. Niños con mucha vida. Con una VIDA fenomenal. Niños que quizás deban quitarse esos globos de encima del culo y habrán de vender, pronto, el verdadero. Todo por un pedazo de pan, un poco de resistol, algo de aguarrás. Niños muy deseados -sí- pero por los curas.
***
En México se realizan cientos de miles de abortos por año. Muchos de ellos ocurren bajo extorsión médica, en clínicas clandestinas o en consultorios de primer nivel, pero siempre con la presión y el miedo inherentes al procedimiento, todos ellos volcados sobre la mujer que muchas veces resulta una pequeña niña o adolescente que tuvo una relación sexual sin protección -por falta de información, o por exceso de calentura, o por que tuvo la desgracia de meterse con un hijo de puta, o porque la violaron en su propia casa, o en su propia escuela- o una mujer mayor, o una mujer de mediana edad, pero SIEMPRE, SIEMPRE, una MUJER. Nunca un cura, nunca un violador, nunca un pederasta. Siempre una mujer y siempre el miedo. Siempre la preocupación, siempre la tragedia personal, porque, contrario a lo que piensan los muchachos de PROVIDA y su huestes de la estupidez, las mujeres que abortan no van a estos lugares con una sonrisa y salen brincando de gusto. Es siempre una tragedia personal la que acompaña un aborto, y a las mujeres que lo padecen suele tomarles tiempo el superar las otras secuelas. Aun cuando se trate de un aborto necesario médicamente, no suele serles fácil ni conozco una sola que lo considere como un práctico método anticonceptivo. Alguien debe entender que es muy caro y doloroso en comparación con el resto y que ninguna mujer es tan estúpida para considerarlo deseable o -vaya- siquiera práctico.
***
Asi que el que sean los hombres quienes deban decidir u opinar me resulta más y más curioso. Yo lo hago sencillamente porque detesto a Jorge Serrano Limón y su hipocresía, a Provida y su triple moral, y -finalmente- a la iglesia católica y su invariable necesidad de meter las manos donde no le corresponde. ¿Qué autoridad moral tienen los curas, los obispos y los cardenales para opinar sobre sexualidad, cuando las pruebas y la historia nos demuestran que no sólo no saben del tema, sino que parecen tener muchos problemas enfrentándolo? ¿Qué autoridad tienen los curas para hablar de su amor por la "vida" mientras se comen un pedazo de vaca MUERTA? ¿Y la vida de las mujeres que deben abortar, no importa? ¿Y la vida de los niños que no tienen para comer, no importa tampoco? Su concepto de vida es tan restringido como su sinápsis neuronal. Vida es sólo la humana y -de entre esta- la de sus feligreses. Toda la demás "vida" puede obviarse o considerarse "daño colateral".
***
Si la vida se tratara nada más de vivirla. La vida es una palabra muy grande para describir un proceso que suele ser por demás largo. Pero no, no es sólo cuestión de vivirla o sobrevivirla. La vida, y el respeto a ella, tiene también que ver con las condiciones en las que la gente puede transitar en ella. Y la iglesia, con su noción de pecado, y el estado neoclerical-liberaloide en el que vivimos, con su discreto pero sostenido apoyo a la iglesia y sus fundaciones promotoras de la pobreza y la ignorancia perpetua, no están ayudando ninguno a que la vida de sus huestes sea mejor. En el caso de la Iglesia, me importa un rábano. Soy un feliz satánico agnóstico olvidado de Dios y mi única capilla son los abrazos de la gente que quiero y de las mujeres que me han entregado su corazón o su cuerpo. En el caso del gobierno, debe importarme, pues -por desgracia- sí tiene injerencia en los límites a los que se supedita mi actividad privada y pública. y por ello me permito escupir en su falta de integridad, secularidad y objetividad pública. Si la Iglesia prohibe el aborto, que sus feligreses la atiendan. El resto de nosotros debemos tener resguardado el derecho a discrepar. Y las mujeres, por sobre todos los varones que opinamos por motivos políticos o sentimentales, son las que deben poder decidir sobre el destino de su cuerpo, pues una célula no tiene conciencia de ser. Ni tampoco muchas. Un dedo no decide. Un embrión no tiene conciencia de ser hasta la duodécima semana, y admitir lo contrario es casi como decir que un hombre en estado vegetativo, dentro del cuerpo de su madre, merece ser mantenido vivo por el capricho de los demás.
***
Finalmente, el terror. El terror en la televisión, en la calle, en todas partes. Siguiendo la clara línea que llevan manejando desde hace un par de años, los mochos y los cristeros en el poder corporativo y político han abarrotado las calles con sus mensajes de miedo. Los violadores tienen derecho a ser padres. Los niños tienen derecho a vivir una vida miserable. Las mujeres tienen derecho a morirse por un aborto mal practicado, mientras sus hijas se los practican a sus espaldas o a sabiendas en algún hospital de Miami. Terror puro. Y tras el terror, el chantaje. Y tras el chantaje, el gran imbécil de Chespirito, profundo ideólogo del Panismo contemporáneo, y su mujer (ex-amante) Florinda Meza. Y lo más deprimente, pensar que estos anuncios televisivos pueden tener una repercusión (como ya se sabe) en la mente de los mismos ignorantes que ha formado el estado mexicano durante décadas. La gente que no recuerda a Gómez Bolaños (Chespirito) y las andanzas sexuales que tuvo -adúlteramente- con Florinda Meza durante años. Y cómo dejó botada a su mujer y sus sepetecientos mil hijos. Y cómo todo eso nos importa un pito, igual que su opinión sobre el aborto y las buenas costumbres, y más aún, la política nacional. Chespirito, el ideólogo de Felipillo, es -trágicamente- el verdadero presidente de México.
¿Y ahora, quién podrá ayudarnos?
***
Hay que proteger a los inocentes. Hay que dejarlos impolutos. Tienen que vivir cuando menos 5 o 6 años y mantener la carne firme y fuerte. Pues es cuando más los desean estos, nuestros queridos curas.
abril 04, 2007
Atento aviso
El usuario de este blog, "pendejo alucinado" para unos, "ser pensante" para otros, pero en el fondo únicamente interesado en su autocomplacencia, se retira unos días a jugar ajedrez a las tierras cálidas de Aguascalientes.
Pero ya regresará a seguir cosechando bilis y una que otra sonrisita.
Ah, y les dice, a quienes les interese, que ¡Salud!
Pero ya regresará a seguir cosechando bilis y una que otra sonrisita.
Ah, y les dice, a quienes les interese, que ¡Salud!
marzo 28, 2007
Ermitaniedades
Sí. Estoy en reclusión voluntaria. Mirando por la ventana, como si esperara algo. Tratando de transitar hacia cierta tranquilidad perdida. En recuentos electorales caseros y autoinflingidos. Gozando, a ratos, de la calma. La soledad. El extraño recomienzo.
***
Reparo un segundo en lo cierto que resulta pensar en la vida occidental como un cuarto que se encoge y se encoge con cada decisión. Es como la caja del mimo, en la que cada gesto de reconocimiento del arlequín va empequeñeciendo su mundo. Cada gesto es una decisión. Y la vida nos pide cientos, a diario. Y de cuando en cuando, nos pide algunas importantes. Y entonces me abrazo a ciertas doctrinas, con todo y mi desdén por la certeza, considero ciertísimo ese asunto de no decidir. Y prefiero dejar que las decisiones se tomen a sí mismas lo más posible y abandonar la idea de que el deseo occidentalizado es sano. Ya no quiero hacer más pequeña mi jaula. Por el contrario, quisiera empuñar un bat imaginario y escapar de la caja de cristal imaginario, cuidándome de las heridas imaginarias, descalzo -sí- pero seguro de mi inseguridad.
***
Estoy escribiendo un libro. Es un libro raro. Un libro que no decide ni se decide a sí mismo. Comenzó como fragmentos y continua fragmentario. No pretende la unidad ni la coherencia. Sólo le interesa ensanchar un poquito mi celda y vomitar -literariamente- todo lo que no puedo vomitar mientras camino por la calle.
No huele mal, por el momento. Y cada vez se hace más grande, como mi jaula. Aunque sea en los "burdos" territorios de lo imaginario.
***
Y confirmo y reconfirmo y reconozco y ya no reniego de mi fascinación por las mujeres y la capacidad que tienen para delimitar los perímetros de mi mundo. Lo mucho que me alimenta lo femenino, con todo y su implacable incoherencia esencial expresada en esos cambios de humor, o en esos caprichos de temporada que tanto mal-inspiran a los publicistas.
Adoro la complejidad de cada mujer que conozco. Valoro profundamente los últimos ocho años de mi vida, y que han sido nada más y nada menos que los años en los que he conocido a las mujeres sin el sesgo materno o enfermo de las relaciones codependientes. Ahora las mujeres son un paisaje, un cuadro expresionista, un ser intuible pero no adivinable. Un placer tanto como un castigo, pero siempre por las buenas. Aunque todo salga mal.
***
Y me extraña muchísimo pensar cómo considero equivocadas tantas teorías psicológicas, psicoanalíticas o cientificistas en las que los hombres se ubican en el hemisferio racional y discursivo y las mujeres en el emocional y creativo.
¿Qué no resulta obvio que semejante abismo es una falacia? Los hombres, incluyéndome, y muy a pesar de su inclinación por el lenguaje, el choro y los cuentitos, resultan ser muy proclives al neandertalismo. Unga-unga, tengo hambre, unga-unga, quiero sexo, unga-unga, tengo frío. Y de ahí parte su construcción racional para obtener lo que quieren. Las mujeres, por el contrario, llevan en la mente infinidad de historias, infinidad de poemas que aun no han leído, infinidad de sensaciones (tan amplias como complejos son sus orgasmos) y de ahí es que parten hacia sus danzas, sus guiños, o esas sutiles señales que buscan las palabras (o las mordidas) que las lleven hacia esa iluminación momentánea. Ellas son el director en busca de guionista, y no viceversa. (Una noche con una mujer que ha sobrevivido su terror primigenio puede comprobarlo.)
¿Así que quién es el cavernícola y quién el puente hacia la evolución? La respuesta es fácil, con todo y lo que duele asumir el matriarcado, juar.
***
Y el dinero, el puto dinero. A mí, toda esta historia sobre el dinero sólo me reconfirma que dios no existe. Gracias al dinero (o a su escasez) es que me doy cuenta que el "don señor barbitas blancas, montado sobre esa judeocristiomusulmana nube en el cielo" es nomás una chaquetita mental creada por y para los débiles.
¿Por qué? Porque si don barbitas blancas existiera sabría lo maravillosos que son casi todos mis amigos. Y sabría de mí o de muchos de esos amigos. Y sabría que una brizna de la lotería, el melate, el lotto o el éxito económico garrafal significaría que la vida de todos esos seres con genuinos deseos cambiaría mucho, si a cuando menos uno de nosotros lo inscribiese en esa lista. Así que gracias, dios, por crear al hombre que creó al dios que creó al hombre que creó el dinero que creó al hambriento de dios y de dinero que, al final del día, no cree en ninguno de los dos.
Aunque tal vez sólo haga falta escribirlo (a falta de rezos inútiles) Venga el nuevo papanuestro:
"Oye, pendejo, señor don Dios, Don Pendejo: ¿Qué no te das cuenta? Mándanos el melate del domingo y, aunque fuera el premio más mierda de todos, ya sabríamos qué hacer con él. Te prometemos que nadie se irá corriendo con el botín, ni se lo quedará para sentirse un Mister Scrooge deseoso de poder. Lo repartiremos entre todos los que tenemos deseos genuinos (a pesar de procurar no desear mucho) y haremos maravillas con el presupuesto. No te preocupes: Pagaremos impuestos. Nos mantendremos lejos del estupro y la pedofilia. Descansaremos un tiempo, sí. Pero luego construiremos un enorme laberinto de galletitas (cada quien su sabor favorito), y -para que no digas nada- te lo dedicaremos a ti. ¿Cómo ves?"
Vamos: Un Olimpo de galletitas a nadie se le niega.
Gracias.
***
Mientras, como no creo en dios, solamente me congratulo del azar y/o de mis pobres decisiones. Me encanta lo mismo que me angustia estar aquí, así, sin haber escrito nada en el escaparate de mis pensamientos (el blog), pero feliz por todo lo demás que ocurre. Adoro a mis amigos (pocos), a mis amigas (muchas) y a mis examores (muchas...menos). Y adoro poderlos encontrar a todos en un momento del espacio-tiempo, léase una fiesta de cumpleaños o un aleatorio encuentro sobre los campos de batalla de nuestro bar favorito. Adoro adorarlos, tanto como desprecio el verbo adorar al que tanto recurro (igual que al numeral "tanto"). Pero es que adoro reconocer nuestra colectiva fragilidad y nuestra perpetua necesidad de respuestas. Adoro los mínimos conflictos en los que nadamos mismos que creemos tan máximos.
Y al final, adoro como los días suceden uno a uno, hora a hora, de quince en quince minutos, de mirada en mirada y de palabra en palabra, y cómo, aunque pocos lo piensen, todos lo saben: No nos queda otro recurso mas que el de ocurrir. Discurrir, abrazarnos, llorar si es preciso, bailar si todo va bien (aunque algunos no sepamos cómo), escapar poco a poco de nuestro momento de catarsis y llegar hasta donde nos toque dormir.
***
Curioso es hablar de ermitaniedades en conjunto. Así es el mundo ahora: Una bolsa de solitarios que se descubren y se reconocen en el fondo del costal. Luego -algunos- simplemente se toman de la mano a pesar de la cursilería, y transitan juntos. Y luego se van a dormir, solos aún si acompañados. Como cuando mueren.
Dispuestos a ocurrir dentro de todo lo que prosiga, para luego proseguir. Para poderlo.
***
Amigos míos: Somos una manada feliz de pertenecerse entre sí. Aunque a veces no lo sepamos.
***
Salud!
***
Reparo un segundo en lo cierto que resulta pensar en la vida occidental como un cuarto que se encoge y se encoge con cada decisión. Es como la caja del mimo, en la que cada gesto de reconocimiento del arlequín va empequeñeciendo su mundo. Cada gesto es una decisión. Y la vida nos pide cientos, a diario. Y de cuando en cuando, nos pide algunas importantes. Y entonces me abrazo a ciertas doctrinas, con todo y mi desdén por la certeza, considero ciertísimo ese asunto de no decidir. Y prefiero dejar que las decisiones se tomen a sí mismas lo más posible y abandonar la idea de que el deseo occidentalizado es sano. Ya no quiero hacer más pequeña mi jaula. Por el contrario, quisiera empuñar un bat imaginario y escapar de la caja de cristal imaginario, cuidándome de las heridas imaginarias, descalzo -sí- pero seguro de mi inseguridad.
***
Estoy escribiendo un libro. Es un libro raro. Un libro que no decide ni se decide a sí mismo. Comenzó como fragmentos y continua fragmentario. No pretende la unidad ni la coherencia. Sólo le interesa ensanchar un poquito mi celda y vomitar -literariamente- todo lo que no puedo vomitar mientras camino por la calle.
No huele mal, por el momento. Y cada vez se hace más grande, como mi jaula. Aunque sea en los "burdos" territorios de lo imaginario.
***
Y confirmo y reconfirmo y reconozco y ya no reniego de mi fascinación por las mujeres y la capacidad que tienen para delimitar los perímetros de mi mundo. Lo mucho que me alimenta lo femenino, con todo y su implacable incoherencia esencial expresada en esos cambios de humor, o en esos caprichos de temporada que tanto mal-inspiran a los publicistas.
Adoro la complejidad de cada mujer que conozco. Valoro profundamente los últimos ocho años de mi vida, y que han sido nada más y nada menos que los años en los que he conocido a las mujeres sin el sesgo materno o enfermo de las relaciones codependientes. Ahora las mujeres son un paisaje, un cuadro expresionista, un ser intuible pero no adivinable. Un placer tanto como un castigo, pero siempre por las buenas. Aunque todo salga mal.
***
Y me extraña muchísimo pensar cómo considero equivocadas tantas teorías psicológicas, psicoanalíticas o cientificistas en las que los hombres se ubican en el hemisferio racional y discursivo y las mujeres en el emocional y creativo.
¿Qué no resulta obvio que semejante abismo es una falacia? Los hombres, incluyéndome, y muy a pesar de su inclinación por el lenguaje, el choro y los cuentitos, resultan ser muy proclives al neandertalismo. Unga-unga, tengo hambre, unga-unga, quiero sexo, unga-unga, tengo frío. Y de ahí parte su construcción racional para obtener lo que quieren. Las mujeres, por el contrario, llevan en la mente infinidad de historias, infinidad de poemas que aun no han leído, infinidad de sensaciones (tan amplias como complejos son sus orgasmos) y de ahí es que parten hacia sus danzas, sus guiños, o esas sutiles señales que buscan las palabras (o las mordidas) que las lleven hacia esa iluminación momentánea. Ellas son el director en busca de guionista, y no viceversa. (Una noche con una mujer que ha sobrevivido su terror primigenio puede comprobarlo.)
¿Así que quién es el cavernícola y quién el puente hacia la evolución? La respuesta es fácil, con todo y lo que duele asumir el matriarcado, juar.
***
Y el dinero, el puto dinero. A mí, toda esta historia sobre el dinero sólo me reconfirma que dios no existe. Gracias al dinero (o a su escasez) es que me doy cuenta que el "don señor barbitas blancas, montado sobre esa judeocristiomusulmana nube en el cielo" es nomás una chaquetita mental creada por y para los débiles.
¿Por qué? Porque si don barbitas blancas existiera sabría lo maravillosos que son casi todos mis amigos. Y sabría de mí o de muchos de esos amigos. Y sabría que una brizna de la lotería, el melate, el lotto o el éxito económico garrafal significaría que la vida de todos esos seres con genuinos deseos cambiaría mucho, si a cuando menos uno de nosotros lo inscribiese en esa lista. Así que gracias, dios, por crear al hombre que creó al dios que creó al hombre que creó el dinero que creó al hambriento de dios y de dinero que, al final del día, no cree en ninguno de los dos.
Aunque tal vez sólo haga falta escribirlo (a falta de rezos inútiles) Venga el nuevo papanuestro:
"Oye, pendejo, señor don Dios, Don Pendejo: ¿Qué no te das cuenta? Mándanos el melate del domingo y, aunque fuera el premio más mierda de todos, ya sabríamos qué hacer con él. Te prometemos que nadie se irá corriendo con el botín, ni se lo quedará para sentirse un Mister Scrooge deseoso de poder. Lo repartiremos entre todos los que tenemos deseos genuinos (a pesar de procurar no desear mucho) y haremos maravillas con el presupuesto. No te preocupes: Pagaremos impuestos. Nos mantendremos lejos del estupro y la pedofilia. Descansaremos un tiempo, sí. Pero luego construiremos un enorme laberinto de galletitas (cada quien su sabor favorito), y -para que no digas nada- te lo dedicaremos a ti. ¿Cómo ves?"
Vamos: Un Olimpo de galletitas a nadie se le niega.
Gracias.
***
Mientras, como no creo en dios, solamente me congratulo del azar y/o de mis pobres decisiones. Me encanta lo mismo que me angustia estar aquí, así, sin haber escrito nada en el escaparate de mis pensamientos (el blog), pero feliz por todo lo demás que ocurre. Adoro a mis amigos (pocos), a mis amigas (muchas) y a mis examores (muchas...menos). Y adoro poderlos encontrar a todos en un momento del espacio-tiempo, léase una fiesta de cumpleaños o un aleatorio encuentro sobre los campos de batalla de nuestro bar favorito. Adoro adorarlos, tanto como desprecio el verbo adorar al que tanto recurro (igual que al numeral "tanto"). Pero es que adoro reconocer nuestra colectiva fragilidad y nuestra perpetua necesidad de respuestas. Adoro los mínimos conflictos en los que nadamos mismos que creemos tan máximos.
Y al final, adoro como los días suceden uno a uno, hora a hora, de quince en quince minutos, de mirada en mirada y de palabra en palabra, y cómo, aunque pocos lo piensen, todos lo saben: No nos queda otro recurso mas que el de ocurrir. Discurrir, abrazarnos, llorar si es preciso, bailar si todo va bien (aunque algunos no sepamos cómo), escapar poco a poco de nuestro momento de catarsis y llegar hasta donde nos toque dormir.
***
Curioso es hablar de ermitaniedades en conjunto. Así es el mundo ahora: Una bolsa de solitarios que se descubren y se reconocen en el fondo del costal. Luego -algunos- simplemente se toman de la mano a pesar de la cursilería, y transitan juntos. Y luego se van a dormir, solos aún si acompañados. Como cuando mueren.
Dispuestos a ocurrir dentro de todo lo que prosiga, para luego proseguir. Para poderlo.
***
Amigos míos: Somos una manada feliz de pertenecerse entre sí. Aunque a veces no lo sepamos.
***
Salud!
marzo 14, 2007
Joum, suit joum.
De pronto hay muchos desequilibrios entre lo que nos sucede, lo que deseamos, lo que no queremos y lo que finalmente acaba ocurriéndonos. Hay épocas en las que se está muy bien de la mente pero muy mal de las vísceras, o muy a gusto con la genitalia y muy mal con el corazón, o de maravilla en la cartera y de la chingada en todo lo demás. Es raro. Parece difícil lograr ese punto en el que se está medianamente bien en todo y uno puede recostarse y navegar sin que le angustien las tempestades, ilusorias o francamente reales, fumarse un cigarro, servirse un buen trago y darse de besos con un ser humano y no una polaroid falaz que mantenemos dentro de sus límites a puro golpe de fantasía.
Hoy no me ocurre nada de eso. No estoy bien en todo, ni mal en todo, pero tengo un joum suit joum otra vez. Justo aquello que se encontraba tambaleante en los últimos muchos meses hoy está resuelto, mientras todo lo demás se vuelve a desmoronar. Así parece ser la dialéctica de estos marcianos cinéfilos que dedican su existencia a filmar la nuestra, e injertar conflictos donde no los hay. (Si ahora les llamo los marcianos, mañana voy a terminar creyendo en dios, qué terror).
Pero tengo casa propia otra vez. Y es un placer. Dormir en una cama suculenta, levantarse, prepararse un espresso, hacerse de desayunar una omelette con perejil, beber un poco de jugo de naranja, sentarse en la computadora con toda calma, y pensar en todo lo que anda mal. Un preámbulo perfecto para atacar las imperfecciones y desajustes de la vida. Mucho mejor que el sillón o las relaciones tormentosas que se suceden unas a otras. Hoy estoy, nuevamente, solo conmigo. Contento de lidiar con mis demonios desde la comodidad de mi hogar. Jodido por todo aquello que no caminó, no funciona o no tiene remedio, pero, en el fondo, a gusto de estar aquí., otra vez conmigo mismo. Aunque pase frío por la noche. Resuelto un lado, el otro se echa a perder.
He viajado sólo para constatar que lo disfruto muchísimo. Que debería hacerlo más seguido y dejar de perseguir fantasmas. La realidad me lo ha vuelto a poner delante: no es momento de buscarme pretextos, chava o chamba, rumba o mambo. Es hora de juntar unos cuantos centavos y hacer las maletas. Y dejar bien guardada esta casa nueva, llena de luz y de energía (no abstracta, sino energía: gas, luz, teléfono, comodidad, je), para poder regresar cuando me plazca.
Ayer terminé un libro fantástico, escrito con una maestría desconocida y novedosa. Un libro que me habían regalado hace tiempo, cuando algo también terminaba y empezaban otras cosas. Todo está terminándose y empezando todo el tiempo. Es parte de ese latido existencial que puede verse a simple vista dentro, sobre y a pesar de todas las cosas . El libro, además, trata un poco sobre eso mismo, sobre qué empieza y qué termina y dónde está la línea milimétrica entre esos dos momentums existenciales. No se sabe si es perceptual, no se sabe si es ontológica, no se sabe si es real o imaginaria o sujeta a la interpretación. El punto es que ayer terminé de leer Océano Mar, de Alessandro Baricco, y comencé a vivir otras cosas. Ya no me importa dónde se termina el mar. Ahora sólo quiero decirlo. Decir el mar. Soy un converso. No tengo remedio y no me importa. No vine aquí a curarme sino a tener prisa. Mucha prisa. Antes de que el mar me engulla.
Ya tendré tiempo de escribir cosas pseudoprofundas o semisuperficiales. Ya tendré ganas de hacerlo de nuevo, lo siento venir. Mientras tanto, y poco a poco, voy haciendo esta mi casa y llenándola con mis poquitas cosas. Muy pronto también invitaré a quienes quieran conocerla, beber un trago, cenar un poco de buena pasta y divagar en sus tapetes. Hace un día increíble y lo único que se extraña, en esta ciudad tan estrepitosa, es el mar. Pero el mar está en todas partes. Todo es, sin equívocos, una especie de mar. Voy hacia él.
Salud.
Hoy no me ocurre nada de eso. No estoy bien en todo, ni mal en todo, pero tengo un joum suit joum otra vez. Justo aquello que se encontraba tambaleante en los últimos muchos meses hoy está resuelto, mientras todo lo demás se vuelve a desmoronar. Así parece ser la dialéctica de estos marcianos cinéfilos que dedican su existencia a filmar la nuestra, e injertar conflictos donde no los hay. (Si ahora les llamo los marcianos, mañana voy a terminar creyendo en dios, qué terror).
Pero tengo casa propia otra vez. Y es un placer. Dormir en una cama suculenta, levantarse, prepararse un espresso, hacerse de desayunar una omelette con perejil, beber un poco de jugo de naranja, sentarse en la computadora con toda calma, y pensar en todo lo que anda mal. Un preámbulo perfecto para atacar las imperfecciones y desajustes de la vida. Mucho mejor que el sillón o las relaciones tormentosas que se suceden unas a otras. Hoy estoy, nuevamente, solo conmigo. Contento de lidiar con mis demonios desde la comodidad de mi hogar. Jodido por todo aquello que no caminó, no funciona o no tiene remedio, pero, en el fondo, a gusto de estar aquí., otra vez conmigo mismo. Aunque pase frío por la noche. Resuelto un lado, el otro se echa a perder.
He viajado sólo para constatar que lo disfruto muchísimo. Que debería hacerlo más seguido y dejar de perseguir fantasmas. La realidad me lo ha vuelto a poner delante: no es momento de buscarme pretextos, chava o chamba, rumba o mambo. Es hora de juntar unos cuantos centavos y hacer las maletas. Y dejar bien guardada esta casa nueva, llena de luz y de energía (no abstracta, sino energía: gas, luz, teléfono, comodidad, je), para poder regresar cuando me plazca.
Ayer terminé un libro fantástico, escrito con una maestría desconocida y novedosa. Un libro que me habían regalado hace tiempo, cuando algo también terminaba y empezaban otras cosas. Todo está terminándose y empezando todo el tiempo. Es parte de ese latido existencial que puede verse a simple vista dentro, sobre y a pesar de todas las cosas . El libro, además, trata un poco sobre eso mismo, sobre qué empieza y qué termina y dónde está la línea milimétrica entre esos dos momentums existenciales. No se sabe si es perceptual, no se sabe si es ontológica, no se sabe si es real o imaginaria o sujeta a la interpretación. El punto es que ayer terminé de leer Océano Mar, de Alessandro Baricco, y comencé a vivir otras cosas. Ya no me importa dónde se termina el mar. Ahora sólo quiero decirlo. Decir el mar. Soy un converso. No tengo remedio y no me importa. No vine aquí a curarme sino a tener prisa. Mucha prisa. Antes de que el mar me engulla.
Ya tendré tiempo de escribir cosas pseudoprofundas o semisuperficiales. Ya tendré ganas de hacerlo de nuevo, lo siento venir. Mientras tanto, y poco a poco, voy haciendo esta mi casa y llenándola con mis poquitas cosas. Muy pronto también invitaré a quienes quieran conocerla, beber un trago, cenar un poco de buena pasta y divagar en sus tapetes. Hace un día increíble y lo único que se extraña, en esta ciudad tan estrepitosa, es el mar. Pero el mar está en todas partes. Todo es, sin equívocos, una especie de mar. Voy hacia él.
Salud.
marzo 06, 2007
Oaxaca (sin acentos cortesia de Mac)
***
Podria enamorarme del sol que te viste, o del viento que te barre la espalda y las enaguas cada que le place y sin aviso. O podria odiarte por no haber llegado antes, por no haberme dicho todo eso que terminaste susurrandome tan quedo y tan bonito, o porque en tus calles los semaforos cuelgan discretamente al lado de las casas, y no me miran como esperando que les grite voz en cuello las ganas locas que tengo de ignorarlos. Podria beberte otras diez mil veces, con gusano o sin gusano, en tacita de porcelana o en cristal cortado o en plastico irredento. Podria recostarme sobre las mesas o sobre las calles de cantera verde, sobre los puestos de frutas o sobre las trenzas de cada Maria embelesada con tu aroma. Podria gozarte como se goza un beso y lentamente despegar mi boca de las diecisiete millones de sonrisas que me regalaste sin factura. Podria doblarme ahi en tu frente y simplemente parar. Parar el mundo. Hacer la pausa necesaria entre la sonrisa de Helena y la calidez de Fabrizio, la risa de Oscar y la masa crujiente de una desubicada pero monumental pizza de anchoas en el centro de tu centro. Y luego rendirme. Entregar las armas del temor para solo sentarme a escribir sobre ti, desde ti, para ti.
***
Una pausa larga y un sinfin de nombres. Tiempo para pensar. Para pensar si quiero o si no quiero. Para averiguar si de verdad la vida puede dar virajes de timon voluntarios y radicales. Tengo veintiocho anios apenas pero a ratos me siento, entre arrebatos narcisistas, el hombre mas viejo de su mundo. El hombre dentro del hombre dentro del ninio dentro del loco mas loco e inexplicable del mundo. Y me he detenido a pensar que mi vida no es un caudal que no pueda contenerse y suspirar medio segundo. Me he detenido para detenerme, escuchar la musica, reinventar mi teatro, aguardar al nuevo lienzo y degustar la pintura. Se avecinan cambios que espero deseoso y libre de todo panico. Quiero montarme en una motocicleta por primera vez. Quiero dejar de sentir la prisa incomprensible de las ciudades y sus mitos. Quiero tomar el volante un rato y dejarme salir despavorido en la proxima curva. Aqui llevo mi paracaidas. No pasa nada.
***
Estoy de vuelta. De vuelta en vuelta. Para rato.
Podria enamorarme del sol que te viste, o del viento que te barre la espalda y las enaguas cada que le place y sin aviso. O podria odiarte por no haber llegado antes, por no haberme dicho todo eso que terminaste susurrandome tan quedo y tan bonito, o porque en tus calles los semaforos cuelgan discretamente al lado de las casas, y no me miran como esperando que les grite voz en cuello las ganas locas que tengo de ignorarlos. Podria beberte otras diez mil veces, con gusano o sin gusano, en tacita de porcelana o en cristal cortado o en plastico irredento. Podria recostarme sobre las mesas o sobre las calles de cantera verde, sobre los puestos de frutas o sobre las trenzas de cada Maria embelesada con tu aroma. Podria gozarte como se goza un beso y lentamente despegar mi boca de las diecisiete millones de sonrisas que me regalaste sin factura. Podria doblarme ahi en tu frente y simplemente parar. Parar el mundo. Hacer la pausa necesaria entre la sonrisa de Helena y la calidez de Fabrizio, la risa de Oscar y la masa crujiente de una desubicada pero monumental pizza de anchoas en el centro de tu centro. Y luego rendirme. Entregar las armas del temor para solo sentarme a escribir sobre ti, desde ti, para ti.
***
Una pausa larga y un sinfin de nombres. Tiempo para pensar. Para pensar si quiero o si no quiero. Para averiguar si de verdad la vida puede dar virajes de timon voluntarios y radicales. Tengo veintiocho anios apenas pero a ratos me siento, entre arrebatos narcisistas, el hombre mas viejo de su mundo. El hombre dentro del hombre dentro del ninio dentro del loco mas loco e inexplicable del mundo. Y me he detenido a pensar que mi vida no es un caudal que no pueda contenerse y suspirar medio segundo. Me he detenido para detenerme, escuchar la musica, reinventar mi teatro, aguardar al nuevo lienzo y degustar la pintura. Se avecinan cambios que espero deseoso y libre de todo panico. Quiero montarme en una motocicleta por primera vez. Quiero dejar de sentir la prisa incomprensible de las ciudades y sus mitos. Quiero tomar el volante un rato y dejarme salir despavorido en la proxima curva. Aqui llevo mi paracaidas. No pasa nada.
***
Estoy de vuelta. De vuelta en vuelta. Para rato.
febrero 01, 2007
Abandonos...
Casi un mes y nada de dichos. Fiestas galopantes, cambios vertiginosos, encuentros inesperados, viajes de último minuto. Ha pasado de todo. Tristemente, no siento muchas ganas de decir nada. No encuentro el estambre fluorescente que las Ariadnas suelen dejarme botado al lado de algún pasillo, listo para encontrarle y seguir, cerveza tras cerveza, hasta los cuernos del minotauro más huevón de mi displiscencia. He estado parco con las palabras pero florido con las anécdotas. Ya encontraré tiempo para decir algo en estado puro, y luego editarlo hasta lograr el tipo de párrafo incongruente que me satisface.
***
Noticias insulsas:
Tijuana me sigue gustando. Me gusta la mugre que bien ostenta, lo cutre de sus calles, lo frontal de la gente que lo habita. Te odian o te quieren de entrada. No se andan con medias tintas urbanizadas y contemporáneas. Una redada en un bar de mala muerte puede ser esquivada con un poco de ingenio. Las ganas de beber hasta caerse pueden ser satisfechas con la compañía adecuada. Todo un reencuentro con mis ganas de salir de esta ciudad que me engulle, y de brincar en otras partes, donde haya gente nueva y ojos nuevos y ganas renovadas. Disfruto mucho esas aventuras.
Rogelio Villarreal me escribió un mail con harto pundonor, reclamando a pellizquitos mis valemadristas comentarios hacia su postura política y etcétera. Con algo de atraso, pero al menos sigue defendiendo sus posturas indefendibles. Es loable. Por eso, aunque difiera de sus cada vez más sesentones (que no sesenteros) puntos de vista, lo respeto.
Sigo en busca de trabajo, pero cada vez me da más güeva encontrarlo. Cuando menos aquí, en el DF. Añoro algo que me saque de aquí, que me haga dar la vuelta. Algún trabajo trotamundesco, bien o mal pagado, me da igual. Ya no me dan tanto miedo los puñeteros y desnaturalizados aviones. Y menos cuando sé que al bajarme estaré enfrentando un aire totalmente distinto. Suena soberbio, pero creo que la insatisfacción de muchos chilangos sedentarios de mi generación está en haber dominado a la bestia defeña y estar aburridos con lo que tiene para ofrecernos. Una granja se convierte en una epopeya. Todo cambio significa una posibilidad de domesticación nueva. Ya sea propia o ajena.
***
Ya es Febrero. Me he perdido de muchas lecturas blogueras, pero he leído cuatro libros en un mes. Buenos todos ellos. Siempre que me pongo a leer obras "serias" resulto estar en un parteaguas vivencial. Parece que en esas ando, nuevamente. Pronto me pondré a navegar, y a visitar uno a uno los blogs de toda la gente que me emociona leer. Aunque me encuentre en el horrendo estado de displiscencia en el que me estacioné hoy. Sin ganas de nada. Esperando un terremoto, como añoraba Nabokov en los primeros encuentros con su Lolita. Un terremoto, un cisma, algo que rompa con la rutina.
Hoy tengo la rutina de no tener rutina. Y es la peor.
Pero al rato la convierto en otra cosa. Sólo necesito paciencia. Y mucha saliva.
Salud.
***
Noticias insulsas:
Tijuana me sigue gustando. Me gusta la mugre que bien ostenta, lo cutre de sus calles, lo frontal de la gente que lo habita. Te odian o te quieren de entrada. No se andan con medias tintas urbanizadas y contemporáneas. Una redada en un bar de mala muerte puede ser esquivada con un poco de ingenio. Las ganas de beber hasta caerse pueden ser satisfechas con la compañía adecuada. Todo un reencuentro con mis ganas de salir de esta ciudad que me engulle, y de brincar en otras partes, donde haya gente nueva y ojos nuevos y ganas renovadas. Disfruto mucho esas aventuras.
Rogelio Villarreal me escribió un mail con harto pundonor, reclamando a pellizquitos mis valemadristas comentarios hacia su postura política y etcétera. Con algo de atraso, pero al menos sigue defendiendo sus posturas indefendibles. Es loable. Por eso, aunque difiera de sus cada vez más sesentones (que no sesenteros) puntos de vista, lo respeto.
Sigo en busca de trabajo, pero cada vez me da más güeva encontrarlo. Cuando menos aquí, en el DF. Añoro algo que me saque de aquí, que me haga dar la vuelta. Algún trabajo trotamundesco, bien o mal pagado, me da igual. Ya no me dan tanto miedo los puñeteros y desnaturalizados aviones. Y menos cuando sé que al bajarme estaré enfrentando un aire totalmente distinto. Suena soberbio, pero creo que la insatisfacción de muchos chilangos sedentarios de mi generación está en haber dominado a la bestia defeña y estar aburridos con lo que tiene para ofrecernos. Una granja se convierte en una epopeya. Todo cambio significa una posibilidad de domesticación nueva. Ya sea propia o ajena.
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Ya es Febrero. Me he perdido de muchas lecturas blogueras, pero he leído cuatro libros en un mes. Buenos todos ellos. Siempre que me pongo a leer obras "serias" resulto estar en un parteaguas vivencial. Parece que en esas ando, nuevamente. Pronto me pondré a navegar, y a visitar uno a uno los blogs de toda la gente que me emociona leer. Aunque me encuentre en el horrendo estado de displiscencia en el que me estacioné hoy. Sin ganas de nada. Esperando un terremoto, como añoraba Nabokov en los primeros encuentros con su Lolita. Un terremoto, un cisma, algo que rompa con la rutina.
Hoy tengo la rutina de no tener rutina. Y es la peor.
Pero al rato la convierto en otra cosa. Sólo necesito paciencia. Y mucha saliva.
Salud.
enero 17, 2007
Momentos de bolsillo
Para todos mis amigos, mis amantes,
mis amores, mis amadas,
mis borrachos pensadores y no pensadores y sus jefas y sus hermanas.
Para nadie. Para mí. Pa que lo que sigue siga. Y más nada.
mis amores, mis amadas,
mis borrachos pensadores y no pensadores y sus jefas y sus hermanas.
Para nadie. Para mí. Pa que lo que sigue siga. Y más nada.
Hace mucho tiempo que no dejaba descansar mi ansiedad bloguera durante tantos días. Y es que, por algún motivo, siempre encontraba la necesidad o el ocio suficientes para sentir unas ganas irremisibles de decir algo en este lugar. Aun enmedio de muy distintas tormentas, los dedos se me quemaban con las ganas de sacar algo, expulsar estupideces sobre lo acontecido, ordenar públicamente mis pensamientos, vaya, cualquier cosa que resultara en una multitudinaria exposición del mundo interno.
***
Pero algo ha cambiado y sigue haciéndolo en estos días. Quizás el año acumulado o perdido haya tenido algo que ver, quizás no. Lo cierto es que han sido meses de una intensidad deslumbrante. Meses en los que, como ya es una paradójica costumbre, el no tener ni hacer planes ha resultado en grandes y maravillosas y vivenciales novelas épicas de las que no he podido escribir por preferir vivirlas. Semanas reconfirmantes y reconfortantes: sigo sin saber a dónde voy o si siquiera me importa. Gozo de la incertidumbre que esa falta de seguridades (de chocolate) le suele significar pánico a otro tipo de personas. Amo dejarme amar, hacia fuera o hacia dentro. Amo dejarme ir. Amo a mis amigos: mis grandiosos y disímiles amigos, que con un simple pestañeo me recuerdan que los quiero y que los tengo por el simple hecho de que son reales. Seres como estampidas incoherentes o coherentes, pero estampidas al fin y al cabo. Impertinentes, impuntuales, puntuales, proclives a la opinión o al silencio, pero siempre ocurriendo como una tempestad y siempre distintos. Sin ganas de ser dios ni de tenerlo. Cada estúpida coincidencia histórico-política-temporal que pasa, o sea, cada simbólico año, me hace más feliz el hecho de conocer y adorar a tanta gente tan inconvenientemente conveniente, y tan frugal, y tan diversa.
***
Y ahora, sitiado en esta nada epidérmica que resulta ser el desempleo, me dejo vivir todo lo que sin tregua me está aconteciendo. Amigos, mujeres, músicas e historias. Sincrónicas y asincrónicas como siempre resulta ser la puta vida -este Truman show del que no tenemos control ni nociones protagónicas- y que, queriéndose portal mal, ha terminado portándose absurdamente bien conmigo. Tan bien que no me ha dado tiempo para escribir pertinentes síntesis o algunas otras sinopsis gramaticalmente adecuadas. Sólo está ahí, reconfirmándome a cada rato que los planes son falacias, y que hay que amar a quien amar se deja y se merece. Y obedientemente, así sí, yo nomás me alíneo. Todo porque me da más miedo el dejar de hacer que el hacer a medias, atado por las conjeturas y las consecuencias y las consecuencias de las consecuencias, bah (blah, blah).
***
Así que nada. Aquí estoy, en uno más de mis intervalos. Contento con todo lo que me deja estar contento, y angustiado otro tanto por lo que con derecho me angustia. Viviendo sin pretensiones de resumir o proyectar una falsa maestría que reduzca a letritas todo lo que me pasa. Heme en plan de intersección y no de origen, ni mucho menos destino. Sin ganas de hacer conclusiones más grandes que una mirada, o un abrazo, o unos rizos rojos, o una piel tostada, o un mezcal glorioso o una dulce y hermosa mujer enamorada. Nada. Que se preocupen los otros miedosos, yo no. Porque mientras ellos en verdad se preocupan, yo deshebro mi vida en momentitos, insulsos o felices o espantosos, me da igual. Pero chiquitos, siempre. Siempre diminutos. Momentos para guardarse en los bolsillos, o entre los labios, o detrás de las orejas, o en los anuarios que se dejan. Segundos que se quedan como un beso o un orgasmo o un sincero gancho a la quijada. Míos como la convicción de hacerme libre. Volátiles como estar vivo, como las olas, los buenos libros, las borracheras más hermosas, los colchones tibios, las pieles mutables de la sorpresa, los ojos de las ninfas, los minutos que alcancen a sumar quince o el resto de mi vida, si es posible. Porque sólo resta lo que ocurre. Y lo que ocurre es siempre un bulgar recuerdito que no alcanza siempre a ser trama. Por eso, despojado de memoria, renegando de adjetivos, y carente de historias, historiadores, bardos y biógrafos ociosos, me permito decir esto: Hoy y ahora les amo a todos, les odio a todos, les dejo todo y les heredo pura y simple nada. Estoy completo.
***
Más que nunca mi vacío me hace estar lleno. Mejor que siempre, hoy, tampoco quiero nada. Pero sólo en términos históricos y grandiosificados y grandilocuentes perplejos y estúpidos. Porque sí quiero algo cada tanto. Y ese algo es sólo un beso, una piel, un amigo sin muletas o un amor sin explanadas. Poca cosa. Pido bien poquito. Denme un simple momentito, así nomás. Y que la muerte se aguante la tos, y que durante el próximo ratito se acurruque en su frazada. Ya mientras nos reímos juntitos. O bailamos. O no bailamos. Da igual. Juntos significamos lo que entre la jungla de los ciegos resulta doloroso y estúpido. Juntos glorificamos, momentito a momentito, todo lo que a grandes rasgos termina siendo nada. La nada del jueguito social. La nada entre las nadas.
***
Gracias, pues, a todos y a toditos. Grandes o de caramelo. Gracias de nuevo. Y otra, y otra, y otra vez. (Hay momentitos tan pequeños en mi saco, que si los mercados internacionales les valuaran seríamos todos libres y tranquilos, y hasta podrían salvarnos antes que nos lleve la chingada).
Pero como no es así, les dejo un mientras tanto: Mientras tanto, pues, salud.
enero 03, 2007
Dos añitos
No, lo juro. No presumiré de los dos pinchurrientos años que llevo escupiendo idioteces en este blog. Prescindiré de semejantes asunciones, y mejor procuraré decir cosas inteligentes acerca del "año nuevo". Uuuuuh, guau. Ya es 2007. A poco no se siente increíble la frustración.
I am Jack's completely senseless lack of humility. Soy la más absurda y soberbia güeva de Jack. Soy la pusilánime fiaca de Jack queriendo modificar la realidad, pero quedándose corto en el intento. Pobre de mí. Qué bueno que no tengo rumbo alguno.
Pongo un punto como siempre lo pone la vida. De forma terminante, absoluta y sin lugar a réplicas. Y me callaré luego. Es apenas 3 de diciembre y en apenas 9 días los espero en mi cumpleaños.
Interesados manden mail. Mientras me duermo.
¡Beso!
I am Jack's completely senseless lack of humility. Soy la más absurda y soberbia güeva de Jack. Soy la pusilánime fiaca de Jack queriendo modificar la realidad, pero quedándose corto en el intento. Pobre de mí. Qué bueno que no tengo rumbo alguno.
Pongo un punto como siempre lo pone la vida. De forma terminante, absoluta y sin lugar a réplicas. Y me callaré luego. Es apenas 3 de diciembre y en apenas 9 días los espero en mi cumpleaños.
Interesados manden mail. Mientras me duermo.
¡Beso!
diciembre 20, 2006
Correrías
He andado poco por acá y tengo muchos motivos al respecto. No pienso reparar en todos ellos, pero debo decir que la vida no deja de sorprenderme y eso, aunque me guste en un plano general, tiene sus matices y sus bemoles y sus definitivas aristas filosas y filosóficas. No todo lo súbito es bueno: Están los infartos, las muertes, los accidentes y los pleitos para comprobarlo.
Sin embargo, hay cosas que sorprenden bien. La mirada de un extraño, las lágrimas de un colega al que le duele tu partida, los encuentros improbables, las seducciones más impensadas, los besos sin facturas ocultas, los abrazos y las despedidas sentidas y reales, convivir y comulgar con los antiguos enemigos, los brindis espontáneos. Pequeñas sorpresas que ayudan a vivir sin la capucha puesta, y sin abrazar esa rigidez emocional acalambrada a la que continuamente nos aferramos cuando nos hemos introducido en la "vida adulta". Indulto a mi adultez siempre que me encuentro volando, soñando despierto, sonriendo estúpidamente cuando debiera estar mal y de malas. No hay nada como poder seguir jugando y tener buenos amigos en el barrio de la vida para hacerlo. Esperar la tarde para ir hasta su puerta, aunque ya no sea tan puerta y sea más electrónico y celular ese golpeteo de nudillos, e invitarlos a jugar a que no hay problema, a que la vida es gozable a pesar de nosotros mismos y nuestra infalible manera de sufrirla y despreciarla.
Y en los últimos días he tenido harto tiempo para invitar a mis amigos, los nuevos, los viejos y los que van agregándose entre azares, y gozar de su compañía. Fui súbitamente despedido de un trabajo que hacía bien y con ganas, y cuyos frutos estaban ahí y que, para colmo, no le importaron a quienes más se habían beneficiado de ellos. Es la paradoja de las instituciones: entregar tu tiempo y tus "capacidades" al deseo de otros. Y así como en la vida, o el amor, no funciona al 100%. Porque abandonas el deseo propio y además corres el riesgo de dejar de importarle a quienes te entregas por amor o por dinero. So be it. Que sea así. Ya he recorrido suficientes caminos como para dedicarle más lágrimas o berrinches a ese tipo de frustraciones tan anunciadas y obsoletas.
Así que me pongo a pensar, y salgo al barrio a tocar puertas y aprovechar el tiempo libre. Grito en casa del amigo al que hay que gritarle desde fuera, toco el timbre en la otra, hago llamados telepáticas en otras más. Y me encuentro finalmente aquí, dos años después de haber abierto esta bitácora tan pública como bizarra y honesta y minuciosa, escribiendo desde otra persona muy distinta a la que empezó este viaje. Dos años que podría adjetivar como muy cortos o muy largos según me convenga mirarlos. Lo cierto es que, gracias al blog que pudiera parecer tan exhibicionista y desdeñable, también soy capaz de mirarme a mí mismo y recapitular en lo mucho que van cambiando mis temas mentales y mis prioridades, mis estilos y mis dramas telenovelescos, mis posturas y mis ganas, mis amores y mis desprecios. Y así, en tan pequeña retrospectiva, me logro alentar a mí mismo con la certeza de que, pase lo que pasa y pase lo que pase, nunca sigo siendo un yo mismo monolítico y aferrado a una sola estructura vivencial o discursiva. Voy mutando como cualquier virus decente, voy adaptándome como buen insecto, voy a secas como todo ser humano, pero siempre voy.
Y no sé cuando escriba de vuelta algo en este sitio, seguro que pronto, si no hay sorpresas desagradables que me lo impidan. Pero le quiero agradecer a una larga lista de personas el que salgan a jugar conmigo. Aquí o en la vida real. Incluyendo a las que desprecio visceralmente. Incluyéndome a mí. Y me evitaré la lista. Todos sabrán perfectamente que me refiero a ellos.
Por todos ustedes, salud.
Y, finalmente, los aforismos y epitafios de temporada. Disfrútenlos o sáltenselos (lo cual sería muy estúpido si ya llegaron hasta aquí):
Aforismos:
"Deja de sorprenderme cuando menos me lo espero"
"Cuídate de la paranoia pero sobre todo, de la gente"
"Me voy, me voy, no me quiero ir"
"Si me ves antes de ayer, recuérdame no enamorarme"
"Eso estuvo delicioso. Tenemos que discutirlo."
"Ni lo pienses."
Epitafios:
"¿Y que tú no te sientes mal también?"
"A ver a qué horas"
"Te juro que tenía ganas pero no me dio tiempo"
"Su gran logro fue morir más feliz que el idiota de la tumba de al lado. Y vaya que se tardó en encontrarlo."
"A ti también te quise"
"Esas lágrimitas irían bien con un vodka"
"Ya ni me digas"
"Ya pa qué"
o como apuntaría Luis Ricardo: "Y se jactaba de nunca terminar todo aquello que
Sin embargo, hay cosas que sorprenden bien. La mirada de un extraño, las lágrimas de un colega al que le duele tu partida, los encuentros improbables, las seducciones más impensadas, los besos sin facturas ocultas, los abrazos y las despedidas sentidas y reales, convivir y comulgar con los antiguos enemigos, los brindis espontáneos. Pequeñas sorpresas que ayudan a vivir sin la capucha puesta, y sin abrazar esa rigidez emocional acalambrada a la que continuamente nos aferramos cuando nos hemos introducido en la "vida adulta". Indulto a mi adultez siempre que me encuentro volando, soñando despierto, sonriendo estúpidamente cuando debiera estar mal y de malas. No hay nada como poder seguir jugando y tener buenos amigos en el barrio de la vida para hacerlo. Esperar la tarde para ir hasta su puerta, aunque ya no sea tan puerta y sea más electrónico y celular ese golpeteo de nudillos, e invitarlos a jugar a que no hay problema, a que la vida es gozable a pesar de nosotros mismos y nuestra infalible manera de sufrirla y despreciarla.
Y en los últimos días he tenido harto tiempo para invitar a mis amigos, los nuevos, los viejos y los que van agregándose entre azares, y gozar de su compañía. Fui súbitamente despedido de un trabajo que hacía bien y con ganas, y cuyos frutos estaban ahí y que, para colmo, no le importaron a quienes más se habían beneficiado de ellos. Es la paradoja de las instituciones: entregar tu tiempo y tus "capacidades" al deseo de otros. Y así como en la vida, o el amor, no funciona al 100%. Porque abandonas el deseo propio y además corres el riesgo de dejar de importarle a quienes te entregas por amor o por dinero. So be it. Que sea así. Ya he recorrido suficientes caminos como para dedicarle más lágrimas o berrinches a ese tipo de frustraciones tan anunciadas y obsoletas.
Así que me pongo a pensar, y salgo al barrio a tocar puertas y aprovechar el tiempo libre. Grito en casa del amigo al que hay que gritarle desde fuera, toco el timbre en la otra, hago llamados telepáticas en otras más. Y me encuentro finalmente aquí, dos años después de haber abierto esta bitácora tan pública como bizarra y honesta y minuciosa, escribiendo desde otra persona muy distinta a la que empezó este viaje. Dos años que podría adjetivar como muy cortos o muy largos según me convenga mirarlos. Lo cierto es que, gracias al blog que pudiera parecer tan exhibicionista y desdeñable, también soy capaz de mirarme a mí mismo y recapitular en lo mucho que van cambiando mis temas mentales y mis prioridades, mis estilos y mis dramas telenovelescos, mis posturas y mis ganas, mis amores y mis desprecios. Y así, en tan pequeña retrospectiva, me logro alentar a mí mismo con la certeza de que, pase lo que pasa y pase lo que pase, nunca sigo siendo un yo mismo monolítico y aferrado a una sola estructura vivencial o discursiva. Voy mutando como cualquier virus decente, voy adaptándome como buen insecto, voy a secas como todo ser humano, pero siempre voy.
Y no sé cuando escriba de vuelta algo en este sitio, seguro que pronto, si no hay sorpresas desagradables que me lo impidan. Pero le quiero agradecer a una larga lista de personas el que salgan a jugar conmigo. Aquí o en la vida real. Incluyendo a las que desprecio visceralmente. Incluyéndome a mí. Y me evitaré la lista. Todos sabrán perfectamente que me refiero a ellos.
Por todos ustedes, salud.
Y, finalmente, los aforismos y epitafios de temporada. Disfrútenlos o sáltenselos (lo cual sería muy estúpido si ya llegaron hasta aquí):
Aforismos:
"Deja de sorprenderme cuando menos me lo espero"
"Cuídate de la paranoia pero sobre todo, de la gente"
"Me voy, me voy, no me quiero ir"
"Si me ves antes de ayer, recuérdame no enamorarme"
"Eso estuvo delicioso. Tenemos que discutirlo."
"Ni lo pienses."
Epitafios:
"¿Y que tú no te sientes mal también?"
"A ver a qué horas"
"Te juro que tenía ganas pero no me dio tiempo"
"Su gran logro fue morir más feliz que el idiota de la tumba de al lado. Y vaya que se tardó en encontrarlo."
"A ti también te quise"
"Esas lágrimitas irían bien con un vodka"
"Ya ni me digas"
"Ya pa qué"
o como apuntaría Luis Ricardo: "Y se jactaba de nunca terminar todo aquello que
diciembre 18, 2006
Preguntas para el copiloto. (Hit the road, Jack)
¿Qué se le dice a los remolinos?. ¿Y cómo se convence a las más tiernas avalanchas?. ¿Qué tanto podría pedírsele a las catástrofes o a las hecatombes, y cuánto podrían someterse los derrumbes y los puentes, y las dobles rayas, y los autos, y la gente? ¿Cómo es que todo luego acaba y se convierte apenas en nombre, luego en frío, y luego en cal, y luego en brizna mustia que se esconde entre el paisaje? ¿Cuánto más puede uno enamorarse de lo que zumba, de lo que piensa, de lo que existe, de lo que es y que luego reacciona -fiera o dulcemente- y nos revienta dos neumáticos en franco sabotaje? ¿Y qué tanto ese paisaje se deja mirar como queriendo ser espejo, o travesura hecha galleta, o pócima imperativa (bébeme, bébeme), o reloj de bolsillo, o prisa entre las manos de un conejo inalcanzable?
¿Y cómo es que todo esto ES cual si lograra ser casi sabiéndose libro, o apenas creyéndose ola, o rábidamente y rápidamente asumiéndose como una historia que no pregunta nada a nadie?
***
¿Cuánto poder podría quitársele al silencio? ¿Cuántas puñaladas podrían dársele a los malos entendidos? ¿Cómo podría asesinarse a la lingüística, a la estética, a la lógica de la ilógica, al océano de las posibilidades y su fauna de argumentos implacables? ¿Cómo desbaratar lo que ya se ha desmoronado y permanece -bellamente- en cierta pausa embriagada de quietud? ¿Y cómo asumir que todo aquello no es otra cosa que un enjambre de abrazos en reposo acidulado, o una calma que espera, solamente, a que el terco carboncillo de la vida le dibuje con paciencia para que sobre el papel, línea tras línea, el retrato en opalina culmine siendo aún mejor de todo eso que dibuja y que respira?
***
¿Cuán posible sería tocar en mi violín un suavifuerte pizzicato al que no le importunasen ni los icebergs ni el naufragio, y mucho menos los antes o los luegos, o los alegros y los adagios? ¿Qué tan factible resultaría abalanzarse sobre el amor más tremebundo y papirofléxico sin convertirlo nuevamente en otras nuevas migajas inconexas, rebeldes y diminutas? ¿Cómo se podría amanecer siendo dueño de más de dos ojos y tres oportunidades? ¿Hasta cuándo la poesía podría ser suficiente excusa para no tener que amarse bajo la ducha descarnada de lo propio y lo social? ¿Por qué las tormentas, por qué los botes salvavidas, por qué las distancias y por qué las gélidas asincronías? ¿Quién pidió ser lloviznado? ¿Quién quisiera permitirse otra media y suavísima tarde, lejos del humo, del musgo, del trapecio y del alambre, frente al fuego, cruzando manos, anudando cuerpos, sembrando aciertos, matando el hambre? ¿Cuánto costaría semejante remedo del más libre, amoroso y cínico peaje?. Y peor aun: ¿Qué tan certero será el cuento, si al retornar no existen más las viejas calles, ni las letras están ahí donde siempre, tomando el té y alzándose las faldas sobre los viejos pergaminos de las aulas y sus asiduos ocupantes? ¿Qué tan verdad es que no hay hogar más cierto que el que dura más allá de la media tarde, y qué tanto duele que el camino es -realmente- lo único que queda, lo único que nace, lo único que ocurre y lo último que sabes?
***
Afable, hermoso, doliente. Tremendo, sangriento, paciente. Tras la mente yace todo y tras el todo un frío ardiente. Y no malquepo ni incomodo en ese trance. Se está entre ríos, se está sin guantes, sin ardor y sin torrentes o estornudos, se está con bríos y con sueños y con hambre. Juntos pero sin tocarse las literas, las cobijas o las fauces. Cada quién su estío y cada quien su martes. Tras la mente las historias y las medias, las mordidas y las tardes, los sultanes-las princesas-los eunucos, y -también- todas las tibias cortesanas despeinándose de carne. Tras la mente las respuestas que no hacen ruido: las más bellas, las más simples, las más rampantes. Tras la mente todos se callan, bendición sin apellidos, y finalmente se inclinan sin mayor necesidad de tibios y estúpidos alardes.
***
No hay más cordura que la que tiembla sobre algún tímido estambre que juega a ser cuerda floja, lenta e indemne, sucia y solemne, débil, tenue y maravillosa. No existen manos que no ensucien el agua con la que aprenden a lavarse, ni promesas impolutas que resistan salvas los hedores de la tierra y los colmillos de la carne. Lodo gris que se yergue feroz e implacable. Y tampoco hay otra respuesta que no sea la de persistir siendo mirada, sobre la choza, tratando de no manchar nada con las pupilas, renegando de hacer mapas y silbar las coordenadas. Ah, mirada milagrosa, resabio de la gloria y juguete de la calma: La mirada hermosa. La miraba hermosa. Sobreviviente de sí misma. Suave, sí, pero también rugiente. Agua fugaz, sed salvaje, carretera. O no: mejor aún. Una gran Curva Peligrosa.
¿Y cómo es que todo esto ES cual si lograra ser casi sabiéndose libro, o apenas creyéndose ola, o rábidamente y rápidamente asumiéndose como una historia que no pregunta nada a nadie?
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¿Cuánto poder podría quitársele al silencio? ¿Cuántas puñaladas podrían dársele a los malos entendidos? ¿Cómo podría asesinarse a la lingüística, a la estética, a la lógica de la ilógica, al océano de las posibilidades y su fauna de argumentos implacables? ¿Cómo desbaratar lo que ya se ha desmoronado y permanece -bellamente- en cierta pausa embriagada de quietud? ¿Y cómo asumir que todo aquello no es otra cosa que un enjambre de abrazos en reposo acidulado, o una calma que espera, solamente, a que el terco carboncillo de la vida le dibuje con paciencia para que sobre el papel, línea tras línea, el retrato en opalina culmine siendo aún mejor de todo eso que dibuja y que respira?
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¿Cuán posible sería tocar en mi violín un suavifuerte pizzicato al que no le importunasen ni los icebergs ni el naufragio, y mucho menos los antes o los luegos, o los alegros y los adagios? ¿Qué tan factible resultaría abalanzarse sobre el amor más tremebundo y papirofléxico sin convertirlo nuevamente en otras nuevas migajas inconexas, rebeldes y diminutas? ¿Cómo se podría amanecer siendo dueño de más de dos ojos y tres oportunidades? ¿Hasta cuándo la poesía podría ser suficiente excusa para no tener que amarse bajo la ducha descarnada de lo propio y lo social? ¿Por qué las tormentas, por qué los botes salvavidas, por qué las distancias y por qué las gélidas asincronías? ¿Quién pidió ser lloviznado? ¿Quién quisiera permitirse otra media y suavísima tarde, lejos del humo, del musgo, del trapecio y del alambre, frente al fuego, cruzando manos, anudando cuerpos, sembrando aciertos, matando el hambre? ¿Cuánto costaría semejante remedo del más libre, amoroso y cínico peaje?. Y peor aun: ¿Qué tan certero será el cuento, si al retornar no existen más las viejas calles, ni las letras están ahí donde siempre, tomando el té y alzándose las faldas sobre los viejos pergaminos de las aulas y sus asiduos ocupantes? ¿Qué tan verdad es que no hay hogar más cierto que el que dura más allá de la media tarde, y qué tanto duele que el camino es -realmente- lo único que queda, lo único que nace, lo único que ocurre y lo último que sabes?
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Afable, hermoso, doliente. Tremendo, sangriento, paciente. Tras la mente yace todo y tras el todo un frío ardiente. Y no malquepo ni incomodo en ese trance. Se está entre ríos, se está sin guantes, sin ardor y sin torrentes o estornudos, se está con bríos y con sueños y con hambre. Juntos pero sin tocarse las literas, las cobijas o las fauces. Cada quién su estío y cada quien su martes. Tras la mente las historias y las medias, las mordidas y las tardes, los sultanes-las princesas-los eunucos, y -también- todas las tibias cortesanas despeinándose de carne. Tras la mente las respuestas que no hacen ruido: las más bellas, las más simples, las más rampantes. Tras la mente todos se callan, bendición sin apellidos, y finalmente se inclinan sin mayor necesidad de tibios y estúpidos alardes.
***
No hay más cordura que la que tiembla sobre algún tímido estambre que juega a ser cuerda floja, lenta e indemne, sucia y solemne, débil, tenue y maravillosa. No existen manos que no ensucien el agua con la que aprenden a lavarse, ni promesas impolutas que resistan salvas los hedores de la tierra y los colmillos de la carne. Lodo gris que se yergue feroz e implacable. Y tampoco hay otra respuesta que no sea la de persistir siendo mirada, sobre la choza, tratando de no manchar nada con las pupilas, renegando de hacer mapas y silbar las coordenadas. Ah, mirada milagrosa, resabio de la gloria y juguete de la calma: La mirada hermosa. La miraba hermosa. Sobreviviente de sí misma. Suave, sí, pero también rugiente. Agua fugaz, sed salvaje, carretera. O no: mejor aún. Una gran Curva Peligrosa.
diciembre 11, 2006
Moscas, moscardones y mariposas (un texto sobrio que parece ebrio)
Para Juan Carlos
Ha sido, como siempre, una conjunción de casualidades que arremeten contra la aleatoriedad de la vida. Siempre he preferido pensar en que la espiritualidad es una excusa para aquellos que no soportan la inefable llegada de la muerte. Dios, y sobre todo el dios judeocristiano, me resulta más parecido a un juego de canicas con el que la gente prefiere entretenerse para no sentir el rigor de la soledad y de la muerte, que un viejito bonachón y riguroso que nos espera en el séptimo cielo, para juzgarnos por el modo en que vivimos nuestras incipientes vidas. Como leí el otro día en el blog del siempre fabuloso tio nasty, la gente tiene que creer en algo para poder descreer en todo lo demás.
***
Sin embargo, y sin recular de mi postura, ha habido muchos momentos en los que mi vida, o "la" vida, si se prefiere, parece no ser del todo aleatoria. Desde luego, cuando se está en sintonía con alucinógenos y otras menudencias, eso puede fácilmente serle atribuido a la droga en cuestión, y no a un verdadero tejido de causas y efectos sobre el que sucede la realidad. Pero cuando estas causalidades, que no casualidades, ocurren en la vida cotidiana, y durante largos e indistintos eventos, me gusta pensar que estoy equivocado. Y que no hay un dios observador y partícipe, pero sí que existe una red que supera nuestras capacidades cognoscitivas y perceptuales, y que está ahí, flotando todo el tiempo, mientras que nosotros, a través de la mente y otras de nuestras herramientas biotecnológicas, ocurrimos sobre ella, dentro de ella y a través de ella.
***
Esto me pasa, por ejemplo, cuando hablo durante un mes con seis o siete personajes importantes de mi vida, de distintas edades, de círculos sociales diferentes, con distintas mentalidades, ideologías, aproximaciones hacia la vida, o como la gente prefiere decir, formas de ser. Y de pronto, como por arte de magia, todas las conversaciones sostenidas terminan por llegar a puntos similares, miedos parecidos, angustias que se asemejan. Claro que, dirán algunos, nuestra condición humana nos predispone a hacernos esos cuestionamientos en algún punto. Todos compartimos verdades fundamentales: comemos, bebemos, orinamos, defecamos, tenemos cinco sentidos, poseemos una mente, hablamos una lengua, vivimos en un contexto social y político, etcétera. Digamos que esto ciertamente acota los pensamientos que podemos capturar en esa trampa-red para mariposas que llevamos instalada dentro del cráneo. Pero cuando las similitudes son tan sorprendentes y los individuos tan distintos, permite pensar que las ideas están ahí, flotando como moscas, moscardones, mariposas y hadas diminutas. O avispas, buitres y cuervos, según ocurran las cosas. Y nosotros alegremente nos creemos nuestro libre albedrío y las pensamos, como si fueran nuestras, y las compartimos, como si no estuviéramos todos condenados a saberlas de antemano mientras nos son dichas.
***
Sé que todo esto suena horriblemente raro y complicado. Es simple: mucha pero mucha gente en las últimas semanas ha sostenido conversaciones, frente a mí o conmigo, en las que ha hablado de angustias muy parecidas. En una búsqueda de sentido verdaderamente preocupada y realista, les he visto y escuchado llegar a argumentos similares, conclusiones parecidas. Decisiones terminantes o resoluciones que los alivian. Cuestionamientos que yo mismo traigo pegados como un halo, como un mosquitero invisible, y que hasta hace poco no me permitía ver con claridad lo que pienso o pensaba de muchos temas: muerte, amor, vida, tiempo, ganas, voluntad, fortaleza, lo bello, lo crudo, lo rudo, lo tenue, lo intenso, lo soez, lo solemne. Todos temas gigantescos e ilimitados, moscardones irresolubles, maravillas de la mente pero -al mismo tiempo- laberintos insalvables.
***
Y he ahí que la realidad de la realidad golpea contra el mosquitero. Sirve para despertar. Sirve para arrancarse esa débil tela de alrededor de las orejas y escuchar: Escuchar el timbre la vida. Vivirla. Estar en lo que ocurre y no en lo que parece. Estrechar manos, abrazar cuerpos, cantar a grito pelado canciones en una barra, dejarse querer y no dejarse morir. Obviar a los obviables, odiarlos si es preciso. Y dejarse de canicas, y de pavadas, y de intrigas otras que en las que ya estamos inscritos gracias al estúpido deber de acomodarse en el mundo y no morir de hambre. Las demás, sobran. Como sobran las palabras. Y por eso aquí las dejo.
Salud.
diciembre 06, 2006
Análoga y Digital
Para el que quiera leer mi post político, ahí está fresquito en el nuevo blog.
La vida se ha vuelto un poco así. Se lo decía a un buen amigo la otra noche, y discutíamos encarnizadamente con otros buenos amigos (Para eso son los mejores, para poder discutir encarnizadamente y luego despedirse con un buen abrazo). Y es que ciertamente, casi a manera generacional, habemos los que logramos gozar un rato más de la vida análoga antes de que nos cayera encima la marejada de información y enajenación high-tech en la que vivimos ahora. Y, aunque claro que no todos, sí muchos logramos escapar al total sometimiento al mundo de lo electrónico.
Y es que hay tantos chavitos, cada vez más pequeños, que viven en una oralidad consumista y virtual permanente, y que son incapaces de producir otra cosa que no sean quejas, eructos y otras secreciones, que la cosa se vuelve preocupante. La tecnología se está terminando el hambre de crear, en una vorágine posmoderna y apendejante, en lugar de darle nuevas armas a las personas, nuevas formas de decir y de hacerse escuchar.
Pero es así que los que alcanzamos a vivir la vida análoga, sin gadgets ni celulares ni internet ni todas esas "maravillas" tecnológicas, alcanzamos un pedacito de hambre. Hoy, casi todos los bloggers pertenecen a ese espacio generacional en el que no estamos totalmente sometidos al consumo electrónico, estamos queriendo decir algo, diciéndolo, o aún convencidos de que el mejor interlocutor, es siempre el humano. Como los amigos. Como los amantes.
Y por hoy, le doy punto final a mi descanso bloguero con esta reflexión de petatiux. Hay mucho trabajo que hacer y me esperan unas vacaciones formidables.
Salud. Y nada de andar persiguiendo el sexo análogo. Ese es materia de otras reflexiones.
diciembre 04, 2006
Angels with dirty faces
Para D.
Porque todos nos ensuciamos con el lodo de las cosas, de la vida, de ser farsantes cuando es necesario y cuando no lo es. Porque no se puede ir sin la máscara por ahí, y menos cuando ya te han encontrado sólo, en algún callejón, y a cien manos te han querido arrancar lo poco que te quedaba de cierto.***
Porque todos ensuciamos el agua con la que nos quitamos el lodo de la cara. Porque todos tememos algo, y nadie quiere morirse sobre el tintero. Algunos ya tienen la hoja, las plumas, los dibujos en la mente. Otros nos recostamos sobre los ojos de otros. Otros siempre. Nunca nosotros. Nunca uno.
***
Porque cuando se mira y se escucha algo refulgente, algo que centellea, algo que emite una melodía que conocemos sin haber oído jamás, el tintero tiembla, el codo le roza todo el tiempo, y eventualmente, antes que someterse a la noción de realidad: el dibujo no habrá de salvarnos, tampoco las palabras, tampoco la melodía, la resplandescencia, la maravilla. Pero es mejor transitar de la mano de ese terror, que lanzarle el tintero encima y pretender que nunca existió, o que todo era mentira, o que no se es meritorio de un transito dulce y sin trampitas, al lado de un igual.
***
Conociste al ángel, y siempre supiste que lo era. Preferiste mirar la tierra en su cara, en un acto de retaliación frente a tanto de su silencio. El ángel sólo guardaba silencio porque estaba a punto de marcharse, porque no quería creer en lo que finalmente no debía. El ángel se guardó para no pensar. La retaliación no es más que un boicot. La venganza no es la vendeta. La venganza es estúpida y autodestructiva. La vendeta es contra quienes, justamente, nos quitaron la posibilidad de hablarnos con el rostro limpio, desde el principio; no contra los ángeles, aunque no traigan las alas puestas, la ropa adecuada, el momento preciso. No contra uno mismo.
***
Y lo lamentas. Hoy, lo lamentas. Porque cuando tienes el cadáver del ángel en tus brazos, y te arremangas un poco la estupidez, y le limpias la cara y lavas el rostro de un ángel al que mataste por equivocación, sólo logras mirar cómo desde sus fauces y sus mortajas, el error se te lanza sobre el rostro y te lo arranca a dentelladas. Y luego prosigue con tu corazón y tus sandalias.
***
Pero no lamentes otros instantes. Caminando con el ángel, aunque fuese desde lejos, fuiste feliz. Fuiste digno, por un instante, de mirarle. Y tomándole la mano caminaste junto a el cuando aun eras ciego. Sólo puede quererse a un ángel así, si no se le mira con los ojos del humano, del falible, del negador de ilusiones. Hay que andar ciego y no tirar de bastonazos. Y durante unos días puede lograrse. Durante unas semanas. Hasta que el polvo de los días se mete entre los párpados y te obliga a mirar, y tu humanidad rota sólo te permite ver el rostro del pánico.
***
Has cavado una tumba para el ángel. Le has depositado, y ahora sí, mandril locuaz, estúpido capaz de estúpidamente hermosas historias, le dejas unas flores, y escribes un epitafio tan maravilloso como inútil. Y te vas por ahí, andando un rato sin cara. Y empuñando tu corazón, para ver si puedes hacerlo germinar la próxima luna. No sabes si podrás perdonarte. Ni si los ángeles de verdad son inmortales, y todo haya sido un mal sueño. Y si te lo volverás a encontrar.
noviembre 30, 2006
Eslabón tras eslabón. (Ideals are good)
Hoy un tipo al que considero ya un amigo, aun si su propia cerrazón le impide atribuir dicha etiqueta recíprocamente, se sentó conmigo a fumar un cigarrillo, en cierta banca, en cierto patio, y casi como si fuera esquivamente me hizo saber que ciertas personas me desprecian "a golpe de vista", aun y muy lejos de conocerme.
No me sorprendió. Siempre he sido un personaje con cara de enciclopedia. La gente suele acercárseme sólo para preguntar si me conoce de algún lado. Mi cara les suena conocida, desde siempre. A eso ya estoy acostumbrado.
Y también a que la gente me desprecie o me atesore. Todo a golpe de vista. Todo siempre bajo la tela del prejuicio o la intuición. Siempre extremo y siempre curioso y cuestionable.
Durante años, tan pocos que parecieran muchos, fui un ser arrogante y taciturno. Y sin exponer aquí las probables cuestiones educacionales o simplemente necias que me llevaron a esa postura, he de decir que acuñé pocas amistades, aun si buenas. Mucho me costaba tolerar cualquier cosa que rebasara mi postura ante la vida, o que fuese simplemente distinta, o que sencillamente me pareciera estúpida y desdeñable en tal o cual momento. Viví en mil cuevas y en mil caparazones. Me defendí de forma idiota de todo aquello que -idióticamente también- juzgaba categórico como algo no digno, propio, válido o meritorio de mi atención. Era tan joven como para saberlo todo. (Oscar Wilde dixit).
Y luego, cansado de mi autoreferencialidad y de mí mismo, cansado del personaje y de la persona, cansado del papel y del retrato, ocurrió tal terremoto en mí que, sin saber ni cómo, me encontré en una posición donde mi principal deber era el de hablar con cualquiera de cualquier cosa. Atender, agasajar, ser anfitrión y ser cómplice de todos. Acomodarse al discurso de todos. Ser vasija y no un chorro disparatado de cerveza. Ser receptivo en lugar de renegarlo todo.
Y bueno. Las lesbianas me han seguido odiando a pesar de mi aprendizaje. Dicen sentir una especie de "machismo" en mis formas sociales, y luego simplemente me ponen caras y me desprecian. Pocas son las que han llegado a conocerme, aunque poco también me importe. Es tan curioso que vean algo tan cavernícola en mí. Si yo soy tan cursi, tan quejica, tan frontal y tan sin tapujos. En fin.
Pocos pero muchos años después de esa obligatoria domesticación de mi arrogancia, mi vida es diametralmente distinta. He aprendido a tener "cuates". He aprendido a sonreír en lugar de despreciar activa y asertivamente. Y no es hipocresía, no. Sencillamente ya no pongo requisitos tan ridículos como antes. Escucho a quien me habla. Hablo con quien se deja escuchar. Cosecho, pues, lo mejor de cada intercambio: desde el más grandilocuente y existencial (que me puede encantar irremediablemente), hasta el más cotidiano y aparentemente insulso (que puede hacerme gozar aunque sea unas décimas de segundo). Ya no pongo a todo el mundo a prueba, con la arrogancia de quien cree tenerlo bien asido en la palma de la mano. No. Mejor sencillamente pruebo el mundo: a veces a mordidas, a veces a pellizcos, a veces con pequeños roces, a veces besando, a veces peleando, a veces follando, a veces sin ganas de nada. Pero vez con vez. Vez a vez. Voy y veo lo que otros ven, cada vez. Me voy, me van, me vanaglorio, me vuelco. Me dejo de escribir con "V". V. V de venganza. "V for vendetta".
Y eso, más que nunca, me satisface.
Pero hay ciertos días en los que, sin quererlo, me siento de vuelta en la cueva. Días en los que quizás abrazo a un buen amigo, pero que sé que no me entiende. Días de razón, de razón dilatada, exacerbada, ruidosa. Días en los que quiero explicar un punto relativamente claro y todo lo que recibo son murmullos o preguntas o pedazos de eso mismo que digo pero que operan como contradicciones en la mente de quien habla conmigo. Días en los que trato de poner una carta sobre la mesa, y el interlocutor sencillamente me interpela repitiendo pedazos de lo mismo.
Ejemplo:
- Sí, sí: es justamente lo que te digo. Los niños que nacen ahora, los adolescentes de hoy, viven y crecen y son educados bajo una tormenta de información que antes no existía. Se levantan de la cama, y a escasos metros tienen una computadora en la que teclean una pregunta, y obtienen una respuesta semicierta y semifalsa pero formal, y producto del imaginario colectivo. Eso no existía cuando éramos pequeños. Nosotros vivimos esa transición entre la era "lírica" y la era predigerida. Por eso es que nuestra generación aun conserva trazos de idealismo...un cierto apetito por decir, producir, generar; y no solamente consumir hasta el hartazgo. Y no es general, claro, porque hay excepciones de ambos lados. Pero sí me resulta notorio como es que "nosotros", aleatoriamente si se quiere, esos que crecimos en un mundo en el que la información nos era transmitida esencialmente por sujetos: los padres, los amigos, las enamoradas y los enamorados, las limitadísimas caricaturas televisivas, todavía tenemos un ápice idealista. Queremos creer y no sólo consumir aquello que creemos (y creamos). Y por eso es que, ahora que también, al igual que los más jóvenes y los más viejos, vivimos bajo esa tormenta de mensajes, muchos preferimos sentir que "usamos" las herramientas, y no al revés. La información no es una condena sino un paraguas, una sombrilla que nos alivia momentáneamente de la enajenación. Y no es el caso de muchos de los que crecen o han crecido en un mundo informático como el que hoy acontece. La información es, para ellos, un río revuelto que les significa. Distracción y antojo. Origen y destino.
A lo que se me responde:
- Pero yo también era un tipo carente de posturas y de apetitos y de intereses cuando tenía diecisiete años. Yo también sólo pensaba en follar, en la tele, en nada. Y los chicos de hoy, además de que son iguales, son también mucho más capaces, conocen más, se mueven mejor dentro del entorno virtual y computacional y cibernético.
Y, no sé, juro que no es arrogancia, pero me queda claro que mi punto no fue entendido. Como muchas veces:
Sería estúpido pretender que una generación es "mejor" o "peor" que otra. No estoy pretendiendo establecer un juicio de valor sobre algo que ni siquiera sería capaz de comprender porque sencillamente no lo vivo (aka la postura de vida de las nuevas generaciones). Porque sí, porque "la cultura no la ves, porque con ella ves". Pero hay muchos peros. El pero de la vida rupestre, desinformatizada, ligera, suave, feliz. El pero de la guerra fría, de las grandes posturas que ya no existen, de los grandes mitos y de los grandes hitos (Les Luthiers dixit). Y sobre todo, a manera personal, y asumiéndome como un empleado en una "Academia" que no pretende "vender" o "venderse", y además, como un sobreviviente de la era lírica y analógica de esta latinoamérica tan atrasada en términos de madurez social y política, yo sí abrazo mi deber de transmitir cierto apetito. Mismo que no veo en los cientos de adolescentes que atiendo mes con mes. Y que no es un apetito engullidor, si no más bien un hambre creativa.
No es un apetito por consumir, por engullir, por retacarse. Es más bien un ansia, una inquietud cuasigeneracional, y para mí, una encomienda personal y ética: decir en lugar de saturarse con el ruido del marketing y las mentiras. No vivir a partir de los mensajes de otros, sino crear uno medianamente propio. Producir en lugar de consumir. Inspirarse en lugar de idolatrar. Utilizar la tormenta informativa, en vez de ahogarse en ella. Decidir el rumbo de los próximos quince minutos, y que no sea el propio rumbo prefabricado quien decida. Ser. Ser libremente lo que se pueda ser. Ser sin destino manifiesto. Ser sin ataduras.
***
Y ya. Sé que quien haya llegado hasta aquí, hasta este punto de las palabras y las letras, se ha consecuentado a sí mismo, y se ha dado chance, cabida, permiso, y además ha tenido paciencia. Mucha paciencia. Pero esta es una verdad que me basta, y me ha bastado hoy. Y que me significa justo ahora. Y no es arrogancia, no, lo juro. Es sólo una firma y cínica humildad. La mía. Momento luminoso y bien atrapado, mariposa en la red, algo que no debe irse. Y que aquí está. Y que ya se está yendo. Se fue.
Pero me hace feliz el simple hecho de haberlo escrito. Porque en algún punto habré de recordármelo a mí mismo. O quizás a alguien le sirva también, y en algún instante le recuerde otra cosa.
Y si no, pues no.
Salud.
Pd. Solemnemente declaro clausurados los posts políticos en este blog. Para divagar en mis desquiciadas posturas en ese respecto, he inaugurado este otro blog, al que los invito cordialmente. Hecho está.
No me sorprendió. Siempre he sido un personaje con cara de enciclopedia. La gente suele acercárseme sólo para preguntar si me conoce de algún lado. Mi cara les suena conocida, desde siempre. A eso ya estoy acostumbrado.
Y también a que la gente me desprecie o me atesore. Todo a golpe de vista. Todo siempre bajo la tela del prejuicio o la intuición. Siempre extremo y siempre curioso y cuestionable.
Durante años, tan pocos que parecieran muchos, fui un ser arrogante y taciturno. Y sin exponer aquí las probables cuestiones educacionales o simplemente necias que me llevaron a esa postura, he de decir que acuñé pocas amistades, aun si buenas. Mucho me costaba tolerar cualquier cosa que rebasara mi postura ante la vida, o que fuese simplemente distinta, o que sencillamente me pareciera estúpida y desdeñable en tal o cual momento. Viví en mil cuevas y en mil caparazones. Me defendí de forma idiota de todo aquello que -idióticamente también- juzgaba categórico como algo no digno, propio, válido o meritorio de mi atención. Era tan joven como para saberlo todo. (Oscar Wilde dixit).
Y luego, cansado de mi autoreferencialidad y de mí mismo, cansado del personaje y de la persona, cansado del papel y del retrato, ocurrió tal terremoto en mí que, sin saber ni cómo, me encontré en una posición donde mi principal deber era el de hablar con cualquiera de cualquier cosa. Atender, agasajar, ser anfitrión y ser cómplice de todos. Acomodarse al discurso de todos. Ser vasija y no un chorro disparatado de cerveza. Ser receptivo en lugar de renegarlo todo.
Y bueno. Las lesbianas me han seguido odiando a pesar de mi aprendizaje. Dicen sentir una especie de "machismo" en mis formas sociales, y luego simplemente me ponen caras y me desprecian. Pocas son las que han llegado a conocerme, aunque poco también me importe. Es tan curioso que vean algo tan cavernícola en mí. Si yo soy tan cursi, tan quejica, tan frontal y tan sin tapujos. En fin.
Pocos pero muchos años después de esa obligatoria domesticación de mi arrogancia, mi vida es diametralmente distinta. He aprendido a tener "cuates". He aprendido a sonreír en lugar de despreciar activa y asertivamente. Y no es hipocresía, no. Sencillamente ya no pongo requisitos tan ridículos como antes. Escucho a quien me habla. Hablo con quien se deja escuchar. Cosecho, pues, lo mejor de cada intercambio: desde el más grandilocuente y existencial (que me puede encantar irremediablemente), hasta el más cotidiano y aparentemente insulso (que puede hacerme gozar aunque sea unas décimas de segundo). Ya no pongo a todo el mundo a prueba, con la arrogancia de quien cree tenerlo bien asido en la palma de la mano. No. Mejor sencillamente pruebo el mundo: a veces a mordidas, a veces a pellizcos, a veces con pequeños roces, a veces besando, a veces peleando, a veces follando, a veces sin ganas de nada. Pero vez con vez. Vez a vez. Voy y veo lo que otros ven, cada vez. Me voy, me van, me vanaglorio, me vuelco. Me dejo de escribir con "V". V. V de venganza. "V for vendetta".
Y eso, más que nunca, me satisface.
Pero hay ciertos días en los que, sin quererlo, me siento de vuelta en la cueva. Días en los que quizás abrazo a un buen amigo, pero que sé que no me entiende. Días de razón, de razón dilatada, exacerbada, ruidosa. Días en los que quiero explicar un punto relativamente claro y todo lo que recibo son murmullos o preguntas o pedazos de eso mismo que digo pero que operan como contradicciones en la mente de quien habla conmigo. Días en los que trato de poner una carta sobre la mesa, y el interlocutor sencillamente me interpela repitiendo pedazos de lo mismo.
Ejemplo:
- Sí, sí: es justamente lo que te digo. Los niños que nacen ahora, los adolescentes de hoy, viven y crecen y son educados bajo una tormenta de información que antes no existía. Se levantan de la cama, y a escasos metros tienen una computadora en la que teclean una pregunta, y obtienen una respuesta semicierta y semifalsa pero formal, y producto del imaginario colectivo. Eso no existía cuando éramos pequeños. Nosotros vivimos esa transición entre la era "lírica" y la era predigerida. Por eso es que nuestra generación aun conserva trazos de idealismo...un cierto apetito por decir, producir, generar; y no solamente consumir hasta el hartazgo. Y no es general, claro, porque hay excepciones de ambos lados. Pero sí me resulta notorio como es que "nosotros", aleatoriamente si se quiere, esos que crecimos en un mundo en el que la información nos era transmitida esencialmente por sujetos: los padres, los amigos, las enamoradas y los enamorados, las limitadísimas caricaturas televisivas, todavía tenemos un ápice idealista. Queremos creer y no sólo consumir aquello que creemos (y creamos). Y por eso es que, ahora que también, al igual que los más jóvenes y los más viejos, vivimos bajo esa tormenta de mensajes, muchos preferimos sentir que "usamos" las herramientas, y no al revés. La información no es una condena sino un paraguas, una sombrilla que nos alivia momentáneamente de la enajenación. Y no es el caso de muchos de los que crecen o han crecido en un mundo informático como el que hoy acontece. La información es, para ellos, un río revuelto que les significa. Distracción y antojo. Origen y destino.
A lo que se me responde:
- Pero yo también era un tipo carente de posturas y de apetitos y de intereses cuando tenía diecisiete años. Yo también sólo pensaba en follar, en la tele, en nada. Y los chicos de hoy, además de que son iguales, son también mucho más capaces, conocen más, se mueven mejor dentro del entorno virtual y computacional y cibernético.
Y, no sé, juro que no es arrogancia, pero me queda claro que mi punto no fue entendido. Como muchas veces:
Sería estúpido pretender que una generación es "mejor" o "peor" que otra. No estoy pretendiendo establecer un juicio de valor sobre algo que ni siquiera sería capaz de comprender porque sencillamente no lo vivo (aka la postura de vida de las nuevas generaciones). Porque sí, porque "la cultura no la ves, porque con ella ves". Pero hay muchos peros. El pero de la vida rupestre, desinformatizada, ligera, suave, feliz. El pero de la guerra fría, de las grandes posturas que ya no existen, de los grandes mitos y de los grandes hitos (Les Luthiers dixit). Y sobre todo, a manera personal, y asumiéndome como un empleado en una "Academia" que no pretende "vender" o "venderse", y además, como un sobreviviente de la era lírica y analógica de esta latinoamérica tan atrasada en términos de madurez social y política, yo sí abrazo mi deber de transmitir cierto apetito. Mismo que no veo en los cientos de adolescentes que atiendo mes con mes. Y que no es un apetito engullidor, si no más bien un hambre creativa.
No es un apetito por consumir, por engullir, por retacarse. Es más bien un ansia, una inquietud cuasigeneracional, y para mí, una encomienda personal y ética: decir en lugar de saturarse con el ruido del marketing y las mentiras. No vivir a partir de los mensajes de otros, sino crear uno medianamente propio. Producir en lugar de consumir. Inspirarse en lugar de idolatrar. Utilizar la tormenta informativa, en vez de ahogarse en ella. Decidir el rumbo de los próximos quince minutos, y que no sea el propio rumbo prefabricado quien decida. Ser. Ser libremente lo que se pueda ser. Ser sin destino manifiesto. Ser sin ataduras.
***
Y ya. Sé que quien haya llegado hasta aquí, hasta este punto de las palabras y las letras, se ha consecuentado a sí mismo, y se ha dado chance, cabida, permiso, y además ha tenido paciencia. Mucha paciencia. Pero esta es una verdad que me basta, y me ha bastado hoy. Y que me significa justo ahora. Y no es arrogancia, no, lo juro. Es sólo una firma y cínica humildad. La mía. Momento luminoso y bien atrapado, mariposa en la red, algo que no debe irse. Y que aquí está. Y que ya se está yendo. Se fue.
Pero me hace feliz el simple hecho de haberlo escrito. Porque en algún punto habré de recordármelo a mí mismo. O quizás a alguien le sirva también, y en algún instante le recuerde otra cosa.
Y si no, pues no.
Salud.
Pd. Solemnemente declaro clausurados los posts políticos en este blog. Para divagar en mis desquiciadas posturas en ese respecto, he inaugurado este otro blog, al que los invito cordialmente. Hecho está.
noviembre 29, 2006
A quien corresponda:
Anoche recibí un comentario que llevaba por autor un nombre deletreado "Rain".
Anoche, también, y según las estadísticas, alguien se tomó la molestia de mirar esta "mi vida" que "roza" desde sus albores hasta sus presentes. No sé quién es quién, ni si tal es cual. No importa tanto.
Lo que sí importa, sin embargo, es que el comentario parece haber desaparecido, o sencillamente me fue imposible encontrar el lugar donde fue sembrado. Borrón súbito, escondrijo salvaje, no lo sé.
Así que, por todo esto, debo decirle a quienquiera que lo haya escrito, o a quien demonios sea la personita que lo dejó, algo importantísimo:
Gracias.
Me has hecho sonreir, anónima y esquivamente.
Y gracias otra vez.
Y ya, que se hace tarde.
Se está haciendo tarde, mejor nos regresamos...
Anoche, también, y según las estadísticas, alguien se tomó la molestia de mirar esta "mi vida" que "roza" desde sus albores hasta sus presentes. No sé quién es quién, ni si tal es cual. No importa tanto.
Lo que sí importa, sin embargo, es que el comentario parece haber desaparecido, o sencillamente me fue imposible encontrar el lugar donde fue sembrado. Borrón súbito, escondrijo salvaje, no lo sé.
Así que, por todo esto, debo decirle a quienquiera que lo haya escrito, o a quien demonios sea la personita que lo dejó, algo importantísimo:
Gracias.
Me has hecho sonreir, anónima y esquivamente.
Y gracias otra vez.
Y ya, que se hace tarde.
Se está haciendo tarde, mejor nos regresamos...
noviembre 28, 2006
Mutis
Un ratito de silencio, para recuperar el aliento.
***
Todavía no se nombra al gabinete de "seguridad pública". Hasta entonces, nada de política.
***
Me preparo, sin embargo, para algunas llegadas y otras salidas. Mi vida es, justo ahora, una especie de pantalla de aeropuerto, con algunos vuelos cancelados, otros por venir, y unos más que apenas van aterrizando. Estoy esperando después de las aduanas.
***
Siempre he sido tremendamente impaciente y pasional. No se debe ser impaciente y pasional, y al mismo tiempo esperar que la gente comprenda tus bandazos anímicos. Lo bueno es que ya no espero ni me interesa que la gente me "comprenda", je. Ese interés lo perdí justo después de darme cuenta que el cliché de incomprendido me quedaba muy bien. Y luego abandoné ese cliché y abracé el cinismo con un cariño irracional.
***
Como dijera una gran película: "The point is to remain in a state of constant departure, while always arriving". (El punto está en mantenerse en un estado de partida constante, pero siempre llegando)
***
Y bueno, ya tengo departamento. Muy bonito, muy fresa, bien "nais". Para los interesados, pronto una atroz fiesta inaugural.
***
Y luego de escribir toda esta serie de anécdotas insulsas y pensamientos volátiles, con las manos bien frías, pero cumpliendo un deber bloguero de lo más ñoño, me dispondré a beber un café, seguir con la rutina, esperar la hora del pago, escribir dos o tres bobadas (peores que esta, y por mucho) y continuar escuchando la misma música de todos los días.
***
Ya sólo faltan unos días: Nos veremos en el monasterio. Todo saldrá como esperamos.
***
Debe ser este solecito incipiente, no lo sé. Hoy me siento mejor que ayer. O las horas vuelo que llevo escuchando "When it falls" de Zero 7. Debo confesar esta proclividad light por esos muchachos. Me ponen de buenas.
***
Qué barbaridad. He sido tan superficial como me lo he propuesto. ¿A veces es sano, no?
No puedo vivir todo el día conectado a la alta tensión.
***
Todavía no se nombra al gabinete de "seguridad pública". Hasta entonces, nada de política.
***
Me preparo, sin embargo, para algunas llegadas y otras salidas. Mi vida es, justo ahora, una especie de pantalla de aeropuerto, con algunos vuelos cancelados, otros por venir, y unos más que apenas van aterrizando. Estoy esperando después de las aduanas.
***
Siempre he sido tremendamente impaciente y pasional. No se debe ser impaciente y pasional, y al mismo tiempo esperar que la gente comprenda tus bandazos anímicos. Lo bueno es que ya no espero ni me interesa que la gente me "comprenda", je. Ese interés lo perdí justo después de darme cuenta que el cliché de incomprendido me quedaba muy bien. Y luego abandoné ese cliché y abracé el cinismo con un cariño irracional.
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Como dijera una gran película: "The point is to remain in a state of constant departure, while always arriving". (El punto está en mantenerse en un estado de partida constante, pero siempre llegando)
***
Y bueno, ya tengo departamento. Muy bonito, muy fresa, bien "nais". Para los interesados, pronto una atroz fiesta inaugural.
***
Y luego de escribir toda esta serie de anécdotas insulsas y pensamientos volátiles, con las manos bien frías, pero cumpliendo un deber bloguero de lo más ñoño, me dispondré a beber un café, seguir con la rutina, esperar la hora del pago, escribir dos o tres bobadas (peores que esta, y por mucho) y continuar escuchando la misma música de todos los días.
***
Ya sólo faltan unos días: Nos veremos en el monasterio. Todo saldrá como esperamos.
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Debe ser este solecito incipiente, no lo sé. Hoy me siento mejor que ayer. O las horas vuelo que llevo escuchando "When it falls" de Zero 7. Debo confesar esta proclividad light por esos muchachos. Me ponen de buenas.
***
Qué barbaridad. He sido tan superficial como me lo he propuesto. ¿A veces es sano, no?
No puedo vivir todo el día conectado a la alta tensión.
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